jueves, 5 de febrero de 2026

HUMOR DIARIO

Milei, una “solución” económica





















Gobierno libertario y continuidad política


Milei, una “solución” económica


A dos años de gestión, el experimento del Presidente muestra menos ruptura de lo prometido y más continuidad de lo esperado: ajuste macroeconómico, pragmatismo político y una revolución cultural que por ahora no ocurrió.


Eduardo Fidanza


Diario Perfil 




Poca presión hacia el tanque...Javier Milei por Pablo Temes



Sin intención de hacer un balance, cabe analizar, al cabo de dos años de un gobierno que se autopercibe revolucionario, una cuestión relevante: la continuidad o el contraste entre la visión de su líder antes de asumir la Presidencia y su mirada actual de la política y la economía. Para orientar la indagación, puede empezarse por una constatación obvia: los discursos de campaña de los partidos y los candidatos a cargos ejecutivos, aquí y en el mundo, están cargados de promesas sobreactuadas y afanes refundacionales, como fue el caso de Alfonsín –el único justificado–, de Menem y de los Kirchner. Milei, por cierto, no resultó la excepción, aunque sí lo fue su odio al Estado y la política, junto con la apología absoluta de la libertad de mercado como eje orientador no solo de la economía sino también de la cultura, contrariando la tradición de los partidos argentinos en sus distintas vertientes ideológicas.


La visión de un dirigente político es, sin embargo, un problema complejo que no se resuelve al voleo, con citas puntuales o medidas específicas. Conviene aquí establecer una distinción entre los discursos inaugurales, las arengas a los militantes, las declaraciones breves, bajo la forma de clips en las redes; lo que se dice en las entrevistas y se escribe en los discursos –Milei los usa sistemáticamente–, y las medidas específicas que se toman en el rol ejecutivo. El suyo es un caso complejo para analizar: empezó como asiduo y escandaloso invitado a programas de televisión y comediante en el Maipo hasta llegar a diputado y luego presidente de la Nación. Un presidente sui generis, que tanto habla en las Naciones Unidas como interpreta a una estrella de rock. En su repertorio hubo muchos exabruptos, expresiones y palabras para épater le bourgeois que luego desaparecieron de su boca. Recuérdese, entre otras, el comercio de órganos, la libre portación de armas o el cierre del Banco Central.



Bajo distintos formatos, se constata una línea de continuidad en el discurso de Milei: la agresividad verbal y el sesgo economicista, que es su fijación profesional. Sin embargo, lo que le abrió las llaves del poder no fue la economía, sino una advertencia sociológica con base empírica: existe un estrato privilegiado que acapara la riqueza y las oportunidades, despojando al pueblo de las suyas. En lenguaje popular, los que tienen curros. A esa clase la llamó casta y se postuló para derrocarla. En términos sociológicos, este argumento es asimilable a la crítica a las élites, una saga clásica desde Comte y Saint-Simon a Wright Mills, un sociólogo de izquierda que en la década del 60 acusó a los círculos de poder norteamericanos de cometer las mayores inmoralidades. Yendo más atrás, se trata de la misión paradigmática del redentor, que viene a liberar al pueblo de la opresión de los poderosos.


No obstante, analizando las políticas de Milei en lo que va de su gestión, no fue eso lo que prevaleció, más allá de declaraciones intempestivas e insultos varios. Hubo, en cambio, constancia en la corrección macroeconómica y una serie de rectificaciones implícitas en el plano político. Si se lo mira desapasionadamente, fue un pasaje de la transgresión a la convención. Por empezar, el discurso del 10 de diciembre de 2023 no resultó innovador. Milei leyó un preámbulo refundacional típico, enfatizando, sin embargo, que antes de la felicidad era inevitable pasar por la angustia del ajuste del gasto para evitar la hiperinflación. Una versión de la cirugía mayor sin anestesia menemista. No mencionó a la casta ni atacó a los políticos, sino que los invitó a sumarse con independencia de dónde provinieran. Lo que siguió, durante 2024, fue una aceptación implícita de la centralidad del Congreso, expuesta a través de fatigosas negociaciones de un oficialismo minoritario dispuesto a ceder para sancionar sus leyes liminares. Si se quieren sumar más convencionalismos, a este gobierno, como a otros, le saltaron casos de presunta corrupción, que la Justicia seguramente no juzgará hasta que Milei deje la Presidencia, según la regla implícita de una división de poderes floja de papeles.


