REPRODUCCION DE HISTORIETAS COMPLETAS, TIRAS COMICAS, HUMOR GRAFICO Y CARICATURAS DE TODOS LOS TIEMPOS Y DE TODO EL MUNDO.
OPINION
Gana el que decide
En un mundo atravesado por la incertidumbre, Milei construye poder no desde la promesa del futuro, sino desde la práctica constante de resolver bajo riesgo
Luis Costa
Diario Perfil
En el mundo antiguo, las prácticas de adivinación se destinaban a los supuestos magos, los jefes destacados de una comunidad o incluso a los adultos. Para estos casos, se trataba, al mismo tiempo, de una consideración específica en relación al futuro, en tanto este resultaba en un devenir ya diseñado, previamente configurado, y del que nada se podía hacer para evitarlo. Si se observa con atención, esta idea del devenir prescindía de algo que hoy resulta obvio: la acción humana como mecanismo que moldea al mundo, y siendo el mundo, de esta manera, el resultado de esas acciones. Los problemas asociados a esta condición, hacen de este tiempo una suerte de caos de decisiones cruzadas, y esto en la política, en algunos casos, lleva a la detención absoluta. Milei, a su favor, juega para esto en un sentido inverso, y lo lleva de esa manera, a una situación ventajosa. No todo es ideología, también es hacer, en el formato que sea.
El mundo moderno trata hoy su devenir de una manera más específica a través de la idea del riesgo. Este concepto nace bajo la consideración de que las acciones de uno se ubican en un derrotero del que no se tiene control total, pero que podría ser interpretado previamente para evaluar acciones posibles. Así, habría expertos en riesgo en diferentes rubros, literatura sobre riesgo, y hasta modelos estadísticos que podrían colocar diversas situaciones en una valoración de menor o mayor riesgo. En todos estos casos, el futuro no sería un devenir seguro, sino probable.
A través de la idea de riesgo se puede transitar hacia otro componente fundamental: la decisión. Dice Niklas Luhmann que decide quién desconoce el futuro, y en esto se puede seguir cayendo en la cuenta de los problemas claves del mundo moderno, ya que las personas están obligadas a decidir en toda ocasión que se presente un contexto de incertidumbre. No se está obligado a tomar decisiones de manera constante en la vida cotidiana, y en esto la rutina juega un rol relevante de compensación, pero justamente, la obligación de decidir en contextos específicos, rodea con frecuencia a las personas de esta era moderna. Y nada de esto puede ser imaginado sin su combinación con la idea de riesgo. Cada vez que se toma un decisión, puede salir bien, o salir mal.
La complejidad de la sociedad actual permite comprender ámbitos de decisión diferenciados. Existen algunos muy sencillos, que aunque suenen poco enredados, representan muy bien esta idea, como la decisión de un gusto de helado en una heladería (un mal gusto arruina la experiencia), o el producto de un kiosco para un niño rodeado siempre de otras opciones que deben ser descartadas. Para lugares de la sociedad más complejos se puede pensar en el ámbito del derecho, en toda ocasión que un juez debe decidir si una acción requiere ser declarada como legal y ajustada a derecho, o ilegal. Todos los días se deciden inversiones, desde compra de bonos hasta otras de carácter productivo, duplicando la complejidad de la decisión, entre quien decide vender, frente al que decide comprar. Los medios de comunicación ajustan su programación de acuerdo a lo que evalúan podría resultar con mejor caudal de público, y quienes transmiten contenidos por plataformas, además de copiarse unos a otros, buscan desesperadamente la reacción instantánea sobre sus propias decisiones de variaciones de oferta a sus observadores. Los técnicos de fútbol deben decidir realizar cambios en su formación inicial (o confirmar la anterior) y luego hacer otras modificaciones en el medio del partido, para luego ser catalogados como genios en el acierto, o desastrosos en el yerro. Las decisiones nos rodean.
La política tiene una relación diferencial con la idea de decisión que la coloca en un sitio diverso a las anteriores mencionadas. En el camino que lleva a las democracias modernas, el sistema político realiza algo que no tiene equivalente fuera de él. Cuando el Gobierno decide algo, lo hace imponiendo su decisión para toda la sociedad, y en esto se diferencia del derecho, que solo atiende un caso a la vez, de la economía que aplica a un inversor o una empresa, o al que pierde o gana con ese gusto de helado. En política, toda decisión, no importa cuál, debe lidiar, o por lo menos evaluar el riesgo, de su impacto con un público masivo de votantes.
Una suba de impuestos (o su quita) puede originar repercusiones, aplicar el uso de las fuerzas de seguridad frente a una manifestación o invitar al debate público, eliminar organismos del Estado puede producir discusiones interminables e impacto en los medios de comunicación, el nombramiento de un nuevo ministro (o la salida de otro) suscitar sospechas, y no devaluar la moneda la apertura a las opiniones de expertos. Cada decisión de un gobierno puede encontrar ganadores y perdedores, dependiendo, en general, si se está del lado del Gobierno o de la oposición, pero siempre en un sentido total, y no particular. Incluso, puede no haber afectados de manera directa, pero no por eso evitar la expansión de opiniones. En una reunión de amigos, puede ser criticada la apertura de las importaciones, sin que ninguno de ellos tenga una empresa que produzca algo de manera local que se vea afectada por esta medida. La política se expone siempre a la opinión general, porque sus medidas son públicas y comunicadas como orientadas a la mejora de vida de todas las personas.
