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En un movimiento que genera fuertes cuestionamientos, la Cancillería argentina anunció que el país se suma como socio contribuyente al Programa FIRST (Infraestructura Fundamental para el Uso Responsable de la Tecnología de Reactores Modulares Pequeños), impulsado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos.
El canciller Gerardo Werthein celebró el acuerdo destacando que es un “hito” para profundizar la cooperación nuclear con Washington y acelerar el despliegue de reactores modulares pequeños en América Latina.
Sin embargo, la decisión llega en el mismo momento en que el gobierno de Javier Milei avanza con el proceso de privatización parcial de Nucleoeléctrica Argentina Sociedad Anónima (NA-SA), la empresa estatal que opera las tres centrales nucleares del país y produce cerca del 9 por ciento de la electricidad que consumen los argentinos.
Desde la APCNEAN (Asociación de Profesionales de la Comisión Nacional de Energía Atómica) advirtieron que esta entrega es un golpe directo a la soberanía energética, ya que NA-SA es una empresa superavitaria, con tarifas bajas que benefician a la sociedad y con personal altamente calificado que sostiene el desarrollo tecnológico argentino desde hace más de 70 años.
“Privatizar NA-SA no va a mejorar la vida de la gente, sino que incrementará las tarifas para acrecentar la rentabilidad de un privado”, denunciaron en un comunicado.
El sector denuncia además despidos, desfinanciamiento y auditorías para reducir personal en organismos estratégicos como la Autoridad Regulatoria Nuclear y la Comisión Nacional de Energía Atómica. Para los especialistas, el gobierno pretende convertir la infraestructura nuclear en un negocio privado donde se blindan las ganancias y se socializan los riesgos.
Mientras el prescindente Milei se muestra en fotos celebrando la “integración internacional” y hablando de convertir a la Argentina en un jugador nuclear global, en el país crece la preocupación por el riesgo de perder el control de un sector que es clave para garantizar energía segura, barata y planificada, y que fue política de Estado durante más de siete décadas.
OPINIóN
Trump viene al rescate de su amigo Milei
Por qué el presidente norteamericano salió a respaldar al libertario en medio de su pero crisis. El precio de la ayuda. Y cómo llegar hasta las elecciones.
James Neilson
Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).
Luis Caputo por Pablo TemesJavier Milei desprecia la política. En su opinión, es una actividad para sujetos parasitarios que, con el propósito de conseguir más poder y dinero por los medios que fueran, se especializan en engañar a la gente prometiéndole beneficios que otros tendrían que costear. Hace menos de una semana, parecía que los personajes así denostados, sedientes de venganza luego de soportar andanada tras andanada de abuso verbal hiperbólico, lo tenían contra las cuerdas, pero entonces la política, en esta oportunidad la internacional, irrumpió para rescatarlo y, tal vez, para ahorrarle al país una convulsión socioeconómica que amenazaba con tener consecuencias catastróficas.
Al afirmar el secretario del Tesoro norteamericano Scott Bessent que Estados Unidos está dispuesto a hacer cuanto resultara necesario para apoyar a la Argentina -es decir, al gobierno libertario-, por ser cuestión de un aliado “sistémicamente importante” y por merecer su aprobación la estrategia mileísta, los mercados financieros, que minutos antes seguían cayendo, se levantaron del piso para saltar de alegría. Subieron explosivamente las acciones argentinas en Wall Street, bajó de golpe el índice riesgo país y el peso recuperó terreno frente al dólar. También sintió alivio la jefa del Fondo Monetario Internacional Kristalina Georgieva que enseguida celebró los mensajes enviados por Bessent en apoyo de lo que calificó de “las políticas sólidas de estabilización y crecimiento en beneficio del pueblo argentino” del gobierno libertario.
