jueves, 8 de octubre de 2026

Francia se desliza hacia el abismo


 

 OPINIóN 


Francia se desliza hacia el abismo


La complicada situación del gobierno de Emmanuel Macron ante el avance de la violencia, las protestas y el extremismo.


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


Revista Noticias



Macron por Pablo Temes


Son tiempos difíciles para la socialdemocracia. Hace apenas diez años, la combinación que propone del dinamismo productivo propio del capitalismo de libre mercado con medidas destinadas a garantizar que todos compartieran los beneficios parecía sumamente sensata. Variantes de esta modalidad de origen europeo estaban en el poder en la mayoría de los países desarrollados, incluidos aquellos gobernados por conservadores de mentalidad tradicionalista que por motivos culturales rechazaban a los hombres de negocios y despreciaban los valores comerciales que fomentaban.


El consenso centrista así supuesto se desintegró bajo la presión de partidos, que los defensores del statu quo calificarían de “populistas” o de “extrema derecha”, cuyos líderes supieron sacar provecho del descontento de millones de personas que se sentían marginadas. En Estados Unidos y Europa, los “moderados” se han convertido en una especie en peligro de extinción. Ahora es difícil encontrar puntos en común entre los partidarios de Donald Trump y los progresistas que empiezan a dominar el Partido Demócrata, o entre sus respectivos equivalentes en Europa.


La situación en buena parte de Europa guarda un claro parecido con la que prevalecía en Argentina en los años previos al ascenso vertiginoso de Javier Milei. En la mayoría de los países, los gobiernos no disponen de fondos suficientes para cumplir con lo que la mayoría considera son sus obligaciones básicas. Esto es especialmente cierto en Francia, que, según todos los indicios, está al borde de la bancarrota. Todos los esfuerzos del presidente Emmanuel Macron por evitar que la desorbitada deuda pública siga aumentando se topan con manifestaciones masivas que a menudo derivan en graves disturbios. Muchos temen que Francia pueda sumirse en el caos en cualquier momento.


La semana pasada hubo indicios de que ese momento finalmente había llegado. Lo que comenzó como una protesta de estudiantes adolescentes frente a una escuela en Saint-Denis, un barrio parisino conocido por su pobreza, que se quejaban de que las aulas estaban en mal estado e infestadas de cucarachas, y de que con frecuencia los profesores faltaban por motivos personales, pronto se extendió por todo el país. Según el gobierno, agitadores de izquierda vinculados al partido Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon intervinieron de inmediato para intentar sacar rédito político de los disturbios. Además, como suele ocurrir en estas ocasiones, un gran número de personas de origen inmigrante se unieron con entusiasmo a las protestas, mientras que la policía respondió con su contundencia habitual. En los enfrentamientos callejeros, un joven perdió una mano y otro un ojo, lo que proporcionó a los manifestantes una excusa para continuar su lucha contra el intento del gobierno de restablecer una apariencia de orden.


Francia está acostumbrada a las convulsiones políticas que surgen cuando un número suficiente de personas pierde la fe en el sistema vigente y considera que ha llegado el momento de sustituirlo por algo radicalmente diferente. Es lo que ocurrió en 1959, cuando la Quinta República, basada en una constitución redactada por el general Charles de Gaulle, obtuvo la aprobación de más del ochenta por ciento del electorado. ¿Podría la Quinta República, que es de naturaleza decididamente presidencialista, correr la misma suerte que sus predecesoras? Si bien es evidente que el sistema actual no funciona, diseñar uno mejor no sería nada fácil, ya que los mayores problemas de Francia tienen menos que ver con las reglas constitucionales que con una escasez crónica de recursos.


