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LA NACION > Política
El terremoto de Trump replica en el gobierno de Milei
La Casa Rosada tiene una dependencia extrema del presidente de Estados Unidos y el secretario del Tesoro
LA NACION
Carlos Pagni
Javier Milei por Alfredo Sábat
La consigna “Estados Unidos primero” (America First) que guio las campañas electorales de Donald Trump está proyectándose en el comercio internacional como en ningún otro campo. Datos: el promedio del arancel externo estadounidense el 1 de abril pasado, la víspera del anuncio de un nuevo régimen de protección, era de 2,6%. Hoy es de 16,5%. Esa variación significa una revolución global.
Una de las consecuencias de ese incremento en las tarifas que deben pagar quienes exportan a los Estados Unidos es que el Tesoro de ese país recaudará 3 billones de dólares (“trillions” en inglés) en los próximos tres años. Es solo un detalle. La mutación más relevante es que Trump ha adoptado una estrategia de inserción de su país en la escena internacional que modifica una constante que hunde sus raíces en el comienzo de la posguerra. Una de las palancas con las cuales los Estados Unidos sostuvieron su hegemonía fue la aceptación de un déficit comercial significativo con el resto del mundo. Fue una de las formas en que se financió esa superioridad. Entre las numerosas derivaciones que tuvo ese enfoque está la reconstrucción de Europa después de la II Guerra.
Trump decidió dar una violenta patada sobre ese tablero para llamar a regiones y países a participar de la negociación que hoy está en curso. La Argentina es uno de los protagonistas de esa discusión que siempre es bilateral. El secretario de Estado Marco Rubio y el canciller Pablo Quirno anunciaron hace 15 días el marco de un acuerdo comercial cuyos detalles se conocerán el viernes de la semana próxima.
Esta novedad internacional, que implica algo tan trascendente como la redefinición del nivel de apertura del mercado argentino frente a las empresas norteamericanas, presenta una curiosa simultaneidad con otro episodio: desde el sector industrial se le acaba de plantear al Gobierno la pretensión de que defina una política de protección. Es decir, que actúe como Trump.
Las conversaciones de Washington con el resto del mundo tienen varias peculiaridades. Una de ellas es el personalismo con que Trump toma las decisiones. Un ejemplo se conoció el jueves pasado, cuando publicó una resolución por la que redujo el alcance del impuesto adicional de 40 puntos porcentuales que había aplicado sobre las importaciones de Brasil, enojado porque la Justicia de ese país sancionaba a su amigo Jair Bolsonaro. Trump explicó en ese texto que cambió de opinión, entre otras cosas, porque funcionarios suyos le habían hecho notar algunos errores o inconvenientes.
Este estilo caudillesco, que se presume ajeno a la cultura anglosajona, se verifica también en el caso argentino. En la reunión que mantuvo con Javier Milei en la Casa Blanca, el presidente de los Estados Unidos explicó a sus colaboradores en varias oportunidades que quería beneficiar a algunos sectores de la economía argentina “porque él es mi amigo y quiero ayudarlo”. Señalaba a Milei.
La ventaja que podría encontrar el gobierno argentino en esa simpatía debe ser equilibrada con una debilidad: la Casa Rosada tiene una dependencia extrema de Trump y de su secretario del Tesoro, Scott Bessent, en el terreno cambiario y financiero. Semanas antes de las elecciones legislativas Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo, se vieron al borde del abismo. Los empujaba hacia allí la carencia de dólares en el Banco Central, provocada por las compras de agentes económicos que suponían que después de esos comicios ellos no podrían sostener el régimen de bandas cambiarias. Es decir, el precio que predeterminaron para la moneda norteamericana. ¿La crisis se produjo por una conspiración de la dirigencia opositora, que temía a un Milei fortalecido en las urnas? ¿O el plan económico puso en evidencia sus inconsistencias, sobre todo en el terreno cambiario, tantas veces señaladas por economistas independientes? Lo dirán los historiadores. El resultado de esa tormenta fue que Trump y Bessent intervinieron con 20.000 millones de dólares para frenar la corrida contra el peso y la eventual bancarrota electoral.