El alivio, mejor dicho, el júbilo, que se apoderó de Milei y otros miembros del gobierno cuando recibió la noticia pudo entenderse. Por razones más políticas que técnicas, el programa de saneamiento que hasta hace poco producía resultados esperanzadores corría el riesgo de ser uno más de una larga serie que, después de un comienzo promisorio, cayeron en pedazos al lograr la oposición populista movilizar a los perjudicados por las medidas que se tomaban sin darse el trabajo de ofrecerles una alternativa viable mejor.
Sucede que, no sólo en la Argentina sino también en el resto del mundo, la lógica económica es una cosa y aquella de la política es otra muy diferente. En Europa, lo difícil que es reconciliarlas ha puesto en jaque al gobierno francés de Emmanuel Macron, está triturando al británico del premier Keir Starmer y pone el peligro a aquel del canciller alemán Friedrich Merz. Sin embargo, aquí la brecha entre las dos formas de enfrentar la realidad ha sido notablemente mayor que en los demás países de cultura parecida, de ahí la prolongada decadencia nacional que puede atribuirse a lo fácil que siempre ha sido justificar con argumentos morales medidas contundentes que, a la larga, tendrían consecuencias sociales muy negativas. Así y todo, por más de un año Javier Milei pudo creer que le había sido dado combinar las dos lógicas; conforme con las encuestas de opinión, a pesar de la severidad del ajuste que aplicaba, aún contaba con el apoyo de aproximadamente la mitad del electorado.
A su modo, coincidió con Milei la mayoría de los integrantes de “la casta” que, con resignación, se mostraron dispuestos a abstenerse de rabiar contra el ajuste, pero hace tres semanas los resultados de los comicios bonaerenses les brindaron motivos para sospechar que el período de gracia que tanto había beneficiado al presidente ya había terminado y que, en adelante, podrían privilegiar sus propias prioridades políticas y personales por encima de temas tan antipáticos como el del equilibrio fiscal y los cortes presupuestarios que serían precisos para mantenerlo.
De más está decir que el regreso tumultuoso de la política tradicional plantea muchos peligros. Puesto que es del interés de los opositores más feroces al gobierno actual que el proyecto patentado por Milei fracase de manera realmente espectacular, harán todo cuanto puedan para sabotearlo sin preocuparse en absoluto por las consecuencias que una nueva crisis terminal tendría para el grueso de la población. Una forma de privar a Milei del poder que tiene consistiría en obligarlo a permitir que el gasto público exceda cada vez más la capacidad de la economía para financiarla antes de que Vaca Muerta y la minería aporten divisas en cantidades suficientes.
Si bien es comprensible que la mayoría de los habitantes del país quisiera que las jubilaciones no fueran tan mezquinas y entienda que es necesario invertir muchísimo más en educación, salud y así por el estilo, a menos que haya recursos genuinos disponibles, no habrá forma de hacerlo sin desatar un nuevo tsunami inflacionario. Se trata de un detalle molesto que demasiados políticos se han habituado a pasar por alto.
Así, pues, los muchos que no quieren para nada a Milei, su hermana Karina y ciertos legisladores apenas presentables del partido que han improvisado, se ven frente a un dilema angustiante. ¿Cómo oponérseles sin atentar contra lo viable del proyecto económico que el gobierno ha puesto en marcha? En las semanas que siguieron a la derrota penosa de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires, tales aliados ideológicos les mostrarían los dientes en el Senado y la Cámara de Diputados, agravando así el aislamiento político del gobierno y sembrando pánico en los mercados. Tanto aquí como en el exterior, muchos comenzaban a dar por descontado que el mileísmo no habrá sido más que una burbuja fantasiosa que pronto estallaría, dejando a la Argentina aún peor parada de lo que había estado antes. Al fin y al cabo, algo muy similar había ocurrido cuando Fernando de la Rúa persistía con el “plan de convertibilidad” y cuando se hizo evidente que Mauricio Macri no sería reelegido.
