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OPINIóN
En el mundo de Donald Trump
Trump se cree más capaz que otros de entender lo que está ocurriendo en el escenario mundial. Si Trump representa algo, es una versión propia del realismo descarnado.
James Neilson
Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)
Revista Noticias
Trump y Milei por Pablo Temes
De acuerdo común, acaba de morir el ya flaqueante orden mundial que existía hasta hace apenas un año. Aunque muchos, como hicieron el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro canadiense Mark Carney, en la reunión globalista que se celebró en Davos la semana pasada, están lamentado su deceso, virtualmente nadie cree que sea posible resucitarlo. El responsable de darle el golpe de gracia fue el presidente norteamericano Donald Trump que, no bien inició su gestión, dejó en claro que subordinaría absolutamente todo lo demás a los intereses comerciales de su propio país y que el resto del mundo no tendría más alternativa que la de someterse a sus exigencias.
Todo sería más sencillo si Trump fuera un ideólogo comprometido con una doctrina política coherente, pero sucede que no lo es. A diferencia de su amigo Javier Milei, que sí lee libros y se deja influir por su contenido, Trump depende casi por completo de su olfato. Improvisa. A menudo cambia de postura de un día para otro. Y la verdad es que, hasta ahora, no le ha ido nada mal.
Inspirándose exclusivamente en su propia experiencia, Trump se cree más capaz que otros de entender lo que está ocurriendo en el escenario mundial. El hombre que saltó a la fama como un personaje mediático, una estrella de un género despreciado, “la TV realidad”, da por descontado que, en el fondo, lo que más importa es el carácter personal de los dirigentes, sean éstos políticos norteamericanos o líderes de otros países, de ahí la admiración que parece sentir por el ruso belicoso Vladimir Putin y el autócrata chino Xi Jinping.
Demás está decir que los dos están festejando la voluntad de Trump de romper con los aliados ya tradicionales de Estados Unidos en Europa. Como el norteamericano, les parece lógico dividir el planeta en zonas de influencia, con Trump encargándose del hemisferio occidental, Putin de su propio vecindario, China de Asia oriental, y lo que queda será una suerte de tierra de nadie en que todos podrían buscar oportunidades para conseguir ventajas, Sea como fuere, los norteamericanos saben muy bien que Putin ha perdido mucho terreno últimamente y que, hasta nuevo aviso, el único rival significante que tendrán que enfrentar será China.
Si Trump representa algo, es una versión propia del realismo descarnado. Es enemigo jurado de las grandes abstracciones, sean éstas las que subyacen en las utopías progresistas que tantos desastres han provocado o en el “orden internacional basado en reglas” globalista que apoyaban quienes lo precedieron en la Casa Blanca. Cree que el poder brinda derechos. Como muchos han señalado, se trata de una actitud que tiene raíces muy profundas en la historia de nuestra especie; hace más de dos milenios pensadores griegos, romanos y chinos la reivindicaban en sus escritos.
La negativa de Trump de tomar en serio “el poder blando”, la idea, muy popular en las clases dominantes europeas, de que a la larga los logros culturales y sociales de una comunidad serían más efectivos que el poder militar y económico, ya ha modificado radicalmente el panorama mundial. Al advertir a los europeos de que en adelante tendrán que encargarse de su propia defensa porque, después de ochenta años protegiéndolos de sus enemigos, Estados Unidos estaba harto de pagar los costos abultados que hacerlo le suponían, ha dejado estupefactos a gobiernos habituados a privilegiar el bienestar social por encima de todo lo demás. Aunque los británicos, franceses y alemanes se han comprometido a aumentar mucho el gasto militar, ya enfrentan las presiones de quienes temen que los acostumbrados a vivir de subsidios estatales, y que suelen votar en consecuencia, se vean perjudicados.
Detrás de lo que está ocurriendo está la brecha cada vez mayor que se ha abierto entre la economía estadounidense y la de la Unión Europea y Gran Bretaña. Según algunos cálculos, en 2006, cuando estalló una crisis financiero en el mercado inmobiliario de Estados Unidos que tendría repercusiones duraderas, los productos brutos internos de Europa y su aliado transatlántico eran aproximadamente iguales. En la actualidad, el norteamericano es el 80 por ciento mayor sin que haya señales de que la situación así supuesta pueda revertirse en los años próximos. Por el contrario, todo hace prever que Europa, víctima de políticas “verdes” impuestas por “elites” progres y por los gastos cada vez mayores que exige el Estado benefactor, seguirá rezagándose justo cuando se vea obligado a rearmarse. Puede entenderse, pues, el nerviosismo que está trastornando a los círculos gobernantes del Viejo Continente.
