REPRODUCCION DE HISTORIETAS COMPLETAS, TIRAS COMICAS, HUMOR GRAFICO Y CARICATURAS DE TODOS LOS TIEMPOS Y DE TODO EL MUNDO.
De no creer
Bajo protesta: quiero al león, no al gatito
¿Qué extraño fenómeno produjo la metamorfosis de Milei exhibida en el discurso por cadena nacional para presentar el presupuesto?
LA NACION
Carlos M. Reymundo Roberts
¿Qué le han hecho a mi Javi, eh, eh? ¿Quién le lavó la cabeza? ¿Lo hechizaron en una macumba, pasó por el tarot de Karina? Qué triste y subversiva imagen la de la cadena nacional de anoche, tan controlado, tan modosito, tan espantosamente correcto; digámoslo: tan poco Javi. Me cuentan que le pidió a su estilista personal, la diputada Lili Lemoine, que esta vez no lo despeinara, que quería lucir prolijo, acicalado. Un horror. El outfit –traje gris tonalidad crisis, corbata en las fronteras del negro, camisa celeste estándar empleado público– venía a acompañar esa escenografía explícita de que el horno no está para bollos. Casi, casi, Zelenski anunciando la invasión rusa. Nada del loco lindo cuya fama dio la vuelta al mundo. Seré sincero: yo no voté a un dirigente de la franja del medio, sino a un marginal, un irreverente, el más malo del barrio. Me ilusioné con que tornillos desajustados y una cabeza sin muebles eran la condición indispensable para animarse a poner el país patas para arriba. Y me encuentro, a la vuelta de unas elecciones de concejos deliberantes y consejeros escolares, que se llevaron al León y nos dejaron un presidente. Que me devuelvan la guita de la entrada.
Dirán que el Pelu es un notable intérprete de libretos escritos por otros, o por otro –básicamente, Santi Caputo, Caputín–, y que entonces corresponde llevar el reclamo a esa oficina. Minga. Caputín no tiene Dios, ni patria, ni bandera, y hoy te hace insultar y tirar minas antipersonales en las redes, y mañana te llama a recato, a vestirte de velorio y hablar 15 minutos en modo lectura de tesis doctoral. Me niego a dirigirme a ese sujeto, al que no me cuesta nada imaginar como asesor de Massita. Cuando trabajaba para Durán Barba, de día pergeñaba estrategias con el presidente Macri, principal cliente de la consultora, y de noche con nombre cambiado tuiteaba barbaridades sobre Macri; le dieron la cana y terminó de patitas en la calle. Yo quiero entenderme directamente con Javi.
Javi: un discurso por cadena de un cuarto de hora, leído, sin gritos, sin mandriles ni ensobrados, sin ratas ni degenerados fiscales, sin el santo y seña de “¡Viva la libertad, carajo!, no es, disculpame, un discurso tuyo. Amo las charlas TED, pero vos estás para prender fuego. Tu encanto es fingir enojo y demencia, disfrazarte de justiciero. ¿Ya no tenés enemigos? ¿Ya nada que reclamarle a la herencia kuka, al enano comunista, a la presa de la calle San José? ¿Ya te parece suficiente el nivel de odio a los periodistas? Please, mirá la cadena de anteanoche y comparala con tu stand up en el Luna Park, en mayo del año pasado: te lavaron, plancharon y almidonaron. Te robaron el alma. Qué desalmados.
Me pongo en la piel de un ciudadano cualquiera. Estábamos inmersos en un agudo proceso de reculturización en el que aprendimos a desconfiar de los discapacitados y de las universidades, a enojarnos con los vagos del Garrahan, a asimilar como necesario que los abuelos pasaran hambre, a pedir pena de muerte para los gobernadores. Y, de pronto, el Presi aparece una noche, formalote y circunspecto, y nos dice que habrá aumento para jubilados, universidades y pensiones por discapacidad, y que quiere trabajar “codo a codo” con los gobernadores. OK, comprendido el mensaje: la realidad es dinámica. Me pregunto qué otras cosas nos tocará ahora desaprender. Acaso el discurso dominante será que en política se trata de dialogar y negociar, que las víctimas del ajuste merecen ser atendidas, que no conviene seguir cavando grietas, que la casta forma parte del paisaje y, si se la mira bien, no es tan perversa. Ufa, cómo me va a costar el cambio de vestuario. Pelu, ¿me prestás el traje gris?
