REPRODUCCION DE HISTORIETAS COMPLETAS, TIRAS COMICAS, HUMOR GRAFICO Y CARICATURAS DE TODOS LOS TIEMPOS Y DE TODO EL MUNDO.
El silencio de María Soledad
Luciana Rosende y Gustavo Sarmiento
Caras Y Caretas
El asesinato de la joven catamarqueña representó un antes y un después en la provincia, al destapar una práctica habitual de los “hijos del poder”. El caso movilizó a la sociedad y se nacionalizó. Tres décadas y media después, María Soledad Morales es símbolo de los sueños cercenados por la corrupción política que marcó un estilo feudal de gobierno.
El sábado 8 de septiembre de 1990 las principales noticias del país giraban alrededor de la final del Abierto de Estados Unidos que Gabriela Sabatini iba a jugar frente a Steffi Graf y nuevos despidos en la estatal ENTel. A 1.129 kilómetros de Capital Federal, en San Fernando del Valle de Catamarca, entre las últimas horas del viernes y las primeras del sábado, se había organizado un baile en el boliche Le Feu Rouge llamado La Noche de la Sorpresa.
Con esa fiesta, las alumnas del Colegio del Carmen y San José de la capital catamarqueña buscaban recaudar fondos para un viaje de egresadas y costear los pasajes de cinco compañeras. Entre ellas, María Soledad Morales, que en esa madrugada vio pasar un Fiat 147 manejado por un muchacho flaco, morocho, distante. Les gritó a sus amigas: “¡Ahí va Luis!”.
Quien manejaba era Luis Tula. María Soledad estaba enamorada de ese hombre doce años mayor que la acababa de despreciar dejándola al borde del llanto en la esquina, rodeada de las amigas a las que hacía poco les había contado que estaba saliendo con Tula.
Esa madrugada, cuatro días antes de cumplir los 18, María Soledad despidió a sus amigas. Se iba a la parada de colectivos que estaba a tres cuadras de allí. “No tenía plata para viajar y pensaba usar su abono escolar. Aunque nosotros sabíamos que ella tenía la esperanza de que Tula pasara de nuevo, a buscarla”, relató luego María Alejandra Olivera, presente en aquella última escena. Las jóvenes no sabían que Tula estaba casado con una mujer llamada Ruth Salazar. Sí conocían, como todos en la región, que Tula era cercano al poder. Amigo de un círculo de impunidad.
A las pocas horas, Elías Morales llamó desesperado a las amigas de su hija: María Soledad no había vuelto a la casa. Ese 8 de septiembre fue drogada, violada, asesinada y arrojada en un descampado a la vera de la ruta. Los perpetradores del crimen eran “hijos del poder”. Guillermo Luque (hijo del entonces diputado nacional Ángel Luque, expulsado de la Cámara baja tras afirmar: “Tengo el suficiente poder y la estructura como para que ese cadáver, si lo hubiera matado mi hijo, no apareciera nunca más”), Diego Jalil (sobrino del intendente de la ciudad en ese momento, apellido que se mantiene hasta hoy en la provincia), Arnoldito Saadi (primo del gobernador de Catamarca y propietario de la camioneta a la que subió María Soledad por última vez) y Miguel Ferreyra (hijo del jefe de la policía) fueron algunos de los involucrados.
Lo que vino después fue un derrotero de impunidad: se perdieron pruebas, se presionó a testigos, se intentó encubrir. Y dos juicios: el primero anulado por parcialidad evidente de un magistrado y finalmente el segundo, donde se probó que Luis Tula pasó más tarde esa noche a buscar a la adolescente, asegurándose de que estuviera sola. Testigos señalaron que la llevó al boliche Clivus, donde la presentó a un grupo de hijos de funcionarios y de jefes policiales.
El cuerpo de la adolescente fue descubierto por trabajadores de Vialidad, dos días después de su asesinato, a siete kilómetros de la ciudad sobre la Ruta Nacional 38. Estaba casi irreconocible. El comisario general de la policía catamarqueña, Miguel Ángel Ferreyra, ordenó que lo lavaran para borrar las huellas. Lo hicieron en la morgue tres bomberos, obligados por el oficial Leguizamón, con mangueras a presión.