Milei y Caputo esperaban una ayuda adicional. La constitución de un fondo especial, de otros 20.000 millones de dólares, destinado a la recompra de bonos argentinos. Esa posibilidad despejaría las incógnitas que plantean los vencimientos de deuda de los próximos dos años, con una caída en picada del índice de riesgo-país. El plan debió ser descartado. Los bancos que debían aportar los dólares pidieron garantías que Trump y Bessent no podían aportar. El egocentrismo del presidente de los Estados Unidos debe reconocer el límite que le impone el sistema institucional y, sobre todo, la oposición de su país, que ya había encontrado un modo de atacar con el primer paquete de ayuda. En otras palabras: Trump es arbitrario, pero no es omnipotente.
La primera señal de que había aparecido una dificultad la emitió Jamie Dimon, el presidente de JP Morgan. “La Argentina no necesita ese dinero”, diagnosticó con elegancia, para ser inofensivo. Una desmentida para quienes creen que, por sus antecedentes laborales, los funcionarios de Economía y del Banco Central son niños mimados de ese banco. Dimon simpatiza con la Argentina, está rodeado de ejecutivos del país, pero antes que nada es un banquero.
Que se hayan descartado los segundos 20.000 millones de dólares no significa que el gobierno de Milei no siga dependiendo muchísimo de los Estados Unidos. En principio, porque sigue vigente la hipótesis de que, si se presentara un problema de deuda, Trump socorrería de algún modo a su amigo. Algunos expertos adjudican a esa conjetura que el precio de los bonos no se haya derrumbado. De hecho, el índice de riesgo siguió instalado en alrededor de 650 puntos.
Pero el cordón umbilical con la Casa Blanca tiene que ver con otro problema. El equipo económico se comprometió con el Fondo Monetario Internacional a acumular un determinado nivel de reservas monetarias. Como cumplir con esa meta obligaría a comprar una masa de dólares cuyo tamaño modificaría la cotización, es decir, provocaría una depreciación del peso, Luis Caputo y su equipo se han propuesto ignorar el compromiso. Para que la revisión del programa sea aprobada por el Fondo necesitarán que Kristalina Georgieva autorice un waiver. Allí Caputo vuelve a necesitar de la abogacía de Trump y Bessent.
El modo en que la sujeción financiera de la Argentina con los Estados Unidos se proyecta sobre toda la política exterior está cifrado en un detalle: cuando, después de la renuncia de Gerardo Werthein, Milei escogió a su nuevo canciller, señaló a Quirno, el secretario de Finanzas. Quirno, que conoce esa fragilidad en sus entrañas, es quien debe pulsear con los funcionarios norteamericanos los últimos detalles del acuerdo comercial.
La negociación abre conflictos en el frente interno. El más sonoro es el que plantea la industria farmacéutica nacional, que ve más cerca que nunca la amenaza sobre la red que la ha cobijado en materia de propiedad intelectual. ¿Quirno debe a ese entredicho su llegada a la Cancillería? La pregunta tiene sentido porque los laboratorios locales tuvieron en Werthein a un defensor tan tenaz que hasta llegó a desplazar de sus funciones a diplomáticos profesionales que defendían un acuerdo con Washington. Werthein tiene viejas relaciones familiares con grandes protagonistas de esa industria. Con el cambio de canciller ganó potencia la voz del prestigioso Pablo Lavigne, secretario de Coordinación Productiva del palacio de Hacienda. Lavigne es reconocido como un enfático defensor de la apertura comercial.
El acuerdo anunciado por la Casa Blanca cuando Quirno se reunió con Rubio fue celebrado por la Cámara Argentina de Especialidades Medicinales (Caeme), que reúne a los principales laboratorios extranjeros. Esa cámara viene reclamando desde mucho tiempo atrás que la Argentina adopte un sistema más ágil y transparente para patentar medicamentos. Es una demanda frente al Instituto Nacional de Propiedad Intelectual (INPI) que, presidido por Carlos Gallo, funciona en Economía. Las empresas farmacéuticas reunidas en CAEMe se quejan de que el INPI es muy restrictivo en la concesión de patentes para nuevos medicamentos. Y que esa dificultad se combina con otra: la facilidad con la que la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), que dirige Nélida Bisio, autoriza la comercialización de medicamentos sin control de su autoría científica. La consecuencia es que, se quejan las multinacionales farmacéuticas, hay laboratorios argentinos que copian remedios producidos por sus competidores extranjeros, cuando la patente todavía está vigente, y consiguen comercializarlos sin restricción alguna. En el anecdotario de estas empresas siempre aparece el mismo nombre: Hugo Sigman, de Elea.
