miércoles, 14 de enero de 2026

En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad





















Pinceladas chavistas


En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad


Dos veces Nelson Castro estuvo en Venezuela, ambas en 2019. Recuerdos de una temporada bajo la opresión


Nelson Castro


Diario Perfil




Donald Trump: El ‘loco dinamita’ por Pablo Temes




Dos veces estuve en la Venezuela de la dictadura chavista. Fue en 2019: la primera vez, a fin de marzo; la segunda vez, a fin de abril. En marzo, para cubrir la crisis energética que dejó al país sin luz y sin agua durante días. En abril, a causa de la asonada contra el gobierno que fracasó. 


Conocí la Venezuela democrática y opulenta. Había libertad y también había –lamentablemente– corrupción y desigualdad social. En la Venezuela sojuzgada por el chavismo que viví durante esas dos coberturas había más corrupción y más pobreza y, lo que no había –ni hay hasta hoy– era libertad.



Tan solo arribar al aeropuerto internacional de Maiquetía y observar a través de la ventanilla del avión el mal estado de la pista fue suficiente para tener un primer contacto con la decadencia experimentada por un país rico que supo ser floreciente. Habiendo estado en Cuba en coberturas periodísticas en 2015 y 2016, las reminiscencias fueron inmediatas.


Pasar el control migratorio fue la comprobación del estado de opresión y falta de libertad reinantes. “Muéstreme por favor la carta de invitación”, me dijo con tono severo el funcionario que me atendió en medio de un salón semivacío del aeropuerto. “No sabía que era necesario este requisito para ingresar al país”, respondí. Comenzó ahí un largo ida y vuelta y consultas del funcionario con un superior que duró una media hora. “Muéstreme la reserva de hotel”, fue el próximo pedido. Cuando se la mostré en mi celular, me interrumpió tajante: “Debe estar impresa”, me dijo. “No la tengo”, fue mi respuesta. Vino otra media hora de consultas absurdas, que incluyó una llamada al hotel para que una empleada de recepción hablara con el funcionario para confirmarle que, efectivamente, la reservación era cierta.


Superada esta instancia, llegó el turno de la aduana. El equipaje fue sometido a un control especial –abrieron la valija– que llevó unos cuarenta minutos. Así, luego de casi dos horas pudimos ingresar a Venezuela. En el hall central del aeropuerto había unos veinte uniformados jóvenes con actitud intimidante que se paseaban de un extremo a otro del lugar.


En el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad era evidente la poca cantidad de vehículos que circulaban. En el centro de Caracas la situación era la misma. Y lo que me impactó fue el crecimiento de El Petare, la favela más grande de la ciudad.


Ya en el hotel, otra curiosidad: todos los empleados de la recepción hablaban en voz baja. Pronto sabría la razón: tenían miedo de ser escuchados por los agentes de inteligencia desplegados en el hotel. “Tengan mucho cuidado con los celulares porque hay “ladrones” que se los roban dentro del lobby”, nos advirtieron los tres recepcionistas. El encomillado de ladrones es porque, en verdad, eran agentes de inteligencia que buscaban los celulares para obtener información que luego procesaba el poderoso y temible Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). A esta lista de agentes “encubiertos” –por llamarlos de algún modo– había que agregar a las mucamas y a los camareros del bar y del comedor. Fue una advertencia providencial que mucho agradecí.


El robo de los celulares se había transformado en el único objetivo rentable para los ladrones. Al día siguiente de ocurrido lo antes narrado, estando en el lobby del hotel se me acercó un joven de unos 20 años que, sin dudas, había detectado que era periodista. “Quiero contarle lo que nos está pasando. A los que somos ladrones ‘profesionales’”, me dijo. “Tenemos un verdadero problema que afecta nuestro ‘trabajo’”, agregó para, a continuación, contarme algo surrealista: “Ante la falta de plata que hay en el país, ya no nos sirve entrar a las casas a robar televisores, electrodomésticos o joyas, porque no se las podemos revender a nadie. Para lo único que hay plata es para comprar celulares”. Me quedé azorado. Parecía un relato extraído de la Macondo de Gabriel García Márquez. Luego me enteraría de que el cliente más importante de estos delincuentes es el Sebin. El ladrón no aceptó dar un reportaje televisivo ni siquiera de espaldas por temor a ser identificado. Solo estaba dispuesto a dar su testimonio a un medio gráfico. La historia fue publicada día después por varios diarios. Uno de ellos fue The Wall Street Journal.      