Como ocurre en muchos otros países, Francia tiene un generoso sistema de pensiones que fue diseñado cuando las circunstancias demográficas eran muy diferentes a las actuales. Los intentos de modificarlo para tener en cuenta la drástica caída de la natalidad y el aumento de la expectativa de vida se ven sistemáticamente obstaculizados por los sindicatos. Durante su mandato, Macron ha tenido que hacer frente a enormes protestas callejeras de funcionarios públicos indignados a quienes, además de ver congelados sus salarios, se les comunica que, al jubilarse, sus ingresos serán inferiores a los que les habían prometido. Al igual que los jóvenes manifestantes que exigen una mayor inversión en educación, consideran que un gobierno insensible les está privando de lo que les corresponde por derecho.


Todo esto se observa desde los mercados de bonos que controlan la calificación crediticia de los países. Los operadores financieros, influenciados por estos mercados, están vendiendo bonos franceses en cantidades cada vez mayores, lo que está afectando al euro, provocando una rápida depreciación frente al dólar estadounidense. Para empeorar aún más la situación para los europeos -y para Trump-, existen preocupaciones sobre el suministro de energía y otros elementos vitales que se transportan a través del estrecho de Ormuz y el mar Rojo, donde los aliados de Irán, los hutíes yemeníes, están esforzándose por bloquear las exportaciones de petróleo de Arabia Saudita.


Europa, gobernada durante décadas por hombres y mujeres afines a la socialdemocracia, atraviesa una grave crisis; es por lo tanto comprensible que su ideología esté perdiendo atractivo. Sin embargo, no hay razón para pensar que cualquiera de las alternativas propuestas satisfaga a quienes se sienten víctimas de un engaño ideológico. Para ello, los gobiernos europeos tendrían que recaudar muchos más impuestos, pero si bien gravar a los ricos puede parecer una propuesta atractiva, quienes pertenecen a ese grupo tienden a buscar alternativas en otras zonas del mundo, reduciendo así los ingresos fiscales del país. Aunque existe un consenso según el cual aumentar la producción debe ser una prioridad, las empresas europeas lo encuentran difícil no solo por los altos impuestos, sino también porque el costo de la energía es mucho mayor que en Estados Unidos y la competencia china les está arrebatando un número creciente de clientes.


No solo en Francia, sino también en España, el Reino Unido y otros países, los jóvenes acusan a los mayores de anteponer egoístamente sus propios intereses, condenando así a sus descendientes a un futuro sombrío. Señalan que, a diferencia de sus padres o abuelos cuando se incorporaron al mercado laboral, hoy en día la mayoría no puede permitirse independizarse tras finalizar sus estudios o, si lo hacen, se ven obligados a compartir un departamento pequeño con desconocidos. En España, esta lamentable situación ha provocado cientos de manifestaciones, a veces violentas, que, paradójicamente, comenzaron como protestas contra el desahucio en Madrid de una anciana por parte de una empresa financiera que había comprado los edificios donde había vivido durante setenta años. Aunque el gobierno socialista de Pedro Sánchez intervino para que la jubilada pudiera quedarse en su hogar, los numerosos problemas derivados del altísimo costo de la vivienda en España y otras partes del mundo persisten sin solución aparente. En un intento por sacar provecho de las protestas, Sánchez convocó elecciones anticipadas después de que el Congreso rechazara su propuesta para mitigar la crisis congelando los alquileres y dificultando a los propietarios el desalojo de los inquilinos.


Los partidos de izquierda y centro se crearon para defender a los pobres de la “avaricia capitalista”, pero con el tiempo fueron tomados por profesionales y funcionarios acomodados. Como resultado, hoy en día pocos trabajadores o de clase media baja en Europa o Estados Unidos sienten mucha simpatía por sus supuestos benefactores, razón por la cual la mayoría tiende a votar por partidos estigmatizados como de “extrema derecha”. Lo hacen en reacción a la tendencia de los izquierdistas o “progresistas” en los países occidentales a aferrarse cada vez más a causas que la mayoría de su clase trabajadora rechaza rotundamente como la inmigración masiva desde países musulmanes, donde prevalece una hostilidad febril hacia Israel, el racismo anti-blanco, el feminismo agresivo y el transgenerismo. Si bien, en general, los socialdemócratas genuinos no quieren tener nada que ver con las creencias “woke” más extravagantes que favorecen muchos profesores universitarios y sus estudiantes, se han visto desacreditados por su reticencia a oponerse a ellas por temor a ser “cancelados”.


