jueves, 26 de febrero de 2026

Una trampa para Milei











LA NACION > Opinión 


Una trampa para Milei


El Presidente se ve en la situación de tener que cristalizar, con un liderazgo populista, el apoyo político de un sector de la sociedad argentina que siempre despreció al populismo


Martín D’Alessandro 


LA NACION



Javier Milei por Alfredo Sábat


Javier Milei se ha metido en una trampa, la de tener que cristalizar, con un liderazgo populista, el apoyo político de un sector de la sociedad argentina que siempre despreció al populismo.


El punto de partida de la encrucijada es el siguiente: en el análisis político está muy aceptado que el parteaguas histórico fundamental para entender el funcionamiento del sistema político argentino no es la diferenciación entre los tradicionales conceptos de izquierda y derecha, sino la distinción entre peronismo y no-peronismo o, en otras palabras, entre populismo y republicanismo.



En ambos polos puede haber propuestas y gobiernos más de derecha (por ejemplo, promotores del libre mercado como el mejor asignador de recursos en una sociedad) o bien más de izquierda (por ejemplo, más inclinados a aumentar el gasto estatal para aminorar las desigualdades económicas). De hecho, hemos conocido peronismos neoliberales (Menem) y peronismos mercado-internistas (Kirchner), no-peronismos progresistas (Alfonsín) y no-peronismos conservadores (Milei).


El sociólogo Juan Carlos Torre ha delineado con precisión esta distinción, señalando las diferencias entre los seguidores (votantes, simpatizantes, adherentes, militantes, beneficiarios) de cada uno de estos dos grupos. Mientras que entre los peronistas hay una mayor lealtad a los liderazgos, razón por la cual muchos de sus votantes y dirigentes pueden pasar de convicciones librecambistas a convicciones proteccionistas con llamativa velocidad, entre los no-peronistas impera en cambio una subcultura más exigente, y electoralmente más volátil, evaluadora de resultados y métodos.


La elección de Milei como presidente fue realmente disruptiva, quizá la más sorprendente desde la elección de Perón en 1946. Pero, siguiendo la misma línea de razonamiento, en tanto la emergencia de Perón reconfiguró el esquema de la competencia política en el país, cambiando para siempre la composición y la forma del oficialismo y la oposición, Milei se ha adaptado a una estructura de competencia que lo precedía, y su novedad se ha limitado, desde este marco de análisis, a ocupar la silla que Macri dejó vacía.



Ootro elemento: Milei es un líder populista. El populismo no se define por el contenido, sino por las formas, que básicamente trazan de manera confrontativa y agresiva líneas divisorias entre un pueblo puro -por ejemplo, “los argentinos de bien”- y una elite corrupta o “casta”. Por lo tanto, que una política esté más cercana a la intervención estatal en la economía no la hace más populista que una fiscalmente más restrictiva.


En el mundo hay populismos de todo pelaje, pero lo que los define es esa confrontación básica. Entonces, si lo dicho hasta aquí es correcto, la encrucijada de Milei es tener que consolidar electoralmente un liderazgo de tipo populista para un colectivo de votantes que es, por el contrario, culturalmente sensible a los valores del republicanismo, como la tolerancia, la legitimidad de la oposición, el respeto por la diversidad de opiniones, la transparencia, las limitaciones al poder, y así. ¿Puede este experimento tener éxito, o es contradictorio en sus propios términos y destinado a ser efímero?


Todavía podemos ir a aguas un poco más profundas. Hay un rasgo característico de los populismos: su carácter “movimientista”. Su estrategia de acumulación política no pasa tanto por el resultado de un paquete coherente de políticas públicas como por la continua activación, movilización y radicalización de su base electoral a través de la identificación de “enemigos” a ser combatidos o, eventualmente, destruidos.