A no protestar, porque a nadie se le debería hacer más cuesta arriba el nuevo mensaje que al propio Presi. Él, tan guionado para la guerra, se ha puesto al frente de la cruzada de solidaridad, e incluso arma mesas para reunirse con los de la costa de enfrente. No estaría mal una mesa sostén espiritual de Javi, con psicólogos, psiquiatras, terapeutas ocupacionales y curas. A mí no me gusta nada haber perdido al anterior, pero él insiste con la reencarnación. Sábado antes de las urnas, león; domingo a la noche, gatito; ayer, paloma de la paz.
Un lince.
Por Carlos M. Reymundo Roberts
LA NACION > Política
Muchos frentes para un gobierno monofocal
Toda la energía de Milei está puesta en aguantar para llegar al 26 de octubre lo más entero posible, con codos y talones haciendo fuerza para aminorar la velocidad de descenso por un tobogán enjabonado
LA NACION
Claudio Jacquelin
Javier Milei por Alfredo Sábat
Como diría el gran Chapulín Colorado, “que no panda el cúnico” o, al menos, que no parezca que hay pánico. Y menos que cunde. Esa es la orden que baja desde la cima del Gobierno y que enmarcó ayer la reunión de Javier Milei con los candidatos a legisladores nacionales oficialistas, en la residencia presidencial. Aunque la crisis más profunda que ha afrontado esta gestión resulte indisimulable.
El plan aguantar hasta las elecciones obliga a mantener la calma. O escenificarla. Esa es la apuesta. Todas las fichas al 26, a pesar de que la debacle bonaerense, con la misma martingala, se comió buena parte del capital mileísta. Como si el largo y difícil camino que falta recorrer hasta esa fecha no fuera tan complejo. ¿Optimismo o negación? Esa es la pregunta dominante que los tomadores de decisiones se hacen fuera del círculo cerrado oficialista.
La foto que el Presidente representó y entregó a los postulantes para que se llevaran de Olivos fue la escenificación de que está en control de la situación, “con firmeza y buen ánimo”, supuestamente recuperado después de las horas oscuras de la derrota.
Eso ocurría mientras el Senado le propinaba otra derrota al Gobierno y los mercados volvían a golpear con una nueva escalada por encima de los 1400 puntos y otro estirón del dólar que tocó los 1500 pesos y obligó a vender reservas del Banco Central (sin mucho éxito para cambiar el curso) y a operar fuerte en el mercado de futuros. Gestos de optimismo ante vientos cruzados y a pesar de que a esa hora los ventanales de la quinta y de la Casa Rosada crepitaban.
Por algo, horas después se confirmó la reposición de Santiago Caputo al frente de la estrategia electoral, como en los inicios, de donde había sido desplazado por el monopolio de Karina Milei, quien terminó corriendo a un segundo plano a su íntimo colaborador Eduardo “Lule” Menem, aunque no prescindiendo totalmente de él. La derrota bonaerense y los escándalos de los audios que salpican con hechos de corrupción a la hermanísima y a su segundo hicieron mella.
“No podemos decir que todo marcha de acuerdo al plan (TMAP), pero tampoco estamos tan mal como quieren mostrar. Estaban previstas varias de las cosas que han pasado en el último mes, aunque es verdad que se aceleraron y se agravaron después de la elección bonaerense”, la frase es uno de los puntos de coincidencia y consuelo que han empezado a encontrar las huestes santicaputistas y karimileístas en la frágil tregua a la que los obligó la derrota. Alcanza para bajar los decibeles y retemplar ánimos golpeados.