En Brasil, la situación es algo diferente. Como lo demostraron los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales y, de manera aún más significante, de las legislativas, los estados del norte, donde sectores de la población dependen en gran medida de las ayudas gubernamentales, votaron a favor del Partido de los Trabajadores de Lula, mientras que los estados del sur, más prósperos, respaldaron a Flávio Bolsonaro y su Partido Liberal. Si bien la gestión económica de Lula no ha sido llamativamente izquierdista y, según los estándares regionales, los cargos legales en su contra nunca fueron tan graves, el movimiento que se formó en torno a él es ampliamente visto como corrupto, hipócrita y, al igual que sus equivalentes ideológicos en otras partes del mundo, excesivamente propenso a dar por sentada su propia superioridad ética.


 

Milei celebra la victoria de Flavio en Brasil, pero para Caputo la tristeza não tem fim


 

 LA NACION > Política 


Milei celebra la victoria de Flavio en Brasil, pero para Caputo la tristeza não tem fim


El presidente libertario se involucró mucho en la campaña electoral del país vecino; hostigó a Lula y al juez Alexandre de Moraes; pero las buenas noticias locales se vuelven esquivas, sobre todo en economía, lo que complica al ministro


8 de octubre de 2026


LA NACION


Carlos Pagni





Javier Milei celebra, entonces, un nuevo avance de la ultraderecha. Nada menos que en el mayor país de una región que se cubre con una ola de ese signo por Alfredo Sábat


Javier Milei y su entorno sostienen la euforia por el triunfo de Flavio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas. Es una algarabía justificada por varias razones. Una de ellas es que las relaciones exteriores han dejado de ser relaciones entre Estados para convertirse en relaciones de facción. La defensa de un interés nacional queda eclipsada por la defensa del interés partidario. Milei celebra, entonces, un nuevo avance de la ultraderecha. Nada menos que en el mayor país de una región que se cubre con una ola de ese signo.


El Presidente tiene, además, una motivación personal para aplaudir cómo votaron los brasileños el último domingo. Él se involucró muchísimo en la campaña. Hostigó a Luiz Inacio “Lula” da Silva y al juez Alexandre de Moraes, que se convirtió después en protagonista central de la contienda. Puede, entonces, repetir, como dijo Donald Trump semanas atrás, que “los candidatos que yo apoyo siempre ganan”. Trump también respaldó a Bolsonaro.



La felicidad libertaria se explica también porque las buenas noticias locales se están volviendo esquivas. Sobre todo en economía, que es la materia que concentra toda la atención presidencial. Ayer Luis “Toto” Caputo se ufanó en un largo tuit de que, en agosto, el Índice de Producción Industrial Manufacturero tuvo un aumento de 1,9%. Aplausos. Sin embargo, si se siguieran las premisas del propio Caputo habría que lagrimear. Hace pocos días, durante la Argentina Week de París, relativizó el comportamiento negativo del EMAE, que mide el dinamismo general de la economía, diciendo que había que mirar la tendencia-ciclo. Es una medición que registra el movimiento subyacente de la vida material eliminando variaciones ocasionales. En el caso del EMAE, ese indicador daba un aumento de 0,2%. Ahora bien, si con el Índice de Producción Industrial se sigue el consejo del ministro, la tendencia-ciclo cayó 0,6%.


¿Los argentinos votan siempre al revés de los brasileños? Si fuera así, para 2027 tendría que frotarse las manos Axel Kicillof. Pero la historia no obedece a leyes. Por suerte. Sería aburridísima.