De más está decir que la voluntad de Milei de comportarse como un afiliado más del movimiento de alcance mundial liderado por Donald Trump tuvo mucho que ver con la actitud asumida por la administración estadounidense, pero también incidió el temor a que un eventual derrumbe argentino impactara de manera sumamente negativa en la tambaleante economía internacional. Lo que para la superpotencia sería a lo sumo un gasto adicional pequeño -para alguien como Elon Musk, sería cuestión de monedas- podría ser más que suficiente como para asegurar que la Argentina dejara de ser una especie de agujero negro financiero al convertirse en un polo de crecimiento que, andando el tiempo, brindara a los inversores internacionales, sobre todo a los norteamericanos, oportunidades para hacer negocios pingües que también beneficiarían a la población local. En cambio, para todos salvo los integrantes menos escrupulosos de “la casta”, una recaída en el populismo K, sólo significaría más miseria.
Que tantos se sientan constreñidos a optar entre la excentricidad a menudo esperpéntica de un presidente tan malhablado como Milei por un lado y la cleptocracia kirchnerista, o una variante encabezada por alguien de ideas perimidas como Axel Kiciloff, por el otro, es de por sí una aberración. Si bien Milei mismo y su hermana están contribuyendo al desprestigio de la política, el que las alternativas frente al electorado sigan siendo tan deprimentes sirve para justificar el desdén que dice sentir por los profesionales del oficio así supuesto.
Con todo, si cerraran filas los muchos que han llegado a la conclusión de que el país tendrá que acostumbrarse a respetar ciertas reglas básicas que reivindican no sólo los occidentales de actitudes liberales sino también los chinos nominalmente comunistas, podría formarse un partido amplio que sería capaz de manejar la transición difícil desde el orden político que se quebró hace dos años hacia uno claramente más acorde con los tiempos que corren, pero merced a las ambiciones desmedidas de los hermanos Milei, que han querido monopolizar el poder que el electorado les prestó, los esporádicos esfuerzos en tal sentido se han visto frustrados.
¿Servirá la crisis aguda de las semanas últimas para que subordinen sus propias aspiraciones personales al interés común? Aunque de vez en cuando surgen indicios de que el presidente podría estar pensando en olvidarse del sueño de un país monocromático pintado de violeta, pronto se ven seguidos de otros que sugieren que sigue resistiéndose a cambiar la fórmula que le permitió triunfar en un momento en que el país parecía resuelto a autodestruirse. Así pues, en su caso particular, la lógica política está socavando el programa económico del que depende.
Como fue de prever, la oposición dura no vaciló en tratar de sacar provecho del súbito mejoramiento del panorama que fue ocasionado por la voluntad de Trump de hacer lo que resultara necesario para impedir que el programa económico de Milei -el que, dicho sea de paso, tiene muy poco en común con el del mandamás estadounidense- cayera víctima de la ofensiva montada por los kirchneristas y sus aliados. Sin perder un minuto, acusaron a Milei de atentar contra la soberanía nacional al atar el país a una superpotencia que a buen seguro querrá alejarlo de China. Puesto que nada es gratis es este mundo, no cabe duda que la ayuda norteamericana tendrá condiciones que podrían ser onerosas, pero al intensificarse la rivalidad entre el Occidente en su conjunto y el renacido Imperio del Medio, mantenerse neutral está dejando de ser una opción realista y, dadas las circunstancias, sería mejor ser un “aliado sistémico” de Washington que intentar asumir una postura no alineada.