Para el populismo movimientista ya sea “de izquierda” o “de derecha”, como habitualmente se los clasifica, lo más importante son las identidades y las creencias de su base. De allí que estos líderes, con sus estrategias polarizadoras, suelan tener más altos niveles de popularidad que otros gobernantes, dado que sus bases no los apoyan o rechazan por los resultados de las políticas públicas, sino por su carisma y efectividad como modeladores de un grupo de pertenencia, de un movimiento político sin bordes precisos.


En esta línea argumental hay un elemento adicional que podría jugarle en contra a La Libertad Avanza: no parece tener la capacidad de identificar ni de trabajar políticamente sobre este problema. Hasta ahora, no tiene mucho que ofrecerle a su electorado más que el descenso de la inflación y la agitación del fantasma del kirchnerismo. Y en este sentido, su apuesta es arriesgada. Al Gobierno no le interesa tener una política sobre la ciencia, la universidad, la asistencia social para discapacitados o la corrupción y no parece tener mucha idea sobre esos u otros temas generalmente apreciados por su propio electorado.


Su interés no está en las políticas públicas, sino en señalar sectores, tanto de la sociedad como de la burocracia, como enemigos y buscar desmantelarlos bajo una supuesta “batalla cultural”. En otras palabras, el Gobierno parece querer consolidar un movimiento populista basado en identidades y no en políticas alternativas a fin de afianzar el voto no-peronista.


La pregunta vuelve entonces a surgir, ampliada y con nuevas aristas. ¿Podrá Milei ser el primero en implantar con éxito una lealtad identitaria y una fidelidad electoral en los sectores no-peronistas que hoy constituyen su base electoral? ¿Podrá imponerles un estilo movimientista, sin mucho apego a las reglas, a unas bases con tradición y subcultura más republicanas?


¿Estarán esas bases dispuestas a renunciar a los valores republicanos que defendieron por décadas? ¿Aceptarán definitivamente esas bases un nuevo populismo, con tal de que no sea peronista? ¿Conseguirá Milei afianzar una polarización que asfixia el renacimiento de alternativas republicanas?


Si todo esto ocurre, ¿logrará entonces asegurar su gobernabilidad si los resultados tambalean, si la inflación no termina de bajar o el crecimiento no termina de llegar? Las respuestas, como siempre en política, no están escritas.


El tiempo mostrará si Milei puede encontrar una salida o no a esta trampa.


Politólogo, presidente de Poder Ciudadano


Por Martín D’Alessandro

"Editora Valenciana SOS 3ra Epoca #39"

miércoles, 25 de febrero de 2026

La suma extraña de triunfos políticos y economía estancada

 COLUMNISTAS 


idas y vueltas


La suma extraña de triunfos políticos y economía estancada


En un contexto favorable se puede observar la peculiar dinámica de un gobierno que aún tiene mucho para aprender.


Nelson Castro 


Diario Perfil



Alta graduación etílica. Patricia Bullrich por Pablo Temes


Fue una semana de logros indiscutibles y muy importantes para el Gobierno: la media sanción del proyecto de ley de Reforma Laboral en el Senado, la aprobación del proyecto de ley de Reforma del Régimen Penal Juvenil, que baja la edad de la imputabilidad a 14 años y la aprobación del Acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea en la Cámara de Diputados. En todos los casos, una muestra contundente del mayor músculo político del oficialismo producto no solo de una mayor cantidad de legisladores, sino también de una mejor aptitud para la negociación política. En verdad, más que negociación lo que hubo fueron transacciones que le permitieron a La Libertad Avanza alcanzar un caudal de votos que le permitió alcanzar triunfos holgados: 42 a 30 en el caso de la reforma laboral y 149 a 100 en el de la baja de imputabilidad.


La transacción mayor ocurrió en las idas y vueltas en busca de los votos que al Gobierno le faltaban para asegurarse el triunfo. Una derrota hubiese sido algo catastrófico para el presente y el futuro del Gobierno. Los objetos transaccionales principales fueron dos, a saber: por un lado, las concesiones a los gobernadores acerca del mantenimiento de los actuales niveles del Impuesto a las Ganancias. Una vez que los gobernadores peronistas con afinidad hacia el Gobierno se aseguraron que no habría modificaciones, bajaron la orden a sus senadores para que votasen afirmativamente. Es decir que la cuestión decisiva fue la plata.