EL SILENCIO
Para averiguar qué había pasado con su compañera, las estudiantes le avisaron a la hermana Martha Pelloni –rectora del colegio católico– que querían marchar. La rectora ya estaba al tanto de amenazas y pidió que sus familias las autorizaran. Las amigas le dijeron que no se preocupara: caminarían en silencio. Fueron 82 movilizaciones conocidas como “Marchas del Silencio”, que arrancaron en Catamarca y terminaron en Buenos Aires, con el tema nacionalizado y un promedio de 30 mil personas.
“Hay dos modos de pensar el silencio: uno es hacerlo presente, asociarlo a la falta de posibilidad de articular palabras. Las formas de expresar un duelo son el silencio o el grito. Pero además, desde una perspectiva absolutamente instrumental, lo que hace en las marchas el silencio es que evita la proliferación de consignas. Hay una consigna única.” Quien habla es Mónica Szurmuk, autora junto a Marcelo Bergman del artículo científico “Memoria, cuerpo y silencio. El caso María Soledad y la demanda de derechos de ciudadanía en los 90”.
“El silencio es una estrategia como fue la estrategia de las Madres de Plaza de Mayo de caminar alrededor de la pirámide, de buscar formas nuevas de expresarse, y que tiene un elemento continuo en la historia de los movimientos por reivindicaciones de género en la Argentina, que es la idea de hacer propio el espacio público. Y hay pocas cosas que sean tan poderosas como el silencio”, acota.
Encuentra un antecedente clave en las marchas de la dictadura: “A partir de la lucha de organizaciones de derechos humanos años antes, especialmente las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se empieza a leer de otro modo la violencia contra los cuerpos, sobre todo los feminizados, y se empieza a leer de otra manera al poder político, eclesiástico, al sistema judicial. Cuando pasó lo de María Soledad, los poderes provinciales actuaron como lo hacían hasta ese momento. Pero algo había cambiado en la sociedad civil, que ahora miró de manera diferente”.
Bergman añade: “Lo novedoso no es que se haya abusado de una chica, con lo que conocemos, sino que movilizó a una sociedad entera en reclamo por justicia, y que la gente de poder pagó un precio por esos abusos”.
CATACLISMO POLÍTICO
Con el retorno de la democracia en 1983, Ramón Saadi asumió la gobernación de Catamarca. En 1987 lo sucedió su padre Vicente Leonides Saadi, que fallecería a los ocho meses de asumir. En 1988 volvió Ramón al Ejecutivo provincial, donde se convirtió en el principal promotor de Carlos Saúl Menem en la campaña presidencial. En esos años ya se hablaba de “régimen de familia feudal” pero todo seguía igual. Hasta el asesinato de María Soledad.
Cuando el tema se nacionalizó, Menem debió hacer algo. Decidió enviar al subcomisario de la Policía Bonaerense y represor Luis Abelardo Patti para que se hiciera cargo de la investigación junto con el jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, Enrique Saladino. El juez del caso, José Luis Ventimiglia, fue testigo de cómo Patti insistía con torturar a los acusados y a los testigos.
La intención del enviado por Nación era hacer encajar el asesinato como un “crimen pasional” y que solo hubiese un culpable: Luis Tula. Dejaba de lado las redes de narcotráfico y trata. Recién a fines de febrero aparecieron los resultados de la tercera autopsia encargada por el Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. A la joven le habían inyectado a la fuerza una dosis letal de cocaína. El 2 de marzo de 1991 el juez expulsó del caso a Patti. Y un mes después, el 17 de abril de 1991, Menem decretó la intervención federal de los poderes Ejecutivo y Legislativo de Catamarca. Ramón Saadi fue destituido, aunque continuó los años siguientes como diputado y senador provincial. Murió en febrero de 2023. En 1991 triunfó el Frente Cívico y Social, liderado por el radicalismo y disidentes peronistas, que se creó en medio de las Marchas del Silencio.
