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Editorial
Basta de sarasa
Ya que le sobran cuadernos, que tome nota
Cristina Fernández de Kirchner, protagonista de escandalosas causas de corrupción, insiste en su papel de víctima. (Dibujo: Fernando Rocchia para AGENCIA NOVA)
“Que yo esté privada de mi libertad y proscripta es la metáfora perfecta y disciplinadora de una Argentina a la que le están liquidando sus posibilidades de desarrollo y crecimiento económico”, disparó este fin de semana Cristina Fernández de Kirchner durante el 38° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersex y No Binaries. Parece que la última opción que encontró, en medio de su ocaso político, es captar la atención del público del colectivo LGBT, amparándose en la cuestión de género.
“Nadie nunca te regala una vida mejor” (…) Si algo hemos aprendido de nuestra historia es que nadie, absolutamente nadie, se salva solo”, apuntó mediante un mensaje de audio, la única herramienta de comunicación que le queda, además de las redes sociales a las que recurre permanentemente en un intento desesperado de no ser olvidada.
Lo que debería recordar la condenada a 6 años de prisión, quien aún encerrada en su domicilio sigue manejándose con su habitual impunidad, es que en innumerables ocasiones hizo todo por salvarse sola. Le soltó la mano a varios de los imputados por causas de corrupción durante su mandato y el de su difunto marido, como por ejemplo Lázaro “testaferro” Báez, Julio “bolso volador” López, Amado “billetes falsos” Boudou, Ricardo “coimero” Jaime y Julio “administrador fraudulento” de Vido.
En general, la mecánica implementada por CFK en estos casos era la siguiente: en primera instancia, sostener mínimamente a estas figurasa nivel discursivo, mientras la causa era de tinte político; luego, dejarlos caer a medida que aparecía evidencia judicial comprometedora y, finalmente, abandonarlos por completo para despegarse, incluso si se trataba de aliados históricos suyos o de Néstor Kirchner (cuya causa de muerte nunca quedó esclarecida, dicho sea de paso).
Una refrescada de memoria no le vendría mal a la ex presidenta que aprovecha su acceso a la red social X para victimizarse continuamente acusando persecución política y “lawfare”, uno de sus vocablos favoritos, junto con algunos insultos.
Lo cierto es que pesan sobre su figura de ex mandataria causas gravísimas en perjuicio del Estado nacional y del pueblo, y -claramente- en beneficio de sus propias cuentas bancarias: Vialidad (obra pública en Santa Cruz), por la cual cumple condena con inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos; Cuadernos, basada en los “libros” que trasladaba el ex chofer Oscar Centeno con anotaciones sobre pagos de sobornos por obras públicas; Hotesur y Los Sauces, donde se investiga asociación ilícita y lavado de dinero utilizando hoteles e inmuebles de la familia Kirchner para recibir retornos de empresarios que ganaron contratos de obra pública; Memorándum con Irán, que involucra el delito de traición a la Patria, sumado al encubrimiento agravado y abuso de autoridad; Ruta del Dinero K, que investiga el lavado de dinero a través de empresas vinculadas a Lázaro Báez, con fuga de fondos a paraísos fiscales; y el uso de la flota presidencial para el traslado de bienes a Santa Cruz, entre otras causas de las que logró zafar.
Por si esta lista no fuera suficiente, el manto de duda sobre las circunstancias del abrupto y horroroso deceso del fiscal Alberto Nisman en 2015, quien iba a presentar pruebas contra el kirchnerismo, sigue vigente.
A casi once años del hecho, hay un incómodo indicador para la Jefa de la Banda: cada avance judicial refuerza la hipótesis de homicidio vinculado directamente a su gobierno y al Memorándum con Irán, en el marco de la denuncia que Nisman había presentado contra ella 24 horas antes de aparecer muerto. Todas las pruebas decantaron en un crimen político por encargo.
La fiscalía de Eduardo Taiano ratificó formalmente que se trató de un asesinato y detalló en un extenso dictamen la presencia de múltiples irregularidades en los momentos iniciales de la investigación, todas ocurridas cuando el aparato estatal todavía respondía al kirchnerismo.
Los expedientes apuntan a maniobras e interferencias sospechosas de sectores de inteligencia ligados al poder político de aquel momento. Sin embargo, la causa permanece estancada en la identificación de los autores materiales e intelectuales. Cabe preguntarse: ¿quiénes se beneficiaban con el silenciamiento de un fiscal que estaba a punto de comprometer judicialmente a quien era presidenta? El interrogante se responde solo.
La autoridad moral que pretende transmitir la ex mandataria condenada, quien se empeña en seguir lanzando críticas desde un lugar de poder que ya no posee, siempre estuvo manchada. No solo con el engranaje de la maquinaria de enriquecimiento ilícito que se encargó de aceitar, sino también, con sangre.
