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Un presidente con el método del escrache
¿El ataque a Lula es una estrategia sobreactuada de Milei ante una sugestión de Trump o responde a la necesidad de Milei de volver a la furia que lo hizo presidente en 2023?
LA NACION
Joaquín Morales Solá
Javier Milei y Lula da Silva por Alfredo Sábat
Nada podría ser como parece. Un alto funcionario del Gobierno aseguraba ayer que el alboroto de Javier Milei en Brasil, durante el furioso fin de semana último, fue una sobreactuación del presidente argentino por una sugerencia de Donald Trump para que ayude a la familia Bolsonaro en el país vecino y perjudique al actual mandatario brasileño Lula da Silva. Lula buscará la reelección frente a Flávio Bolsonaro el próximo 4 de octubre; este Bolsonaro es hijo del expresidente de ese país, Jair Bolsonaro, condenado por el Tribunal Supremo de Justicia a 27 años de cárcel por el delito de liderar una organización criminal que intentó un golpe de Estado en 2023 para impedir que Lula asumiera la presidencia. Pero ningún funcionario del Gobierno dice saber si Trump le pidió tanto a Milei o si este decidió por su cuenta llegar hasta donde ningún otro presidente argentino había llegado en sus controversias internacionales.
En ese mismo fin de semana, Milei vio desde un stand de la Exposición Rural a José Ignacio de Mendiguren y le gritó, desaforado, “ladrón”. De Mendiguren fue un mal ministro de Duhalde y, más tarde, se camufló como presidente de la Unión Industrial cuando ya tenía el corazón cooptado por el peronismo massista. Con todo, un presidente de la Nación que se precie no puede imitar los modos del escrache que inauguraron aquí Quebracho y La Cámpora.
Sin duda, los desmanes que Milei protagonizó en Brasil fueron peores porque comprometieron con sorprendente inconsciencia el futuro de su país. Bolsonaro padre está bajo el régimen de prisión domiciliaria por su delicado estado de salud. La decisión de prorrogar la prisión domiciliaria del expresidente brasileño de forma indefinida la tomó el vicepresidente de ese Tribunal, Alexandre de Moraes, el mismo que decidió prohibirle a Milei que visitara al patriarca de los Bolsonaro en su casa cuando fue a Brasil en el fin de semana, que el Presidente convirtió aquí y allá en días de saña y delirio. De Moraes, tildado por Milei de “basura calva”, argumentó que Bolsonaro no podrá recibir visitas políticas antes de las elecciones presidenciales de octubre.
Nunca antes se había visto a un presidente tratar de la manera que Milei trató a Lula o a un juez supremo de un país extranjero sin que estos le hayan hecho nada ni le hayan dicho nada. Pero, ¿es una estrategia sobreactuada de Milei ante una sugestión de Trump o responde de algún modo a la necesidad de Milei de volver a la furia que lo hizo presidente en 2023? Las últimas encuestas en poder del gobierno indican que el Presidente está en el límite mismo, o por debajo del límite, de su reelección en primera vuelta dentro de más de un año. La última encuesta de Poliarquía coincide con aquellas mediciones. Si su porcentaje de votos en octubre de 2027 fuera de menos del 40 por ciento, Milei deberá ir a una segunda ronda electoral con el segundo candidato más votado. Y no importará la diferencia de votos en la primera vuelta de esos comicios. No obstante, nada justifica semejante empellón verbal y público del mandatario argentino a un presidente votado por su sociedad, en abierta campaña, además, a favor del candidato opositor a Lula. Si eso no es injerencia en los asuntos internos de otro país las palabras habrán perdido su sentido.
Milei, ni su canciller, Pablo Quirno, quien aplaudió al presidente argentino durante su diatriba contra Lula, tuvieron en cuenta los datos económicos que deberían prevalecer por encima de las ideologías. La influencia de la ideología en la política exterior es nociva si la aplica Cristina Kirchner, que la aplicó, o si la practica Milei. La única frontera que no existe para impedir el principio de no injerencia en asuntos internos de otro país son la violación de los derechos humanos o la ruptura del orden democrático mediante un golpe de Estado en un determinado país. Esta es una regla nueva, que antes no existía en la política internacional. Por eso, Fidel Castro estuvo tantos años en el poder refugiado injustamente en ese principio. De todos modos, la progresía o el liberalismo de sus gobernantes no son motivos para alterar las relaciones entre dos países.
La falta de respeto a la investidura presidencial de otro presidente le resta autoridad moral a un jefe del Estado para reclamar el respeto a su propia investidura. En síntesis, lo que Milei provocó con Brasil tiene el tamaño de una gravedad nunca vista antes. Para empeorar las cosas, este martes se sumó a la polémica la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en solidaridad con Lula y con serios cuestionamientos a Milei por la forma con que trató al mandatario brasileño. México y Brasil son las dos principales economías de América Latina.
Aunque esa no es la razón principal por la que todos los presidentes deben respetar a sus colegas, es oportuno recordar que Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y que el comercio bilateral es de unos 30.000 millones de dólares anuales. Brasil es también el principal destino de las exportaciones industriales argentinas; ambos países, nucleados en el Mercosur, constituyen el principal mercado exportador de productos agropecuarios del mundo. Por eso extrañó aún más la presencia risueña y despreocupada al lado de Milei del canciller Quirno, que es también un economista diplomado en la Universidad de Pensilvania, en los Estados Unidos. Sabe, por lo tanto, la importancia real y estratégica de Brasil para la economía argentina.
