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Un presidente asediado por las guerras
22 de marzo de 2026
LA NACION
Joaquín Morales Solá
Donald Trump y Javier Milei por Alfredo Sábat
De Javier Milei se pueden decir muchos cosas, menos que carece de ambición para su proyecto histórico como líder nacional. Les propone un “cambio cultural” a los argentinos, pero ni él está seguro de que una mayoría social lo seguirá apoyando en medio de la escasez, entornada, además, por las denuncias sobre presuntos hechos de corrupción que se habrían cometido en el vértice del poder. Estableció la “moral como política de Estado”, pero luego se supo que él solo considera inmoral a las políticas económicas proteccionistas y al resultado deficitario en los manejos de los recursos del Estado. La mayoría de las encuestas registran una caída en la aprobación del Presidente de alrededor de 10 puntos; hasta hace poco, la aceptación social de su gobierno rondaba el 50 %, mientras ahora gira en torno del 40 %, según varias consultoras de opinión pública, aunque la última medición de Poliarquía sostiene que la mitad de la sociedad simpatiza todavía con el jefe del Estado. Esa medición asegura, en cambio, que se estropeó la percepción social sobre la economía. Si esa disociación existe realmente, le será difícil a Milei conservar los niveles actuales de simpatía.
Se conoció el viernes que la economía creció un 4,4 % el año pasado. Parece mucho y es mucho, pero la economía debe recuperarse todavía del desplome que registró en los dos años anteriores: en 2023 se derrumbó un 4,5 % y en 2024 cayó un 1,7 %. La economía se contrajo un 6,2 % si se juntan los dos periodos anuales anteriores. La economía dual que les tocó a los argentinos (con notables crecimientos en el campo, en la energía y la minería) no se hizo sentir todavía entre los numerosos sectores sociales que viven en los grandes centros urbanos, donde el repliegue del consumo es una realidad fácilmente perceptible. Quizás es la consecuencia de que los servicios en general han subido mucho más que la inflación. Los precios de los servicios privados (restaurantes, profesionales y colegios, para citar algunos) aumentaron más que la inflación, mientras los precios regulados -tarifas y prepagas, por caso- subieron según los índices de inflación. La conclusión es que la vida es más cara, mes a mes, que los porcentajes de inflación del Indec. Desde mayo último, la inflación viene creciendo mes tras mes; en los últimos cuatro meses, el índice se acercó (o llegó) al 3 por ciento.
El Presidente viaja constantemente, gran parte de las veces por compromisos puramente ideológicos. En los últimos diez días estuvo en Madrid y en Budapest, la capital de Hungría, solo porque lo invitaron sus socios ideológicos. La política se construye también (o se destruye) con imágenes, y lo que se vio fue a un mandatario recorriendo el mundo mientras sus ciudadanos esperan una solución rápida para sus complejos problemas. Tal vez, la reiteradas ausencias presidenciales profundizaron aún más la guerra civil que se desató muy cerca del despacho de los presidentes. Para ser precisos, debe señalarse que el gobierno de Milei se encierra solo en el severo ajuste de las cuentas pública del ministro de Economía, Luis Caputo, y en las desregulaciones del ministro Federico Sturzenegger, quien acaba de tomar una de las decisiones más revolucionarias de la política argentina: comenzó el proceso para permitir la importación de medicamentos y para poner fin al largo proteccionismo estatal a los laboratorios nacionales de medicamentos. El abogado Bernardo Saravia Frías escribió que los únicos dos presidentes que se animaron a tanto en las últimas décadas fueron Arturo Illia y Mauricio Macri. Sturzenegger encaró, dice Saravia Frías, “uno de los problemas del país históricamente más graves, atravesado por intereses espurios contrarios a la salud pública (…) por lo pronto, toca celebrar un acto de decisión y valentía, que una vez más enfrenta a uno de los oligopolios que más daño ha hecho en la historia argentina contemporánea”. También debe agregarse el restablecimiento del orden público, un mérito que le corresponde, más que a cualquier otro, a la ministra Sandra Pettovello, porque fue ella la que desarticuló moralmente a los líderes piqueteros que habían enloquecido el espacio público. Demostró ante la Justicia las prácticas corruptas de esos dirigentes cuando manejaban la ayuda social. Ni Caputo el tío, ni Sturzenegger, ni Petovello se entusiasmaron nunca con los tiroteos de la lucha interna.