Negocios semivacíos, colas para comprar pan, leche y carne, un parque automotor vetusto, calles con el asfalto en mal estado, cortes de luz, falta de agua, transporte público obsoleto, viviendas deterioradas, concesionarias de autos vacías en las que solo se exhibían para su venta algunos pocos vehículos usados, informalidad por doquier, era el panorama que devolvía el recorrido por los distintos barrios de Caracas.


La recomendación para los periodistas era trabajar en grupo, nunca estar solo. Un periodista solo en la calle era un blanco ideal para el Sebin. Conversar con la gente era complejo para cualquier periodista. El miedo estaba a flor de piel. Los jefes y las jefas de manzana estaban muy atentos a nuestra presencia y dispuestos a interrumpir cualquier entrevista en la que una persona se expresara críticamente contra el gobierno. 


Estas son algunas de las pinceladas de la dictadura chavista –reino del terror, la corrupción y la falta de libertad– que vi y que aún hoy padecen millones de venezolanos y venezolanas.

HUMOR DIARIO

Donald Trump y la caída de Maduro: “Tómalo o déjalo”











LA NACION > Ideas


Donald Trump y la caída de Maduro: “Tómalo o déjalo”


LA NACION


Sergio Suppo



Donald Trump y Nicolas Maduro por Alfredo Sábat





Por si hubiese hecho falta, una semana atrás quedó comprobado que no existe una receta para terminar con un gobierno totalitario. Ni tampoco un único propósito para desalojar al dictador, pero dejar la dictadura. Al menos por ahora.


En la celebración y el lamento de un mismo hecho y de las múltiples intenciones para realizarlo habita una experiencia que bordea la pornografía política: como muy pocas veces en el siglo pasado, los discursos festejan lo que antes se escamoteaba por vergüenza.



Se festeja el triunfo resumido en un precio. Los Estados Unidos le pusieron monto a la ganancia que esperan obtener por el arrasador avance sobre el régimen venezolano. La democracia es un tema de menor importancia en el discurso de Donald Trump y de sus funcionarios.


Trump eligió un camino distinto y prefirió no sintonizar con los valores que su país difundió desde su nacimiento: la democracia liberal, el respeto por los individuos y la propiedad privada


El presidente de los Estados Unidos no pronuncia ninguna frase sin un mensaje al electorado del país profundo que lo votó y que espera que él les devuelva la grandeza perdida. Todo debe ser, por lo tanto, presentado como un tributo con la forma transaccional que incluye un resultado económico favorable.


La decisión de un ataque militar contra la dictadura venezolana no fue presentada como un golpe decisivo para terminar con un cuarto de siglo de violaciones a todos los derechos ciudadanos, un insoportable empobrecimiento del país, la reducción a un tercio de su explotación petrolera y casi ocho millones de personas condenadas al exilio.



Trump eligió un camino distinto y prefirió no sintonizar con los valores que su país difundió desde su nacimiento: la democracia liberal, el respeto por los individuos y la propiedad privada.


El presidente de los Estados Unidos celebró primero la capacidad operativa de sus fuerzas militares como sinónimo de poderío sobre el resto del mundo. Luego, hizo una clara apuesta a los lugartenientes de Nicolás Maduro, en quienes confía que ahora se someterán a sus propios dictados luego de un acuerdo para entregar la pieza principal a cambio de conservar el poder al menos en las formas.


Esa decisión incluyó una explícita muestra de desprecio a la oposición, que con enormes dificultades había logrado ganar las elecciones del 28 de julio de 2024 al dictador que decidió desconocer la voluntad mayoritaria de los venezolanos. El reconocimiento internacional, Premio Nobel de la Paz incluido, a María Corina Machado fue desestimado por Trump en beneficio de su victimaria Delcy Rodríguez.


