jueves, 28 de mayo de 2026

El pudor, una institución informal


 

 El pudor, una institución informal 


El impacto de una cultura política que asocia sobriedad con hipocresía; la estridencia y el exhibicionismo como rasgos del poder


28 de mayo de 2026


Luciano Román


LA NACION



Javier Milei con Fátima Florez por Alfredo Sábat




Una noche el Presidente de la Nación sube al escenario y canta como una estrella de rock. Otro día protagoniza un show en Israel por el Día de la Independencia o forma parte de un sketch junto a Fátima Florez en un teatro de revistas. El ministro de Economía nos cuenta dónde se compra la ropa, y revela que lo hace fuera del país. El jefe de Gabinete manda a construir una cascada en su casa de fin de semana y dice, sin sonrojarse, que con su plata hace lo que quiere. El titular de la Cámara de Diputados toca el piano en un bizarro programa de streaming y un legislador exhibe en el Congreso su Tesla sin patente como “parte de la batalla cultural”. Si imaginamos cada una de esas escenas como las piezas de un puzzle, al encastrarlas veríamos un paisaje colorido y estridente en el que no existen ni la sobriedad ni el pudor. ¿Se trata de un aspecto meramente estético o de un rasgo político y cultural que define el espíritu de una época? Si la pizza y el champagne fueron los símbolos del menemismo, la arrogancia y el lenguaje desaforado podrían ser las marcas de identidad de este nuevo ciclo político.


¿Está mal darse el gusto de cantar o comprarse un auto de lujo? Por supuesto que no. El desafío es reconocer las distancias -que a veces suelen ser cortas- entre la tenencia y la ostentación, entre la espontaneidad y el exhibicionismo. Cuando ya se convierte en estilo, la provocación empieza a esconder algo de fondo: la incapacidad de autolimitarse; la idea de que se puede ejercer el poder sin frenos inhibitorios.


El exhibicionismo se presenta como un rasgo de autenticidad: “Soy como soy; yo no disimulo, no ´la careteo´”. El alarde y la desmesura son reivindicados como actitudes genuinas. La contención, entonces, es siempre sospechosa de falsedad; el recato se asimila a la hipocresía y la sobriedad es despreciada como una antigüedad propia de “la casta”. Detrás de esa retórica demagógica, que tal vez sea efectiva y redituable en el corto plazo, anida, sin embargo, una confusión peligrosa: la idea de que el poder no implica límites ni supone responsabilidades: todo está permitido y “yo digo y hago lo que quiero”.


Hace unos meses, cuando le consultaron sobre el revuelo que había generado al decir que jamás compra su ropa en la Argentina, el ministro de Economía, Luis Caputo, dio esta explicación: “Lo que pasa es que yo no soy político; entonces digo las cosas como me salen”. La espontaneidad y la franqueza son, por supuesto, dos virtudes. Pero cuando el funcionario público no mide el costo de sus palabras, no calibra el impacto de lo que dice y reivindica la osadía de hacer declaraciones sin filtro, ¿es espontaneidad o irresponsabilidad? ¿es franqueza o imprudencia? Las fronteras entre unos y otros conceptos pueden parecer difusas, pero reconocerlas es una parte esencial de la función pública.


Detrás de la sobriedad, es cierto, puede esconderse cierta dosis de hipocresía. Eso no le quita, sin embargo, la condición de virtud republicana. En la discreción y el pudor hay una especie de institución informal: un mecanismo que regula nuestras conductas y limita los excesos sin necesidad de una ley. La austeridad, además, es una señal de que el funcionario pone el cargo por encima de su ego. La mesura en los gestos y el lenguaje es parte de un ejercicio responsable del poder. Del funcionario cabe esperar una actitud franca y espontánea, pero también cuidadosa, reflexiva y cauta. Entre la frescura y el acartonamiento hay un trecho largo: se puede ser sobrio sin ser pacato; se puede ser descontracturado sin ser burdo.


El avance del exhibicionismo por encima del decoro es algo que trasciende, por supuesto, el territorio de la política y también la dimensión local. Es parte de una mutación cultural mucho más amplia, que atraviesa los códigos de convivencia, la comunicación en las redes, el lenguaje público y hasta la vida social. Hay una audiencia que celebra la desmesura y premia el exceso. Percibe al insulto y la violencia verbal como actitudes de sinceridad y coraje. Y encuentra en la ostentación y el exhibicionismo un atajo para alcanzar notoriedad. En esa atmósfera, el lenguaje cuidadoso y la prudencia discursiva son rechazados como una forma de deshonestidad de la elite, como si reprimir el impulso no fuera un rasgo de madurez y de responsabilidad.