Peccata minuta. Caputo elige en cada caso qué número quiere mostrar según su conveniencia. Repite la picardía de Milei, quien el 20 de marzo prometió que la inflación minorista (sic) en agosto arrancaría con 0. Cuando llegó agosto se vanaglorió de que el índice de inflación de julio había arrancado con 0. Pero era el de inflación mayorista: 0,8%. El minorista, que es al que se había referido, estuvo en 2,1%. En agosto todo comenzó por encima de 1. Minorista, 1,7% y mayorista 2,1%. Hay que entender: Milei ya es un político hecho y derecho. No se le puede pedir el rigor del técnico. Eso sí: como político, le convendría escuchar el simpático consejo del maestro Julio María Sanguinetti: “Si vas a decir qué, no digas cuando; y si decís cuándo, no digas qué”. El Presidente padece la aflicción de quien advierte que la realidad no se comporta cómo él imaginaba. De allí deriva la observación de alguien que lo conoce bien: “Si Usted quiere saber cómo está la economía, no mire los números del Indec. El mejor indicador son los ataques de furia de Milei”. ¿Será verdad?


Hasta que la economía se recupere será mejor para el Gobierno seguir celebrando los resultados de Brasil. La victoria de Bolsonaro en el balotaje parece inevitable. A pesar de que al PT todavía le queda una mortecina luz de esperanza. Sus líderes observan que la diferencia entre los dos candidatos principales de la primera vuelta ha sido la más pequeña de la historia. ¿Será por eso la más fácil de revertir? Lula y su equipo no tienen la menor expectativa en dar vuelta votos que ya fueron a Bolsonaro. Apelarán, como hizo el peronismo en 2021 y 2023, a buscar a los que no fueron a votar pero podrían hacerlo por la reelección del presidente. Confían, además, en que no todos los que votaron a los demás candidatos lo harán por Bolsonaro el próximo 25. A pesar de que esos candidatos expresaban distintas posiciones anti-PT.



¿Qué haya ganado la derecha en Brasil significa que el año que viene lo hará en la Argentina? Milei y sus libertarios pretenden establecer esa presunción subliminal. Pero enfrentan una dificultad. Las sociedades no son traducibles. No sólo entre un país y otro. Tampoco en las comparaciones del mismo país en distintos momentos de la historia. “Dos veces no te has de bañar en el mismo río”. Porque el río no es el mismo y porque vos no sos el mismo. Es la dificultad inevitable de las estadísticas políticas.


Si hubiera regularidades, los resultados brasileños tal vez deberían entusiasmar a la izquierda argentina. En 2014 en Brasil ganó Dilma Rousseff y en 2015 en la Argentina se impuso Mauricio Macri. En 2018 en Brasil triunfó Jair Bolsonaro. Pero en 2019 en la Argentina ganaron Alberto Fernández y Cristina Kirchner. En 2022 en Brasil volvió Lula. Pero en 2023 en la Argentina llegó Milei. ¿Los argentinos votan siempre al revés de los brasileños? Si fuera así, para 2027 tendría que frotarse las manos Axel Kicillof. Pero la historia no obedece a leyes. Por suerte. Sería aburridísima.