¿Y la batalla cultural? Poco y nada si se considera el conjunto de la sociedad. No hubo cambios verificables entre los argentinos, que permanecen tan individualistas o solidarios como de costumbre; “abrazar la libertad” significó un eslógan más que una pasión; nadie comerció con órganos ni porta armas sin restricciones. El enfrentamiento ideológico fue indoloro, canalizándose en las redes sin poner el cuerpo. La inseguridad sigue siendo un flagelo, los narcos no abandonaron los barrios, si bien disminuyeron los asesinatos en Rosario; la movilización social se planchó como en el mejor momento de Menem; disminuyó significativamente la inflación y ascendió la desocupación, igual que en aquella época, pero, como entonces, padecen las Pymes y los desocupados y precarizados aumentan, aunque las estadísticas los hayan sacado de la pobreza; hubo elecciones con el más bajo nivel de participación desde 1983, lo que sugiere que el rechazo a la casta podría incluir ahora a los libertarios. La gente se aferra a los dólares porque sigue desconfiando. Los cambios de costumbres, como el aumento exponencial de las compras online o el hábito cada vez más extendido del trabajo remoto, están condicionados por la tecnología, no por la política. Como antes, la Argentina no fue Venezuela; ahora tampoco vive la utopía libertaria.


En la esfera del poder sí hubo un antes y un después, en términos políticos, que fue Trump. Milei vio en él a su espejo, un líder narcisista de ultraderecha dispuesto a batirse por las ideas de la libertad, aunque, paradójicamente, arancelando el comercio mundial. El resultado fue un alineamiento con EE.UU. que no registra antecedentes en la historia de las relaciones internacionales de la Argentina. La sobreactuación tuvo un premio excepcional: la ayuda que le permitió al Gobierno ganar las elecciones de medio término cuando la crónica falta de dólares –otro parecido con la historia– deslizaba la economía a la catástrofe. Así, la Argentina libertaria asoció su destino a un liderazgo discrecional y autoritario que tiene en vilo a Occidente.


Más allá de esa vergüenza, queda claro que lo de Milei no es una revolución cultural sino apenas una “solución” económica. Todos los gobiernos ensayaron la suya, desgraciadamente sin éxito, por eso las comillas. No obstante, como la historia es una obra abierta, no se puede cancelar la posibilidad de que esta vez sea distinto, aunque persisten grandes dudas. En ese marco, las élites empezaron 2026 discutiendo con aspereza sobre el modelo de negocios que regirá en adelante, espoleadas por los tesoros de Vaca Muerta. El Gobierno dirá que vamos hacia Noruega y los perjudicados por sus políticas que el destino es Nigeria. La gente de a pie probablemente permanezca aparte, conforme o enojada según su suerte material.

El error de poner en riesgo la confianza











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El error de poner en riesgo la confianza


Marco Lavagna decidió renunciar hace un mes, cuando se enteró de que Milei había descartado los cambios en las mediciones del Indec; no tiene nada que ver con Paolo Rocca, pero los unió el matiz autoritario cada vez más marcado en el Presidente


LA NACION


Joaquín Morales Solá



Javier Milei y Marco Lavagna por Alfredo Sábat


Todo empezó en Davos. Arropado por la nieve más que por el público, Javier Milei tomó allí la decisión de postergar (nadie sabe hasta cuándo) una medición actualizada de la inflación mensual que hace el Indec. ¿La razón de tal suspensión? El temor a que el aumento de algunos servicios públicos por encima de la inflación, ya anunciado para los próximos meses, estropeara su mejor capital político, que es precisamente la baja de la inflación.


Ese temor iba acompañado por otro: consistía en la posibilidad de que la sociedad viera esos cambios como una manipulación de las mediciones del costo de vida. Fue un momento raro de la historia. Un error perfecto. La renuncia del extitular del Indec Marco Lavagna coincidió con un tsunami de calumnias e insultos por parte del propio Presidente contra el más importante empresario argentino, el CEO de Techint, Paolo Rocca. Si le crearon las condiciones para que Lavagna se fuera del Gobierno y si se destrata a un empresario del porte de Rocca, ¿a qué conclusión llegaron los auténticos inversores nacionales y extranjeros si proyectaban poner un dólar en el país?