La sobriedad retórica no es, sin embargo, una cuestión estilística y formal. En el equilibrio y la precisión del lenguaje hay un reconocimiento de la complejidad de las cosas, de la sensibilidad que involucran determinados temas y del cuidado con el que deben ser abordados. Cuando el poder exalta la estética del insulto, la hipérbole y la simplificación brutal, el debate público se deteriora inevitablemente, la posibilidad de diálogo desaparece y se exacerba una lógica de agravios y antagonismos que incuba odios y resentimientos en el tejido social, de los cuales es difícil volver. El rigor y la verdad también caen en el combate. La vara ética se subordina a las simpatías y las conveniencias propias.


Cuando el poder exalta la estética del insulto, la hipérbole y la simplificación brutal, el debate público se deteriora inevitablemente


La política se torna, así, cada vez más burda, más tosca, más estridente. Al encuadrar la exhibición de un Tesla como “batalla cultural”, lo que se hace es fijar un estándar: no discutimos ideas ni valores, sino imágenes y eslóganes. Es una forma de empobrecer el debate público que hasta resulta injusta con el propio oficialismo. Se caería en la simplificación, la arbitrariedad y el trazo grueso si se redujera el mileísmo al Tesla, la cascada y el insulto, como también es arbitrario reducir la década menemista a la imagen simbólica de la pizza y el champagne. El actual es un proceso político, económico y cultural mucho más complejo, en el que el balance todavía es provisorio e incierto, pero en el que ya pueden anotarse algunos logros significativos: el saneamiento macroeconómico, la recuperación del orden en las calles, la boleta única y la reforma laboral, por citar algunos hitos fundamentales de una gestión que fue respaldada en la elección de medio término. Sin embargo, la beligerancia, la desmesura y la prepotencia tienden a escribir la melodía de la época, con el riesgo de imprimirle un sello de identidad a un gobierno que desprecia el recato y la moderación.


Tal vez sea necesario recordar que la austeridad republicana -que ya había muerto con el kirchnerismo y es enterrada ahora por el mileísmo- era, al fin y al cabo, el reconocimiento de que el poder necesita límites y formas para no convertirse en pura fuerza. Implicaba una manera de respetar al otro, además de una noción de responsabilidad institucional. Hacía que el hombre público se contuviera (en el gasto, en el gesto, en la palabra) porque reconocía que debía rendir cuentas a toda la sociedad.


Ese concepto hoy está resquebrajado. En un tejido social y cultural más fragmentado, se actúa para la propia tribu. Se han debilitado los valores compartidos y se ha diluido cierto consenso sobre el valor de las formas republicanas. Cada uno corteja a su “núcleo duro”, siempre dispuesto a aplaudir lo que otros considerarían vergonzoso.


Se han debilitado los valores compartidos y se ha diluido cierto consenso sobre el valor de las formas republicanas.


Sin embargo, hay algo que enseña la historia política de los últimos años: la “tribu propia” no alcanza. Un gobierno que se repliega en el fanatismo se expone a encoger su base de sustentación. La ausencia de frenos inhibitorios puede ser muy rendidora ante la militancia, pero deteriora la confianza, transmite imprevisibilidad y devalúa la palabra del poder.


La homilía del arzobispo de Buenos Aires, en el tedeum del 25 de mayo, reinstaló en debate público algunas palabras olvidadas: diálogo, empatía, sensibilidad, cordialidad y respeto. Lo dijo desde el púlpito, pero también desde la calle. La última aparición estelar de Jorge García Cuerva había sido el 18 de abril de este año, ante una impactante multitud de jóvenes que se reunió frente a la Catedral porteña para escuchar a un cura DJ que combina música electrónica con mensajes ecuménicos. Si conectamos ambas escenas, asoma una pregunta: las palabras de García Cuerva, ¿son tan viejas y anacrónicas como algunos suponen? ¿O interpretan a gran parte de la sociedad y de los jóvenes que creen en esos valores? Quizá, en contra de algunos prejuicios dominantes, hay una generación que todavía reconoce esas instituciones informales que regulan la atmósfera social en la que vivimos todos, los unos y los otros, sin importar la facción a la que pertenezca cada cual.


Por Luciano Román 


 

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