La actual experiencia del gobierno de Milei debe ser catalogada, precisamente, en el sentido de la cantidad de energía y disposición que ofrece para la toma de decisiones, incluso como contraste con la gestión anterior de Alberto Fernández. De este modo, para el analista, podría ser menos relevante la adivinación del futuro, que la comprensión de su mecánica en constantes presentes que se actualizan con nuevas decisiones. No se puede conocer su destino, pero sí su intención por moldearlo.
El resultado electoral que ya va quedando atrás debe ser interpretado, no como un habilitador para ahora tomar decisiones en un sentido específico, sino como el resultado, justamente, de la toma de esas mismas decisiones en su primer bloque de gobierno. Cualquier diálogo con sus votantes podría hacer que estos expresaran que la experiencia Milei se caracteriza por la unión coherente entre un decir y un hacer, pero no es la novedad lo dicho, porque en lo dicho sobran expertos, sino en la sorpresa para una ejecución imparable. Las personas que así se expresan, nada tienen para decir sobre las peleas en el gabinete o en el rol de los grandes inversores o los servicios de inteligencia. Milei es valorado, no por dar certezas, sino por ser un hombre moderno, que bajo condiciones de riesgo, toma decisiones. Lo que ven en él es lo que esperan de la política: que se decida.
El año que acaba de comenzar debe ser asumido en términos de continuidad y no de ruptura. Se deberá esperar un acumulado de decisiones fuertes que seguirán siendo importantes, más para su electorado, que por ahora para algunos inversores. El otro lado que acompañará a esto, y que deberá ser esperado por todos, es la efervescencia opositora, que actuará como toda oposición a cualquier gobierno en occidente. Milei, en especial, se nutre y beneficia de ellos para tomar energía de identidad, porque en ese reflejo de contrarios, sostiene sus decisiones.
Una victoria electoral no es un camino hacia la armonía, sino el espacio para el aumento de las tensiones. La diferencia es si esas tensiones son para decidir, o detenerse. Por ahora, sigue siendo lo primero.
* Sociólogo
LA NACION > Opinión
27 de noviembre de 1992 y 3 de enero de 2026, dos madrugadas aciagas
Quitar a un gobernante es más simple que reconstruir un país; lo que ahora importa es si en Venezuela terminará la represión, si volverá la prensa libre, si la gente podrá vivir sin miedo, o si el país pasará de una forma de poder impuesto a otra, con la población nuevamente reducida al papel de espectadora
LA NACION
Mori Ponsowy
Vivía en Venezuela cuando, en la madrugada del 27 de noviembre de 1992, me despertó el teléfono. Era mi mejor amiga para decirme que prendiera la TV. Ya mientras lo hacía, escuché aviones y helicópteros volando sobre Caracas a esa hora inaudita. En la pantalla de todos los canales se veía lo mismo: en un mensaje grabado que se repetía una y otra vez, Hugo Chávez anunciaba al país que su grupo había tomado el poder y capturado al presidente. El gobierno, aseguraba, había caído.
La imagen fue perturbadora por demás. Los ciudadanos no lo podíamos creer: una democracia hasta entonces pacífica era interrumpida en vivo por televisión. Venezuela era una de las democracias más estables de América Latina y, de pronto, ahí estaba: el presidente elegido por voto popular capturado y el poder tomado por la fuerza, transmitido en tiempo real. El sentimiento generalizado era de pánico e incredulidad.
El golpe fracasó ese mismo día. Los oficiales fueron arrestados. Pero algo irreversible ya había ocurrido. Esa mañana entró en la vida pública venezolana un movimiento político que no creía en la democracia como una regla compartida. Años más tarde, uno de esos oficiales sería indultado, se presentaría a elecciones y ganaría la presidencia.
Los orígenes importan.
Lo que ingresó a la política venezolana en 1992 no fue solo una persona, sino una idea: que la democracia era condicional, prescindible, algo que podía suspenderse cuando dejaba de resultar conveniente.
Volví a pensar en aquella madrugada el 3 de enero de este año.
Ya no vivo en Caracas, pero una vez más me despertó mi amiga y encendí el televisor. Otra vez helicópteros, aviones y movimientos militares sobre la ciudad donde pasé tres décadas de mi vida. Actores distintos. Justificaciones distintas. Apuestas globales distintas. Y, aun así, la misma inquietante gramática de la fuerza.
Esta vez, sin embargo, la reacción fue opuesta. Lo primero que apareció fue alivio: el opresor ya no estaba. Miles de venezolanos se reunieron pacíficamente en distintas ciudades del mundo, incluida Buenos Aires, para expresar algo que les había sido negado durante años: alegría.