Lula ha hecho también sus travesuras en la Argentina. Estuvo muy cerca de Daniel Scioli, en 2015, cuando este compitió con Mauricio Macri; dicen que le confesaba al entonces perdidoso candidato peronista (actual mileísta convencido, vale recordar) que su triunfo era esencial para conservar una línea progresista en América Latina y se puso abiertamente de su lado. Luego, fracasado el intento de aupar a Scioli a la presidencia, en 2019 se ocupó personalmente de apoyar a Alberto Fernández, a quien recibió en la sede de la Policía Federal de Curitiba, donde estaba preso acusado de corrupción; el político argentino era en ese momento solo un candidato que enfrentaba a Macri para impedir la reelección de este. Lo logró.
Antes, Alberto Fernández y el excanciller de Lula, Celso Amorim, recorrieron el mundo en defensa del expresidente brasileño que sobrellevaba acusaciones de prácticas corruptas. Por esos trámites, Alberto Fernández conoció al papa Francisco, a quien había visto de casualidad una sola vez cuando el entonces Pontífice era el cardenal de Buenos Aires. En 2023, Lula le envió unos veinte asesores electorales a Sergio Massa cuando este competía contra Milei por la presidencia. Lula siempre invocó la importancia de la Argentina en la configuración ideológica de América Latina. Fue improcedente que un presidente extranjero incursionara en cuestiones internas argentinas, pero Milei rompió todos los moldes previos cuando lo llamó a Lula “ladrón” y “presidiario”. Lula se metió en cruciales elecciones argentinas, pero nunca insultó a ningún presidente argentino, al menos públicamente.
Hasta hace poco, los presidentes convivían pacíficamente en el mundo con presidentes de otras ideologías. Trump rompió esa tradición cuando comenzó a agredir verbalmente a sus propios aliados de Europa o cuando descerrajó una guerra innecesaria contra Irán, a pesar de que el régimen de Teherán mereció siempre la protesta internacional por sus opresiones a los ciudadanos iraníes y por su promoción de atentados en países extranjeros, como los dos que impulsó y financió en la Argentina. En América Latina sucedía lo mismo. De hecho, hasta la misma Cristina Kirchner se llevó muy bien con Sebastián Piñera, el presidente chileno de derecha moderada que gobernó su país durante casi todo su primer mandato con la expresidenta argentina también en funciones en su país. Macri cohabitó en el sur de América con el progresista Tabaré Vázquez en Uruguay. El propio Tabaré Vázquez confesó luego que “con Macri resolví en 10 minutos cuestiones bilaterales que no había podido resolver con el kirchnerismo durante años”.
La chilena Michelle Bachelet fue presidente cuando Macri lo era de su país; Bachelet tiene una larga carrera política en el socialismo chileno, que formó parte de la Concertación, una alianza de centroizquierda que gobernó Chile desde el fin de Pinochet, en 1990, hasta el arribo de outsider Gabriel Boric en 2022, aunque ese período de 32 años incluyó también dos mandatos de Piñera, que no perteneció a la Concertación. Macri y Bachelet convivieron sin sobresaltos. Piñera y la concertación eran el establishment político chileno hasta que llegaron los outsiders Boric, de izquierda, y el actual José Antonio Kast, de derecha. Ni Boric ni Kast cometieron las transgresiones del presidente argentino. No todos los outsiders son lo mismo. A Macri, presidente de la Argentina en ese momento, le tocó también reunirse dos veces con la entonces presidenta brasileña, Dilma Rousseff, del lulista Partido de los Trabajadores, y los dos se entendieron sin arrebatos de ningún lado.
La furia de Milei contra Lula llevó a la diplomacia de Brasil a tensar las cuerdas con la Argentina. El canciller brasileño, Mauro Vieira, es un experto en la Argentina porque fue un excelente embajador de su país en Buenos Aires durante varios años. Vieira, un diplomático de carrera, llegó al extremo de calificar de “provocación sin precedentes” lo que hizo Milei en San Pablo cuando el fin de semana se fue a apoyar al hijo de su amigo Bolsonaro. Luego, Vieira llamó en consulta al embajador brasileño en Buenos Aires y él conoce la gravedad de esa decisión, que precede por lo general al retiro del embajador de un país. Es probable que Brasil no tome esa resolución por el momento porque valora lo suficiente la relación con la Argentina como para no darle tanta importancia a lo que dice (y a cómo lo dice) un presidente argentino con fama mundial de disruptivo, salvo la chicana del partido lulista de pedirle a la Justicia que investigue quién pagó el viaje de Milei. Es improbable también que no lo haga porque nadie pueda responder esta pregunta: ¿lo perjudican o lo benefician a Lula semejante agravios por parte de un presidente argentino? Lula es el jefe político de una nación con históricos rasgos nacionalistas.
Dicen en Madrid, por ejemplo, que el jefe del gobierno español, Pedro Sánchez, otra obsesión de la cólera mileísta, lo deja hacer y decir al mandatario argentino cuando este pasa por España, porque comprobó que le hace más bien que mal las injurias de un dignatario extranjero. Sánchez sobrelleva una historia de corrupciones demasiado cerca de él, pero la sociedad española prefiere juzgarlo ella y no dejar ese veredicto en una lengua foránea, que carece de inhibiciones. La otra pregunta que no tiene respuesta es cómo será en adelante la relación entre la Argentina y Brasil, sobre todo la que refiere al intercambio comercial. Como dice Andrés Malamud, si no pasara nada entre los dos países “entonces el mundo está cambiando ante nuestra vista”. Trump habrá inaugurado una nueva era en las relaciones internacionales, y la Argentina habrá cambiado su histórica política exterior que optó por el multilateralismo y respetó a todas las naciones. Habrá triunfado una política exterior de exclusivo sometimiento a las políticas de Washington y se habrá impuesto la paradoja en la que coexisten la ofensa y la subordinación.
Por Joaquín Morales Solá

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