Marcelo Gallo es secretario de redacción del periódico catamarqueño El Ancasti. Recuerda el 8 de septiembre de 1990: “Fue conmocionante, no porque no hubiese crímenes aquí, pero no había antecedentes de esa ferocidad: chica de clase media baja conocida, ultrajada, el cadáver tirado. Las primeras hipótesis respecto de la participación de los ‘hijos del poder’ empezaron a las dos o tres semanas, con supuestos testigos. Y empezó a cobrar fuerza porque una semana después del crimen, en la primera Marcha del Silencio, impulsada por los propios compañeros y otras escuelas secundarias, hubo cierto intento del poder político provincial de frenarla”.
Sostiene que “en ese momento había un proyecto político bastante autoritario que se había ido asentando en Catamarca, y que eran muy conocidas las denominadas ‘patotas saadistas’. Eran como grupos de choque en temas políticos y en la vida en general, de una sociedad en la que nos conocíamos todos, entonces la aparición de algunos personajes que integraban estas patotas hizo que fueran hipótesis plausibles, la gente las pudo creer porque eran razonables. El gobierno de Saadi ya venía cercado por otras denuncias de autoritarismo, de corrupción, y esta fue como una gota que rebalsó el vaso; la gente perdió el miedo y empezó a salir a la calle y marchar”.
Las Marchas del Silencio empezaron a multiplicarse: “El silencio está muy identificado con Catamarca, es una sociedad muy vinculada a la Iglesia (que ha sido aquí históricamente muy conservadora y cercana al gobierno), donde hay procesiones que son marchas masivas en silencio. En este caso era un silencio estruendoso, bajaban por una de las calles hasta llegar a la plaza principal, eran miles y miles. Iba mucho más allá del caso judicial, estaban pidiendo un cambio profundo, institucional en Catamarca”.
¿Hubo un antes y un después en Catamarca con el crimen de María Soledad? “Creo que hubo un cambio, en el sentido de un pueblo movilizado que le puso un límite al gobierno. Los propios medios empezamos a darles más cabida a los reclamos populares. Después hubo cosas que no prosperaron: las denuncias de corrupción quedaron ahí, el Frente Cívico y Social se adaptó a las políticas de ajuste del menemismo, y empezó la actividad minera extractivista. La expectativa de una sociedad más igualitaria y justa se vio frustrada.”
JUICIOS Y DEUDAS PENDIENTES
En marzo de 1996 se dio el primer proceso judicial. Fueron 21 audiencias que no llevaron a ningún lado. O sí: mostraron hasta dónde podía llegar la influencia del poder político y económico en su intento por desviar la investigación. Terminó en suspensión y escándalo.
El debate en el que se juzgaba a solo dos acusados, Guillermo Luque y Luis Tula, fue transmitido en directo por televisión y cautivó a la opinión pública a nivel nacional. El desfile de testigos era seguido con avidez, como si se tratara de una telenovela. Y el escándalo aconteció así, a la vista de todo el mundo.
A través de la pantalla se vio cómo Juan Carlos Sampayo y María Alejandra Azar, dos de los integrantes del tribunal, se hacían una seña: un gesto para rechazar un pedido de detención por falso testimonio contra una testigo que había cambiado su versión para beneficiar a los acusados.
Tras la polémica seña vista por televisión y utilizada como fundamento de la querella para pedir la recusación de los dos jueces involucrados, el tribunal prohibió la transmisión de las audiencias. La decisión causó indignación. Ante el silenciamiento del juicio reflotó la convocatoria a marchar en silencio después de seis años de la última manifestación.
El final de la transmisión precipitó el final del juicio. Si bien la Corte de Justicia de Catamarca rechazó el planteo de recusación contra los jueces Sampayo y Azar, la renuncia del presidente del tribunal –Alejandro Ortiz Iramaín, con una incendiaria carta– obligó a suspender el proceso para conformar un nuevo tribunal.
El segundo proceso judicial comenzó al año siguiente. Fueron 87 audiencias que llevaron a dos condenas históricas. Aunque para muchos y muchas quedó la deuda pendiente de profundizar la investigación para dar con otros participantes y enjuiciar también a encubridores y cómplices que –entre otras cosas– habían motivado el fracaso del primer juicio.