Como no pudo ser de otra manera, la guerra que Trump está librando contra las abstracciones que a su juicio están socavando al Occidente ha motivado la resistencia de los beneficiados por el viejo orden. En su propio país, los demócratas han optado por oponerse frontalmente a la expulsión sumaria de millones de inmigrantes indocumentados. Si bien a esta altura escasean los dispuestos a defender el principio de fronteras abiertas, muchos sienten simpatía por aquellos inmigrantes que, luego de violar la ley para entrar, se han comportado como ciudadanos pacíficos y productivos.
El epicentro del conflicto resultante está en Minneapolis, una ciudad dominada por demócratas que, después de la muerte casi cinco años atrás de un delincuente negro a manos de un policía blanco, vio el comienzo de una serie de disturbios raciales violentos en otras partes de Estados Unidos y hasta en Europa. ¿Podría suceder algo similar a causa de las muertes de manifestantes que protestaban contra la presencia de agentes inmigratorios poco profesionales? Es posible,
De todos modos, Trump y sus partidarios están decididos a aprovechar el poder que tienen para poner fin a la influencia, en su opinión ruinosa, de la cultura izquierdista “woke” en que les tocaba a los varones blancos desempeñar el papel de enemigos de todo cuanto es bueno y por lo tanto tendrán que ser privados de sus “privilegios”. Puesto que los así calificados pertenecen a la etnia mayoritaria en Estados Unidos y, para más señas, muchos negros, latinos y asiáticos son contrarios a la prédica sexual de los teóricos woke, los esfuerzos de Trump por eliminar la discriminación racial y sexual en nombre de “la diversidad” y reinstaurar el respeto por valores meritocráticos cuentan con el respaldo de muchos que se sienten ofendidos por su conducta matonesca.
Tal y como ocurre con Milei, Trump suele comportarse de manera tan estrafalaria y tan intolerante que a menudo cuesta distinguir entre lo que está haciendo y su forma de hacerlo. Aunque ambos están reaccionando contra un orden que a su propio juicio, y el de muchos otros, ponían en peligro el futuro de sus países respectivos, la falta de equilibrio que los caracteriza los está perjudicando.
Con todo, aunque era fácil coincidir con Milei cuando despotricaba contra el modelo corporativista que, antes de su llegada, estaba a punto de precipitarse en un abismo hiperinflacionario que a buen seguro hubiera tenido consecuencias sociales catastróficas, no lo era en el caso de Trump ya que eran menos patentes los perjuicios que estaban ocasionando en Estados Unidos el ideario woke, Así y todos, el malestar provocado por los intentos de cambiar radicalmente la sociedad norteamericana y, más aún, por la arrogancia clasista de las “elites” académicas y culturales, era suficiente como permitirle triunfar electoralmente a pesar de sus notorias deficiencias personales.
Trump cree con fervor en la primacía del Estado-nación, un concepto que, hasta hace poco, muchos trataban como penosamente anticuado para un mundo que, suponían, estaba en vías de “globalizarse” irremediablemente. Dista de ser el único que piensa así. En Europa, “la ultraderecha” denunciada por los bienpensantes debe su poder creciente a la sensación difundida de que los europeos de a pie corren peligro de verse sacrificados en aras de la lucha para salvar el planeta de los cambios climáticos, de la presunta obligación moral de permitir entrar a millones de personas de cultura y creencias que son radicalmente distintas de las suyas y de otras prioridades de minorías intelectuales y empresarios multimillonarios convencidos de que las fronteras nacionales son vestigios primitivos de épocas menos ilustradas que la actual.
Mientras que a Trump le encanta vanagloriarse de la supremacía que atribuye a su propio país en virtualmente todos los ámbitos, Milei se ve constreñido a asumir posturas que son relativamente más modestas aunque, claro está, no vacila en aseverar que la causa que cree representar mejor que nadie terminará imponiéndose en todas partes. En Davos, donde para sorpresa de muchos se abstuvo de insultar groseramente a quienes discrepan con sus ideas al pronunciar un discurso mesurado en defensa de la libre empresa en que, para algunos, lo más llamativo fue la alusión a la hipotética muerte intelectual de Nicolás Maquiavelo porque a juicio de Milei el fin no siempre basta como para justificar los medios y, para otros, la afirmación de que “América será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente.” Demás está decir que, para Milei, “América” no es sólo Estados Unidos sino el hemisferio occidental en su conjunto y que, en su opinión, el farero principal no se llama Donald Trump sino Javier Milei.
LA NACION > Política
Milei, Techint y la tercera batalla de Davos
A un país como la Argentina sólo le queda hacer malabarismos para sortear la distancia entre los hechos, las palabras y los sueños; en los discursos del Presidente quedan explicitadas esas brechas
LA NACION
Luciana Vázquez
Donald Trump y Javier Milei por Alfredo Sábat
Como en los dos primeros años de su mandato, en Davos, Javier Milei le dio “on” al año político argentino. Su presentación buscó no sólo sumar un nuevo capítulo a la saga de su posicionamiento global: está claro que, en parte la suerte de la gestión mileísta orbita alrededor del planeta Trump y la valoración que reciba desde Estados Unidos. Pero además, como en 2024 y 2025, Milei usó Davos para anticipar el foco de su agenda local.