Auténtico no es un palabra escrita sin sentido. Existen los inversores financieros, que se dedican a ganar mucho dinero en poco tiempo, y existen los inversores productivistas que crean empresas y planifican para un tiempo largo. Estos últimos son los que realmente importan para el futuro de la economía, porque los otros son golondrinas que vienen y se van con la misma premura. Seguramente, los inversores serios habrán concluido en que, a pesar de los esfuerzos de Milei para controlar las cuentas públicas, es mejor ver y esperar. Las formas también incumben.


Marco Lavagna se había comprometido desde enero del año pasado con que actualizaría la medición de la inflación. Lo anunció hasta públicamente; en esos cambios se les iba a dar más importancia a los servicios. El consumo de servicios públicos no es el mismo ahora que el de hace 20 años, pero de todos modos tal modificación planificada no tendría una incidencia significativa en el costo de vida anual. Podría, sí, bajar el salario real si la inflación de un año aumentara unos pocos puntos.


El pavoneo oficialista asegurando que bajó la inflación, lo cual es cierto, y al mismo tiempo aumentó el salario real perdería una de sus partes. Milei detestó esa idea, sobre todo porque no ignora, como economista que es, que la actividad económica está estancada y que se constató una caída en la producción de varios sectores industriales, como sostiene un informe de Orlando Ferreres y Fausto Spotorno. Los dos economistas le quitan, sin embargo, importancia a las importaciones. Señalan que solo hubo una “normalización de los flujos comerciales”; aceptan que, en verdad, se registró un aumento en la compra de artículos importados, pero espoleados sobre todo por el precio del dólar, que nada tiene que ver con la política comercial “en sentido estricto”.



También subrayan que en octubre, noviembre y diciembre últimos bajó la actividad económica y culpan de ellos a un mercado laboral estancado y precarizado e ingresos de las familias deprimidos. Solo un regreso del crédito, una mayor inversión y una mejor estabilidad política podrían cambiar esa tendencia en el año que comenzó, sostienen. Pero es justó ahí donde Milei cometió el error. Hasta el Fondo Monetario había apoyado y aplaudido la eventual modificación en las mediciones del Indec.


Marco Lavagna decidió renunciar hace un mes, cuando se enteró de que el Presidente había descartado (¿por el momento?) esos cambios en las mediciones del Indec. Aseguran funcionarios oficiales que el exjefe del Indec solo quería que luego no se dijera que lo echaron. Por eso apuró la renuncia. Un enjambre de periodistas oficialistas salió ayer en una virtual cadena nacional a culparlo a Lavagna de ser un hombre de Sergio Massa. El periodismo no existe para hacer campañas contra nadie. Lavagna estuvo cerca de Massa durante un tiempo, pero ¿no estuvo también en el gobierno de Milei durante dos años y dos meses? ¿Solo ahora, 26 meses después, la administración mileista se enteró de que Lavagna hijo era un hombre de Massa?


Marco Lavagna preservó su independencia intelectual hasta de la influencia de su padre, el exministro Roberto Lavagna, y su valor como titular del Indec consistía en que tampoco nadie lo podía vincular políticamente con el gobierno de Milei. El Indec es más valioso cuando es más autónomo, sobre todo después de la experiencia dantesca que la economía vivió con Guillermo Moreno y su manipulación de las estadísticas oficiales.


Sucedió, al final, lo que Milei tanto temía: ahora se discute más que antes la independencia de Indec porque se fue un titular que no era mileista. “El daño reputacional ya está hecho”, concluyó el economista Enrique Szewach. ¿Para qué crearon un problema donde no lo había? Nadie podía imaginar sensatamente a Marco Lavagna como un mileísta porque, dentro de su propio espacio intelectual, es hijo de quien es hijo.


Roberto Lavagna, si bien se mira su historia, tiene una sola coincidencia con Milei: los dos son obsesivamente contrarios al déficit en las cuentas públicas. La restante cosmovisión de ambos los separa abismalmente. Aunque Lavagna padre entregó cuando renunció una economía con superávits gemelos (el fiscal y el de la balanza comercial), él es un industrialista, mientras Milei confía más en el libre comercio. Milei frecuenta la extravagancia, como cuando anda haciendo duetos con cantantes en festivales y teatros, mientras Roberto Lavagna no perdió nunca la compostura.


