sábado, 4 de abril de 2026

La verdad sobre el éxito de China











Guerra y geopolítica 


La verdad sobre el éxito de China 


Occidente montó un mito sobre el gigante asiático que muchas veces sirve como excusa para sus fracasos 


Yanis Varoufakis *


Diario Perfil


sábado 04 de abril de 2026 




¿Un cuento chino? Xi Jinping por Pablo Temes




Mientras misiles, bombas y drones sobrevuelan el Golfo Pérsico, se refuerzan las perspectivas de una guerra aún más devastadora en el Pacífico. La desescalada de la nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China debe convertirse ahora en la máxima prioridad mundial. Para ello, es esencial desmontar un poderoso mito que hace más probable la guerra: la idea de que China ha alcanzado la prosperidad haciendo trampa.


Es cierto que la economía china contribuye a graves desequilibrios macroeconómicos globales, y esto debe abordarse. Pero eso es algo distinto de la conveniente ficción, tejida por las élites occidentales para ocultar sus propios fracasos, de que China debe su éxito a la duplicidad, la deshonestidad y el engaño. Y no es solo una ficción conveniente. En la medida en que prepara a la opinión pública occidental para la guerra, también es peligrosa.



El mito se compone de cinco acusaciones falsas. La primera es que China ha “robado” la propiedad intelectual de las empresas occidentales. De hecho, las multinacionales occidentales se pisaban unas a otras durante décadas para ceder su propiedad intelectual a cambio de acceso al gigantesco mercado chino. Las autoridades chinas, que tienen un horizonte de planificación de 50 años, simplemente les hicieron una oferta que no pudieron resistir: pueden entrar en nuestros mercados, pero tendrán que enseñar a nuestra gente a fabricar sus productos. Los directores ejecutivos occidentales, obsesionados con los próximos trimestres y hechizados por magníficas perspectivas a medio plazo,  aceptaron con entusiasmo. 


La segunda acusación es que China está infravalorando su moneda. Esto supone que existe un tipo de cambio “correcto” y que las autoridades chinas están empujando el renminbi por debajo de ese tipo. En teoría, el tipo de cambio correcto es aquel que equilibra la balanza por cuenta corriente de cada país. En la práctica, eso significaría que el dólar está enormemente sobrevalorado, como lo demuestra el enorme déficit por cuenta corriente de EE.UU.


En resumen, acusar a los chinos de mantener el renminbi demasiado bajo es la otra cara de la acusación de que Estados Unidos paga sus déficits atrayendo el capital ajeno. Los occidentales que confían en un dólar sobrevalorado viven, en este sentido, en casas de cristal. Lanzar piedras no es prudente.


La tercera acusación se dirige contra los controles de capital de China, que se presentan como otra forma de trampa. ¿Hemos olvidado que la edad de oro del capitalismo, la era de Bretton Woods de los años 50 y 60, se basaba en controles de capital en Estados Unidos, Europa y Japón? La razón era sencilla: ningún gobierno está legal ni moralmente obligado a permitir que los financieros inunden su país con dinero “caliente” impaciente a su antojo o, de forma equivalente, a permitir un éxodo descontrolado de dinero por capricho.


El cuarto pilar del mito –la supuesta sobrecapacidad masiva de la industria china– queda refutado por los datos: la utilización de la capacidad en China ronda el 75%, lo que es  inferior a la de Estados Unidos. Las existencias se mantienen estables. Los beneficios de los exportadores chinos han aumentado más de un 10 %. Por lo tanto, no hay sobrecapacidad.


La acusación sirve como defensa contra lo que realmente molesta a las autoridades occidentales: la hipercompetitividad que China ha logrado gracias a una excelente planificación y a la inversión en educación y formación de primera categoría y de bajo coste. Al ver cómo una empresa de Shenzhen puede iterar cuatro prototipos por una fracción del coste y el tiempo que se tarda en Stuttgart o Illinois en fabricar un solo prototipo, no se puede concluir de forma plausible que la competitividad de China se deba al dumping. Pero esa afirmación resulta políticamente más aceptable para los líderes occidentales que explicar a los votantes que China ha desarrollado una red neuronal distribuida única de inteligencia manufacturera.


La quinta acusación, y quizás la más común, es que los chinos consumen poco y están mal pagados. Quizás. Pero, ¿en comparación con quién? El gasto de los consumidores en China ha crecido mucho  más rápido que en las potencias manufactureras asiáticas aliadas de Occidente, desde Japón y Corea del Sur hasta Indonesia y Malasia. Además, cuando estas economías milagrosas alcanzaron un nivel de desarrollo comparable, experimentaron una fuerte desaceleración en el crecimiento del gasto de los consumidores que no se observa en China.


Del mismo modo, los salarios chinos han aumentado drásticamente. Hace dos décadas, el coste laboral por hora en el sector manufacturero de China era inferior al de la India. Desde entonces, se ha multiplicado por ocho, mientras que el de la India solo se ha duplicado. De hecho, los salarios en China son ahora más altos que en cualquier otro país en desarrollo de Asia.