En lo local, Milei dejó claro las dos nuevas dimensiones de su batalla cultural versión 2026. En ambos casos se trata de una profundización de su concepción de la economía de mercado. Por un lado, el combate contra la identificación entre capitalismo de mercado e injusticia social y la defensa decidida de la conexión entre capitalismo, eficiencia y ética como la única base posible de una política pública justa.
En Davos, Milei aseguró la existencia de un “vínculo profundo entre la moral y los mercados libres”. Por otro lado, presentó a la desregulación como la única política de Estado posible en el marco de ese capitalismo justo con el que sueña. Por eso el caso Techint y su derrota en la licitación de los tubos para un gasoducto en Vaca Muerta se volvió el primer emblema del Milei modelo Davos 2026: la adjudicación a una empresa extranjera pero con mejor precio es toda una muestra del nuevo avance del Gobierno en su visión económica. En esa concepción, cualquier intervención directa del Estado para beneficiar a algún actor del mercado argentino rompe el virtuosismo del capitalismo justo que pregona Milei, aunque en la tradición política argentina parezca lo contrario.
De Davos al caso Techint
Es una toma de posición no sólo ya en términos de la “guerra cultural” macroeconómica: en la adjudicación de la licitación a la firma india Welspun, la escalada de la visión del gobierno se volvió palpable y material, es decir, afecta a la realidad de las inversiones, flujos de dólares, y a la realización de una concepción de “empresariado”, el “héroe” del capitalismo justo que Milei dice alentar: tomador de riesgos, competitivo y transparente.
No es casual que el arquetipo del funcionario desregulador de Milei, Federico Sturzenegger, haya salido en la red social X a dar la respuesta política a la decisión que dejó afuera a una empresa nacional y eligió a una extranjera. El argumento central es demoledor, sobre todo para Techint: dos revelaciones, según Sturzenegger. Primero, que Techint ofreció 40 por ciento más que su competidor y al enterarse, estuvo dispuesto a empatarlo y segundo, que pidió el derecho a un “first refusal”, “la posibilidad de mejorar cualquier oferta que se presentara”, de acuerdo con el posteo del ministro de Desregulación.
Es decir, una empresa nacional puesta contra las cuerdas en la exposición de su discrecionalidad y búsqueda de privilegios en una licitación. El Gobierno no le ahorró nada a Techint.
De Davos al posteo de Sturzenegger, uno de los tres únicos funcionarios mencionados en el discurso de Milei en Suiza, además de Sandra Pettovello y Demian Reidel, una serie de declaraciones que explicitan ese lineamiento político: el eje de la eficiencia, es decir, la adjudicación al mejor precio, no importa si es de un competidor extranjero, con externalidades positivas en el mercado de trabajo y en la rentabilidad de muchos sectores nacionales, aunque se perjudique una empresa argentina en un caso puntual; el eje de la transparencia, con un capitalismo libre y un Estado que no juega a favor de un actor nacional en una licitación como condición necesaria y suficiente de un crecimiento sostenido y del flujo continuo de inversiones.
Esa línea de visión político económica se venía acentuando en las últimas semanas de 2025 y en las primeras de este enero. Quedó explicitada una semana antes del discurso de Milei en Davos. El 15 de enero, The Economist publicó un artículo conjunto de Milei y Sturzenegger con el mismo ideario. “El presidente argentino y Federico Sturzenegger, su ministro de Desregulación, llaman a una radical revisión de la intromisión gubernamental”: así sintetizó la posición de Milei y Sturzenegger.
En las últimas apariciones del año pasado, el ministro de Economía Luis Caputo del año también subrayó una nueva etapa de la gestión centrada en el aspecto desregulador de la política mileísta. A la hora del ajuste le sucede la hora de la aceleración de la desregulación y la pretensión de reducir al máximo toda intervención estatal, incluso, en una licitación que afecta los intereses de un conglomerado nacional clave e influyente. La reforma laboral que se discutirá a partir de la semana que viene en el Congreso también cae conceptualmente bajo ese paraguas conceptual.
Milei y Davos como oráculo
En la relación de la Argentina con Davos, Milei aporta una novedad: como Presidente, usa a Davos como una especie de herramienta de política pública local. Fija la cancha en la que quiere jugar en los próximos meses. El riesgo es que Davos también prefigure los errores y excesos de Milei: por ejemplo, el anti wokismo intenso que dominó su visión en Davos 2025 fue una anticipación del nivel de escalada de su política de conflictos innecesarios que lo metió en problemas durante la mayor parte del año pasado, hasta que se puso más negociador, y le llegó el rescate del par Trump-Bessent. ¿Cuál es el riesgo que podría anticipar su discurso en este Davos 2026?
