miércoles, 21 de enero de 2026

Un gobierno sin oposición fuerte, pero con desafíos











Retos económicos


Un gobierno sin oposición fuerte, pero con desafíos


La economía mejora en algunos frentes, pero la inflación y el empleo siguen bajo presión. El país busca competitividad.


Nelson Castro


Diario Perfil 


Chaqueño ‘pala al vecino’. Javier Milei por Pablo Temes


El 2,8% mensual que arrojó el índice de inflación de diciembre muestra que el largo camino de la lucha contra la inflación no ha terminado. Y eso va más allá del nuevo índice que se planea con ponderaciones que habrán de marcar el impacto que la tecnología tiene hoy en la vida diaria de cada uno de los ciudadanos y ciudadanas.


El Gobierno atraviesa un momento muy especial si se hace una revisión de todo lo sucedido desde el comienzo de su gestión, el 10 de diciembre de 2023. La debacle del peronismo y del resto de las fuerzas opositoras –que no cesa– le dejan un campo de acción libre de obstáculos a la vista. Esto no equivale a decir que todo le será fácil. Es lo que está ocurriendo con el proyecto de ley de reforma laboral. En su desesperación, los líderes de la Confederación General del Trabajo buscan tocar todas las puertas de cuanto legislador peronista encuentran para asegurarse de que ninguno le dé al oficialismo los votos necesarios para transformar el proyecto en ley. Esa dirigencia caduca no termina de entender que la mayoría de esos legisladores responden a sus gobernadores, que están apremiados por recibir la plata que les envía el Gobierno y también por crear las condiciones para que a sus provincias lleguen las inversiones tanto de capitales nacionales como internacionales que generen puestos de trabajo.



En la otrora poderosa central obrera las internas están a la orden del día. La decisión del líder de la Unión Obrera Metalúrgica, Abel Furlán, de propiciar una medida de fuerza contra la norma es una fuente de tensiones con el nuevo triunvirato a cargo de la conducción cegetista, que ya viene escaldada por el fiasco en que acabó la movilización a Plaza de Mayo del 18 de diciembre pasado. Furlán es un dirigente absolutamente identificado con el kirchnerismo que ya el año pasado intentó llevar adelante una gestión dentro de la CGT para forzarla a una postura más rupturista. Aún hoy demuestra no haber comprendido el mensaje de las urnas que emanó después de la elección legislativa del 26 de octubre. Entre otras cosas, la gente está harta del sindicalismo destructivo.


Estas negociaciones le han dado protagonismo a Diego Santilli, quien se muestra activo conformando un tándem de peso con el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. A esta altura es muy importante marcar el nuevo ámbito internacional en desarrollo con las consecuencias geopolíticas y económicas para nuestro país. En ese marco hay que señalar la importancia del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea que se firmó ayer en Asunción, acto al que, producto de su mala relación con Javier Milei, no asistió Luis Inácio Lula da Silva. Esa disputa personal trajo como consecuencia, además, que Brasil decidiera dejar de hacerse cargo de la representación de la Argentina ante el gobierno de Venezuela y el abandono del cuidado de la embajada de nuestro país en Caracas. 


A propósito del tema Venezuela, han pasado ya dos semanas desde la hollywoodense extracción del dictador Nicolás Maduro y aún no hay novedades sobre la posible liberación del gendarme argentino Nahuel Gallo ni de los otros tres argentinos secuestrados por el régimen chavista: Gustavo Daniel Rivara, Germán Giuliani y Roberto Baldo, arrestado junto con su esposa Montserrat Espinosa Itbern.


Este acuerdo supone oportunidades y desafíos para la Argentina. El sector agropecuario será uno de los grandes beneficiados. Distinta será la situación para diversos sectores industriales. Uno de los afectados será la industria automotriz, que deberá hacer frente a la entrada de vehículos de procedencia europea con un 35% menos de carga arancelaria.