No es, sin embargo, lo que se escucha en el universo económico y financiero ni el ámbito político fuera del oficialismo. Contra la preocupación, la incertidumbre y el temor creciente que reina en estos terrenos es que busca imponerse el tranquilizador relato mileísta, a pesar de que su carácter performático está lejos de la eficacia original.
“La oposición ya no tiene otros proyectos de ley para complicar más el programa económico y aunque no es bueno el pedido de interpelación a Karina [Milei] y a [Guillermo] Francos, no les quedan muchas más cosas para hacer daño desde el Congreso. Y en la calle no tienen plafón para ningún desborde”, es el mensaje que se buscó instalar y que, alineados, repitieron luego varios asistentes a Olivos. Las voces de consuelo fueron tanto de libertarios de la primera hora como de algunos macristas que se rindieron en busca de supervivencia, antes que por convicción y afecto.
De todas maneras, el discurso oficial ya no habla de un gran triunfo libertario el 26 de octubre y hasta se admite la posibilidad cierta de otra derrota en territorio bonaerense. Se procura ahora sostener la ilusión de una victoria módica, como el “buen resultado”, que se pregona puertas afuera para que la desconfianza (de los mercados y de la sociedad) no profundice la fragilidad que el oficialismo sufre y ya no puede ocultar. Mitigar el daño, aparentando tranquilidad es la consigna. Todo es más modesto, pero no menos ambicioso.
Una vez más Milei y su equipo insisten en que la situación se reencauzará después de las próximas elecciones y que todo se debe a cuestiones políticas generadas por “el partido del Estado”, que ahora ocupa el lugar que fue de “la casta”.
Es esa una forma de negar que haya desajustes en el programa económico que provocaron malestar en una parte del electorado y retroalimentaron la crisis, a pesar de que ya una mayoría de economistas encuentra varios desaciertos en esta materia en lo que va del año.
La lista de yerros y problemas incluye el retraso del dólar que provocó haber llevado al crawling peg de 2 a 1 por ciento, mientras la inflación seguía por encima del 2%, la decisión de no acumular reservas, al tiempo que se abría el cepo para las personas físicas, más la fallida cancelación de las letras de financiamiento (LEFI) que puso presión sobre la divisa estadounidense y obligó a aumentar las tasas de interés con el consecuente impacto sobre el crédito y la actividad. A lo que añaden la refinanciación de la deuda en pesos a tasas siderales. Pero de eso no se habla en el oficialismo.
La elección ordenará ¿y si no?
“El desempleo no crece como dicen algunos y la actividad por el riesgo kuka y la acción del partido del Estado”, arengó ayer Milei a sus candidatos. A pesar de que anteayer se divulgara que en el segundo trimestre de este año hubo una caída del empleo de medio punto (pasó de 7,4% a 7,7%) respecto de igual período del año pasado en la ciudad de Buenos Aires, según datos oficiales del gobierno porteño. O que la UIA sostenga que se pierden 1500 puestos de trabajo por mes. ¿Relato mata dato o al revés?
El Gobierno busca convencer a sus candidatos y seguidores de que una vez superada la prueba electoral se reordenará el escenario y que volverán a contar con la colaboración de gobernadores que ahora han puesto a sus legisladores a nacional a votar en contra de las iniciativas oficialistas y los vetos presidenciales. Los que están arriba del avión violeta creen o quieren creer.
Los más escépticos no se animan a expresar su falta de fe, porque “este experimento es muy raro y le han funcionaron algunas cosas que parecían destinadas a fallar”, como dijo un libertario tardío proveniente del Pro, a pesar de que muchos de sus excompañeros de ruta le advierten que las condiciones han cambiado y que el humor social ya no es el mismo. Las burbujas (de sentido tienen esas cosas y no es fácil romperlas. De todas maneras varios se preguntan qué puede pasar si el resultado electoral es peor que el esperado y prefieren no responderse.
El Gobierno, de todas maneras, tomó parcialmente nota del cambio de clima, aunque prefiere evitar autocríticas profundas y sobre todo señalar a responsables de los errores político-electorales o en materia económico-financiera. Probablemente porque el Presidente los tiene demasiado cerca y en algunos casos es la imagen que le devuelve el espejo.