A falta de esas reglas, lo que resulta más razonable es observar algunas peculiaridades del juego brasileño que pueden inspirar a los actores argentinos. Una es la sociología del voto a Bolsonaro, que es algo sorprendente. El analista Pedro Doria, después de analizar las urnas de muchísimos distritos, advirtió que Lula ganó en barrios de élite, donde se concentra la denominada clase A, como Leblón o Ipanema. Un misterio a desentrañar por los izquierdistas argentinos. Sobre todo por Kicillof. También siguió prefiriendo a Lula la clase E, los más pobres. En cambio Bolsonaro se impuso en las clases C y D. Es decir, las capas medias bajas. Significa que el ganador brasileño atrae a sectores similares a los que votaron a Milei, sobre todo en el área metropolitana, en 2023. Votantes que, según las encuestas más recientes, están en muchos casos desencantados. El jesuita Rodrigo Zarazaga descubrió, indagando entre los electores más desamparados del conurbano bonaerense, que La Libertad Avanza es la que menos votos retiene. ¿Van al peronismo? Parece que no, que van a la abstención. Es un interrogante de gran magnitud que pesa sobre Milei: si todavía mantiene la capacidad de representar a personas que tienen vidas muy ajustadas pero profesan una visión cuentapropista, individualista, de su inserción en la economía. Darwinistas de mercado.


Hay otra lección brasileña que se dirige a los opositores argentinos. Lula intentó armar un frente amalgamado por consignas de defensa de la democracia ante el avance autoritario de la ultraderecha bolsonarista. El centro de esa presentación es la imputación por la cual Jair Bolsonaro está preso: haber alentado un golpe de Estado que impidiera la asunción de Lula. Ahora que el presidente perdió, muchos analistas atribuyen la derrota a no haber sido fiel a ese diseño original. Lula propuso una alianza pero gobernó con el PT en los principales cargos de su gabinete. Y su campaña se centró en su figura y su partido. Enseñanzas que tal vez podría recoger el peronismo, sobre todo en su versión kirchnerista.


En Brasil comienza a desplegarse un proceso que será muy interesante observar desde la Argentina: la participación política del líder preso. Jair Bolsonaro logró trasvasar su capital electoral a su hijo Flavio. Un éxito en el que, tal vez, anide un inconveniente por venir. ¿Querrá Jair tutelar el gobierno de su hijo? Hay un dato predictivo: el expresidente no llama a sus hijos por el nombre. Los tiene numerados: 01, 02 y 03. El triunfador del domingo es 01. ¿Conseguirá Flavio, desde esa frágil identidad numérica, poner freno a las ambiciones de su padre? Es una tensión que, en Colombia, agitó la relación entre Álvaro Uribe y sus discípulos, Juan Manuel Santos e Iván Duque. No hace falta explicitar quienes han encarnado ese drama en la Argentina. Un antecedente que está cobrando inquietante actualidad: Kicillof no quiere repetir la experiencia de Alberto Fernández frente al matriarcado de la señora de Kirchner. No se le ocurre aceptar su tutela hasta llegar al poder para después sacudirse el yugo. A Sergio Massa sí se le ocurre. Es casi en lo único que piensa. La expresidenta, mientras tanto, se hace una pregunta: ¿Quién será capaz de garantizarle la provincia de Buenos Aires? Ella, mamá ante todo, tiene a su propio Flavio.


Hay otra dimensión argentinizable de la peripecia brasileña. Ya es un consenso que, si el 25 termina de imponerse Flavio Bolsonaro, Jair estará libre, a más tardar, en marzo. Es decir: en Brasil está resuelto el enigma que atraviesa la situación del peronismo si en 2027 gana alguien de sus filas. ¿Qué hacer con Cristina Kirchner? Los brasileños no tienen claro todavía cómo se tramitaría esa liberación. Una posibilidad es que se considere que el expresidente Bolsonaro ha sido víctima de un error procesal. Se repetiría la historia de Lula, a quien Milei acusa de ser “un ladrón que no está preso sólo por una decisión administrativa”. El otro camino es el de una amnistía dictada por el Congreso. Por eso es tan determinante el número de bancas que obtuvo la oposición a Lula el domingo pasado.