Sobre este tema, el viernes tuvieron un cruce intenso el ministro de Economía, Luis Caputo, y el diputado nacional Miguel Ángel Picchetto a causa de la entrada de cinco mil vehículos provenientes de China. Picchetto criticó al Gobierno por esta apertura que, según él, amenaza con dejar en la calle a miles de trabajadores y, de paso, le endilgó no seguir el ejemplo de Donald Trump, que no impuso severas medidas impositivas para castigar a los productos que proceden de China. Caputo respondió que son solo cinco mil vehículos y que la medida está acordada con las automotrices. La polémica –que no es exclusiva de nuestro país– pone otra vez en superficie un asunto recurrente: la falta de competitividad de muchos sectores de la industria y del comercio. La consecuencia más dramática de esta realidad es la pérdida de fuentes de trabajo.


Mientras tanto, Javier Milei sigue disfrutando de un momento personal de centralidad y protagonismo no solo nacional, sino también internacional una muestra fue lo que ocurrió el viernes en el tradicional Festival de Doma y Folcklore de Jesús María, donde compartió escenario y aplausos con el Chaqueño Palavecino. La otra, la carta de invitación que le remitió Donald Trump para formar parte de la Comisión de Paz que encarará la fase II del acuerdo de paz firmado en septiembre del año pasado, que tiene como objetivo terminar de desarmar a Hamas y llevar adelante los primeros pasos tanto de la reconstrucción como del armado de un gobierno integrado por palestinos que no pertenezcan a la organización terrorista. A todo esto, hay que agregarle el Foro Económico Mundial de Davos, en el que Milei acaparará la atención de mandatarios europeos y de directivos de importantes corporaciones, interesados en conocer al personaje y explorar posibilidades de inversiones en la Argentina, algo de lo cual hay una necesidad enorme. De ello dependerá el futuro de millones de argentinos que hoy la están pasando mal.

HUMOR DIARIO

El verano de las grandes oportunidades













LA NACION > Ideas


El verano de las grandes oportunidades


LA NACION


Sergio Suppo



Javier MIlei por Alfredo Sabat



Como un perfume que se desvanece, los primeros efectos del triunfo electoral libertario corren el riesgo de desaparecer cuando termine el verano.



Javier Milei lo sabe y es por eso que el Congreso reabrirá apenas termine enero para tratar la reforma laboral. Modernización laboral, dicho con las palabras que usa el oficialismo.


Para llegar al puerto de las reformas estructurales el Gobierno tendrá que poner en marcha el motor del barco y gastar un poco de combustible en provincias amigas


El Presidente tiene la ventaja del número aumentado de diputados y senadores propios y el impulso que le dan las negociaciones con los gobernadores que controlan los votos ajenos que necesita en las dos cámaras.


Ahora tiende a apagarse ese viento original que infla las velas desde que los libertarios ganaron con más diferencia de la que esperaban en las elecciones del 26 de octubre pasado. Para llegar al puerto de las reformas estructurales el Gobierno tendrá que poner en marcha el motor del barco y gastar un poco de combustible en provincias amigas. En diciembre esos aliados circunstanciales prestaron una ayuda decisiva para votar el presupuesto a cambio de algún que otro desembolso.



El juego de correr los límites es cada vez más riesgoso cuando se tocan intereses ajenos. Milei está dispuesto a hacerlo, a veces en contra de los propios intereses de cambio profundo que se propone y que una buena parte de los votantes expresó cuando lo hizo presidente y cuando le extendió el crédito, el año pasado.


Dos ejemplos: en la votación del presupuesto se introdujo la derogación de los fondos para discapacitados y para las universidades. Ese cambio sin previo aviso no pasó el filtro de los aliados que meses antes habían votado leyes que el oficialismo intentó vetar sin lograrlo. Una forma de ser diferente es poder demostrarlo cada tanto; es lo que hicieron algunos peronistas federales, partidos provinciales y radicales sueltos.



Más espinosa es la decisión de introducir por un decreto (DNU) una drástica reforma al sistema de inteligencia que incluye la posibilidad de que los agentes de la AFI detengan a personas como si fueran policías. ¿No era mejor una ley para garantizar el consenso? ¿Qué apuro había?