Otro tanto ocurrió con los gremios para los que hubo concesiones importantes que les permiten a sus autoridades mantener su poder y su bienestar. Aquí la palabra bienestar no sea tal vez la que mejor defina la situación patrimonial de muchos de los líderes sindicales. El término correcto es riqueza.


A propósito de estas concesiones claves para los sindicatos –recordar siempre que la expresión “concesiones para los sindicatos” debe entenderse como beneficios económicos para sus dirigentes, quienes siempre buscan asegurarse “la de ellos”, que es lo que les da poder–, hay que decir que, según los que conocen las internas dentro de LLA, fue el origen de un disgusto fuerte de la senadora Patricia Bullrich, que estaba en total desacuerdo con esto. Nada que sorprenda: la hoy senadora tiene aún vivo el recuerdo de lo que fue su traumático paso –abundante en enfrentamientos con la cúpula sindical– por el Ministerio de Trabajo durante la fallida presidencia de Fernando de la Rúa. Fue Diego Santilli el artífice tanto de estas concesiones a los dirigentes gremiales como a los gobernadores. “Si no hacíamos esto, la ley no salía”. Así de claro y sin vueltas lo reconoció una voz de la cercanía del ministro que conoce al dedillo la trama de esta historia. Por este y otros motivos, en la marcha hacia el Congreso hubo mucho de puesta en escena y también de desconocimiento. Del mismo modo, tuvieron su cuota parte importante Karina Milei y Santiago Caputo, quienes, por una vez parecieron dejar de lado su enfrentamiento, conscientes de que una derrota hubiese sido un golpe muy negativo para la gestión del Gobierno.


Al margen de esto, la presencia de la exministra de Seguridad en el Senado le ha dado al oficialismo un músculo político para defender posiciones del que carecía.


El miércoles hubo dos escenarios en los que el Gobierno obtuvo dos victorias resonantes: la primera fue la política, es decir, la media sanción del proyecto de ley en la Cámara alta que sucedió en el recinto de sesiones; la segunda fue cultural. Esta victoria la obtuvo en la calle y se la dejó servida el rejunte de impresentables que, a la vista de todas las cámaras y periodistas que estaban asignados a la cobertura de la movilización organizada por la CGT y las distintas de la siempre caótica izquierda vernácula, expusieron sus conductas provocadoras y violentas, cuyo único objetivo es hacer daño. Ya deberían haber aprendido que, tirando piedras y bombas Molotov, no lograrán ninguno de sus objetivos. El repetido y espantoso espectáculo desnudó la decadencia imparable de la dirigencia sindical, incapaz no solo de movilizar, sino también de evitar el accionar irracional de los infiltrados y violentos. De hecho, no bien vieron lo que estaba pasando, se fueron del lugar en lo que se asemejó a una huida.


Lo sucedido en la Plaza del Congreso le vino al Gobierno como anillo al dedo después de los sucesivos traspiés que venía sufriendo desde el comienzo del mes. Hay un cambio cultural en gran parte de la sociedad que no quiere saber más nada con la violencia política. Ya demasiado tiene la ciudadanía con la violencia que vive a diario. Si el peronismo no advierte esto, no le queda otro destino que el ocaso. Para colmo de males, el kirchnerismo duro no ayudó en el recinto con sus posturas garantistas en Diputados y anacrónicas en el Senado. La línea discursiva que busca romantizar y teñir de épica cada intervención es un recurso gastado que ya no sorprende a nadie y que se parece más a una postura estudiantil de colegio secundario. Ya lo dijo Juan Cabandié: “Si seguimos en esta sintonía, en diez años pelearemos el cuarto lugar con Myriam Bregman”. A estas alturas, a la vista está que su pronóstico ha sido generoso en tiempo y posiciones.