La otra pretensión de los laboratorios norteamericanos es que en el mercado local existan también garantías para la protección de datos de prueba. Es decir, para la información generada a partir de estudios experimentales o ensayos clínicos destinada a ser ofrecida ante la autoridad regulatoria para demostrar la eficacia de un producto farmacéutico.
Los dirigentes de CAEMe alegan, en defensa de sus reclamos, que sus asociados invierten 700 millones de dólares anuales en investigación clínica. Los laboratorios nacionales, agrupados en la Cámara Industrial de Laboratorios Farmacéuticos (CILFA), señalan que, de aplicarse con los criterios expuestos en el acuerdo marco, el entendimiento con los Estados Unidos aumentaría los costos del sistema de salud en alrededor de 2300 millones de dólares. Esos empresarios se ufanan de haberle facilitado al país un ahorro de 3200 millones de dólares en ahorro de divisas y de 10.000 millones de dólares por reducción de precios en los últimos 10 años.
La clave de esta disputa histórica no hay que buscarla en el acuerdo que Trump celebra con Milei. Hay otra dimensión crucial: es la regulación doméstica argentina. Los laboratorios extranjeros esperan que el gobierno de los Estados Unidos tenga la capacidad de presión suficiente para que Milei derogue la Resolución 118 del año 2012. Es una norma firmada por los ministros Juan Manzur y Débora Giorgi, durante la gestión de Cristina Kirchner, por la cual el patentamiento de nuevos productos farmacéuticos se volvería endiablado en el país.
La resolución 118 es motivo de una polémica interna en el Gobierno. El ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, redactó un proyecto para eliminarla. Los beneficiarios de ese texto, afiliados a Caeme, susurran que se perdió en algún escritorio del Ministerio de Salud. Su titular, Mario Lugones, jura que nunca vio ese borrador. Algunos negociadores argentinos aseguran que la 118 será dada de baja. Es la colina más preciada en esta guerra de negocios.
Entre los argumentos de los laboratorios nacionales figura uno bastante perspicaz: dicen que aplaudirán el trato con los Estados Unidos si es recíproco. Es una chicana con derivaciones internacionales. Las autoridades norteamericanas se han vuelto muy restrictivas en el otorgamiento de patentes. No por la amenaza argentina, claro. Es por la amenaza de China. La industria farmacéutica de ese país se está expandiendo. Entre 2018 y el año pasado las nuevas drogas aprobadas por las autoridades chinas pasaron de 162 a 372. “Los chinos se cansaron de copiar, pero ahora que establecieron una industria competitiva, quieren que se respete la propiedad intelectual”, observa, risueño, un experto en el mercado farmacéutico.
Otra dimensión impactante del acuerdo con los Estados Unidos en materia de propiedad intelectual es la que afecta al sector agropecuario. Los grandes laboratorios de semillas defienden el derecho a cobrar por sus invenciones tecnológicas. Lo hacen en la venta del producto. Pero aspiran a hacerlo también cobrando un royalty por los granos que se cosecharon a partir de la siembra de esas semillas. Es una discusión importante por el aumento de costos que representa para los productores locales.
Es el lado oscuro del entendimiento, si se lo mira desde el negocio agropecuario. Porque los productores de carne podrían festejar. Trump desea que los ciudadanos de su país consuman carne a menor precio. Por eso quiere abrir ese mercado. En la reunión con Milei pidió que se quintuplique la cuota de los productos argentinos con derecho a pagar un arancel de sólo 10%%. El representante de Comercio, Jamieson Greer, le hizo notar que era demasiado. Se calcula que habrá un incremento de 60.000 toneladas en la exportación de carne a los Estados Unidos. Sería multiplicar por cuatro el cupo actual.
La negociación está abierta en dos sentidos. En la relación con los Estados Unidos, y también en la que el Gobierno establezca con los sectores afectados para reglamentar lo acordado en Washington. El sentido de esas dos conversaciones estará condicionado por los funcionarios encargados de llevarla adelante. Varios entendidos apuestan a que volverá a Cancillería Horacio Reyser, un funcionario que ganó prestigio durante la gestión de Mauricio Macri, sobre todo por la discusión del Acuerdo de Libre Comercio del Mercosur con la Unión Europea y por las tratativas para el ingreso a la OCDE. Hay una razón especial para ese regreso: en aquella experiencia, la mano derecha de Reyser fue otro Pablo Quirno, el hijo del actual canciller.
