Panorama Político Nacional
El escenario
En casa de Kirchner, cuchillo de poder: Cristina, Máximo y el control del PJ
El diputado Máximo Kirchner y la ex prescindente condenada Cristina Fernández.
(Dibujo: Fernando Rocchia para AGENCIA NOVA)
Cristina Fernández de Kirchner volvió al centro de la escena política al asumir la presidencia del Partido Justicialista (PJ) a nivel nacional, en un intento de reordenar un peronismo golpeado por derrotas electorales, internas sin resolver y una creciente pérdida de representatividad social.
Sin embargo, lejos de significar una renovación, el movimiento reavivó viejas sospechas sobre la lógica cerrada y familiar con la que el kirchnerismo ha manejado históricamente el poder partidario.
En ese marco, vuelve a sobrevolar una pregunta incómoda para amplios sectores del justicialismo: ¿Existe un plan para seguir concentrando el control del PJ en el círculo íntimo de Cristina Kirchner, con su hijo Máximo Kirchner como figura central?
Máximo ya fue presidente del PJ bonaerense y condujo el partido en la provincia más grande del país, dejando una gestión marcada por el sectarismo interno, la subordinación a La Cámpora y el alejamiento de intendentes, gobernadores y dirigentes que no comulgan con el kirchnerismo duro.
Si bien no hay una confirmación pública de que Cristina impulse formalmente a Máximo como presidente del PJ nacional, su peso interno y su rol como jefe de La Cámpora lo mantienen como un actor inevitable en cualquier discusión de poder.
Esa sola posibilidad genera resistencias dentro del peronismo no kirchnerista, que ve en Máximo Kirchner el símbolo de un proyecto político que prioriza la lealtad familiar y militante por sobre la amplitud, el debate interno y la construcción de mayorías.
La situación judicial de Cristina Fernández de Kirchner, con la inhabilitación para ejercer cargos públicos derivada de la causa Vialidad, también agrega un condimento clave.
Para muchos dirigentes, el control del PJ aparece más como un mecanismo de defensa política y preservación de poder que como una verdadera autocrítica o un intento de modernizar al peronismo. En ese esquema, la figura de Máximo Kirchner funciona como garante de continuidad, no como expresión de cambio.
Así, el PJ parece atrapado en una lógica de herencia y cierre, mientras amplios sectores de la sociedad y del propio peronismo reclaman una dirigencia menos autorreferencial y más conectada con la realidad.
La discusión de fondo no es solo quién conduce el partido, sino si el justicialismo seguirá siendo una herramienta al servicio de una familia y una agrupación, o si alguna vez logrará salir de la sombra del kirchnerismo para reconstruirse como una fuerza política amplia y verdaderamente representativa.

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