Opinión
No canten Victoria
Rodrigo Lloret
Diario Perfil
La vicepresidente se muestra en carrera hacia el poder. Victoria Villaruel por Pablo Temes
Cuando a mediados de 2023 se iniciaba la campaña presidencial de Javier Milei, el entonces candidato empezó a recorrer los estudios de televisión en compañía de la mujer que había elegido para postularse a la vicepresidencia. El economista libertario, que se había hecho famoso en los medios por su profundo odio a Keynes, pero fundamentalmente, por su cabellera prolijamente despeinada, por sus amores perros (vivos y muertos) y por su presumida adicción al sexo tántrico, presentaba formalmente a Victoria Villarruel. La sobria abogada representaba a la derecha más tradicional argentina y había sido elegida para aportar seriedad, rigurosidad y formalidad a un outsider descontrolado.
Pero Villarruel no se conformaba con el rol de acompañante que le habían asignado. Quería algo más. Y cuando alguna pregunta incomodaba a Milei frente a las cámaras, la mujer tomaba la palabra y comenzaba a responder siempre con la misma síntesis: “Esta fórmula presidencial piensa que...”. En solo cinco palabras, Villarruel se ponía al mismo nivel que el Milei. Dos años más tarde, ahora va por su lugar.
“La decisión de la Corte de Estados Unidos de anular los aranceles impuestos por Trump a las importaciones, implica un golpe a las políticas de producción y establecimiento de empresas en Estados Unidos –escribió Villarruel la semana pasada en su cuenta en X–. Sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno. Sin industria, se pasa a depender hasta en lo más mínimo de China, un país comunista. Para Trump primero está Estados Unidos, para mí, primero está la Argentina”. Un solo posteo le alcanzaba a la vicepresidenta para apostar por una nueva campaña presidencial, que ahora sí la tuviera como protagonista principal. Pero por si quedaban dudas, completó: “La apertura total y libre de las importaciones solo favorece la dependencia de China y profundiza las emergencias económicas y sociales. Tenemos todo para ser una potencia mundial. No debemos conformarnos con ser un país de servicios. En definitiva estamos hablando de Nacionalismo o Globalismo”.
A Villarruel le gusta mostrarse como la cara visible del nacionalismo productivista. Una derecha que no piensa ceder en nada de lo relacionado con las batallas culturales que viene librando junto al oficialismo, pero una derecha nacional (y popular), podría decirse. El solo hecho de rastrear sus últimos movimientos políticos así lo demuestra. Cuando esta semana se revocó la Ley de Glaciares, la presidenta del Senado dio inicio a la sesión y se fue. Literalmente, quitó su apoyo a una legislación impulsada por el Gobierno. Otro tanto sucedió con la Reforma Penal Juvenil, ya que aunque se manifestaba en favor de bajar la edad de imputabilidad, recibió hace algunos días a la Pastoral Social y a Cáritas, para legitimar las críticas de la Iglesia Católica al proyecto libertario que endureció las penas para los menores de edad. Atiende su juego, la vicepresidenta.
Su perfil político ultradiferenciado de Milei ya se venía evidenciando en los últimos tiempos, de hecho, el diálogo entre los que integran “esta fórmula presidencial piensa que...” está roto desde hace meses, pero en las últimos días, Villarruel aumentó su autonomía. Y, en una reunión realizada hace un par de semanas en la Rioja, por caso, junto al gobernador más antimileísta del peronismo, la vicepresidenta sostuvo que le gustaría formar parte de “un proyecto mayor” que proponga “otro modelo productivo” para la Argentina. “El presidente es Milei, pero quien gobierna es la hermana. Y yo no me voy a subordinar a Karina”, completó.
Villarruel se muestra como la cara del nacionalismo productivista.
Paul Light es un cientista social estadounidense especializado en el estudio de las instituciones políticas y, más específicamente, en el rol que ejercen los vicepresidentes en los sistemas presidencialistas, donde este cargo ha tenido históricamente una importancia ambivalente entre la formalidad constitucional y el ejercicio real de la política. En su obra Poder vicepresidencial: consejos e influencia en la Casa Blanca, Light se propone analizar no sólo las funciones formales del vicepresidente, sino también su poder real, entendido como capacidad de aconsejar, influir y participar en la toma de decisiones. Esta obra examina casos concretos dentro de administraciones estadounidenses, como el de Walter Mondale con Jimmy Carter, un paradigma a la hora de señalar el poder en las sombras de un vicepresidente, para demostrar que la relación depende, en gran medida de la voluntad del presidente de delegar poder, pero sobre todo, de la relación personal que se establece con su vice.
Un enfoque central de este trabajo es redefinir el papel del vicepresidente, más allá de su mera función sucesoria o ceremonial, prevista en muchas constituciones, destacando que el verdadero poder surge de una combinación de factores informales: el acceso a información estratégica, la cercanía física y política al presidente y la autoridad para representar al ejecutivo ante otros actores políticos. La obra de Light es una de las pocas que sitúa a este cargo en el centro del estudio de poder y liderazgo en gobiernos presidencialistas, subrayando que el éxito o la tensión en la dupla ejecutiva no sólo dependen de factores institucionales, sino también de la disposición del presidente a compartir o monopolizar su poder.
Esa es la disputa que ahora mismo se evidencia en Argentina. Porque el objetivo de Villarruel es mostrarse como un puente entre la derecha que representa el Gobierno y algunos actores distanciados o enemistados con los hermanos Milei. Es el caso de algunos gobernadores, muchos empresarios y también la Iglesia Católica. De hecho, el día en el que se produjo la asunción, la nueva fórmula presidencial participó de una omilía en la Catedral y allí se produjo un curioso mensaje que le enviaba Villarruel al entonces Papa Francisco, a través del arzobispo de Buenos Aires es Monseñor, Jorge Ignacio García Cuerva.
“Me preocupa su estabilidad emocional. Necesita mucha contención espiritual para no perder el equilibro”, le dijo la vicepresidenta a García Cuesta. El diagnóstico tan delicado apuntaba, nada más y nada menos, que a la cúspide del poder político de la Argentina: Villarruel estaba hablando de una peligrosa debilidad en Milei.
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