Ese contraste importa. A comienzos de los años noventa, la imagen del poder militar en la televisión parecía el inicio de algo oscuro e inesperado. En 2026, para muchos venezolanos, se sintió como el final simbólico de una larga noche.
Esa verdad emocional no puede ignorarse.
Al mismo tiempo, otra verdad se impone con la misma fuerza.
La intervención militar extranjera socava la soberanía, erosiona normas internacionales ya frágiles y normaliza la idea de que la fuerza puede sustituir a la política. Cualesquiera sean los resultados inmediatos que produzca, debilita las condiciones mismas en las que puede existir la autodeterminación democrática. No se trata de una opinión, sino de la lógica moral que sostiene la democracia: los pueblos tienen derecho a gobernarse a sí mismos, y la legitimidad no puede imponerse por las armas sin dañar los valores que dice defender.
El régimen que gobernaba Venezuela antes del 3 de enero no se volvió ilegítimo el día en que fue removido. Su ilegitimidad venía de mucho antes. Cuando un gobierno convierte a su propia población en rehén, cuando empobrece deliberadamente a la sociedad, destruye instituciones, persigue a la oposición, defrauda elecciones y elimina toda posibilidad real de alternancia, ese gobierno pierde la legitimidad que da sentido a la soberanía que invoca. Venezuela se convirtió en una tragedia humanitaria desde hace muchos años.
El colapso ha sido devastador. La economía se derrumbó. La hiperinflación volvió inútil la moneda. El sistema de salud se desintegró. Los medicamentos desaparecieron. La desnutrición se volvió generalizada. La oposición fue enfrentada con violencia, torturas y desapariciones forzadas. Casi ocho millones de personas abandonaron el país. Quienes se quedaron viven entre la escasez, la represión y el miedo.
En Venezuela no hay prensa independiente. No hay un Poder Judicial autónomo. En 2024, incluso la última apariencia de democracia fue eliminada cuando una elección claramente ganada por la oposición fue robada. El gobierno de Nicolás Maduro no era un gobierno legítimo bajo ningún estándar razonable.
Es más que comprensible entonces que este 3 de enero fuera vivido con alegría. Abría un espacio para la esperanza: la sensación de que un peso opresivo se había levantado y de que algo antes impensable podía, tal vez, empezar a imaginarse. Sin embargo, esa alegría vino acompañada del desasosiego ante el desconocimiento de aquello que vendrá.
Los venezolanos no quieren que su país sea gobernado por Estados Unidos ni convertirse en el patio trasero de nadie. Un Estado soberano debe gobernarse a sí mismo. La voluntad expresada en las urnas no se ha traducido en poder político real. El presidente electo no ha asumido el cargo.
El poder ha pasado, en cambio, a Delcy Rodríguez, vicepresidente del régimen de Nicolás Maduro y ahora presidenta de facto, una de las figuras centrales del aparato que gobernó al país durante años y que conserva el control de las fuerzas armadas.
Hasta ahora, esto no ha sido una transición hacia la democracia. Es una sustitución en la cúpula.
Ha habido gestos humanitarios limitados, entre ellos la liberación de un pequeño número de presos políticos —alrededor de veinte hasta ahora— mientras la gran mayoría continúa detenida: según organizaciones independientes de derechos humanos, unas 860 personas siguen presas por razones políticas. Para las familias involucradas, esas liberaciones importan. Pero no deben confundirse con una apertura más amplia.
Lo que está ocurriendo no es el desmantelamiento del sistema de fuerza, sino su reconfiguración.
En estos últimos días los pocos medios independientes que aún subsistían fueron obligados a guardar silencio. La oposición no puede operar. Continúan las detenciones arbitrarias. El miedo sigue marcando la vida cotidiana: las personas dejan sus celulares en las casas antes de salir porque en cualquier momento los pueden detener y obligarlos a entregarlos para revisar sus conversaciones.
Esta reconfiguración sirve con notable eficacia a intereses externos. El gobierno ahora encabezado por Delcy Rodríguez ha señalado su disposición a cooperar estrechamente con Estados Unidos, en particular en materia de petróleo y recursos estratégicos. El resultado práctico hasta ahora ha sido un arreglo compatible con intereses estadounidenses, pero no el empoderamiento del electorado que votó por un cambio.
Todo esto ocurre en un mundo en plena reconfiguración. El orden liberal democrático se debilita, las instituciones pierden fuerza y la política internacional vuelve a organizarse en torno a imperios y esferas de influencia, un terreno en el que la democracia -frágil, lenta, vulnerable- deja de ser una prioridad.
Esta es la tensión que permanece.
La caída de un gobernante opresivo trajo alivio real a personas reales. Eso importa. Pero la manera en que ocurrió, y el mundo en el que ocurrió, inquieta profundamente.
Quitar a un gobernante es más simple que reconstruir un país. Lo que ahora importa es si en Venezuela terminará la represión, si volverá la prensa libre, si la gente podrá vivir sin miedo, o si el país pasará de una forma de poder impuesto a otra, con la población nuevamente reducida al papel de espectadora.
Por Mori Ponsowy