LA NACION > Política
Ahora la incógnita es Milei
De todos los enigmas de la vida pública, el más importante es cómo interpretará el Presidente lo que pasó en Estados Unidos; la ayuda de Washington es un cheque del emperador, que se emite por afuera del laberinto burocrático de los préstamos internacionales
25 de septiembre de 2025
LA NACION
Carlos Pagni
El gobierno de los Estados Unidos despejó una incógnita que amenazaba con corroer cada día más la estabilidad de Javier Milei. El Presidente organizó toda su política detrás de un objetivo: bajar la inflación y ganar las elecciones exhibiendo ese trofeo. Como todos los antecesores que se fijaron ese propósito, utilizó como herramienta principal la política cambiaria. El Estado defendería una paridad peso-dólar cueste lo que cueste. El mercado, convencido de que el Banco Central no contaba con las reservas suficientes, desafió a las autoridades. Y el peso comenzó a depreciarse más y más. Aun así, Luis Caputo, el ministro de Economía, amenazó con gastar hasta la última divisa para defender esa cotización predeterminada. En consecuencia, la incertidumbre cambiaria se expandió también al mercado de deuda. Los tenedores de bonos temieron que, sin dólares, el Estado entraría en cesación de pagos. La presunción de que el Gobierno podría renovar su deuda a una tasa razonable en el sistema internacional se volvió cada vez más controvertida.
Para cumplir con sus compromisos, el gobierno de Milei debería comprar los dólares necesarios. Para el año que viene, casi 20.000 millones. Esa perspectiva modificaba el horizonte por completo. El económico y el político. “Vivir con los nuestro” significaría un tipo de cambio más caro, menos importaciones y, al menos por un tiempo, menos producción y menos consumo. Ante este panorama, la corrida cambiaria se aceleró. Y el riesgo-país, que indica la capacidad del Estado para honrar su deuda, se disparó. El problema ya no estaba instalado en el mediano plazo de la segunda mitad del mandato. La pregunta empezó a ser cómo llegaba el Gobierno a las elecciones del 26 de octubre. En el caso de Caputo, el interrogante era si llegaba.
En medio de este panorama turbulento irrumpió Donald Trump para rescatar a su amigo Milei. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció a quienes poseen títulos públicos argentinos nominados en dólares que su país podría comprárselos. Más aún, aseguró que la Argentina podría financiarse emitiendo bonos para que los adquiera el gobierno de los Estados Unidos. Además, es posible que el Banco Central fortalezca sus reservas con un intercambio de monedas con los Estados Unidos. Es decir, ya no habría que inquietarse por la posibilidad de un default. Ni siquiera habría que preocuparse porque el gobierno de Milei no lograra financiarse en el mercado.
Como puede advertirse, se trata de un compromiso inédito, con consecuencias todavía misteriosas. Para empezar con las novedades. Este auxilio es distinto del que suele prestar el Fondo Monetario Internacional. El Fondo es una maquinaria comandada por un conjunto de países. Otorga ayudas contra programas que pueden, o no, cumplirse. Las responsabilidades del deudor son difusas, igual que los costos del acreedor. La ayuda que anunció Bessent es de otra naturaleza. Es un cheque del emperador, que se emite con prescindencia del laberinto burocrático de los préstamos internacionales. Además, Trump y Bessent quedan atados en buena medida al éxito de Milei. En especial frente a sus opositores internos.
Ese involucramiento con la gestión de Milei es tan intenso que afloró en algunos detalles insólitos del comunicado de Bessent. Por ejemplo, cuando reveló que “estamos trabajando con el gobierno argentino para poner fin a la exención fiscal para los productores de materias primas que convierten divisas”. Con un enfoque massista de la política cambiaria, Bessent admitió que él se sumó a la extorsión que las autoridades realizan a los productores agropecuarios para que, liquidando sus granos, fortalezcan las reservas del Banco Central. Lo que implica una confesión inesperada: el Tesoro de los Estados Unidos avala la política de retenciones. Resulta tan inverosímil que muchos observadores apostaban a que había una falla en la redacción del texto.