Para reafirmar su liderazgo, a Milei le gusta correr los límites, a veces en contra de los propios intereses de cambio profundo que se propone


En el último caso, pasar por encima del Congreso parece más un reflejo ideológico de añejas raíces autoritarias que una verdadera necesidad de evitar las mayorías en contra con la que Milei gobernó los primeros dos años. Desde diciembre, el oficialismo tiene una minoría con suficiente peso como para alcanzar acuerdos y votar leyes sin demasiadas dificultades.


La reforma laboral y luego la reforma al Código Penal son dos grandes oportunidades en tanto consideren un elemento político de primera importancia: el peronismo no tiene brújula. Más allá de los bloques kirchneristas, desde los que sin embargo pueden esperarse nuevos desgajamientos, muchos gobernadores del PJ ya decidieron no seguir respondiendo al catecismo de Cristina Kirchner.



El resto del Congreso, con la excepción de la izquierda dogmática, está dispuesto a cambiar y a acompañar.


La administración del consenso no es automática y tiene como amenaza la voluntad de diferenciación de quienes quieren los cambios sin ser absorbidos por los libertarios


Un nuevo consenso habita en la Argentina y es poco tenido en cuenta por el mismo oficialismo. Hay acuerdos tácitos suficientes sobre la apertura de la economía y el rumbo capitalista y, por lo tanto, sobre las reformas legales necesarias para esos objetivos. También para dejar atrás el garantismo judicial sobre los delitos penales.



La administración de esos consensos no es automática y tiene como amenaza principal la voluntad de diferenciación con el resto del sistema político que Milei agita cada vez que puede, en un intento nunca cumplido de ocultar los acuerdos que necesita y hace con socios siempre circunstanciales.


El otro gran obstáculo tiene forma de bolsillo. Los gobernadores no quieren resignar fondos y tienen en sus legisladores nacionales una carta para negociar las leyes. En la reforma laboral varios de ellos advirtieron que pueden perder fondos coparticipables por los retoques al impuesto a las ganancias.



No es nada que no pueda solucionarse negociando con cada jefe provincial. La política también es el arte de pagar el menor costo posible para cumplir los objetivos que se persiguen.


El peronismo no tiene brújula y el kirchnerismo perdió poder de mando para influir sobre él. La CGT carece hoy de la fuerza de choque de otros tiempos y su capacidad de representación fue diezmada a medida que la precarización de los puestos de trabajo sacó del sistema gremial, previsional y de obras sociales a más del 40 por ciento de los trabajadores.



El sindicalismo en estos días de verano promete visitar gobernadores y legisladores para tratar de frenar los acuerdos posibles con el oficialismo. Agita fantasmas que hace tiempo ya se hicieron realidad con las leyes que intenta impedir que cambien.


Fue con las actuales normas que la mitad de los trabajadores perdieron la formalidad de su condición para pasar a un universo arbitrario y hostil, con sueldos bajos, sin salud ni los aportes necesarios para aspirar a una jubilación mínima. No hay peor respuesta a las ideas viejas que la realidad que las contrasta.



En cualquier caso, nada es lineal. Las reformas estructurales que con un poco de muñeca el Gobierno podrá hacer votar antes del otoño en el Congreso serán contemporáneas de la clásica conflictividad que ataca a los reclamos paritarios cada comienzo de año.


Y, lo peor para la gestión libertaria, es la necesidad de reprogramar el discurso sobre la baja inflacionaria. Nada indica que pueda cumplirse en los próximos meses una reducción consistente del nivel de precios. La medición del 2025 es la más baja desde 2017, un logro. Es también, la sexta inflación más alta de un país en el mundo.


La Argentina sigue padeciendo una enfermedad que la mayoría de las naciones ya erradicó hace décadas. Milei hizo de la solución de ese problema su principal bandera. Este año deberá explicar que el esfuerzo necesario será todavía largo y penoso y que llevará más tiempo del que indican las promesas.


