Panorama Político Nacional
El escenario
A Javier Milei se le cayó la peluca y le quedó la cabeza desnuda como ropa interior de Wanda Nara
El pobre prescindente Javier Milei, sin peluca. (Dibujo: Fernando Rocchia para AGENCIA NOVA)
En medio de un escenario político y social cada vez más complejo, el Gobierno nacional atraviesa un proceso de inestabilidad interna que ya no puede disimularse.
La salida constante de funcionarios, los conflictos dentro del gabinete y la concentración extrema del poder en un pequeño círculo presidencial alimentan una pregunta que empieza a instalarse con fuerza en la agenda pública: ¿se le está desarmando el Gobierno a Javier Milei?
A poco más de dos años de gestión, la administración libertaria acumula entre 200 y 222 renuncias en distintas áreas del Estado, una cifra récord para tan corto período.
El promedio de dos salidas semanales refleja no solo dificultades para consolidar equipos de trabajo, sino también un desgaste acelerado en la estructura gubernamental. Las partidas alcanzan tanto a funcionarios técnicos como a figuras políticas de peso, lo que evidencia un problema sistémico de conducción y organización.
Uno de los episodios más relevantes fue la renuncia de Marco Lavagna al frente del INDEC, tras el conflicto desatado por el intento del Ejecutivo de modificar la metodología para medir la inflación.
La salida dejó al descubierto tensiones profundas en el corazón del área económica, en momentos en que los índices de precios y el deterioro del poder adquisitivo se encuentran en el centro de la preocupación social. Este hecho, lejos de ser aislado, se suma a una larga lista de renuncias en carteras estratégicas como Transporte, Interior, Políticas Sociales, Relaciones Parlamentarias y empresas públicas.
El esquema de poder ultra centralizado, dominado por el llamado “triángulo de hierro” integrado por Javier Milei, su hermana Karina Milei y el asesor Santiago Caputo, aparece como uno de los principales factores de fricción.
La toma de decisiones cerrada, la falta de diálogo político y los cambios permanentes de rumbo generan malestar interno, parálisis administrativa y una dinámica de reemplazos constantes. En varias áreas sensibles, la falta de conducción estable impacta directamente en la capacidad del Estado para ejecutar políticas públicas.
A este cuadro se suman purgas internas en organismos clave como Energía, los entes reguladores del gas y la Unidad de Información Financiera, lo que profundiza la percepción de desorden y fragilidad institucional. En paralelo, el oficialismo enfrenta crecientes dificultades para sostener consensos legislativos, mantener cohesión dentro de su propia fuerza y proyectar gobernabilidad en el mediano plazo.
Si bien el Gobierno intenta presentar estos movimientos como parte de un proceso de reorganización permanente, la acumulación de crisis, renuncias y conflictos internos sugiere un desgaste estructural que trasciende los ajustes coyunturales. Más que una reconfiguración ordenada, el escenario se asemeja a un desarme progresivo de la arquitectura estatal.
En este contexto, el interrogante deja de ser si existe una crisis política dentro del Ejecutivo, para transformarse en una cuestión de tiempo: cuánto podrá sostenerse este esquema de conducción antes de que la inestabilidad interna termine impactando de lleno en la gobernabilidad, la gestión cotidiana y la ya deteriorada relación con la sociedad.

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