¿Cuáles son los requisitos para acceder a esta ayuda? Una pista para responder esa pregunta. Durante todo el fin de semana, funcionarios del Tesoro estuvieron trabajando con técnicos del Fondo para evaluar la situación argentina. En el Fondo existe un marcado malhumor con Caputo. Nada novedoso. Memoria histórica. Nigel Chalk, el nuevo director del Departamento para el Hemisferio Occidental, recuerda muy bien las discusiones de 2018 entre su jefe de otrora, David Lipton, y Caputo, por entonces presidente del Banco Central argentino. ¿El motivo? La reticencia de Lipton a que el Estado desperdicie sus reservas monetarias para intervenir en el mercado de cambios. Se entiende, entonces, que la frase “me voy a gastar hasta el último dólar”, haya caído pésimo en el Fondo. Por esta razón muchos analistas prevén que el gobierno de Milei deberá aceptar la flotación plena del tipo de cambio, es decir, la eliminación del régimen de bandas, a cambio del auxilio anunciado por Bessent. La otra condición que el Fondo espera ver cumplida es la compra de reservas por parte del Central, que Caputo y su equipo, por orden de Milei, suspendieron. En definitiva, podría esperarse una reforma de toda la política cambiaria.
Entre las razones a las que apeló para justificar su respaldo a la Argentina de Milei, Bessent habló de motivos geopolíticos. El espaldarazo de Trump es el espaldarazo de un presidente que protagoniza un conflicto creciente con China. Por lo tanto, el salvavidas lanzado hacia Buenos Aires pretende reforzar un alineamiento internacional. No sería descabellado pensar en que el Tesoro le pedirá al gobierno argentino que revierta el acuerdo de intercambio de divisas que mantiene con los chinos.
En el trato con Milei se advierte que Trump aprendió de Xi Jinping. Que Estados Unidos se convierta en un acreedor de mediano plazo de la Argentina, establece un condicionamiento inesperado que excede en mucho el mandato de La Libertad Avanza. Para comprenderlo vale la pena conjeturar una situación. Por ejemplo: en 2027 llega a la Casa Rosada Axel Kicillof. Y advierte que en 2028 tiene un vencimiento de los bonos adquiridos por los Estados Unidos. Es decir, advierte que depende de la buena voluntad de la Casa Blanca para que le renegocien esa deuda. ¿Esa dependencia no influiría en su política exterior? Es lo que le sucedió a Milei frente a Xi cuando debió renovar el swap en yuanes: los chinos dejaron de ser criminales comunistas para convertirse en gente que quiere hacer negocios sin que la molesten. Ataduras que deben ser muy irritantes para un Presidente que ayer despotricó porque instituciones multilaterales, como las Naciones Unidas, limitan la soberanía de los estados nacionales.
En la atmósfera existen otras condiciones, de cumplimiento mucho más dudoso. Por ejemplo, la pretensión del gobierno norteamericano de que empresas de su país adquieran reservas mineras en la Argentina. Sobre todo de las valiosas tierras raras que son un insumo estratégico de la industria digital. En esta materia es poco lo que Milei puede prometer. Los recursos del subsuelo son de las provincias. ¿Será por eso que el nuevo embajador de Trump, Peter Lamelas, dijo que las recorrería una por una?
El contexto regional es otro factor que explica el respaldo tan contundente que Milei recibió de Trump. El gobierno de la Argentina es el único, de un país de volumen considerable, que se declara amigo de Washington. Los de México, Brasil, Colombia, Venezuela, Chile o Uruguay, están en la vereda de enfrente. Aun cuando anteayer se haya descongelado la relación entre Trump y Lula da Silva, que se entrevistarán la semana que viene. Hay que tener en cuenta, además, una circunstancia particular: en Chile, en Colombia y, con más lentitud, en Brasil, se están cursando campañas electorales. ¿Qué representaría para las derechas de esos países un derrumbe de Milei como el que se estaba insinuando la semana pasada?
El comunicado de Bessent incluyó otra afirmación tan hermética como relevante. La ayuda que se decidió será implementada después de las elecciones. ¿Quiere decir que esa ayuda, o las condiciones para conseguirla, dependen del resultado del 26 de octubre? Es imposible saberlo. Sin embargo, hay algo que está claro: de Milei no se espera sólo que modifique algunas líneas de su programa macroeconómico. También debe garantizar solvencia política.
