Milei y el riesgo a atarse a un valor en jaque
El Presidente basó su proyecto de reelección a los logros económicos
La Nacion
22 Agosto 2026
Sergio Suppo
Javier Milei por Alfredo Sabat
Una cosa trae la otra: Javier Milei cree que compite contra sí mismo y algunos de sus potenciales aliados empezaron a creer que esa carrera puede terminar mal. Todo sucede en medio de una compleja negociación sobre el futuro político en la que cada jugador es atravesado por la necesidad de construir ese porvenir con acuerdos o desacuerdos, con fondos nacionales o sin fondos nacionales. No están unidos por pertenencias partidarias ni por identidades ideológicas compartidas, sino vinculados por el interés de conservar el poder que tienen.
Milei limitó su proyecto de reelección a los logros económicos de su gestión. Quiere que manden los hechos y esa realidad de fuerte transformación macroeconómica podría ser retratada hoy como un barco que detuvo su navegación y genera incertidumbre sobre el destino de sus pasajeros.
Muchos de esos navegantes, los suficientes como para determinar la continuidad de los libertarios, asumieron en un principio que era necesario hacer un enorme esfuerzo personal y colectivo para poner la economía bajo las reglas elementales del capitalismo y de la administración de los recursos públicos. Unos se arrepintieron; otros dudan y empiezan a reclamar ahora los resultados concretos de ese esfuerzo. Un tercer grupo está dispuesto a seguir apostando por el proyecto de Milei.
Esa división en por lo menos tres grupos de aquella mayoría que llevó a la presidencia a Milei en la segunda vuelta de 2023 impone a la campaña electoral que vendrá la cuota de tensión e incertidumbre que los libertarios creían haber ahuyentado luego de la victoria de contragolpe que lograron sobre el kirchnerismo en las elecciones parlamentarias del año pasado.
En este mal momento del Gobierno, en los grandes centros urbanos de la Argentina en el que los salarios no alcanzan caen los ingresos y el empleo. Y, peor, se borronea la posibilidad de salir de ese lugar en poco tiempo.
Milei mantiene, sin embargo, un tercio de apoyo en la gran mayoría de los sondeos. Es más de lo que muchos candidatos soñarían tener un año antes de las elecciones, pero mucho menos de lo necesario para garantizar la reelección apostando todo a un rotundo cambio de la economía.
La demora en los beneficios de esa mutación empantana a Milei y, como un perro que se muerde la cola, repone la desconfianza de los actores económicos.
Ese es el dato nuevo: gobernadores y dirigentes políticos que hasta el último verano estaban desesperados por hacer una alianza con el Presidente ahora empezaron a dudar si ese camino es el más seguro para mantener lo que ellos mismos desean renovar en las elecciones provinciales previas.
Ese movimiento empezó a notarse con claridad en las dificultades que los funcionarios políticos del Gobierno empezaron a encontrar para cambiar las reglas de juego electorales, empezando por el intento de eliminar o al menos suspender las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias ( PASO).
A cambio de ese voto, los gobernadores piden el pago de deudas atrasadas, fondos frescos y obras por montos superiores a los que pactaron en el verano para aprobar la reforma laboral, por ejemplo. Entonces todavía pesaba el impulso del triunfo oficialista en las elecciones de medio término.
El intento de Karina Milei de pedir subordinación, alineamiento y promesa de apoyo a la reelección como parte de un acuerdo para votar los cambios electorales chocan con la reticencia de los negociadores. Ya no le prometen apoyo para el año que viene.
En un juego de ocultamiento y presiones, nadie quiere ceder más de lo que aceptaría entregar. Del entusiasmo al enfriamiento de los gobernadores aliados, lo que está a la baja es la rentabilidad de quedar pegado a Milei.
A principios de año era vital para muchos jefes provinciales tener un acuerdo con él; ahora algunos piensan que sería mejor atrincherarse en sus provincias y aislarlas de la guerra nacional. Con ese mismo razonamiento se achicó la importancia que podía tener para esas elecciones locales que Milei impusiera un candidato.
El asunto no es grave aún porque este enfriamiento de las relaciones del oficialismo con sus habituales aliados no va acompañado hasta ahora por ningún intento serio de armar una tercera fuerza para competir contra libertarios y kirchneristas.
Puede ser un síntoma pasajero, pero también puede ser el principio de un proceso de aislamiento de cada quien en su propio territorio, con el fin de dejar la carrera presidencial a Milei y el candidato que decida el kirchnerismo ponerle como adversario.
Mientras, no pasan de ser globos de ensayo la aparición no del todo declarada en las últimas semanas de algunos candidatos originalmente ajenos al sistema. Tanto Daniel Hadad como Jorge Brito y hasta Dante Gebel insinúan posibilidades y tratan de permanecer ajenos al armado de los partidos del destruido sistema político. Si deciden avanzar se verán con mayor claridad los hilos que los relacionan con los profesionales del poder.
Los costos para los acuerdos de nuevas leyes se han encarecido para el oficialismo de la misma manera en la que los números de la economía del metro cuadrado de cada argentino se han tornado inmanejables.
La épica con la que Milei suele vociferar que nadie le torcerá el brazo y seguirá aplicando el rigor en la cura de la crónica enfermedad inflacionaria ya solo entusiasma a su tercio de incondicionales.
Por doloroso que resulte saberlo, muchos argentinos pueden terminar ignorando por qué es necesario eliminar la inflación. Es un problema cultural del país, entre muchos. Milei creyó haber ganado esa batalla cuando convenció al electorado de la necesidad de hacer un ajuste para erradicar las alzas de precios. Fue una buena noticia que perdió novedad.
El desafío para Milei es convencer a los argentinos de que tras haber logrado bajar la inflación conseguirá vencerla del todo y que entonces sí, la economía crecerá al punto de que se note en el bolsillo.
El Presidente viene equivocando la fecha en que logrará sus objetivos. El aguante nunca será infinito y el riesgo de la regresión hacia el populismo crece en la medida en que la receta libertaria no refleje mejoría en un paciente exhausto.

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