¿Qué hubiera hecho Roberto Lavagna ante un conflicto entre privados como el que vivió Techint con otras empresas privadas, un consorcio liderado por la familia Bulgheroni y Marcelo Mindlin? Responde alguien que lo conoce desde hace mucho tiempo al exministro de Economía: “Hubiera tratado de mediar para que las empresas que compran los caños de un gasoducto de casi 500 kilómetros no salieran perjudicadas, pero al mismo tiempo Techint acomodara sus precios para producir aquí los caños y preservara sus empresas y lo puestos de trabajo”. Paréntesis: Mindlin votó para que se le diera a Techint la oportunidad de vender los caños al mismo precio que el mejor que se haya ofrecido desde el exterior, pero no ganó la partida.


Aunque conocida, la primera aclaración que debe hacerse es que se trató de un concurso de precios (y de un conflicto) estrictamente entre privados. Techint ofrecía sus caños en un concurso de precios nacional e internacional que convocó un consorcio de empresas (Bulgheroni y Mindlin son las más importantes) que se formó para construir el gasoducto que conectará Vaca Muerta con un puerto de Neuquén. YPF participa de ese consorcio, pero el porcentaje de sus acciones es menor que el de las empresas absolutamente privadas.


Techint ofreció igualar el precio de los caños que había ofrecido la empresa india Welspun, aunque perdiera dinero. La multinacional ítalo-argentina prefería mantener su planta de Valentín Alsina, que solo fabrica caños para gasoductos. YPF votó igual que Mindlin para aceptar la propuesta de Techint, pero los dos perdieron la votación. Welspun, que ya fue sancionada por dumping en Estados Unidos, ganó ese concurso convocado por privados. Techint acusa a Welspun de ser una empresa protegida por el Estado indio y de comprar la chapa en China, insumo también protegido por el gobierno chino.


Vale la pena subrayar que se trató de un conflicto entre privados y recordar, al mismo tiempo, el derecho de los compradores de aceptar la propuesta que consideraran mejor. El Gobierno debía, a su vez, preservar su imparcialidad porque existía la posibilidad cierta de que Techint se presentara ante la agencia gubernamental de Defensa de la Competencia para denunciar por supuesto dumping a la compañía india. La periodista Sofía Diamante informó en LA NACION la semana pasada, en una crónica impecable que no contenía ninguna opinión propia, que la posibilidad de hacer esa denuncia era evaluada por la empresa de Rocca.


A partir de ese momento, Sofía Diamante fue acusada por el propio Milei de pertenecer a los “operadores”, presuntamente de Techint, y la bautizó con un apodo insultante. Antes, debe reconocerse, lo había precedido a Milei en su crítica a Techint el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, aunque con un estilo más elegante.


Sturzenegger tampoco tenía nada que hacer en ese problema entre privados; su rol consistía en mantenerse al margen de un enfrentamiento entre las más grandes compañías petroleras argentinas. Techint tiene también una compañía petrolera. Sturzenegger es considerado por varios colegas suyos como el más brillante economista de su generación, pero el mileÍsmo lo cambió a ese hombre otrora moderado y respetuoso. Ahora tiene la fe de los conversos y actúa, escribe y habla como un fanático. Es el precio que cobra Milei para que los funcionarios perduren en su administración.


Luego, Milei apodó a Rocca como “Don Chatarrín” y, lo que es peor, lo acusó de haber participado de un imaginario complot para destituirlo cuando el Presidente perdió de mala manera, el 7 de septiembre del año pasado, las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Desde ya, se trata de una calumnia; Rocca se enfrentó en su momento con los Kirchner y con Hugo Chávez, cuando este le confiscó una empresa valuada en 4.000 millones de dólares.


El Presidente prefiere ignorar la historia en el instante mismo en que se dedica a agraviar. Lavagna y Rocca son dos personas que nada tienen que ver entre sí, pero los unió el matiz autoritario cada vez más marcado del Presidente. No es una novedad: siempre ocurre una escalada del autoritarismo cuando se derrapa en esa equivocación. El problema fundamental de Milei es que no sabe (o no quiere saber) que los presidentes tienen más deberes que derechos.


Por Joaquín Morales Solá

"Editorial Columba: Saga Nippur de Lagash - 03 - Saga de los Hititas en Egipto" (¡¡¡136 PAGINAS!!!)