De todos los enigmas que pesan sobre la vida pública acaso el más importante se refiere a cómo Milei interpretará lo que le sucedió en la última semana. Puede interpretar que, debido a los numerosos errores cometidos, estuvo a punto de desbarrancarse hacia el abismo hasta que una mano poderosa lo sostuvo. O creer que, debido a sus virtudes y sus éxitos, el presidente de los Estados Unidos acaba de premiarlo. El salvataje financiero puede ser leído, entonces, como un socorro en la emergencia o como una condecoración.
El modo en que él resuelva esta disyuntiva es crucial para el futuro de su experiencia en el poder. Bessent revirtió las expectativas funestas del mercado financiero. Pero todavía quedan por revertir las expectativas de una parte de la sociedad que está desilusionada con Milei. Para lograrlo debe encontrar un discurso electoral. La crisis financiera de la semana pasada y el salvataje con que Trump vino a interrumpirla abrieron una herida en el corazón del oficialismo. Para cualquier grupo político una tormenta de esa naturaleza es perniciosa. Pero lo es mucho más para uno que ofrece, casi como único beneficio, eficiencia en el manejo de la economía. Con el dólar a 1500 pesos y el riesgo país en 1500 puntos Milei perdió la infalibilidad que muchos le adjudicaban en aquella materia por la que ingresó a la política. Ahora tendrá que explicar que la receta no esconde una falla. Aquellos que estaban convencidos de que el trabajoso equilibrio fiscal era una garantía suficiente de estabilidad material, se estarán preguntando qué pasó. ¿Ese equilibrio era un mito? ¿O hay variables ajenas a lo fiscal que pueden también desencadenar un huracán? Este es el marco conceptual de un problema operativo: ¿los miembros del equipo del Palacio de Hacienda, con Caputo a la cabeza, se animarán a mirar a los ojos a Milei para formularle las severas reservas que tienen ante algunas de sus decisiones de política económica?
Hay otra dimensión de la gestión que funciona como una usina de crisis permanente. El internismo feroz. El Presidente se vanaglorió en su momento de haber forjado un “triángulo de hierro”. Una descripción que dejaba la sensación de solidez e invulnerabilidad. Sin embargo, ese “triángulo de hierro” se ha convertido en una fuente incesante de conflictos. Sobre todo por los enfrentamientos del “Mago del Kremlin”, Santiago Caputo, con el equipo de Karina Milei, por no decir con la misma Karina Milei. Una versión insistente afirma que en la última reunión de gabinete, cuando Milei, aconsejado por el “Mago”, insinuó que prescindiría de los servicios de algunos colaboradores de su hermana, ésta amenazó ya no con retirarse del Gobierno, sino con irse del país. Habladurías.
Así como la receta económica se mostró, por su diseño teórico o por su defectuosa puesta en práctica, insuficiente, la estrategia de marketing comenzó a dar resultados adversos. La suposición de que La Libertad Avanza estaba en condiciones de encarnar una nueva hegemonía no dañó tanto a los opositores como a los aliados. Esa rivalidad innecesaria terminó impactando en el Congreso y provocando derrota tras derrota. Las diatribas contra la casta terminaron alejando a los socios. Al mismo tiempo, una de los dispositivos cruciales del proselitismo de Milei, la hiperactividad militante en las redes sociales, se volvió contra el Gobierno. La jauría tuitera del “Mago” Caputo se dedica en las últimas semanas a insultar a figuras principales del oficialismo, empezando por el jefe de Gabinete, Guillermo Francos. Curiosa coincidencia: ahora se suman al ataque legisladores más o menos cercanos a La Libertad Avanza. Las agresiones empezaron, también es llamativo, cuando Francos propuso investigar si durante la gestión de Sergio Massa se cobraban coimas a cambio de otorgar autorizaciones para las importaciones. La disputa interna no cesa ni ante el peligro de extinción. El match que se libra en estas horas es por el mérito de haber conseguido la ayuda de Trump: ¿Hay que agradecerle al canciller, Gerardo Werthein, un mimado de Karina? ¿O al hiperconectado empresario Leonardo Scatturice, íntimo del “Mago”? Los libertarios se han vuelto caóticos. ¿TMAP?