Se realizó entre 1997 y 1998, también con transmisión televisiva en directo. El nuevo tribunal estaba integrado por Santiago David Olmedo de Arzuaga –de Santiago del Estero–, Jorge Raúl Álvarez Morales –de San Juan– y Edgardo Rubén Álvarez, catamarqueño.
Los tres tenían custodia y, en más de una ocasión, admitieron miedo y presiones. El fiscal, Gustavo Taranto, también su frió amenazas. Pese a todo, el juicio pudo completarse.
Tras escuchar a 372 testigos, Taranto mostró una foto de María Soledad y la pegó en la pared de la sala. Su discurso impactó, ante esa mirada congelada de la joven víctima: “María Soledad nos dice, señores miembros del tribunal: ‘Me drogaron y yo no quería’. Y yo le creo. María Soledad nos dice: ‘Me violaron y yo no quería’. Y yo le creo. ‘Esa persona me golpeó y tragué mi propia sangre.’ Y yo le creo. María Soledad no tiene razones para mentir”.
El peso de esas palabras aún resonaba cuando se conocieron la sentencia y las condenas: 21 años de cárcel para Luque como coautor de la violación seguida de muerte y nueve años para Tula, como partícipe secundario. Marcelo Gallo lamenta que con los encubrimientos y las interferencias (políticas, policiales), con manipulaciones, testigos adoctrinados, se terminó “distorsionando todo el caso y quedó una sensación general de que no se llegó a esclarecer totalmente el crimen. Algo quedó pendiente”.
TEÑIDO DE POLÍTICA
Luque salió en libertad el 11 de abril de 2010, tras catorce años de cárcel. Tula, mucho antes: el 22 de abril de 2003, luego de cinco años en prisión, en los que estudió Derecho. Uno de los reclamos que sostuvo Ada Rizzardo, mamá de María Soledad, fue que no completaron sus condenas en el encierro.
Silvia Barrientos es abogada en Catamarca y suele cruzarse a Tula en Tribunales: “Cuando uno ve esa figura, inmediatamente recuerda. Jamás puedo dejar de asociarla a la causa y pensar en ella: una niña que, si todo hubiera pasado hoy, no hubiera sufrido tanto encubrimiento. Porque no había leyes como las que podemos invocar hoy en casos que se resolvieron encausados en violencia de género”.
Pionera como abogada penalista en incluir la perspectiva de género en los litigios de Catamarca, Barrientos plantea que el crimen de María Soledad marcó un quiebre a nivel político, pero no sentó jurisprudencia en materia de género.
“Fue un quiebre en la sociedad. Cayó un sistema político y se instaló otro. Pero el tema no está tomado en Catamarca como el símbolo de la violencia de género. Porque estaba muy teñido de política. Es indudable que los acusados fueron bien condenados y se probó lo que hicieron, pero hoy les cabría el agravante de femicidio (incorporado al Código Penal en 2012).
Se beneficiaron con la falta de leyes en ese aspecto. En ese sentido no es un caso paradigmático para que la Justicia lo tome como jurisprudencia de la que se tenga que valer”, señala. Aún hoy “cuesta mucho que se encuadren las causas como violencia de género en la provincia”.
Lamenta que María Soledad no tenga mayor presencia en la sociedad catamarqueña: “Cuando se cumplieron treinta años se hizo un homenaje y no eran más de diez en el monumento. Me dio mucha tristeza. Pasó mucho tiempo. La juventud que entonces salió a manifestarse hoy, por apatía o desconocimiento o por la inmediatez de cómo se vive, no mira para atrás. Hay menor involucramiento. En los grupos feministas tampoco se toma a María Soledad como símbolo de víctimas de violencia de género”.
DEL SILENCIO A LA PALABRA
“Al hijo de Beba Luque se le murió una chinita”, fue el comentario que se le atribuyó a Alicia Cubas, madre de Ramón Saadi, durante el segundo juicio por María Soledad.
El término utilizado no llamó la atención: solía emplearse de forma despectiva para referirse a jóvenes provincianas de piel oscura y clase popular. Un término relacionado además con el concepto del “chineo”, violación sistemática de niñas indígenas por parte de “criollos”, en un abuso sexual y de poder disfrazado de práctica ancestral. Algo de eso podía encontrarse en las prácticas de los “hijos del poder”: como si el género y la posición social les permitieran disponer de cuerpos femeninos, jóvenes y pobres.