Por Sergio Suppo

"Army of Darkness - Forever #2"

martes, 20 de enero de 2026

VIDEO | ¿Dio a entender que Máximo mató a Néstor Kirchner?: dirigente peronista destroza al heredero "kuka"

 ¿Parricidio?

VIDEO | ¿Dio a entender que Máximo mató a Néstor Kirchner?: dirigente peronista destroza al heredero "kuka"

"No estaba triste en el funeral, se acercó y me abrazó como diciendo 'ahora mando yo acá'", expresó en una entrevista la importante figura. (Dibujo: Fernando Rocchia para AGENCIA NOVA)

Un relato popular revivió en boca de un dirigente peronista que, desde hace tiempo, le viene pegando duro y parejo a Máximo Kirchner: Luis D'Elía.

Se trata del fallecimiento de Néstor Kirchner, expresidente de la Nación, quien presuntamente habría sido velado a cajón cerrado porque no habría muerto por causas naturales, sino por un disparo en la cabeza.

Si bien D'Elía no entró en detalle, sí respondió con total comodidad al ser consultado sobre este particular evento. "Yo vi un cajón cerrado. Yo fui al velorio chiquitito (íntimo), éramos 10... en eso se me acerca Máximo (Kirchner), se limpia la mano en el pantalón", recordó en un programa de streaming transmitido esta semana.

Teniendo en cuenta que perdió a su padre, contó D'Elía, esperaba ver a Máximo triste o acongojado por la situación, pero esto no fue así: "No era un pibe dolido, lleno de lágrimas o con los ojos reventados. No estaba triste, no se veía como un pibe que estaba pasando por un duelo". Al contrario, Luis dijo que Máximo le dio un frío abrazo "como queriendo decir 'ahora mando yo acá'".

Por último, al ser consultado si Néstor Kirchner agredía físicamente a Cristina Fernández, Luis lo negó, pero admitió que "la relación de ellos era compleja".

La Argentina, el país donde el diálogo es una mala palabra

 LA NACION > Opinión


La Argentina, el país donde el diálogo es una mala palabra


Si algo caracteriza a las sociedades democráticas es la capacidad de dialogar; cuando los líderes no toleran la crítica ni escuchan a sus adversarios, se debilita la convivencia


LA NACION


Luciano Román


Javier Milei por Alfredo Sábat


Javier Milei acaba de cumplir dos años en el gobierno con una particularidad: jamás ofreció una conferencia de prensa. Es cierto que hasta que asumió como jefe de Gabinete lo hacía con regularidad el vocero presidencial, pero el propio mandatario hasta ahora no lo ha hecho nunca. El dato, que a esta altura pasa un poco desapercibido, parece formar parte de algo más amplio y tal vez más de fondo: el deterioro en la Argentina de la cultura del diálogo.


Cuando miramos otros países, aun con liderazgos “extremos” y contextos muy polarizados, como Estados Unidos, vemos que se sostienen la tradición y el ejercicio de la conversación democrática, aunque también luce debilitada. El propio Trump, que no es precisamente un líder respetuoso de las normas institucionales, y que no ha dudado en atropellar a la prensa ni en destratar a sus adversarios, se reunió en el Salón Oval con el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y tuvieron un intercambio amable, a pesar sus enormes diferencias en todos los órdenes. Cuando recibió a Milei en la Casa Blanca, se abrió a un diálogo franco e intenso con periodistas de todos los medios que fue televisado en directo. Es cierto que lo hace con un estilo estrafalario y modales muchas veces agresivos y provocadores, pero sin clausurar ese formato que ha sido característico de la democracia norteamericana. A pesar de sus rasgos autoritarios, Trump también ha hablado en términos razonables con presidentes de los que está abiertamente distanciado, como el colombiano Petro y el brasileño Lula.


Ahora acabamos de ver en Chile otra tradición similar, cuando el presidente Boric habló por teléfono, ante las cámaras de televisión, con el que será su sucesor: un líder ubicado en sus antípodas ideológicas al que, sin embargo, le propone una conversación respetuosa y constructiva. Y asistimos una vez más a una envidiable escena de civilización y convivencia política en Uruguay, donde Julio María Sanguinetti fue homenajeado por expresidentes y líderes de todos los partidos al cumplir 90 años. ¿Qué hecho de esa naturaleza puede mostrar la Argentina en el máximo nivel de la política?