La hermanísima ni siquiera se toma el trabajo de disimular su rencor hacia el principal asesor presidencial
Pero los misiles que cruzan el cielo del mileísmo llegaron a trabar, por ejemplo, las designaciones en las vacantes de la Justicia, que son muchas y que están extrañamente demoradas. Faltan cubrir, para medir la gravedad del caso, los cargos del 43% de los fiscales en un país que se propone establecer en todo el territorio nacional el sistema acusatorio, que le da más poder a los fiscales. Voces autorizadas de los magistrados dijeron que esperan que la nueva conducción del Ministerio de Justicia pueda ingresar a la Casa de Gobierno con las listas de candidatos a jueces y fiscales. Esperan, también, que esas listas lleven los nombres correctos de los magistrados propuestos, como les había adelantado que haría el exviceministro de Justicia Sebastián Amerio, quien cuenta con el respeto de los tribunales. Pero Amerio es amigo de Santiago Caputo, el sobrino, y las llaves de la Casa Rosada las tiene la peor adversaria de este: Karina Milei. La hermanísima ni siquiera se toma el trabajo de disimular su rencor hacia el principal asesor presidencial; no aplaude cuando su hermano lo elogia a Caputo en actos públicos. La conflagración llegó al extremo de que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, culpara a sectores propios de la filmación que lo registró viajando a Punta del Este en un vuelo privado. ¿Era necesario un avión privado para un viaje de 35 minutos? No, desde ya. Aunque no lo dijo, es obvio que Adorni se refería a sectores de los servicios de inteligencia que responden al enemigo de su amiga Karina: Santiago Caputo. Luego se dieron cuenta de que habían revelado demasiado los odios internos y culparon a una empleada de alguna agencia de control de la aviación civil. Es “comunista”, la identificaron. “Comunista” es el nuevo nombre del fuego amigo. Fuentes oficiales inobjetables afirman que también la manifestación pública de los supuestos casos de corrupción en la Agencia Nacional de Discapacidad y el de la criptomoneda $LIBRA, que afectan directamente a los hermanos Milei, nació y creció a la sombra de la intensa conflagración interna.
Todos creemos que las próximas elecciones presidenciales están lejos porque falta un año y medio hasta ese domingo que sellará la suerte definitiva de Milei. No falta tanto para un política acostumbrada al vértigo. El Presidente asegurará su reelección solo si logra en el tiempo que le queda de este mandato reactivar el consumo y bajar aún más la inflación. Ese desafío lo necesita gobernando en Buenos Aires más que predicando sus verdades en lejanos lugares del mundo. Los que no están a su lado ya comenzaron a construir ese futuro no tan distante. Axel Kicillof, que cree que el peronismo tendrá que recurrir a él en cualquier escenario electoral, les envió mensajes al radicalismo y a Pro para que hagan una coalición. “Eviten que Milei gane en primera vuelta”, les aconsejó. Aspira a una segunda vuelta electoral, con él como uno de los dos protagonista. Obvio. Pero el propio Mauricio Macri, quien señaló sus coincidencias básicas con el Presidente, aunque también sus diferencias, relanzó en una ceremonia pública su partido, Pro, con el propósito de tener un candidato propio (en probable alianza con sectores del radicalismo) en las elecciones del próximo año. Milei debería advertir una verdad histórica de la política: siempre es mejor no despreciar el aquí y el ahora.
