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Editorial
¡Afuera!
El "Enano comunista" le marca la cancha a los seguidores de "La Yegua"
El gobernador bonaerense Axel Kicillof ya no quiere a ningún discípulo de La Cámpora (LC). (Dibujo: Fernando Rocchia para AGENCIA NOVA)
Axel Kicillof ya no disimula el hartazgo. Sin anuncios rimbombantes ni rupturas formales, el gobernador bonaerense avanza en un proceso silencioso pero firme de corrimiento de La Cámpora del centro del poder provincial.
No hay expulsiones, pero sí una decisión política clara: gobernar sin pedir permiso al dispositivo que durante años funcionó como brazo ejecutor del kirchnerismo duro.
Las tensiones con el camporismo, especialmente con el sector que responde a Máximo Kirchner, dejaron de ser un rumor para convertirse en un dato estructural del oficialismo bonaerense.
Las diferencias por el manejo de la Legislatura, la estrategia electoral y el desdoblamiento de las elecciones expusieron una interna que ya no se tapa. La Cámpora reclama lugares y obediencia; Kicillof responde con autonomía y armado propio.
En los hechos, el gobernador comenzó a rodearse de intendentes del conurbano, dirigentes sindicales y legisladores que no reportan a la orgánica camporista.
El respaldo político para proyectos clave ya no pasa por los viejos intermediarios del kirchnerismo juvenil, sino por acuerdos directos con jefes territoriales cansados de las imposiciones de una agrupación que perdió volumen electoral pero insiste en conservar privilegios.
El lanzamiento del Movimiento Derecho al Futuro (MDF) terminó de confirmar la jugada. Lejos de ser un simple espacio de debate, funciona como una herramienta de construcción política destinada a reducir la dependencia de La Cámpora y a proyectar a Kicillof más allá del mandato provincial.
Para el camporismo, acostumbrado a digitar listas y cargos, el mensaje fue claro: el gobernador ya no juega con el libreto escrito en el Instituto Patria.
Así, mientras La Cámpora sigue formalmente dentro de Unión por la Patria, su peso real en la provincia de Buenos Aires se achica. Kicillof no rompe, pero tampoco se somete.
En un peronismo atravesado por derrotas y desgaste, el gobernador parece haber entendido que cargar con una estructura cerrada, sectaria y cada vez más rechazada por la sociedad puede ser más un lastre que una fortaleza. Y en esa lectura, La Cámpora empieza a sobrar.