Kicillof no quiere repetir la experiencia de Alberto Fernández frente al matriarcado de la señora de Kirchner. No se le ocurre aceptar su tutela hasta llegar al poder para después sacudirse el yugo. A Sergio Massa sí se le ocurre


En ambos casos se hace necesaria una convalidación del Superior Tribunal Federal, la Corte brasileña. Para obtenerla es clave la situación de Alexandre de Moraes. Es el magistrado que tuvo entre manos el caso Bolsonaro Sr. El que lo puso tras las rejas. Por eso Milei trató a Moraes de “basura calva”. Un insulto que en algún momento tendrá un feliz merecedor local. Lo más probable, un periodista. Después del ataque de Milei el juez cayó en una espiral de inconvenientes. Sobre todo uno: el estudio jurídico de Viviane Barci de Moraes se hizo cargo de la defensa del controvertido banquero Daniel Vorcaro, acusado de numerosos casos de corrupción. Barci de Moraes es la esposa de Alexandre de Moraes. La Justicia descubrió que el celular de Vorcaro conservaba mensajes en los que alguien, que se presume es el propio magistrado, aconsejaba al sospechoso sobre la eventual ventaja de fugarse.


El escándalo del juez Moraes fue decisivo en la victoria de Flavio, el hijo del presidiario. Con una paradoja tragicómica: el banquero Vorcaro financió la campaña de Flavio. Lo importante ahora ha pasado a ser otro ajedrez, y es éste: ¿los legisladores bolsonaristas podrían ofrecer a Alexandre de Moraes que se abstendrán de promoverle un juicio político a cambio de que él admita un desacierto procesal en la condena de Bolsonaro padre, o de que convalide una amnistía? El espejo brasileño es muy poco edificante.


La eventual liberación de Jair Bolsonaro inaugura un problema demasiado prematuro: si Flavio tendrá derecho a la reelección. Tal vez compita desde ya contra su padre. Y contra su madrastra. Michelle Bolsonaro, quien el domingo pasado fue electa senadora federal por Brasilia, tiene aspiraciones inconmensurables. El año 2030 presenta un interesantísimo problema para Jair: debe elegir entre su esposa, su hijo o él mismo.


Esta superpoblación de candidatos en lo que ya parece ser el nuevo oficialismo de Brasil deja a la intemperie a figuras relevantes de la oposición a Lula, como Tarcisio de Freitas, el poderoso gobernador de San Pablo. La pregunta es obvia: ¿la oposición a los triunfantes Bolsonaro saldrá de un PT reconstruido o de un desprendimiento de sus propias filas? ¿Será un antibiótico? ¿O será una vacuna, es decir, algo hecho de la misma sustancia que se quiere combatir? Este dilema ya se dibuja, aunque borroso, en el horizonte de Milei. Se llama Patricia Bullrich.


La recomposición del PT será un proceso trabajoso. El domingo pasado se podría haber iniciado el crepúsculo de un líder excepcional, que domina a la izquierda brasileña desde las movilizaciones que en los años ’80 exigían elecciones a la dictadura. Diretas ja. Algunos eventuales reemplazantes también fracasaron el domingo. Ciro Gomes en Ceará. Joao Campos en Pernambuco.


En la Argentina esa reconversión sigue siendo dificultosa. La novedad de estas horas es el lanzamiento de Massa, quien ya convoca a antiguos colaboradores para su campaña. Su objetivo inmediato es aislar a Kicillof dentro de la dirigencia peronista hasta obligarlo a desistir. Massa no contempla un inconveniente: que Kicillof no renuncie a su sueño. Que lo enfrente en una interna. O que, todavía peor, decida ir por fuera del partido. Delicioso duelo entre dos exministros de Economía: el de Cristina Kirchner contra el de Alberto Fernández. Ambos podrían tener otro desafío: los Passaglia. En 2023 fundaron un partido aunque, por ahora, son sólo un apellido.


Esta enredada lucha familiar del peronismo es el principal activo de Milei. Le sigue la victoria brasileña de Bolsonaro. Son buenas noticias para él. En cambio, para Caputo, tristeza não tem fim.


Por Carlos Pagni


 

"Colección Vertigo 5 - Predicador - Todo queda en familia"