El caso de María Soledad es emblemático. Pero no es el único. Hubo “fiestas”, hombres de poder, complicidad política y/o policial también en los femicidios de Leyla Nazar (22 años, en Santiago del Estero) o Natalia Melmann (15 años, en Miramar), por nombrar solo algunos ejemplos.
“Las provincias eran feudos y tanto Catamarca como Santiago del Estero cayeron por un femicidio y un triple femicidio. Cuando hoy se quiere descalificar al feminismo como algo urbano, porteño, era algo muy intrínseco, aun cuando no fuese un feminismo definido con palabras y que lo hiciera una monja como Martha Pelloni”, analiza Luciana Peker, periodista especializada en género.
“Ahí hay algo muy importante –señala a Caras y Caretas–. La corrupción política se ligaba con la corrupción policial y parte de esa corrupción era el cuerpo de las chicas jóvenes. Eso es algo muy central y es algo a lo que se le pone un corte después de Catamarca, Santiago del Estero, Miramar. No es que no pase más, pero hoy no hay situaciones similares naturalizadas. Que un tipo pida a chicas como parte de una fiesta, que conquiste a una chica en la secundaria y se la lleve como parte de pago y la pueda llegar a matar y quedar encubierto con el poder político… eran cosas que antes pasaban como si nada. El caso María Soledad marcó un límite.”
Trump evitó el naufragio
Por Joaquín Morales Solá
LA NACION
Miércoles, 24 Septiembre 2025
No hay reservas de dólares que aguanten una crisis de confianza como la que la administración mileísta vivió la semana anterior
Cuando Scott Bessent tomó de los pelos a Javier Milei y Luis Caputo para sacarlos del agua antes de que se ahogaran, la Argentina caminaba hacia una crisis política y económica de dimensiones importantes. ¿O alguien supone, acaso, que el país aguantaría mucho más tiempo con un mercado cambiario que le requería al Banco Central 1100 millones de dólares cada tres días para mantener el precio de la moneda norteamericana dentro de la banda estipulada por el gobierno libertario? Imposible. No hay reservas de dólares que aguanten una crisis de confianza como la que la administración mileísta vivió la semana anterior.
Aunque el secretario del Tesoro norteamericano (tal vez la persona más poderosa de la economía mundial) fue quien hizo el anuncio y seguramente instrumentará el préstamo del gobierno norteamericano, la decisión política correspondió a Donald Trump. Pero Bessent, un economista experto en monedas e inversiones (también es licenciado en Ciencias Políticas), sabía más que Trump que el gobierno de Milei bailaba en el filo mismo del abismo. Austero y claro en sus declaraciones, el funcionario de Washington logró en horas apenas que el precio del dólar bajara sustancialmente en Buenos Aires, que el valor de los bonos subiera y que el riego país se desplomara desde más de 1500 puntos básicos a 964 puntos, según la calificación de este martes. 964 puntos son muchos puntos, pero era peor la escalada del viernes último, cuando el techo del riesgo país de la Argentina era impredecible.
Todavía falta saber de cuánto será el préstamo del gobierno norteamericano y qué condiciones le impondrá a Milei, pero las palabras de Bessent y del propio Trump fueron suficientes para atemperar, al menos, el horizonte de crisis que aguardaba al país. Las posteriores declaraciones del presidente de los Estados Unidos sobre su apoyo a una reelección eventual de Milei en 2027 pertenecen a su condición de hombre que oscila entre hipérboles y catastrofismos. Nadie está en condiciones ahora de saber cómo será el destino político del mandatario argentino más allá de su actual mandato, que concluirá el 10 de diciembre de 2027. “Bessent le regaló un antibiótico más que una aspirina al Gobierno, pero este volverá a infectarse si persiste en ensuciar su herida. La herida es política, no económica”, asegura el economista Fausto Spotorno.