Estas verdades resultan incómodas en los pasillos del poder occidental. La destreza tecnológica de China es una amenaza para las corporaciones occidentales que solían sentirse invencibles. Otros países en desarrollo miran ahora a China en busca de productos más fiables, de alta calidad y más baratos. Aunque responder con acusaciones de trampa puede ser comprensible, en Occidente debemos aprovechar esta oportunidad para reflexionar, porque decir la verdad sirve a la causa de la paz. 


Y la verdad es que las empresas occidentales no perdieron frente a China; se vendieron a China. Deslocalizaron puestos de trabajo, destrozaron los sindicatos y cedieron su propiedad intelectual a cambio de un beneficio rápido. Mientras Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea rescataban a banqueros criminales y libraban guerras ilegales, China invertía en educación, redes ferroviarias, sistemas sanitarios que funcionaban, energía verde, redes inteligentes y centros de producción capaces de investigación, desarrollo e innovación que la mayoría de los países occidentales no pueden igualar.


Ya es hora de que Occidente deje de culpar a China por las decisiones de sus propias grandes empresas, Wall Street y sus políticos dóciles. Las sanciones contra China son un sustituto ridículo de la política industrial. Peor aún, las perezosas narrativas sinofóbicas, difundidas por las mismas personas que han creado un atolladero instantáneo en el Golfo, pueden estar allanando el camino para una confrontación militar aún más descabellada en el Pacífico.


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Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, es líder del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas.


HUMOR DIARIO

YPF: la oscura historia que el juez Lijo sepultó





















LA NACION > Editoriales 


YPF: la oscura historia que el juez Lijo sepultó


El aliviador fallo neoyorquino no puede dejar en el olvido la trama de negociados del kirchnerismo con la empresa petrolera y su nefasto efecto en la economía



Axel Kicillof y Cristina Kirchner por Alfredo Sábat


Ahora que el Tribunal de Apelaciones del Segundo Circuito de Nueva York hizo lugar a la defensa argentina y revocó la condena dictada por la jueza Loretta Preska por más de 16.000 millones de dólares, Cristina Kirchner y Axel Kicillof pretenden sacarle provecho, sosteniendo que la expropiación había sido bien hecha y que, gracias a ellos, hoy el país tiene la producción de Vaca Muerta.


Pero la historia es otra. El desabastecimiento petrolero comenzó cuando Néstor Kirchner impuso un control de precios a los combustibles y retenciones a la exportación de crudo que asfixiaron a YPF (Repsol). Luego fue la maniobra con los Eskenazi que provocó su vaciamiento y el posterior juicio en Nueva York. Y ante la falta de confianza para conseguir inversores para Vaca Muerta, en 2013 se celebró un acuerdo secreto con Chevron (2013) dándole privilegios inusuales, para su primer desarrollo.



El uso de la petrolera como negocio personal comenzó en 2008 cuando Néstor Kirchner indujo a Repsol a vender el 25,46% de YPF SA por 3750 millones de dólares a Petersen Energía SAU y a Petersen Energía Inversora SAU, dos sociedades españolas “de papel”, controladas por Petersen Energía Inversora SA, la firma argentina de Enrique Eskenazi, el experto en mercados regulados, amigo del entonces presidente desde 1998 cuando compró el 51% del Banco Santa Cruz.


Para la maniobra, Néstor Kirchner contaba con los “fondos de Santa Cruz” originados en el pago a la provincia de regalías atrasadas por 660 millones de dólares en bonos y acciones de YPF, logradas por votar la ley de privatización de YPF en 1993.. Ese monto se multiplicó por la valorización de las acciones de YPF (de 19 a 45 dólares) y alcanzó a casi 1000 millones de dólares, que luego Kirchner fugó al exterior antes de la crisis de 2001. Según dijo, porque creía en el país, pero no en sus gobernantes. En 2006, 390 millones estaban en el Crédit Suisse (CSFB) a nombre del Banco Santa Cruz SA, como gestor de esos mismos. Del resto, no se sabe.


Cristina Kirchner y Axel Kicillof poco tienen para vanagloriarse. Los fraudes, simulaciones, vaciamientos y chanchullos que afectaron a YPF durante la gestión kirchnerista empobrecieron a la Argentina, condujeron al cepo cambiario, aumentaron el riesgo país y ahuyentaron la inversión


El contrato se firmó el 21 de diciembre de 2007. La primera compra se hizo por el 14,9 % de las acciones por 2133 millones de dólares en 2008. Eskenazi puso solo 100 millones, Repsol prestó 1015 millones (“vendor loan”) y los otros US$1018 millones fueron prestados por un sindicato de bancos (Crédit Suisse First Boston - CSFB, Goldman Sachs, BNP Paribas e Itaú Europa). La segunda compra por el 10,1% se hizo en 2011, por 1400 millones de dólares con otra ayuda de Repsol por 730 millones y de los bancos Standard Bank, Crédit Suisse, Santander y Citibank por 670 millones. Petersen Energía – una pequeña compañía con 60.000 euros de capital– recibió un préstamo de 1688 millones de dólares para comprar acciones de YPF, a pagar con dividendos de esas mismas acciones. Por ello, hay razón para pensar que los “fondos de Santa Cruz” que estaban en el CSFB (US$390 millones) con más el resto que Kirchner manejaba, fueron garantía oculta (“back to back”) de los préstamos bancarios, pues, de lo contrario, no se entendería cómo esos bancos, tan cuidadosos del dinero de sus clientes, hubiesen arriesgado tanto dinero en una transacción sin pies ni cabeza.