En la escena local se ha naturalizado “la cancelación” del adversario. Cuando el Presidente convoca a un diálogo con los mandatarios provinciales, deja expresamente excluido al gobernador de la provincia de Buenos Aires, mientras sus voceros explican que “no vale la pena hablar con él”. Ese gobernador, a su vez, excluye a intendentes “de otro palo” en las mesas institucionales.



En una entrevista que acaba de dar al periodista Andrés Oppenheimer, Milei reconoció: “No me interesa el diálogo con Lula” y remarcó: “No tengo nada que hablar con Lula sobre Venezuela”.


En ese espíritu cortante y confrontativo parece haber una continuidad en la Argentina. El kirchnerismo combatió la cultura del diálogo y elevó a la categoría de dogma la asociación entre adversario y enemigo. Solo concebía la conversación como una herramienta para la cooptación. El que no se rendía era condenado al destrato, a la estigmatización o al ninguneo.


El sociólogo Zygmunt Bauman sostenía que la comunicación real implica hablar con quienes piensan diferente, no solo con aquellos que tienden a coincidir y compartir una visión del mundo. Resaltaba que el gran desafío de nuestra época es tender puentes más allá de las fronteras ideológicas. Por eso destacaba siempre un gesto del papa Francisco, que había decidido dar su primera entrevista como pontífice a un periodista abiertamente ateo, el italiano Eugenio Scalfari, que había sido director del diario La Repubblica.


Tal vez uno de los ejemplos más edificantes y conmovedores de diálogo y de convivencia haya sido el que dieron dos jueces, ya fallecidos, en la Corte Suprema de los Estados Unidos: Ruth Bader Ginsburg y Antonin Scalia no podrían haber tenido visiones y perspectivas más antagónicas. Ginsburg era una magistrada progresista y liberal (en los términos de la política norteamericana), que se convirtió en un ícono de la lucha por la igualdad de género y los derechos de las minorías. Scalia era ultraconservador, con posiciones jurídicas que se consideraban dogmáticas. Casi nunca coincidían, pero se tenían un respeto y una admiración mutua que los llevaron a cultivar una entrañable amistad. Un documental sobre la jueza Ginsburg, RBG, nos ofrece un retrato inspirador sobre la cultura del diálogo y el respeto más allá de diferencias que pueden ser abismales. Está disponible en YouTube, y tal vez sea una referencia valiosa para la dirigencia argentina. Se podría agregar una recomendación para políticos y funcionarios a los que les guste la ópera: hay una, del compositor Derrick Wang, que retrata precisamente la relación entre ambos magistrados, y que se escribió con fragmentos de sus sentencias y de diálogos entre ellos, quienes se atrevieron, incluso, a representar sus propios roles arriba del escenario.


No hay que irse tan lejos, sin embargo, para encontrar ejemplos de diálogos enriquecedores entre universos y posiciones distintas. Alejados de las vidrieras mediáticas y de los ruidos de la política, hay algunos intentos que se hacen en la Argentina, a pesar de que la conversación plural también agoniza en las universidades, en los colegios profesionales y en algunas academias.


Hace algunas semanas, por ejemplo, los obispos argentinos agrupados en la Conferencia Episcopal convocaron para “una conversación franca” a youtubers, streamers e influencers, no solo de distintas religiones, sino completamente alejados de la sensibilidad, la cultura y la mirada dominantes en la jerarquía eclesiástica. Fue un experimento arriesgado; una conversación entre “dos mundos”. Se dio en forma reservada, pero varios participantes la han descripto, en testimonios informales, como “una experiencia enriquecedora”. Los obispos se animaron a preguntarles “¿cómo nos ven?” a jóvenes que han alcanzado cierta notoriedad por su estilo rupturista y a veces contestatario. Escucharon algunas opiniones con las que no están de acuerdo, “pero nos abrieron ventanas para seguir pensando”, contó uno de los participantes.