Vale la pena rescatar algunas lecciones que dejó una semana cargada de semejante crisis. La primera de ellas es que el conflicto no fue tanto de características económicas como políticas y de gestión de la administración de Milei. No hay, en rigor, problemas macroeconómicos que justifiquen una crisis de confianza de ese tamaño. Pero Milei se equivocó más de lo explicable en materia política y enredó la gestión de su gobierno en una palpable parálisis o en un interminable minué de funcionarios que salían y entraban del gobierno.
Destrató a los aliados: “Milei debería llamarlo a Gustavo Valdés y ofrecerle un ministerio en el gobierno nacional”, proponía este martes otro economista en alusión al gobernador de Corrientes, al que los mileístas ningunearon en las negociaciones para ir juntos en las elecciones provinciales ya realizadas. Valdés ganó esos comicios y los candidatos de Milei alcanzaron apenas el cuarto lugar. “Y debería pedirle perdón a Osvaldo Giordano”, el economista experto en temas previsionales que fue el primer jefe de la Anses y que el Presidente echó porque la esposa de Giordano votó en el Congreso, como diputada nacional, contra los gustos de Milei. El propio Mauricio Macri, que fue el primer político que corrió en ayuda de Milei cuando este tuvo que enfrentar a Sergio Massa en la segunda vuelta electoral de 2023, reconoció este martes que hace un año que no habla con el Presidente.
En los meses de luna de miel con la sociedad, que ya concluyeron, los hermanos Milei dejaron trascender que se proponían terminar con Macri y con su liderazgo de centroderecha. “Desde el centro a la extrema derecha, todo debe ser de Milei”, se entusiasmaban en las oficinas del entonces triángulo de hierro; esa estrategia no dividió a Karina Milei del súper asesor Santiago Caputo. La división entre ellos es por otras razones. Luego de la intensa crisis financiera de la semana que pasó, se escucharon propuestas del oficialismo para que Milei se reuniera con Macri y con Patricia Bullrich. “¿Para qué?”, repetirá de nuevo seguramente Macri, aunque tampoco le negará el apoyo cuando el propio expresidente se asustó al entrever un Gobierno que retozaba en la cornisa del vacío.
El otro Caputo, el ministro de Economía, debería aprender que las palabras de quien lidera la conducción económica tienen una especial influencia en el decurso de la economía y en el trato de los mercados. ¿Para qué aquel lamentable “compra, campeón” cuando se reía públicamente el 1º de julio de los que decían que el dólar estaba barato? Respuesta del mercado: en julio la demanda privada de dólares fue de 5400 millones de dólares. La semana pasada, el ministro alardeó con que iba a vender “hasta el último dólar en el techo de la banda”. En los tres días siguientes, el Banco Central debió sacrificar 1100 millones de dólares para conformar a los que creyeron en la promesa de Caputo. Triunfalismo frívolo e innecesario.
Caputo pasó a integrar la lista de ministros de Economía que pronunciaron frases célebres por su imprudencia. Quizás sea Domingo Cavallo el único ministro de Economía que se cuidó de hacer declaraciones impolíticas y fue el único, hasta ahora, en lograr la estabilidad económica durante varios años. Tanto Milei como Luis Caputo deberían aceptar que es mejor tener un presupuesto nacional, aunque deban negociar su contenido con la oposición, que no tenerlo. Existen partidos de la oposición dialoguista (Pro, el radicalismo, partidos provinciales y algunos peronistas no kirchneristas) que reivindican un Estado con sus cuentas equilibradas. Es probable que no cuente con el kirchnerismo para esa faena, pero ya se demostró que el Gobierno puede sacar leyes sin los seguidores de la lideresa encerrada en su casa. También se demostró que el mileísmo puede perder la mayoría en las dos cámaras del Congreso, sobre todo cuando la oposición, buena o mala, tiene el pretexto de que no existe un presupuesto.
Todos los gobiernos serios del mundo tienen un presupuesto, pero aquí ni el Gobierno ni su oposición demostraron demasiado interés en aprobar un presupuesto durante los últimos dos años.