Eso explica la decisión y la orden de no enfrentarse y si es posible amigarse con los mandatarios provinciales no kirchneristas. “No vamos a pelearnos ahora en campaña con los gobernadores como hicimos con los intendentes y con ellos mismos en el armado de listas. La mayoría son reconocidos por sus votantes”, explica uno de los pocos dirigentes del oficialismo que se permite admitir algunos errores propios. Sin embargo, sabe que hay poca disposición para escuchar esas admisiones y menos aún posibilidades de hacer cambios en la cúpula del equipo presidencial.
Los que tienen más contacto con la realidad política también asumen que a los gobernadores les faltan incentivos o, más bien, les sobran desincentivos para quedar cerca de un Gobierno que los ha maltratado o destratado, que no les ha cumplido promesas hechas y cuya política económica, fuera del éxito desinflacionario, ha tenido varios efectos negativos en sus cuentas y en los ingresos y la actividad de los electores locales.
“La mesa política recién empieza a funcionar y no es fácil acercar a los que están enojados o de cambiar algunos responsables de políticas erradas. Menos en medio de la campaña”, admite un integrante de ese mobiliario que todo gobierno rescata con resignación cuando le llegan las crisis y usa como talismán de ultima instancia, pero sin mucha fe en su eficacia.
El pensamiento mágico nunca falta y así ha vuelto a entronizarse la consigna de que la disputa es “entre el futuro y el pasado”, “somos ellos o nosotros”, “es avanzar o volver para atrás cuando estamos en medio del Mar Rojo”, dicen y se dicen en la Casa Rosada. Así alimentan la ilusión de recuperar el apoyo, la participación y los votos de los desilusionados, los enojados y los heridos. La apuesta es a recrear y profundizar la polarización. Aún cuando el poder de atracción de cada uno de los polos da muestras de fatiga,
El perokirchnerismo, envalentonado con el triunfo bonaerense, apunta a ese mismo escenario binario. La repentina sobreexposición de Axel Kicillof en los medios de comunicación, sobre los que sigue profesando escasa simpatía y mucha aversión, en faceta moderada, convive con las bravatas a Milei y su gobierno. Al mismo tiempo, se busca deslegitimar cualquier opción intermedia.
En ese plano, el cordobés Juan Schiaretti es el blanco elegido de los ataques. Desde usinas cercanas a Sergio Massa, que guarda viejos rencores con el exgobernador cordobés, han salido a divulgar la supuesta existencia de una movida rayana con lo destituyente a la que lo vinculan junto con la vicepresidenta Victoria Villarruel y Mauricio Macri, aunque no hayan mostrado nexos.
El temor a que el origen peronista de Schiaretti le saque votos a Fuerza Patria opera con más fuerza que la posibilidad de que el espacio que integra el cordobés resulte atractivo para sectores moderados antikirchneristas que en la segunda vuelta de 2023 votaron por Milei y en contra de Massa, y ahora están desencantados o enojados con el Gobierno libertario.
Algunos observadores advierten que el tigrense, experto en dividir ofertas electorales, podría equivocar la estrategia. Ya lo vivió en 2015 cuando Cambiemos ocupó el espacio que él ayudo a abrir yéndose del kirchnerismo y en 2023 cuando lo derrotó Milei, a cuya fuerza él se encargó de alimentar para dividir el voto cambiemita. ¿Se puede tropezar tres veces con la misma piedra?
Por ahora, toda hipótesis sobre el resultado del 26 de octubre es provisional. La aceleración de la crisis ha sido vertiginosa en las últimas dos semanas y mucho más a partir del lunes pasado. El hecho más incontrastable es que las dificultades se han profundizado para el oficialismo y su debilidad se ha agravado, aunque Milei busque disimularlo y descargar culpas afueras.
Por eso, toda su energía está puesta en estas horas en aguantar para llegar al 26 de octubre lo más entero posible. Con codos y talones haciendo fuerza para aminorar la velocidad de descenso por un tobogán enjabonado. Tarea compleja para un Gobierno monofocal que tienen más frentes abiertos que nunca.