Mientras tanto, la economía sigue estancada. El índice de inflación no para de subir desde mayo. La reforma laboral será un instrumento útil en tanto y en cuanto la economía se mueva. Más allá de los apoyos enunciativos de las autoridades del Fondo Monetario Internacional, la misión que vino a Buenos Aires hizo saber sus inquietudes y dudas. El Gobierno no puede darse el lujo de pisar en falso ahora que está logrando ordenar el plano político que tanto trabajo le costó hilvanar.

Un juez, una carrera, un cumpleaños





















LA NACION > Política 


Un juez, una carrera, un cumpleaños


En su renuncia, el camarista Mahiques no dedicó una sola línea aclaratoria de lo que pasó en la fastuosa quinta de Pilar que se atribuye a Tapia y Toviggino; tampoco una disculpa


24 de febrero de 2026


LA NACION


Joaquín Morales Solá



Claudio "Chiqui" Tapia y Pablo Toviggino por Alfredo Sábat


Nadie lo vio el lunes caminando por los pasillos de los tribunales federales de Comodoro Py. Fue raro y excepcional. Pero el juez Carlos Mahiques desarmó el misterio cuando anunció, ya en horas de la noche de ese lunes ausente, que se apartaba del caso relacionado con el enorme escándalo de la AFA. Había transcurrido un día y medio desde que LA NACION, en un artículo del periodista Hugo Alconada Mon, revelara que ese magistrado había celebrado en noviembre pasado sus 74 años en la monumental quinta de Pilar que se atribuye al jefe de AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, y a su principal colaborador y tesorero de esa organización, Pablo Toviggino.


Mahiques integraba el tribunal de la Cámara de Casación (la más alta instancia penal del país) que debía resolver si la investigación sobre la titularidad de esa inmueble, formalmente registrado a nombre de un monotributista y su madre jubilada, pero que se presume fungieron como testaferros de Tapia o Toviggino, debía caer en manos del juez federal de Campana, Adrián González Charvay, que es lo que querían los investigados dirigentes del fútbol, o si volvía al despacho del juez en lo Penal Económico de la Ciudad Marcelo Aguinsky, con fama de más independiente.



Durante ese lunes ingrato, Mahiques descubrió que “razones estrictamente funcionales” lo obligaban a renunciar a ese tribunal de Casación que resolvería sobre la competencia del juez de la AFA, del que era juez subrogante, aunque continuará en el tribunal del que es miembro titular. En su renuncia, no existe una sola línea aclaratoria de lo que pasó con su cumpleaños y la fastuosa quinta de Pilar, donde seguramente fue hospedado por sus auténticos dueños. Los pobres testaferros que figuran en las escrituras no deben ni saber que existe Mahiques. Tampoco consignó un pedido de disculpas público por semejante escándalo judicial.


Cerca de Mahiques, patriarca de una dinastía de magistrados, solo lo justificaron señalando que su festejo fue en noviembre y que el desenfreno público por los inexplicables manejos de demasiado dinero en la AFA sucedió en diciembre. ¿Cómo? Hasta los que no saben de fútbol, sí saben que en la dirigencia del fútbol argentino (y también en el mundial, al menos en el pasado) existen prácticas corruptas. Repitamos: son los dirigentes de la burocracia del fútbol, no los jugadores del popular deporte los que están bañados por la mancha del escándalo, aquí y en cualquier otra parte del mundo.


Mahiques, quién negó atrevidamente que haya existido esa fiesta, le dijo también a Alconada Mon: “¿Y si fuera cierto, cuál sería el inconveniente?”. Puso el mismo énfasis para separar su vida privada de su gestión como juez. Vale la pena recordar los Principios de Bangalore, que se escribieron para guiar la conducta de los jueces. Cuando ese estatuto se refiere a la independencia de los jueces, dice en su artículo 1.2: “Un juez deberá ser independiente en relación con la sociedad en general y en relación con las partes particulares de una controversia que deba resolver como juez”. Quiere decir que Mahiques debió excusarse de opinar sobre la cuestión de la AFA antes de que se conociera que él había festejado su cumpleaños en una propiedad de los caudillos de la AFA. No lo hizo. Si pasa, pasa. Principios de Bangalore: “Un juez exhibirá y promoverá altos estándares de conducta judicial, con el fin de reforzar la confianza del público en la judicatura, que es fundamental para mantener la independencia judicial”. Otro párrafo de ese decálogo: “Un juez deberá desempeñar sus tareas judiciales sin favoritismos, predisposición o prejuicios”. Uno más: “La corrección y la apariencia de corrección son esenciales para el desempeño de todas las actividades de un juez”.