Conviene hacerse también una pregunta: si es posible dejar sin efecto totalmente las retenciones a las exportaciones de los productores agropecuarios, ¿por qué no lo hicieron antes y no solo en vísperas electorales? Cualquier decisión que derogue las retenciones es buena, pero hacerlo por poco más de un mes, hasta que pasen las elecciones nacionales del 26 de octubre, deja a los productores sin un horizonte cierto para planificar sus economías. Desde ya, esa derogación temporal de las retenciones tiene que ver más con la necesidad perentoria de contar con dólares que con la convicción de colocar ese impuesto en el pasado. No deja de ser paradójico, con todo, que se pague por exportar en un país que necesita desesperadamente aumentar el volumen de sus exportaciones.
Lo que ocurrió en el tembladeral de los días recientes dejó también lecciones para la oposición al Gobierno, ya sea para la dura e intransigente o para la dialoguista. El peronismo debería aprender que los muertos gozan de buena salud hasta que están realmente muertos. Por ejemplo, los seguidores de Cristina Kirchner se embrollaron en un espiral de frases golpistas. En esa clara conspiración se anotaron figuras irrelevantes, como la senadora tucumana Sandra Mendoza, que auguró que Milei no llegaría en el cargo ni a las elecciones del 26 de octubre, hasta Felipe Solá, que sabe de qué habla cuando habla de estabilidad institucional, quien divagó alegremente sobre qué sucedería si Milei debiera renunciar (o ser destituido −quién lo sabe−) antes o después del próximo 10 de diciembre.
Sucede que después de las elecciones bonaerenses del 7 de septiembre, que perdió Milei y no ganó nadie, el peronismo cree que ya triunfó en las elecciones del 26 de octubre próximo. Error. Después de los comicios victoriosos para Juntos por el Cambio de 2021, sus dirigentes −o algunos de ellos− creían que sólo debían resolver su interna, elegir al candidato presidencial y que este sería el próximo presidente de la Nación. Nada resultó así.
Los precandidatos de entonces están lejos de la presidencia. Patricia Bullrich es funcionaria de Milei y Horacio Rodríguez Larreta fluctúa entre hacer política desde la nada y la actividad privada. Ninguna elección está ganada de antemano. La convicción de Cristina Kirchner de que solo la política la sacará de la cárcel no puede comprometer el comportamiento institucional de un partido de 80 años. El objetivo lógico de la política es el poder, pero no cualquier medio justifica el fin.
El respeto interno es la asignatura pendiente de la oposición no peronista. Es una lástima que el partido político más antiguo del país, que es la Unión Cívica Radical (tiene 134 años), haya desaparecido por la gestión personalista y egoísta del exgobernador de Jujuy Gerardo Morales, quien fue presidente de ese partido y le dejó el cargo a Martín Lousteau, que nunca habló en nombre del radicalismo.
A su vez, las divisiones internas de Pro solo han debilitado a un partido que tuvo el mérito de nacer como una organización casi vecinal de la Capital hasta llegar en pocos años a la presidencia de la Nación. El deporte del salto con garrocha se convirtió en la afición predilecta de muchos dirigente del partido que fundó Mauricio Macri. Después de que Macri le prometiera a Milei el apoyo de su partido para el balotaje y para encarar las primeras medidas del nuevo gobierno, muchos de sus dirigentes se sintieron autorizados para saltar la medianera y zambullirse en el terreno de La Libertad Avanza. Fue un ejercicio de transfuguismo político sin paliativos.
La oposición, en ninguna de sus versiones, levantó tampoco la mirada para observar que era muy difícil que Trump dejara caer a Milei o, dicho con palabras más amables, permitiera que la experiencia libertaria argentina fracasara. Si se mira América Latina, solo la Argentina de Milei es, entre los grandes países latinoamericanos, el que está cerca del polémico presidente de los Estados Unidos. Brasil, México, Colombia o Chile, que influyen en el subcontinente por su envergadura económica o por su autoridad moral, están conducidos por gobiernos de centroizquierda o directamente de izquierda.
Bessent observó esa realidad, con su conocimiento de la política más que de la economía, para proponerle a Trump una fórmula que salvara a la Argentina del naufragio. La fórmula de Bessent está sirviendo; lo que sigue de ahora en más dependerá de cómo Milei resuelva sus formas, su política y su gestión.
Joaquín Morales Solá