En 2006 Elisa Carrió formuló la primera denuncia por vaciamiento de YPF en el juzgado de Ariel Lijo y luego la amplió objetando esa operación. En 2012 el fiscal Carlos Stornelli formuló otra denuncia por administración fraudulenta a partir de una carta que Federico Pinedo publicó en LA NACION, que quedó absorbida en la causa de Carrió (Causa No. 3518/06). Se están por cumplir casi dos décadas de aquella gravísima denuncia y el juez no ha avanzado, pues dice esperar respuestas a exhortos remitidos al exterior. Ni citó a declarar a los funcionarios de Santa Cruz, ni a Enrique Eskenazi (fallecido en 2025), ni a su hijo Sebastián; tampoco, al representante del Crédit Suisse de entonces (ahora UBS), ni al exsecretario de Finanzas (2005-2006), asesor de Kirchner que intervino en la operación con Crédit Suisse; ni pidió información a UBS, en cuyos archivos (del ex CSFB) está registrada la operación.


Mientras duró esa asociación perversa, Repsol se dedicó a “ordeñar” a YPF en lugar de invertir en exploración y explotación. Se repartieron 24.193 millones de dólares en dividendos entre 2008 y 2011, cuando las ganancias fueron de 16.676 millones por una cláusula de dividendo extra de 850 millones de dólares, hubiese o no utilidades, para asegurar el pago a los Eskenazi. Las inversiones cayeron a mínimos históricos, desabasteciendo el mercado. Entre 2010 y 2017, el país tuvo que importar energía por 50.000 millones de dólares, lo cual desequilibró las finanzas públicas y vació las reservas del Banco Central. Resulta creíble que Esquenazi era testaferro o socio del entonces presidente de la Nación, pues tampoco se explica esa manera forzada e insólita de beneficiar a un banquero de provincia a costa de fundir a YPF y al país.


Recién ahora, con una gestión empresaria seria y en un contexto de estabilidad, se están logrando las inversiones para producir hidrocarburos en Vaca Muerta y transportarlos para su exportación a los mercados mundiales. Como nunca se pudo hacer en la mal llamada “década ganada”, cuya sola evocación provoca corridas cambiarias


En 2010, cuando falleció Néstor Kirchner, las cosas cambiaron. Los Eskenazi cayeron en desgracia y el Gobierno vetó el pago de dividendos en 2011, provocando que el esquema ideado por Néstor se cayera como un castillo de naipes. En 2012 Cristina Kirchner confiscó YPF mediante un DNU “porque no invertía” y un mes después, mediante la ley No. 26.741 de soberanía hidrocarburífera, se expropió el 51% de Repsol (pero no las acciones de Eskenazi) y se asignó el 49% a las provincias productoras. Ello dio lugar al juicio que terminó a favor de la Argentina.


Los españoles reclamaron 10.000 millones de dólares ante el Ciadi y si bien Kicillof sostuvo que YPF carecía de valor por pasivos ambientales, en 2014 aceptó pagar 5000 millones de dólares en bonos por aquel 51%. Por entonces, el barril de crudo cotizaba a 104 dólares y el market cap de YPF era de 14.000 millones de dólares. Para Repsol, que los vendió de inmediato, fue el mejor negocio de su historia, pues el precio del WTI cayó hasta 37 dólares en 2015, reduciendo el valor de YPF a la mitad.


Cuando YPF interrumpió el pago de dividendos, las sociedades Petersen españolas fueron declaradas en quiebra por el Juzgado Mercantil N° 3 de Madrid, que designó a un síndico y subastó el derecho a litigar. Repsol, ejecutando sus garantías, recuperó el 25% que había vendido y Burford Capital compró por 15 millones de dólares el 70% de ese derecho, conservando las Petersen (Esquenazi) el 30%. La demanda fue instaurada en 2015, ante la Justicia de Nueva York, contra el Estado nacional e YPF SA. Con la sentencia del 27 de marzo pasado, el caso ha quedado prácticamente cerrado.


Cristina Kirchner y Axel Kicillof poco tienen para vanagloriarse. Los fraudes, simulaciones, vaciamientos y chanchullos que afectaron a la nave insignia de la soberanía petrolera durante la gestión kirchnerista empobrecieron a la Argentina, condujeron al cepo cambiario, aumentaron el riesgo país y ahuyentaron la inversión. Recién ahora, con una gestión empresaria seria y en un contexto de estabilidad, se están logrando las inversiones para producir hidrocarburos en Vaca Muerta y transportarlos para su exportación a los mercados mundiales. Como nunca se pudo hacer en la mal llamada “década ganada”, cuya sola evocación provoca corridas cambiarias.

"Alien. Blanco, negro y sangre" (¡¡¡134 PAGINAS!!!)