El problema no es solo Mahiques. Numerosos jueces y fiscales estaban (¿están?) vinculados fuertemente con la AFA, a tal punto que la prestigiosa Asociación Civil para la Igualdad y la Justicia (ACIJ) pidió públicamente que los magistrados se apartaran de la organización del fútbol. De hecho, hace 20 días le requirió al jefe de los fiscales, el procurador Eduardo Casal, que le ordenara al fiscal Ramiro González que abandonara el Tribunal de Ética de la AFA, quien había renunciado a ese puesto en silencio, a fines del año pasado, tras la proyección del escándalo en el fútbol.


Ramiro González también cayó abatido por un fiesta fastuosa y millonaria para celebrar sus 60 años. Los cumpleaños son la perdición de quienes deben interpretar las leyes y hacer justicia. González fue denunciado ante la Justicia por los gastos de esa fiesta, pero una colega suya, la fiscal Paloma Ochoa, pidió que se desestimara el caso. Sin impulso de la fiscal, el juez Sebastián Casanello no tuvo otra alternativa que archivar la denuncia.


El jefe de los fiscales de la Capital, Juan Bautista Mahiques, hijo del juez, también ocupaba un cargo, el de vicerrector, en la Universidad de la AFA, una audaz y reciente creación del encartado Tapia.


El presidente de la AFA llamó a una huelga de partidos de fútbol por el solo hecho de que el juez en lo Penal Económico Diego Amarante llamó a indagatoria y les ordenó la prohibición de salir del país a Tapia y a Toviggino, luego de recibir una denuncia del ARCA (ex-Afip) por presunta evasión tributaria y de los aportes previsionales. Jueces y fiscales amigos rodean a esos personajes. ¿Por qué lo castigan a Tapia con tanta saña, entonces, si tiene tantos magistrados cerca? La decisión de un juez merece una huelga. Tapia es desmesurado hasta para (no) entender la misión de las instituciones.


La lista de magistrados ligados a la AFA es mucho más amplia. El presidente del Tribunal de Ética de la AFA sigue siendo, por lo menos en la página web de la organización del fútbol, otro juez de la Cámara de Casación: Diego Barroetaveña, quien anunció en diciembre que renunciaba a ese cargo después de que estallara el millonario escándalo que tiene atrapados a los máximos dirigentes del fútbol. Su nombre continúa figurando como presidente de ese tribunal. Según la página oficial de la entidad, el fiscal Ramiro González sigue integrando ese mismo Tribunal de la AFA. El juez de la Cámara Federal de Mendoza Juan Ignacio Pérez Curci es miembro del Tribunal de Resoluciones de Disputas de la AFA, y el también camarista federal tucumano Ricardo Sanjuan es otro miembro del Tribunal de Ética. Y ya anunciaron su renuncia el camarista federal de San Martín Néstor Barral, quien formaba parte del Tribunal de Ética de la AFA, y Martín Peluso, juez en lo Criminal y Correccional de la Capital. El camarista en lo Contencioso Administrativo Sergio Fernández es vicepresidente del Tribunal de Disciplina de la AFA. Este Fernández es hermano de Javier Fernández, a quien se le atribuye una histórica influencia en los tribunales, sobre todo durante el largo kirchnerismo. “Soy un soldadito del peronismo”, se dibujó a sí mismo el propio Javier alguna vez.