También conviene mirar así las cosas cuando una guerra incierta se abatió sobre el mundo y podría comprometer al más poderoso aliado de Milei: el presidente norteamericano, Donald Trump. La guerra en el Oriente Medio tiene voceros raros. Trump aseguró hace diez días que “hemos ganado”, después de aclarar que “a uno le gusta decir demasiado pronto que ha ganado”. Pero lo dijo, a pesar de que el estratégico estrecho de Ormuz sigue cerrado a cal y canto por el cruel régimen de los ayatolahs iraníes. Por ese angosto curso de agua pasa casi una quinta parte del petróleo y el gas que consumen sobre todo las potencias económicas asiáticas (China, India, Corea del Sur y Japón), que son ahora el sector más dinámico de la economía mundial. Por su lado, el nuevo líder máximo de Irán, el ayatolah Mojtaba Khamenei, aseguró hace dos días que “el enemigo (Estados Unidos e Israel) ha sido derrotado”. ¿Quién dice la verdad? Ninguno. El decurso de la guerra es todavía un paisaje sombrío, en el que ningún desenlace será rápido ni inminente. Trump fue a la guerra contra Irán sin explicar su estrategia. Ahora parece que en realidad no tenía estrategia. El influyente diario The New York Times precisó el viernes pasado: “Casi tres semanas después del inicio de la guerra, Trump no tiene ningún plan evidente para lograr la caída del régimen de Irán, que es lo que buscaba”. El régimen iraní, que ha oprimido a su pueblo y ha patrocinado el terrorismo (la Argentina es una de sus principales víctimas en el mundo), fue virtualmente degollado, pero eso no significa que esté agonizando, según los principales analistas internacionales. La decapitación afectó fundamentalmente al ala moderada de los que gobernaban en Teherán, lo que fue reconocido por el propio Trump cuando le preguntaron si tenía un reemplazo para la conducción iraní en caso de que cayera la actual jerarquía. “La mayoría de las personas que teníamos en mente está muerta”, respondió, sincero hasta el suicidio, el jefe de la Casa Blanca. Fue, más que nada, una confesión de la impotencia y la confusión de su campaña. La condición estéril de la guerra se comprobó también cuando el presidente norteamericano les clamó ayuda a los gobiernos de Europa y China para liberar el estrecho de Ormuz. ¿Cómo? ¿Acaso no había declarado “cómplices del enemigo” a los países europeos porque no se sumaron a la guerra? ¿Acaso no descerrajó una guerra previa contra China por el dominio del comercio mundial? Ningún gobierno europeo aceptó esa invitación de Trump, aunque algunos manifestaron una solidaridad retórica. El ministro de Defensa de Alemania, Boris Pistorius, expresó el rechazo con palabras imperturbables: “No es nuestra guerra. No la hemos iniciado nosotros”, dijo. Fueron cordiales. China ni siquiera le respondió a Trump. Los iraníes descubren lo que no se ve: en el acto, amenazaron con promover atentados en todo el mundo. Ya lo han hecho. ¿Por qué no lo volverían a hacer?
La prolongación de la guerra significó un aumento en el último mes de un dólar en el galón de gasolina en los Estados Unidos. Una tragedia para el norteamericano común y corriente, porque la sociedad estadounidense es adicta al petróleo y al gas desde hace muchísimo tiempo. Trump cuenta ahora con una simpatía social de apenas el 39 %. Muy poco para cualquier presidente norteamericano, pero más todavía para uno que está librando una guerra. El 59 % de los norteamericanos lo rechaza, según el promedio de las últimas encuestas. Dentro de siete meses, el estrafalario mandatario de los Estados Unidos deberá enfrentar las elecciones legislativas de mitad de mandato. Varios observadores de la política norteamericana aseguran que Trump está, hoy por hoy, más cerca de perder que de ganar esas elecciones. Una eventual derrota del líder de Washington no sería un hecho que pasará indiferente para Milei. El riesgo país de la Argentina subió y superó los 600 puntos el viernes pasado. Es demasiado para un país que debe acceder cuanto antes a los mercados financieros internacionales y garantizar así los pagos de su deuda. La última vez que el gobierno argentino pasó por un trance ingrato, cuando el peronismo ganó en septiembre pasado en la provincia de Buenos Aires, fue Trump quien tomó de los pelos a Milei y lo sacó del agua. ¿Podrá Trump repetir la ayuda a su aliado argentino si lo vencieran sus adversarios políticos en noviembre próximo? Solo se sabe que si sucediera esa derrota, todo cambiará para el mundo y para el país de Milei.
Por Joaquín Morales Solá



















































