Primero, el riesgo de sobregirarse en su visión teórica y desconectar de la realidad argentina: tanto Milei como Sturzenegger y Reidel tienen muy cerca el pecado de la hiper abstracción y la deshumanización de su visión. La desregulación extrema que alientan, con el sector de la IA como ejemplo, es contradictoria con muchas de las políticas mileístas clave, como el control del tipo de cambio, y no se cumple, en esa escala elevada a la enésima potencia, en capitalismos tan prósperos como justos. De esa tentación teórica vuelta ideología enceguecida y alejada de las soluciones cotidianas y realizables se deriva el segundo riesgo, un debate en torno al caso Techint en el que el Gobierno enfrenta muchas contradicciones: si hay el Gobierno encuentra tantas justificaciones, algunas aceptables, al gradualismo del cepo, ¿no tendría que ser gradualista en la exigencia a las empresas locales? ¿El empresariado argentino puede competir de igual con empresas extranjeras en medio de las condiciones argentinas, una estructura impositiva y laboral que todavía queda lejos del libre mercado? ¿Hay tiempo, en el caso de la realidad de los trabajadores, para esperar al largo plazo que propone Sturzenegger en relación a la creación de empleo y un beneficio general a la economía argentina aunque la licitación se otorgue a una extranjera?
Techint aparece como la primera “casualty” de la guerra cultural-económica del Gobierno. Con el régimen de Tierra del Fuego, en cambio, la gestión mileísta ha sido mucho menos contundente y mucho más gradualista y piadosa. Dentro del ministerio de Desregulación, la sensación térmica en ese caso es de incomodidad: “Hay que preguntarle al Presidente”, se escucha.
Milei, entre Trump y Mark Carney
En el frente global, la tercera aparición de Milei en la Conferencia del Foro Económico Mundial en Suiza se da en una geopolítica en pleno proceso de cambio que ofrece dos datos centrales para la gestión mileísta. Primero, un Donald Trump que acumula puntos críticos en su presidencia justo cuando enfrenta una elección legislativa. La elección de medio término en Estados Unidos plantea preguntas existenciales a una Argentina de Milei que sobrevivió su momento más crítico de 2025 con el “whatever it takes” de Bessent. Por eso el primer gran obstáculo político que enfrentará el Gobierno se juega en el tablero del hegemón en el que se referencia la presidencia mileísta, el Estados Unidos de Donald Trump. Con un año en su haber, el legado de Trump empieza a generar sus propias incertidumbres. Las encuestas no lo acompañan por el momento.
¿El mundo será el mismo con un Trump derrotado en las elecciones legislativas de Estados Unidos? Y más precisamente, ¿la suerte macroeconómica de la gestión mileísta cambiará con una derrota de su aliado central?
Segundo, este año el mapa global da indicios de un mundo que empieza, o al menos intenta, imaginar respuestas consensuadas al dominio de la lógica de la fuerza del más poderoso. Hay un debate global en torno a Davos: ¿quién ganó Davos? ¿Trump o Mark Carney, el primer ministro canadiense? Las palabras del canadiense en Davos le disputaron el protagonismo global a Trump: no sólo apuntó a darle contenido a los desafíos específicos de Canadá. También a los esfuerzos de Europa por reconstruir su rol global y todavía más allá: cayó bien en países emergentes que resisten la influencia tan abierta de Trump, como Brasil. “Hizo un diagnóstico impecable y certero, y muy corajudo”, reconocía ayer una fuente diplomática brasileña inobjetable el mismo día en que Lula habló por teléfono con Donald Trump como líderes razonables: así de contradictorio está el escenario internacional. En la Argentina, resonó sobre todo en el kirchnerismo y una ciudadanía más independiente inquieta con el nuevo orden global. En Estados Unidos, el polo demócrata escuchó a Carney con interés. El polo trumpista minimizó su peso: “No estoy seguro de lo que está haciendo el primer ministro Carney, más allá de tratar de hacer “virtue-signal” (dar señales de virtud) a sus amigos globalistas de Davos”, dijo Bessent.
A un país periférico y todavía en emergencia como la Argentina, sólo le queda hacer malabarismos para sortear la distancia entre los hechos, las palabras y los sueños. En los discursos de Davos de Milei quedan explicitadas esas brechas.
Empieza 2026 pero la política argentina ya tira los dados por la elección presidencial de 2027: este 2026 es el inicio de la campaña presidencial por otros medios, el de los resultados. Milei puede mostrar algunos, como lo hizo en Davos, pero esto recién empieza.
Por Luciana Vázquez