miércoles, 28 de enero de 2026

Maquiavelo está más vivo que nunca





















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Maquiavelo está más vivo que nunca


Davos: frente a la propuesta política del primer ministro canadiense, Mark Carney, que defiende las alianzas como límite al atropello, Trump encarna la negación más acabada


28 de enero de 2026


Por Elisa Goyenechea y Martín Benvenuto


LA NACION



Mark Carney, Donald Trump y Javier Milei por Alfredo Sábat


Mientras que Javier Milei disertó sobre economía clásica, la alocución del primer ministro canadiense en el Foro Económico de Davos fue política al ciento por ciento. Nuestro presidente se centró en el punteo de sus logros y la compatibilidad de la eficiencia del capitalismo con los principios de la moral. Que el “orden espontáneo” del mercado, para decirlo con Hayek, haga mejores a las personas corrigiendo su autointerés desmedido es cierto. Como dijo David Hume: a usted le conviene ser honrado, de lo contrario el libre mercado lo sacará de circulación. Pero decir que el capitalismo “promueve virtudes sociales” es cuestionable. Demoler a un liberal de fuste como lo es John Stuart Mill y pontificar sobre “la muerte de Maquiavelo” no es un acierto de los redactores de su discurso. La vanguardia liberal de Mill y de su esposa, la sufragista Harriet Taylor, es indiscutida. Aseverar que Maquiavelo desvinculó la ética de la política es repetir sin escrúpulo la versión manualista del florentino que prevaleció hasta la década del 70.



La cruzada indiscriminada de Milei contra todo el espectro de centroizquierda embiste el socialismo, el rol del Estado, la cultura woke y la corrupción endémica argentina. Fiel a su mesianismo, le endosó a Sudamérica un rol redentor para el mundo. La Argentina es la punta de lanza del elán pendular que establece un nuevo espacio de poder opuesto al Foro de San Pablo. Su discurso no fue políticamente liberal, sino conservador, como lo evidencia su aversión indiscriminada a la diversidad e inclusión, a la cultura de género, la homosexualidad, la ecología y la inmigración. Dijo: “En 2025 expliqué los parásitos mentales que sembró la izquierda en la humanidad” (sic). Pero su encono intransigente también podría “distorsionar causas nobles”.


Sobrio y contundente, Mark Carney expuso en un discurso memorable los pilares de la política desde su invención en la antigua Grecia. La realpolitik ilustrada con Tucídides menta que “el fuerte hace todo lo que quiere y el débil sufre lo que debe”, y con Trasímaco, “que la justicia no es más que el derecho del más fuerte”. En el proverbial pasaje del Diálogo de los melios, también relatado por Tucídides, una Atenas imperialista sella su destino con un “apriete” mafioso a los ciudadanos de la ciudad de Melos. Pobre e insignificante políticamente, lo único que quiere es ser neutral, pero la alternativa que le ofrece Atenas es sumisión o destrucción, pues “los débiles sufren lo que deben”. En sus Filípicas, Demóstenes arengó a sus conciudadanos a no dejarse amedrentar por el Hegemón, Filipo II. Las ciudades griegas aisladas son impotentes, pero asociadas, poderosas y capaces de brindarse mutua protección frente a la desmesura del poder macedónico.


Carney consigna que la vieja política exterior conforme a reglas claras ha llegado a su fin. Hoy “integración es en realidad subordinación”. Su proclama no se dirige a las tres grandes potencias, sino a los poderes “medios”, y los incita a asociarse. Invoca la célebre conferencia escrita en 1978 por Václav Havel que encendió, once años después, la “revolución de terciopelo” y estableció la República Checa. Exhorta a los intermedios como la propia Canadá, Australia, Nueva Zelanda y las potencias europeas, a conformar un bloque independiente. Aislados son impotentes, pero la asociación genera poder: The Power of the Powerless. El premier canadiense habla como los antiguos primus inter pares. Propone a sus iguales un curso de acción a seguir, pues el poder no surge de la imposición, sino de los pactos. Y como enseña la máxima política romana: los pactos obligan.



La performance de Trump en política representa todo lo contrario, pues parece preferir las amenazas a los pactos. Según la prensa estadounidense, sus recientes posiciones en política internacional no deben interpretarse como episodios aislados, sino como la consolidación de un estilo de gobierno que desatiende deliberadamente los costos diplomáticos y la reacción de aliados. El desprecio explícito por objeciones internacionales y su extremo pragmatismo configuran una política exterior que convierte la imprevisibilidad en método.


Ese mismo desapego respecto de las reglas se verifica en el plano doméstico. Trump no solo amedrenta ad extra: también genera temor dentro de su propio espacio político. En abril de 2025, en declaraciones que recogieron medios como Reuters y CNN, la senadora republicana Lisa Murkowski lo reconoció sin rodeos. “Todos tenemos miedo”, dijo, y admitió que inclusive alzar la propia voz se ha vuelto un riesgo, pues las represalias son reales. El temor deja así de ser una metáfora y pasa a integrar el cálculo del poder. La reacción de otros referentes republicanos confirma el clima. En declaraciones recientes, el senador Lindsey Graham –figura central del establishment republicano– describió crudamente la disposición de Trump a aceptar cualquier cosa que refuerce su narrativa: si alguien le dijera que los marcianos robaron la elección de 2020, “estaría inclinado a creerlo”. No es una salida ingeniosa ni una exageración, sino el reconocimiento de una lógica que nadie se atreve a confrontar.



Cuando Trump deja deliberadamente abiertas las consecuencias de sus decisiones –ese recurrente “let’s see what happens” que atraviesa tanto su política interna como externa– no está moderando su posición, sino ejerciendo presión. La ambigüedad funciona como amenaza y la imprevisión como táctica: una forma de bullying político que sustituye reglas por gestos y pactos por intimidación. Frente a la propuesta política de Carney, que defiende las alianzas como límite al atropello, Trump encarna su negación más acabada.


De momento, Noruega, Suecia, Eslovenia, Dinamarca, Francia, Italia, Gran Bretaña, Bélgica, España y Alemania han declinado la invitación a integrar el Consejo de la Paz, cuya credibilidad está minada desde el vamos. Tras la exclusión intempestiva de Canadá, se parece más a un comité de acólitos incondicionales, como anticipó Carney: hoy “integración es en realidad subordinación”. Maquiavelo está más vivo que nunca, ya que solo los grandes estadistas pueden “mudar su naturaleza” en conformidad con el cambio de los tiempos. En relación con Canadá, la reacción de Trump fue la esperada: a confesión de parte, relevo de pruebas.


Por Elisa Goyenechea y Martín Benvenuto

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