En la trampa de la simplificación se debe estar conforme con el final del ciclo de Maduro y también con la afirmación de Trump: ‘Gobernaremos nosotros’


Y para rematar la faena, el presidente estadounidense dejó claro que el raid sobre Venezuela tendrá como rédito mediato e inmediato el uso del petróleo venezolano como recurso propiamente dicho y también como factor de presión a Rusia e insumo para la guerra geopolítica que libra con China.


Sesenta y siete años atrás, en las democracias liberales del mundo se celebró la caída de la dictadura cubana de Fulgencio Batista a manos de un grupo de jóvenes revolucionarios que terminaron instaurando otra dictadura, en este caso comunista, que todavía domina la isla. A la alegría de la liberación siguió el desencanto por el giro al absolutismo soviético. Tras la celebrada detención de Maduro apareció un regusto amargo parecido.


La historia nunca se repite ni tiene que ser siquiera semejante; tal vez la decisión de mantener a los jerarcas de la dictadura sea una obra maestra del pragmatismo para organizar una transición. Ya se verá. Ahora, en el presente, la democracia en Venezuela fue corrida hacia una imprecisa tercera etapa por el secretario de Estado, Marco Rubio, el miércoles pasado.


Es tómelo o déjelo, tal la trampa de la simplificación para borrar elementos que son algo más que detalles inquietantes. Si se está conforme con el final del ciclo de Maduro también se debería estar conforme con los motivos y con la intervención en Venezuela que Trump sintetizó con una afirmación: “Gobernaremos nosotros”.


Todo es relativo. En las calles venezolanas, las fuerzas de represión mantienen sus mismos hábitos de cacería de opositores y disidentes. Nadie pudo festejar en Venezuela la caída del tirano por la simple razón de que fue suplantado por otro miembro de la misma tiranía.


Para amigos y enemigos el resultado siempre tiene que ser la ostentación de una ganancia para los Estados Unidos, es decir, un mensaje directo a los votantes del republicano


Mientras la nueva presidenta, Delcy Rodríguez, declama el mismo discurso pseudorevolucionario de siempre, Trump anunció un llamado “acuerdo comercial” que consiste en intercambiar petróleo por productos fabricados en los Estados Unidos.


Imposible no encontrar una similitud, salvando las obvias diferencias, con el acuerdo que se anunció pero todavía no se firmó luego del salvataje cambiario que hizo el Departamento del Tesoro antes de las elecciones de medio término que ganó Javier Milei, hoy por hoy, el gran amigo latinoamericano de Trump.


Aquella inédita intervención para tranquilizar al país que se disponía a votar tiene mucho más que ver con la decisión de detener a Maduro de lo que se cree. En ambas influye la determinación de Trump de hacer de las intervenciones una política contante y sonante en todos los casos. Para amigos y enemigos, el resultado siempre tiene que ser la ostentación de una ganancia para los Estados Unidos, es decir, un mensaje directo a los votantes del republicano.


Stephen Miller, subjefe de gabinete de política y asesor de seguridad de Trump, refleja el criterio imperante. Miller le dijo a CNN: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.


Con esa misma convicción es que, en la misma secuela de las acciones sobre la dictadura venezolana, Trump restableció su pretensión de quedarse con Groenlandia. En principio en nombre de la seguridad de los Estados Unidos y como una respuesta al avance sobre el Ártico de Rusia y China.


Groenlandia es territorio del reino de Dinamarca, un país pulcramente democrático, miembro de la Unión Europea.


Tres meses atrás, Trump dio por cancelada la importancia que Estados Unidos le había reconocido a Europa desde la Segunda Guerra Mundial, una señal de desprecio que completa su decisión de apurar un acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia sin considerar la desconfianza europea hacia el expansionismo de Moscú.


Después de Venezuela, la oferta de compra hostil que hizo Trump por Groenlandia es un aviso que Europa parece haber empezado a tomar más en serio.


Estos nuevos viejos tiempos apenas están empezando. El nuevo orden mundial se parece más al deseo de Donald Trump de imponer su voluntad al resto del mundo. La realidad puede ser más compleja.


Por Sergio Suppo

"Superman [Vol 6] #32 Tie In DC K.O."

martes, 13 de enero de 2026

"Army of Darkness - Forever #1"