Por Claudio Jacquelin
Cuatro enigmas claves de un sistema político en transición
Si el resultado de las últimas elecciones disparara una autocrítica genuina, la pregunta sería si no es demasiado tarde para que los cambios contribuyan a reencauzar el rumbo, y el destino del programa de reformas estructurales.
Sergio Berenstein
LA NACION
El espejismo predominó hasta las primeras seis semanas de este año: un presidente muy popular, una sociedad que experimentaba un reparador alivio gracias a la caída relativa de la inflación, una oposición desorientada y una economía que, empujada por el consumo de bienes durables, evidenciaba claros signos de recuperación. La foto actual de estas cuatro dimensiones revela un panorama totalmente distinto. De acuerdo con el último Monitor de Humor Social que mensualmente elaboran D’Alessio-IROL/Berensztein, son muy importantes el deterioro de las expectativas económicas, el desgaste en la imagen de los principales integrantes del Gobierno, el impacto que generan las sospechas de corrupción de figuras claves del entorno presidencial y, fundamentalmente, la incertidumbre que expresa una enorme porción de nuestra sociedad respecto de su futuro material inmediato.
Si el resultado de las elecciones en la provincia de Buenos Aires disparara una autocrítica genuina y valiente por parte de los protagonistas de esta administración, respecto de lo cual hay opiniones diversas (muchos consideran que se trata de un giro gatopardista; otros, que son cambios muy acotados y poco creíbles; algunos aun sostienen que hay un proceso de aprendizaje y una señal saludable de pragmatismo y sentido común que podría profundizarse antes de las elecciones del 26/10), la pregunta sería si no es demasiado tarde para que los cambios en los modos (y en parte de los contenidos) contribuyan a fortalecer y reencauzar no solo (o no tanto) el rumbo de este gobierno, sino también el destino del programa de reformas estructurales que aún se propone en teoría implementar.
¿Está a tiempo Milei para recuperar la iniciativa, volver al centro de la escena, constituirse en un factor que, al margen de sus exageraciones y su sesgo autocomplaciente, parecía determinante para avanzar en el sendero de la modernización capitalista que tan urgentemente necesita la Argentina? Aun suponiendo un resultado electoral entre decoroso y razonable, con cierta recuperación respecto de la dura derrota del 7 de septiembre (por ejemplo, un incremento de un 20% respecto de la primera vuelta de 2023 para llegar a unos 35 puntos en el nivel nacional), ¿es eso suficiente para relanzar el Gobierno con objetivos prácticos y concretos, como aprobar un presupuesto lógico y con pautas asequibles (no la versión edulcorada y utópica que envió el Poder Ejecutivo el lunes pasado al Congreso) e iniciativas de reformas impositiva y laboral como para crear las condiciones para un proceso de crecimiento sustentable y discontinuar el eterno estancamiento que soportamos desde hace década y media? ¿Está el Presidente en condiciones de retomar esa agenda transformacional? ¿La sociedad civil, incluidos los actores económicos claves, está dispuesta a cooperar y comprometerse con un proyecto de poder que muestra rápidos signos de erosión? ¿Cuenta el Presidente con el interés y el apoyo que supo despertar en importantes círculos de poder internacionales, en especial dentro de Estados Unidos?
Cuando podía, no quiso, y más tarde, cuando tomó la decisión, no estaba en condiciones de hacerlo. Esta definición podría aplicarse a todos los gobiernos argentinos (y no solo de nuestro país) respecto de una pluralidad enorme de temas. ¿Corre Milei el riesgo de terminar condenado a las generalidades de la ley, justo él, que venía a reinventar el país y terminar con los privilegios de “la casta”? Siempre irónico, genial y desembozado, observando impiadoso la cambiante coyuntura actual, el profesor Luis Tonelli afirmaba estos días: “La casta está en orden”. Enorme poder de síntesis.