La inquietud de la industria farmacéutica local, de los agricultores perjudicados por el eventual cambio en la comercialización de granos o de las grandes terminales automotrices, también amenazadas por una apertura del mercado, se harán sentir en otro debate: el que se abrió sobre la conveniencia de que el gobierno formule una política industrial. Fue el principal mensaje de la última convención de la UIA, emitido en especial por Paolo Rocca, el líder de Techint. Rocca pidió un diálogo para analizar el efecto de una avalancha de importaciones, sobre todo procedentes desde China.
Las razones del sector industrial son clásicas: no se puede exponer a las empresas argentinas a competir con el exterior con el actual sistema impositivo y laboral. Ahora tienen otro argumento: a instancias de Trump, el amigo de Milei, las principales economías del planeta se han vuelto proteccionistas.
En los años 90, como acaba de recordar Federico Poli, se abrió una discusión entre la UIA y economistas más cercanos al gobierno de Carlos Menem, sobre la ventaja o desventaja de que haya intervenciones del Estado para proteger a algunas actividades industriales. Desde la UIA la voz cantante la llevaba Marcelo Diamand, cuyos trabajos sobre la restricción externa son la biblia de Cristina Kirchner. Roberto Rocca, padre de Paolo, defendía la necesidad de una estrategia especial para la industria en conferencias similares a la de la semana pasada. La defensa de la libertad más amplia del mercado quedó en manos de un académico liberal muy reconocido: Adolfo Sturzenegger. Es el padre del “Coloso”. Ya lo planteó Mark Twain. La historia no se repite, pero rima.
Por Carlos Pagni

A casi dos años de dejar la Casa Rosada, Alberto Fernández volvió a asomar en los medios para terciar en una disputa que ni lo involucraba ni lo necesitaba: la coronación de Rosario Central, el enojo de Estudiantes y el rol de la AFA en el escándalo del pasillo.
El exmandatario, aún bajo la sombra de denuncias por violencia de género e investigaciones por corrupción, eligió defender al siempre polémico Claudio “Chiqui” Tapia, como si buscara protagonismo en una escena donde nadie lo había convocado.
En una entrevista con Cancha Embarrada, Fernández no dudó en respaldar la decisión de la AFA de reconocer a Rosario Central como el mejor del año. “Reconozco en Rosario Central al que más puntos sacó. Un equipo que jugó muy bien al fútbol y ha sido el mejor de la liga, con varios puntos de diferencia sobre el segundo y tercero.
El reconocimiento a Rosario Central es un acto de honestidad intelectual. Los partidos se ganan en la cancha, jugando y juntando puntos, y el que mejor lo hizo fue Central”, afirmó, alineándose sin matices con Tapia.
Sin embargo, también aprovechó para pegarle al formato actual. Dijo que prefería los campeonatos largos y que los vaivenes de las tablas lo confundían.
“A mí me gustaban mucho los campeonatos largos. Me confunde mucho que el campeón del Apertura, en la tabla general está 14° o 15°, no sé dónde está Platense. Si Argentinos sale campeón del Clausura, está 3°, ¿Cómo es campeón?”, cuestionó.
Sobre el gesto de Estudiantes de La Plata, que dio la espalda en el pasillo en el Gigante de Arroyito, fue igual de tajante: “Eso no me parece que esté bien. Ellos dirán que inventaron un título sobre la marcha, tienen razón, pero también tienen razón los que dicen que Rosario Central es el que más puntos sacó, el mejor del año. Así como es un gesto de honestidad intelectual reconocerlo, tampoco merece que se le dé la espalda”.
El borracho y gatero también aprovechó su reaparición para hablar de Argentinos Juniors, club del que es hincha. Se mostró entusiasmado con el equipo y con el trabajo de Nico Diez: “Estoy contento. A un hincha de Argentinos Juniors lo único que le importa es que el equipo juegue bien, lindo, que tenga jugadores vistosos. Nico Diez ha armado un equipo extraordinario que nos ha colmado de fútbol muchas veces y no ha tenido suerte en otras ocasiones”.
En ese mismo tono, palpitó el choque ante Boca del próximo domingo: “Le tengo mucha fe a Argentinos porque lo veo jugar bien. Yo soy de los que si el equipo juegan bien y pierde me quedo contento. Me quedo mal cuando el equipo no juega bien, aunque empatemos. Eso no me gusta. Yo quiero que sigamos jugando como con Nico Diez. Sé que van a poner todo. Les mando todos mis deseos de que nos sigan dando alegrías. Lo único que lamento es no poder desearle la suerte que se merece a Juan Román Riquelme”.