Milei debe ordenar su propia casa si desea traer invitados. Es muy posible que para regenerar la confianza deba recomponer su equipo. Tal vez, incorporar a aliados. Es un ajedrez en el que la figura y el rol de Mauricio Macri se vuelven muy relevantes. Pero es imposible emprender esta reconstrucción si las señales que emite el equipo más íntimo del Presidente hacen pensar en la anarquía.
La temible turbulencia de la semana pasada fue interrumpida por la ayuda de los Estados Unidos. Pero las razones que llevaron a ella siguen vigentes. A Milei parece haberle llegado la hora que les llegó a muchos de sus antecesores: el momento en que una crisis obliga a mirar la escena desde cero para, después, resetear la administración. Sólo así recuperará, para octubre, un discurso de campaña que hoy no tiene. Salvo que el Presidente y su equipo crean que alcanza con decir “Kirchnerismo nunca más”. En otras palabras: salvo que crean que alcanza con definirse contra algo.
El peronismo, en cambio, acaba de encontrar un argumento. Patria sí, colonia no. Vuelve a su raíz: Braden o Perón. Todo en sepia. Pero acaso sean consignas eficaces para retener a sus votantes. Bessent colabora cuando sugiere: “Vamos a ayudar, pero si votan bien”.
Además de agitar el sentimiento nacionalista, la dirigencia del PJ prepara algunos dardos de campaña. Uno de sus blancos preferidos es, como siempre, Patricia Bullrich. Es la candidata del oficialismo a la senaduría porteña, una competencia en la que los candidatos de Milei tienen todas las de ganar. Desde el kirchnerismo agitan el último fallo del Tribunal Oral Nº 8 en el que se revelan, con demasiados detalles, la conexiones entre la actual ministra de Seguridad y el insólito agente informal de inteligencia Marcelo D’Alessio, para manipular causas judiciales durante la gestión de Juntos por el Cambio. El pronunciamiento de los jueces es delicado, porque se proyecta sobre otras causas en las que D’Alessio habría realizado sus maniobras. Una es la que se sigue por la compra de gas natural licuado durante las gestiones kirchneristas, cuyo desenlace se conocería el martes próximo. La otra, mucho más grave, es la de los cuadernos de las coimas, investigada en este diario por Diego Cabot. ¿Hubo extorsiones para excluir a algunos empresarios o funcionarios del expediente judicial? La guerra electoral en la Argentina se libra en tribunales.
Cuando el genial Juan Carlos Torre evoca su paso por el Ministerio de Economía, durante la gestión de Juan Sourrouille, afirma que, si quiere alcanzar el éxito, todo plan de estabilización tiene que contar con tres condiciones. Debe tener solidez técnica. Debe ofrecer una tierra prometida que justifique los esfuerzos. Y debe contener, sobre todo, a las víctimas de su ejecución. Quiere decir que un programa de estabilización económica es un artefacto político.
Milei regresa de los Estados Unidos y debe revisar las características generales de su programa con la misión de recrear expectativas positivas. Sólo si lo logra, alineará a buena parte de la clase política detrás de sí. Los dirigentes no adhieren a un líder porque simpatizan con el líder. Lo hacen porque temen el castigo de la gente que confía en ese liderazgo. Sin que se restituya esa confianza colectiva será imposible constituir un oficialismo, es decir, un sujeto capaz de gerenciar reformas en los próximos dos años. Es algo que no provee Trump. Eso lo tiene que lograr Milei.
Por Carlos Pagni