domingo, 13 de septiembre de 2026

La soberanía no se recupera subordinándose


 

 MALVINAS 


La soberanía no se recupera subordinándose 


Más allá del reclamo histórico, la disputa se juega hoy en Antártida, IA y datos. Sin desarrollo nacional no hay independencia.


Sabino Vaca Narvaja 


Diario Perfil



Javiera Thatcher por Pablo Temes


Malvinas no es solamente una deuda del pasado. Es también una disputa sobre el futuro. El reclamo argentino por la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes es una causa permanente que debe atravesar gobiernos y generaciones. Pero en el siglo XXI significa además Atlántico Sur, proyección antártica, recursos estratégicos, rutas marítimas, ciencia y tecnología.



La Argentina necesita pensar Malvinas desde un mapa más amplio. El centro de gravedad económico mundial se desplaza hacia Asia mientras las regiones polares adquieren renovada importancia geopolítica. Las nuevas rutas del Ártico y la disputa por Groenlandia demuestran que la geografía vuelve al centro del poder mundial. La Antártida posee un régimen jurídico diferente, protegida como reserva de paz y ciencia, pero precisamente por eso la presencia científica, logística y diplomática que construyamos hoy será fundamental en las próximas décadas.


Tierra del Fuego no debe pensarse como el confín del país, sino como una plataforma estratégica. Ushuaia puede convertirse en un gran nodo antártico, portuario, científico, naval y tecnológico. Si el epicentro económico mundial sigue hacia Asia, la Patagonia puede dejar de ser periferia para articular Atlántico, Pacífico y Antártida.


En este escenario, China ocupa un lugar que Argentina no debería subestimar. Entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Beijing ha sostenido uno de los respaldos más firmes al reclamo argentino, tanto bilateralmente como en Naciones Unidas.


Malvinas y Taiwán no son situaciones jurídicamente idénticas. Sin embargo, existe un principio político que explica la sensibilidad recíproca: la defensa de la integridad territorial y el rechazo a que cuestiones fundamentales para la unidad nacional queden subordinadas a conveniencias de terceros.


La experiencia china deja además una enseñanza. China recuperó Hong Kong en 1997 y Macao en 1999 después de transformar profundamente sus capacidades económicas, productivas y estatales. No se trata de trasladar mecánicamente esa experiencia a Malvinas, sino de comprender algo elemental: la capacidad diplomática de una nación depende del poder económico, tecnológico y político que haya construido.


Aquí aparece la paradoja de la política exterior de Javier Milei. Mientras Argentina necesita ampliar apoyos y márgenes de autonomía, el Gobierno sobreactúa su alineamiento con Washington, precisamente cuando la administración Trump recupera la Doctrina Monroe y reafirma su preeminencia en el hemisferio occidental.


Tampoco deberían confundirse las tensiones circunstanciales entre Trump y Londres con una ruptura estratégica. Estados Unidos y Reino Unido mantienen una profunda alianza militar, nuclear, de inteligencia y tecnológica, que el Technology Prosperity Deal firmado por Trump y Starmer profundiza en IA, computación cuántica, energía nuclear, chips y defensa.


Mientras algunos imaginan que una diferencia coyuntural entre Washington y Londres podría favorecer el reclamo argentino, ambas potencias integran las tecnologías que definirán el poder del siglo XXI. Y la historia obliga a ser prudentes: en 1982, ante la disyuntiva entre la solidaridad hemisférica y su alianza con el Reino Unido, Estados Unidos eligió Londres. Malvinas no puede depender del humor de Trump con Londres.


El caso Palantir introduce otra dimensión del problema. La vinculación con empresas de inteligencia artificial, análisis de datos, seguridad y defensa obliga a discutir quién controla los datos, dónde se almacenan y qué capacidades quedan en Argentina. El problema no es relacionarse con empresas estadounidenses, chinas o europeas, sino hacerlo sin estrategia nacional. Los datos y la inteligencia artificial son hoy dimensiones de la soberanía.


Esto vuelve estratégico al Sur argentino. La Patagonia posee bajas temperaturas, recursos eólicos, gas, potencial hidroeléctrico y energías renovables: condiciones atractivas para centros de datos e infraestructuras de cómputo. La IA no elimina la geografía: la vuelve nuevamente estratégica.