LA NACION > Economía
Abróchense los cinturones, lo que viene no está exento de turbulencias
El mundo corporativo se reactivó después del triunfo del oficialismo el 26 de octubre; el clima de optimismo bursátil todavía no termina de contagiarse a la economía real
LA NACION
Florencia Donovan
Javier Milei obliga a barajar y dar de nuevo por Alfredo Sábat
La francesa Pernod-Ricard, dueña de marcas como Mumm, tiene en venta todo su negocio de espumantes en la Argentina. No es la única empresa que está aprovechando el momento para reajustar su negocio en el país. En las áreas de fusiones y adquisiciones hay más movimiento que nunca. Esta semana se presentaron las ofertas vinculantes por la operación de Carrefour y en los próximos días terminará de conocerse la short list de interesados por Raízen, la empresa brasileña que gestiona en el país las estaciones de servicio Shell. Otras, como la marplatense Lucciano’s, le entregaron un mandato a Valo para sondear el mercado, pero desmienten que estén buscando inversores. La Argentina se reactivó después del 26 de octubre, entre los que buscan irse, los que buscan crecer o los que son simples oteadores de oportunidades.
Hay un reacomodamiento en el mundo corporativo de cara a una Argentina que, con el impulso de la elección, se encamina a una fase muy distinta a la que vivió en las últimas décadas. “Hay empresas que están esperando libertad cambiaria para irse de la Argentina. Pero no tanto porque no les guste el modelo de Milei, sino porque ya acarrean años de hartazgo”, reconoce una fuente, que participa con asiduidad de muchos procesos. Ese es el caso de algunos actores que participan del negocio forestal. Es probable que en los próximos meses se vea una salida de varios nombres grandes que habían entrado a comienzos de los 2000 con la intención de instalar plantas de celulosa, pero que en virtud de la pelea del kirchnerismo en su momento por la instalación de la empresa Botnia, terminaron yéndose a Brasil. Pero muchas empresas habían hecho grandes compras de campos para sembrar bosques, que son los que hoy están en venta.
También será un momento de consolidación. En el sector financiero y en el bursátil, es de esperar una depuración de bancos y agentes de Bolsa. En parte, ya comenzó con las compras de Itau por parte de Macro y de HSBC por parte de Galicia. La semana pasada, en tanto, se conoció la adquisición del Grupo CMA por parte de Latin Securities. Y hay otras tantas operaciones en gateras. El volumen de negocios sin brecha cambiaria se achicó fuertemente y ya no todos están en condiciones de mantener las estructuras. Se acabaron los días del dinero fácil.
En un escenario de inflación a la baja e inversiones financieras más riesgosas, las ineficiencias y problemas estructurales de algunos negocios ya no son fácilmente digeribles. La crisis de la industria de seguros de riesgo del trabajo es un ejemplo claro. Esta semana, la Superintendencia de Seguros decidió inhibir a Galeno ART de disponer de sus inversiones, por déficit de capitales. La empresa, hasta hace poco, la tercera jugadora más importante del mercado, tiene 10 días para presentar un plan de adecuación. Pero, admiten quienes siguen de cerca el tema, que será difícil que consiga hacerlo. Galeno, como gran parte de las aseguradoras de riesgo de trabajo, entró en crisis en gran medida producto de la gran litigiosidad que existe en la industria. Según datos de la Unión de ART, la cámara del sector, la litigiosidad es 21 veces superior a la de Chile y 15, a la de España.
Pero, además, los peritos del fuero laboral -que participan porcentualmente de las sentencias- suelen determinar mayores niveles de incapacidad que el que consideran las comisiones médicas independientes -es fácil de compararlo en provincias que tienen peritos independientes-, y definir tasas de actualización para el pago de intereses que muchas veces son muy superiores a las de cualquier activo del mercado financiero. Galeno ART, por caso, pagó en el último año $63.305 millones por 483 juicios laborales. Si se le hubiera aplicado a esos mismos juicios una tasa de actualización de intereses equivalente a la tasa activa del Banco Nación, y no CER más 6%, la cifra hubiera descendido a $5908 millones, informó la empresa. Por su parte la realidad es que la industria también acarrea cuestionamientos. Desde el sector privado denuncian por lo bajo cierta cartelización de las pocas ART que hay. Cuando se sale a licitar aparentemente costaría encontrar oferentes o las cotizaciones serían muy similares.
