COLUMNISTAS
Lenguaje corporal
Rendidos a los pies del loco
Donald Trump puede funcionar como ejemplo de la modalidad de hacer política con ecos en nuestro país
Eduardo Fidanza
Diario PERFIL
Donald Trump por Pablo Temes
El título de esta columna no surge del análisis político, sino de la observación de los gestos, las palabras y el lenguaje corporal de los asistentes a la reunión entre los principales líderes europeos y Donald Trump, celebrada en la Casa Blanca el lunes pasado para tratar las posibilidades de un cese del fuego en Ucrania. Participó también el presidente del país en guerra, Volodímir Zelenski. Precedió a este conclave un resonante encuentro a solas entre Trump y Putin, con el mismo objetivo e inciertos resultados. Los visitantes interrumpieron sus vacaciones de verano y acudieron presurosos a Washington a escuchar al presidente norteamericano y pedirle garantías por temor a que la simpatía que le profesa a Putin lo lleve a hacer concesiones lesivas para Ucrania y el continente. En una de las fotos de la reunión, se ve a los europeos escuchando atentos y en riguroso silencio a Trump sentados alrededor de su escritorio. Si rendidos es exagerado, tal vez sumisos describa mejor la situación.
Trump dominó ampliamente la escena. Sus veleidades narcisistas, sus argumentos improvisados, las sonrisas perdonavidas y las interrupciones, más que planes concretos, guiaron la reunión. En un instante, dejó a los invitados esperando para hablar por teléfono con Putin. Estos buscaron en todo momento complacerlo. Zelenski, quien se había puesto un traje para no ser ridiculizado como en la visita anterior, le agradeció quince veces su mediación en una entrevista de apenas cuatro minutos, según contabilizó Thomas Friedman. Macron, más sofisticado, buscó apaciguar a Trump, tragando sapos, para concluir destacando, en una entrevista con NBC News, que el presidente está plenamente confiado en cerrar un acuerdo, “lo que es una buena noticia para todos nosotros”. Por si quedaban dudas sobre su egolátrico protagonismo, se escuchó la voz de Trump, a través de un micrófono abierto, diciéndole al francés sobre Putin: “Por muy loco que parezca, creo que quiere hacer un trato por mí. ¿Lo entendés?”.
Esa mención de la locura en boca de Trump trae a la memoria “la teoría del loco”, cuyo origen se remonta a la época de Nixon y ha vuelto a ser mencionada incontables veces desde la primera presidencia del magnate. En esencia, esta teoría sostiene que, si en un conflicto internacional el líder de un país poderoso se hace pasar por un desquiciado dispuesto a todo, doblegará a sus oponentes, que se subordinarán por miedo a que cumpla sus amenazas. Según la crónica, Nixon, al que fingir demencia le salió mal, instruía a Kissinger para que les advirtiera a los norvietnamitas que, si no aceptaban las condiciones de paz, no podría controlar a su presidente, dispuesto a no detenerse ante nada, una forma solapada de decir que usaría armas nucleares. Los desafío y los asusto, los induzco a que me tranquilicen y halaguen, les doblo la apuesta y consigo que todo gire en torno de mí. No estoy loco, me hago el loco y los confundo. Subo y bajo aranceles, amenazo con declarar una guerra arrasadora y luego busco la paz, humillo y perdono. Los tengo dominados.
En una reseña de su libro The Causes and Effects of Reputations for Madness in International Politics (Causas y efectos de la reputación de locura en la política internacional), la politóloga Roseanne McManus ubica los primeros aportes sobre el tópico en los trabajos de Daniel Ellsberg en 1959 y posteriormente en los de Thomas Schelling en sus libros de 1960 y 1966. Afirma que la teoría adquirió renovado interés con la llegada de Trump a la presidencia en 2016, si bien los estudios académicos han sido escasos. McManus evita el diagnóstico psicológico de los líderes para centrarse en por qué son percibidos como de-sequilibrados de los que hay que prevenirse. Elabora una tipología basada en el cruce de dos variables. Una estima si para tomar decisiones el líder efectúa un cálculo racional basado en sus creencias extremas o si actúa impulsivamente sin importarle las consecuencias. La otra determina si su modo de comportarse es situacional, limitándose a determinadas circunstancias; o es disposicional, extendiéndose a todas. La evidencia empírica muestra que los “locos” que sopesan racionalmente su extremismo y lo emplean en situaciones particulares poseen más probabilidades de éxito. Dan la impresión de que no traicionarán. En cambio, del líder disposicional al que no le importan las consecuencias no puede esperarse ninguna certeza tranquilizadora. Te clava el cuchillo en la espalda en cuanto te distraés.
Un primer análisis podría ubicar a Trump entre los locos que calculan su extremismo y lo aplican en circunstancias específicas. Pero no está claro. Lo que se observa es la manipulación que ejerce a través de sus cambios de opinión y el manejo de los tiempos, como en los casos de Ucrania, Irán e Israel. Significa que la traición no puede excluirse de su repertorio. Más allá de eso nos interesa mencionar otro aspecto, menos evidente, de la escena montada en la Casa Blanca. Nos referimos al contrapunto entre la lógica avasalladora de la acción individual, representada por Trump y también por Putin, y la compleja lógica de la acción colectiva, asumida por los líderes de la Unión Europea. Subyace a estas dos formas de entender la política una cuestión crucial para la democracia liberal: si prevalecerán las instituciones o si los líderes decisionistas las destruirán para imponer de manera arbitraria su voluntad. Para Europa y la democracia, que parecen estar perdiendo la partida, es una cuestión de vida o muerte.
Si vamos del mundo a la aldea, constatamos que este dilema posee notable actualidad. Después de un profundo desencanto con la política, el país tiene un presidente “loco”, que vino a desafiar las convenciones y amenazar con llevarse puesto el sistema. Analizando su conducta en base a la tipología de McManus, daría la impresión que, como Trump, administra su desvarío y lo aplica en determinadas situaciones, lo que podría aumentar su eficacia y depararle nuevos éxitos. Pero tampoco se puede afirmar que sea así, de lo contrario no hubiera ocurrido el caso $Libra.
Lo que sí se sabe, desgraciadamente, es que la oposición carece, además de liderazgos, de interés por la acción colectiva, con más énfasis en lo que fue Juntos por el Cambio que en el peronismo, que disimula la codicia con mañas que le enseñó la experiencia. Aunque esta Armada Brancaleone logre, en un manotazo de ahogado, detener algún veto presidencial y aprobar leyes que afecten al Gobierno, no podrá remediar el vacío de sentido y la extremada fragmentación de su oferta electoral. Nadie quiso sumar, prevalecieron las apetencias individuales con una mezquindad sin precedentes.
Con esa actitud suicida, están a un paso de rendirse a los pies del loco, aunque éste esté atravesando una tormenta de final imprevisible.
*Sociólogo
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