Editorial
El poder en las sombras libertarias
¿El o la jefe? El Gobierno de "El Loco" que se decide en el despacho de Karina Milei
Mientras el presidemente Javier Milei grita en público, las decisiones se susurran en privado: la lapicera no siempre la tiene quien firma, y el poder real parece tener otro nombre propio. (Dibujo: Rase para AGENCIA NOVA)
En la arquitectura real del poder, las formalidades suelen decir una cosa y los hechos otra. En el caso del Gobierno de Javier Milei, la distancia entre ambos planos parece ensancharse con el correr de los meses.
Lo que comenzó como una promesa de liderazgo disruptivo y centralizado en la figura presidencial, hoy muestra fisuras que dejan entrever un esquema más difuso, donde las decisiones no siempre emanan del despacho principal de la Casa Rosada.
En ese esquema, la figura de Karina Milei adquiere un protagonismo que trasciende lo institucional. Formalmente secretaria general de la Presidencia, en la práctica se ha convertido en el filtro casi excluyente de acceso al poder, en la administradora de la agenda política y en la garante de la cohesión interna de un espacio que, sin su intervención, parece tender a la fragmentación.
Esta centralidad no sería problemática si viniera acompañada de una estructura política consolidada o de una estrategia clara de gobernabilidad. Sin embargo, lo que se observa es más bien lo contrario: un presidemente que, pese a su alto perfil mediático, aparece cada vez más condicionado por decisiones que no necesariamente llevan su firma directa.
La narrativa del "líder único" empieza a chocar con una realidad en la que el poder se ejerce de manera más opaca y concentrada en un círculo íntimo.
El fenómeno no es nuevo en la política argentina, donde los entornos de confianza suelen jugar roles determinantes.
Pero en este caso, la paradoja es evidente: un gobierno que llegó con la promesa de dinamitar las viejas prácticas parece haber construido su propio esquema de poder cerrado, con lógicas internas difíciles de decodificar incluso para sus propios aliados.
Las tensiones dentro de La Libertad Avanza (LLA), los conflictos en el armado territorial y las dificultades para sostener acuerdos legislativos exponen, en parte, los límites de este modelo.
Cuando la toma de decisiones se concentra en pocos actores y carece de canales institucionales claros, el margen de error se amplifica y la gobernabilidad se vuelve más frágil.
En este contexto, la figura de Javier Milei corre el riesgo de diluirse en su propio Gobierno. No por falta de visibilidad, sino por la percepción creciente de que el poder efectivo se encuentra en otro lado. La política, al fin y al cabo, no se mide solo por discursos o gestos, sino por la capacidad real de ordenar, decidir y conducir.
Si el rumbo no se corrige, la historia podría recordar a esta gestión no como la de un liderazgo fuerte que transformó el sistema, sino como la de un experimento donde el poder formal y el real nunca terminaron de coincidir. Y en esa disociación, la figura presidencial es la que más tiene para perder.


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