En un momento en el que el Gobierno promete embarcarse en grandes reformas laborales y tributarias para mejorar la competitividad de las empresas, cuestiones como las de los seguros de riesgo de trabajo son más que atendibles. En promedio, asegurar un empleado hoy representa poco más del 2,2% del salario, pero el costo para que el sistema sea sustentable es prácticamente el doble. El empleo formal no crece en al país por una cantidad de motivos, este es uno.
La apertura de la economía que impulsa el Gobierno libertario no será fácil de administrar con ineficiencias, financiamiento y costos que todavía están lejos de asemejarse a los de países más competitivos. Se despejó, pareciera, el panorama en el Congreso para que el gobierno libertario intente avanzar con sus proyectos de modernización laboral y de reforma tributaria, pero la batalla no terminará allí. Hay que ver cuánto termina por aplicarse y cómo en cada caso. En el Gobierno prima por estas horas el pragmatismo. La idea es ir por lo posible más que por lo perfecto. Suena lógico.
Más allá de que se esperan meses de calma en lo cambiario, también en ese plano el mercado sigue a la espera de definiciones. El cepo a las empresas sigue vigente y la política de acumulación de reservas del Banco Central es materia de debate diario entre economistas. Por ahora, el Tesoro parece estar haciendo apenas compras hormiga de dólares. El martes fueron US$48 millones, el miércoles US$45 millones y el jueves terminó con un neto positivo de US$8 millones (compró primero un bloque de US$100 millones, pero luego se desprendió de US$92 millones).
“Lo que el mercado priceaba en la Argentina eran dos factores de incertidumbre, no uno: el primero, el resultado electoral, que se despejó. Y el segundo factor tiene que ver con el regimen monetario hacia adelante. Si te alejas de la emoción y ves los hechos, el Gobierno viene desdiciéndose hace rato, anunciando cosas que después las cambia. El hecho de que Toto [por Luis Caputo] tenga que salir constantemente a defender el regimen de bandas es una señal de que no termina de convencer”, evalúa un hombre que desde los Estados Unidos gestiona una cartera de algunos miles de millones de dólares.
El mercado espera que en los próximos días finalmente Caputo anuncie un préstamo de bancos internacionales por unos US$4000 millones para el pago de los US$4800 millones que vencen en enero. Según informó el Wall Street Journal (WSJ), los bancos internacionales que estaban inicialmente pensando en un préstamo de US$20.000 millones para que la Argentina anuncie un plan de recompra de deuda habrían decidido cajonear la iniciativa. Los bancos contaban con que el Tesoro de los Estados Unidos aportaría parte de las garantías, cosa que no avanzó. La idea original era que la Argentina pudiera usar los dólares para recomprar la deuda que vence en los próximos años, para así bajar el riesgo país y conseguir volver a acceder a los mercados internacionales. Mediante una nueva emisión, ya con tasas mas bajas y mejores condiciones, la Argentina le repagaría parte del préstamo a los bancos. Según WSJ, los bancos temían que, en el medio, cambiaran las condiciones del mercado y la Argentina no lograra liberarlos por completo del riesgo. No siempre al Messi de las finanzas le salen bien todas las jugadas.
Con cautela, la entidad que preside Santiago Bausili sigue aflojando por su parte el torniquete monetario. La actividad económica todavía sigue rezagada. El entusiasmo que se vislumbra en sectores como el minero, el financiero o el de petróleo y gas no derrama en todos los sectores. El consumo sigue planchado y, para peor, la mora que había crecido con fuerza en los meses previos a la elección, no da señales de mejora. En los bancos, señalan que la cartera irregular de créditos se mantiene firme en torno al 5,5% del total, mientras que en tarjetas, la mora a 30 días es del 8,5 por ciento. Los supermercados, que a comienzos de año compensaban con la venta de bienes durables financiados con crédito la menor demandada de bienes básicos, admiten una mora algo superior, del orden del 10 por ciento. “Este mes se estabilizaron los roles de mora de individuos por primera vez. No mejoraron, pero tampoco empeoraron”, reconoce un ejecutivo de un banco de peso en el sistema. Los tiempos de la economía real -las familias, la industria- no son los mismos tiempos del mercado bursátil, que viene viviendo desde el lunes posterior al batacazo electoral del oficialismo un clima de euforia. Pero nadie dijo que sería fácil. “Abróchense los cinturones”, anticipó esta semana el presidente Javier Milei. Nunca una expresión más acertada.
Por Florencia Donovan