El futuro de esta experiencia libertaria depende de, al menos, cuatro factores. En primer lugar, la cuestión del tipo de cambio. El dólar tocó el techo de la banda, el Banco Central salió a vender y, si la demanda se mantuviera constante, a este ritmo se habrán perdido entre US$5000 y 6000 millones de las reservas para el 26 de octubre. Los recursos están, pero es dinero que prestó el FMI. La pregunta es si vale la pena defender este valor del dólar. El mercado descuenta que tarde o temprano habrá una devaluación por un cambio en las bandas o incluso una liberalización del régimen cambiario. Pero la sospecha es que no habrá ninguna decisión antes de las elecciones. La situación es tirante: si tiene la valentía de asumir la responsabilidad de preservar esos bienes escasos (los argentinos seguimos siendo renuentes a que nuestros dólares estén a tiro de cualquier gobierno), ganaría músculo para intervenir en el futuro; si el tipo de cambio se dispara, a pesar de la baja del consumo, podría haber una corrección preventiva de los precios, en el contexto de una señal compleja: la inflación mayorista de agosto fue del 3,1%.
En segundo lugar, en función de lo anterior, la capacidad del Gobierno, fundamentalmente de Milei, para reinventarse. La moderación, la búsqueda de consensos y los ajustes en el estilo y en la comunicación política son urgentes y necesarios. La duda es si son suficientes y si estamos a tiempo de que sean eficaces. Vemos algunos cambios, como su rol activo en la campaña, algo que hasta ahora no había hecho, pues la política “lo aburría”, según confesaron dos de sus laderos. Pero ahora no parece tener opción: su hermana Karina, hasta ahora responsable dentro del espacio de esta función, se convirtió en un activo tóxico para el oficialismo. ¿Qué otras acciones puede llevar a cabo para recuperar protagonismo? ¿Un cambio en el gabinete, un giro en el rumbo político, la instalación de un nuevo tema, como en 2018 el debate sobre la legalización del aborto?
En tercer lugar, la capacidad de la oposición de aprovechar los espacios que viene encontrando para reposicionarse y proyectar alternativas. En los últimos días, el Congreso rechazó los vetos vinculados con el Hospital Garrahan y con el financiamiento universitario, mientras que el Senado ganó terreno con la cuestión de los ATN y variopintos personajes, que estaban agazapados en las sombras, reaparecieron para la gran marcha del miércoles pasado. En el medio, surgió una nueva fuerza, Provincias Unidas, que intenta ocupar la vacante de centro racional inexplicablemente abandonada por Juntos por el Cambio. La seguidilla de errores no forzados del Gobierno, su retracción en la iniciativa política y una cierta pérdida de legitimidad de ejercicio de Milei abrieron oportunidades a una oposición que intenta recuperar el centro de la escena. ¿Podrán aprovecharlas? La gran incógnita es si la oposición podrá ofrecer algo más que críticas: una propuesta consistente, coordinada y creíble frente a los desafíos económicos y sociales. La confrontación con el kirchnerismo no dio los resultados esperados en las elecciones de la provincia de Buenos Aires, pues se trata de una fuerza en retracción, cada vez menos influyente, horadada por quienes hasta hace poco le juraban lealtad eterna a CFK. Pero si el Gobierno lograse retomar la iniciativa y persuadir de que puede encarrilar la economía mejor que cualquier alternativa, apoyándose en que su debilitamiento produjo una mayor incertidumbre económica, el desafío para quienes están en la vereda de enfrente será mucho mayor.
Por último, de la resiliencia y paciencia de una sociedad cansada de sacrificios, postergaciones y de una política, comenzando por el Gobierno, que no se cansa de cometer errores infantiles. A diferencia de lo que sugieren algunos dirigentes bastante irresponsables, la ciudadanía no quiere atravesar una nueva crisis de gobernabilidad ni una ola de conflictos: hay protestas, pero los intentos organizados de movilización, como cacerolazos o piquetes, vienen fracasando. La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostener ese esfuerzo sin ver resultados concretos que justifiquen el sacrificio. Si el hartazgo se transforma en acción, podría manifestarse en las urnas o en nuevas formas de protesta que aún no se avizoran.