Argentina debe decidir si quiere convertir la Patagonia en una plataforma soberana de IA, energía y conocimiento o limitarse a ofrecer territorio, electricidad y frío para que otros procesen allí sus datos. Esa diferencia se llama desarrollo.


Malvinas requiere además acumular apoyos internacionales. América Latina es nuestro primer círculo estratégico, pero África y Asia serán cada vez más relevantes. Por eso resulta contradictorio que Argentina se haya colocado junto con Estados Unidos e Israel entre los únicos tres países que votaron contra una resolución impulsada por Ghana sobre la esclavitud, respaldada por 123 Estados.


Lo mismo ocurre con Brasil. Convertir las diferencias ideológicas con Lula en rivalidad estratégica contradice el interés nacional. Brasil es nuestro principal socio regional y resulta indispensable para cualquier estrategia sudamericana sobre el Atlántico Sur.


Pero existe una cuestión más profunda. Los respaldos diplomáticos, las resoluciones internacionales y nuestros sólidos derechos históricos y jurídicos son indispensables, pero ninguna nación puede sostener una estrategia soberana durante décadas si carece de capacidades materiales para respaldarla.


Por eso Malvinas debe ser también una política de desarrollo. Necesitamos una Tierra del Fuego poblada y productiva; puertos, industria naval, marina mercante, logística antártica, energía, telecomunicaciones, radares, satélites, centros de datos e inteligencia artificial.


Poseer territorio no alcanza. Poseer recursos tampoco. La soberanía consiste en disponer de las capacidades para decidir sobre ellos, transformarlos y defender el interés nacional. La mejor política de Malvinas es construir una Argentina desarrollada, porque un país dependiente puede reclamar soberanía, pero tendrá más dificultades para ejercerla.


La soberanía no se recupera subordinándose. Se construye desarrollando la Nación.


* Exembajador en China.


 

"Zorro #2" (2026)


 


 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Milei y las Malvinas, oportunidad y oportunismo


 

 LA NACION > Ideas 


Milei y las Malvinas, oportunidad y oportunismo


12 de septiembre de 2026


LA NACION


Sergio Suppo



Javier Milei y las Malvinas, oportunidad y oportunismo por Alfredo Sabat


La diferencia entre una oportunidad y su desviación, el oportunismo, a veces es difícil de precisar, pero siempre está conformada por hechos verificables, inventos, fantasías, verdades deformadas y mentiras apenas disimuladas.


El conflicto de las Malvinas es un universo intenso y contradictorio, aunque al final del camino aparece una causa noble, construida por los argentinos y muchas veces destruida por nosotros mismos.



Javier Milei apenas acaba de ingresar a ese lugar en nombre de una circunstancia que, por una vez, lo obliga a renegar de su sectarismo mientras a cambio pide al resto del sistema político el seguimiento a su criterio. El Presidente fue impulsado por la advertencia de Santiago Caputo, su asesor en comunicación, de que había una ventana por la que entrar al tema con perspectivas de obtener una ganancia. Oportunidad y oportunismo, otra vez.


El conflicto de las Malvinas es un universo intenso y contradictorio, aunque al final del camino aparece una causa noble, construida por los argentinos y muchas veces destruida por nosotros mismos


La oportunidad es el razonable reclamo que la Argentina tiene que instrumentar, a pesar de su escaso poder jurídico e institucional frente a la política fáctica de Gran Bretaña y ante la inminente extracción de petróleo en aguas argentinas bajo dominio militar británico. La exploración comenzó hace más de una década, pero la explotación del recurso ocurrirá en aproximadamente un año y medio.


Durante el kirchnerismo se aprobó la ley en la que ahora se basará el Estado argentino para tratar de sancionar a las empresas que participen del negocio. En esos años empezaba a crecer lo que ahora ya es casi una realidad: la explotación intensiva de Vaca Muerta, abierta a grandes inversiones de los principales jugadores en el negocio de la energía.



Bloquear el acceso a Vaca Muerta a las empresas que explotarán el petróleo de las Malvinas puede ser una barrera mucho más efectiva que la escasa posibilidad de aplicar las leyes argentinas fuera del país.