Sería alentador, por supuesto, que desde el poder se cultivara el ejercicio del diálogo y se dieran ejemplos en ese sentido. Pero tal vez debamos valorar que algunos modelos vengan desde abajo, o acaso desde estratos intermedios de la sociedad y la dirigencia.


Uno de los libros políticos de los últimos años fue el que hicieron, a través de una larga y fecunda conversación entre ellos, Miguel Ángel Pichetto y el periodista Carlos Reymundo Roberts. Su riqueza reside, precisamente, en el intercambio entre dos personas con trayectorias, experiencias y raíces diferentes. En otro libro reciente, la filósofa Diana Cohen Agrest confronta opiniones contrapuestas, que a la vez se enriquecen unas a otras, bajo un título sugerente: Elogio del disenso. Son apenas algunos ejemplos, pero tal vez sirvan para recordar el valor de algo tan básico, y a la vez tan esencial, como el diálogo y el puente entre ideas antagónicas.


El contexto no parece del todo propicio. La dinámica de las redes sociales fomenta las cámaras de eco, que nos llevan todo el tiempo a escuchar nuestra propia opinión en la voz (o los posteos) de otros. Buscamos validar y reforzar nuestra perspectiva, más que confrontarla de manera constructiva y civilizada con posiciones opuestas, o al menos ligeramente distintas. Etiquetamos el debate: “me gusta” o “no me gusta”, como si no hubiera plafón para los matices y los grises.


La política ha convertido al diálogo en una mala palabra: se lo asocia con debilidad, claudicación, o incluso con componenda o pactos espurios. Cortar el diálogo suele verse como un gesto de firmeza, aunque muchas veces encubre actitudes caprichosas y rasgos autoritarios. La ruptura absoluta del vínculo entre presidente y vicepresidente ha simbolizado, en varios de los últimos gobiernos, esa incapacidad para sostener, incluso, el mínimo diálogo institucional. Y paradójicamente, o no, es algo que asemeja a Cristina Kirchner con Javier Milei.


En el ejercicio del poder, la negación del diálogo también implica una falta de reconocimiento de la idea del deber y del sentido de la obligación. Hay conversaciones que no deberían depender de la decisión o la comodidad del líder, sino que son inherentes a sus propias responsabilidades. La escena más grotesca de ruptura con esa noción del deber tal vez haya sido la de la expresidenta Kirchner cuando se negó a entregar los atributos de mando a su sucesor.


La polarización y la hegemonía discursiva trascienden, sin embargo, las fronteras políticas. No es fácil encontrar en foros académicos modelos de pluralidad y de debate. Sí hemos visto, en cambio, el método de la exclusión y la censura en ámbitos como la UBA, donde ese tipo de prácticas no deberían tener cabida.


Es cierto que muchas veces el diálogo político ha sido una mera puesta en escena y hasta una forma de oportunismo o una maniobra distractiva. Es cierto, también, que pueden esgrimirse impedimentos éticos para determinadas conversaciones. ¿Tendría valor y sentido un diálogo entre un presidente y un antecesor condenado por graves delitos de corrupción? Pero que esa herramienta tenga limitaciones objetivas y que haya sido manoseada o malversada no invalida el valor esencial de la conversación, del encuentro, del intercambio y la interrogación. Si hay algo que caracteriza a las sociedades democráticas, es la capacidad de dialogar. Puede parecer naíf, pero un país donde sus líderes no toleran la crítica ni la pregunta incómoda, no escuchan a sus adversarios ni se sientan a dialogar con quienes piensan distinto, y hasta son capaces de negarles el saludo a los que no se subordinan o no aceptan sus decisiones “sin chistar”, es un país en el que se debilita la convivencia y donde la hegemonía tiende a imponerse por encima de la pluralidad. ¿Seremos capaces de recuperar la cultura del diálogo? De esa respuesta también depende el futuro de la Argentina.


Por Luciano Román