Ante tanta promiscuidad entre jueces y la perdurablemente cuestionada AFA, un último párrafo de Bangalore: Un juez no debe “servir como miembro de cualquier cuerpo oficial, o de otras comisiones, comités o cuerpos asesores, si tal condición de miembro es inconsecuente con la imparcialidad percibida y con la neutralidad política de un juez”. Los cargos en la AFA son ad honorem, pero las entradas para partidos de fútbol, los viajes y los hospedajes son costosos regalos.


¿Qué hacen esos jueces en una organización que todos sabían que caería en investigaciones judiciales, más pronto que tarde, según el más elemental sentido común? ¿Por qué un juez como Mahiques arriesgó su carrera judicial por el fastuoso lugar para festejar su cumpleaños? “Hubo una excusación implícita con su renuncia al tribunal”, lo defendió ayer un colega suyo. Puede ser, pero −debe reiterarse− eso ocurrió después de que se conoció la escandalosa información. Otra defensa que se escuchó sobre la actitud del juez Mahiques es la diferencia de su actitud con la del juez federal Ariel Lijo, quien no reaccionó ante los innumerables cuestionamientos que recibió cuando fue propuesto por el gobierno de Milei como miembro de la Corte Suprema de Justicia. El Senado rechazó luego su postulación por una abrumadora mayoría. “Mahiques reaccionó en 24 horas y se apartó”, lo protegen. Este argumento tiene más consistencia que el que subrayaba que la fiesta fue anterior al escándalo.


La Corte Suprema merece un párrafo aparte. Existen dos vacantes en un tribunal integrado formalmente por cinco miembros. O hay unanimidad de los tres que están en funciones o deben llamar a conjueces para que decidan como miembros de la Corte Suprema. El peronismo se está desgajando en el Senado (también en Diputados) y el liderazgo de Cristina Kirchner, otrora implacable, está definitivamente herido. El Gobierno podría cubrir las dos vacantes con un representante propio y con otro del peronismo razonable, y con los votos del radicalismo y de Pro; la buena noticia es que ya no depende de Cristina Kirchner para reunir los 48 votos que necesita. La Constitución obliga a un acuerdo para los miembros de la Corte y para el procurador general (jefe de los fiscales) con los dos tercios de los votos del Senado. Son 48 votos.


Una franja del Gobierno (¿Patricia Bullrich?) supone que deben esperar hasta las elecciones de 2027 para ganar más senadores de La Libertad Avanza y poder nombrar a dos jueces propios en la Corte. Se supone que ahora, como vemos, solo debería nombrar a uno y reclamarle a la oposición que postule al otro. Es posible que esta línea la promueva Patricia Bullrich; ella merodea siempre los extremos. Esa es una mirada ingenua de la política. En primer lugar, porque nunca el Gobierno tendrá los 48 senadores que necesita. El Senado renueva solo a un tercio de sus miembros en cada elección. Y en segundo lugar, aunque es el motivo más importante, porque necesita asegurarse ahora cierta previsibilidad en las votaciones de la Corte. Seguramente, llegarán al máximo tribunal de Justicia del país la reforma laboral y también el decreto de necesidad y urgencia y el proyecto de ley que se anuncia para modificar el servicio de inteligencia. El DNU autoriza a los agentes de la SIDE a detener personas en ciertas circunstancias. Si un juez supremo disintiera con los otros dos que existen ahora en algunos de esos casos (o en otros sensibles para la administración de Milei), la Corte deberá llamar a conjueces, que se sortean entre los presidentes de las cámaras federales. El Gobierno entraría en terra incognita, porque nadie sabe nunca cómo pueden decidir los conjueces.


El optimismo irrazonable de algunos políticos debería tener en cuenta lo que le sucedió a Cambiemos en las últimas elecciones presidenciales. Sus candidatos, Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta, se convencieron entre ellos de que el que ganara la lucha interna sería el próximo presidente. Ni siquiera entraron al balotaje, que lo protagonizaron Milei y Sergio Massa. La política es una marea que sube y baja.


Por Joaquín Morales Solá

"HUMOR DIARIO"