Todavía no fue precisado si de verdad Donald Trump hizo o hará un gesto real a la Argentina respecto de Malvinas o si solo usará nuestro conflicto como parte de su juego de presiones para sacar ventaja frente a adversarios del momento, como el actual gobierno de Londres, del que pretende más fondos para la OTAN.


Milei juguetea con ese presumible apoyo, que puede ser un camino a ninguna parte. Es la primera vez desde la guerra de 1982 que un presidente argentino insinúa que hay un cambio importante en la política por Malvinas.


Bloquear el acceso a Vaca Muerta a las empresas que explotarán el petróleo de las Malvinas puede ser una barrera mucho más efectiva que la escasa posibilidad de aplicar las leyes argentinas fuera del país


De hecho, la cadena nacional de la semana pasada y los anuncios instrumentales de días posteriores fueron precedidos durante un par de años por versiones de origen indescifrable que indicaban que algo importante iba a ocurrir a partir de un cambio de posición de los Estados Unidos.


Contexto al contexto, esa mutación se encuadraría en el cambio de valor estratégico del Atlántico Sur en las últimas décadas y de la decisión de Trump de blanquear una política de repliegue continental frente al avance global de China.


Esos cambios y su implicancia para el interés argentino por las Malvinas no borran el pasado. Por el contrario, los antecedentes cobran nuevo valor.


La larga historia de desatinos recuerda que a Leopoldo Galtieri le hicieron creer que Estados Unidos lo apañaría en su decisión de ejecutar el plan de ocupación transitoria de las islas. Entonces, era todavía reciente una propuesta británica informal que le habían acercado al presidente Juan Perón poco tiempo antes de muerte, en 1974. Esa hipótesis de negociación planteaba una soberanía compartida por un siglo con tres banderas en simultáneo, la argentina, la británica y la de las Naciones Unidas.


Es la primera vez desde la guerra de 1982 que un presidente argentino insinúa que hay un cambio importante en la política por Malvinas


Galtieri jugó a todo o nada con un golpe de mano urgido por la necesidad de revivir una dictadura que, además de sus efectos más siniestros, nunca encontró las respuestas económicas y sociales prometidas en el golpe de 1976.


La derrota militar de 1982 es la madre de una situación que revirtió la decadencia de las islas e impulsó a los británicos a explotar la pesca hasta convertir a los isleños en los americanos con mejores ingresos per cápita del continente. Más acá en el tiempo, la próxima extracción del petróleo del subsuelo del mar argentino es otra consecuencia de aquella tragedia.


La Argentina, desde Raúl Alfonsín hasta Milei, hizo poco y fue contradictoria más de una vez en su intento de ignorar los efectos de la derrota militar.


Desde la guerra se alejó la posibilidad de una negociación por la soberanía, pero adquirió un vigor enorme el sentimiento de los argentinos por recuperar las islas. Esa voluntad colectiva es intensa y no decrece. Se expresa desde costados tan diversos y pintorescos como el deseo futbolero de ganarle a Inglaterra en los mundiales hasta el genuino fervor que despiertan los excombatientes en sus apariciones públicas.


Ese deseo colectivo es un mandato político que nunca se consuma, entre otras razones porque la Argentina está lejos de ser un país poderoso. La geografía seguirá colaborando por siempre con las razones argentinas: las islas están cerca, en la misma plataforma continental. Y como si fuera poco, aunque el país no haya crecido lo suficiente y haya alimentado su propia decadencia, el Reino Unido hace un largo siglo perdió su condición imperial y su paulatina pérdida de peso relativo es un dato incontrastable.


Milei se montó sobre esos sentimientos y esa realidad de siempre. Apenas vio un guiño de su amigo Trump y encontró un momento oportuno renovó el legítimo reclamo argentino frente a la explotación petrolera.


Malvinas nunca fue un tema que lo preocupara, al extremo de poner más de una vez a Margaret Thatcher como ejemplo de estadista.


Como todos sus antecesores, el libertario fue alcanzado por la idea de que él podría consumar el sueño que otros presidentes no lograron. Son tiempos convulsionados en el mundo. El peor peligro es que ese sueño se convierta en pesadilla.


Por Sergio Suppo



 

"Superman The Kryptonite Spectrum #01"