LA NACION > Opinión
Divisiones internas, desgaste y multiplicación de conflictos en la política norteamericana
Cualquier situación de pugna en el Partido Republicano resulta marginal cuando se advierten el desconcierto y la ausencia de una estrategia coherente que sufren los demócratas
LA NACION
Sergio Berensztein
Donald Trump por Alfredo Sabat
“‘Estados Unidos primero’ no significa ‘Estados Unidos aislado o solo’”, afirma Steve Cortes, uno de los comunicadores hispanos más influyentes en el universo MAGA (Make America Great Again), de reciente visita por Buenos Aires. Con antepasados colombianos, este exjugador de fútbol americano egresado de la Universidad de Georgetown se convirtió en la mano derecha de su famoso tocayo, el controversial Steve Bannon, factótum del éxito de la primera campaña presidencial de Trump en 2016 y, según rumores, con posibilidades de lanzarse como precandidato en 2028.
Las voces críticas a la determinante ayuda que el gobierno norteamericano dio a nuestro país fueron y son muchas, tanto por izquierda (sobre todo por parte de la senadora demócrata por Massachusetts, Elizabeth Warren, exprofesora de Derecho de Harvard, quintaesencia del pensamiento woke), como por derecha (más que nada representantes y senadores republicanos de regiones productoras de soja, maíz y ganado vacuno). Esto ocurre en un contexto en que la administración Trump revisa la política arancelaria, en particular en torno a bienes que no se producen en ese país (café, cacao y bananas, por ejemplo), para contrarrestar la sensación negativa generalizada que predomina en relación con la economía doméstica entre buena parte del electorado, incluidos algunos votantes de Trump, que sufre una marcada caída en su popularidad y un incipiente desgaste en su influencia dentro del Partido Republicano, que hasta ahora controlaba de forma férrea, casi hegemónica.
Siempre se sospechó que la renuencia de Trump a publicar los Epstein files se debía a que él mismo podría terminar afectado por la información contenida en ellos. Pues bien, esta larga polémica finalizó con un contundente voto de los legisladores de su partido a favor de su publicación. El financista condenado por tráfico de personas y pederastia, que murió en prisión en 2019, sigue generando controversias. Por este motivo, Marjorie Taylor Greene, hasta hace poco ferviente integrante del más rancio trumpismo, enfrentó al presidente, que la llamó “lunática”. Ella respondió criticando a su administración en otras cuestiones, como la salud pública y la política exterior.
El caso Epstein también lleva a muchas figuras del establishment al escarnio público, como ocurre con Larry Summers, secretario del Tesoro de Clinton entre 1999 y 2001, presidente de Harvard (2001-06) y director del Consejo Económico Nacional (2009-10), cuando jugó un papel clave en la respuesta de la administración Obama a la gran crisis financiera disparada por el colapso del mercado de hipotecas. Summers le pidió a Epstein consejos sobre una relación extramatrimonial por e-mail y se vio obligado a renunciar a cargos relevantes, como el directorio de OpenAI (la empresa de Sam Altman que acaba de anunciar una importante inversión en un centro de datos en la Patagonia).
Trump logró que diversas causas penales complicadas se estancaran, algunas tal vez para siempre. Aun así, varios casos vinculados a cuestiones regulatorias y de política pública pueden generarle dolores de cabeza, como la constitucionalidad de la imposición discrecional de aranceles por parte del Poder Ejecutivo (es decir, sin intervención del Congreso), que resolverá la Corte Suprema en marzo, o la serie de causas en los tribunales federales sobre la actuación de la policía migratoria (ICE por su sigla en inglés, Immigration and Custom Enforcement), incluyendo la deportación de inmigrantes indocumentados a cárceles de El Salvador, presuntamente sin cumplir con el debido proceso.
Por otro lado, algunos actores se diferencian de la constante polarización y buscan comunes denominadores con demócratas e independientes. Se destaca el gobernador de Utah, Spencer Cox, que busca consensos en temas como política energética y cuidado de los bosques. Cox logró un generalizado reconocimiento por sus atributos como negociador como líder de la Asociación Nacional de Gobernadores entre 2023 y 2024.
Descartada cualquier hipótesis de un tercer mandato, vedado por la Constitución, en la puja por la sucesión pica en punta el joven vicepresidente J. D. Vance, con una agenda muy activa y gran despliegue mediático y territorial. Algunos se imaginan una fórmula muy competitiva con el secretario de Estado, Marco Rubio, que no resigna sus pretensiones. Observadores muy informados sostienen que la mediática Kristi Noem, exgobernadora de Dakota del Sur y titular de Seguridad Interior (Department of Homeland Security) podría ser una contendiente de peso. Y nadie se sorprendería si el senador por Texas, Ted Cruz, volviera a candidatearse, mientras que las chances del popular gobernador de Florida, Ron DeSantis, lucen acotadas (¿podría ser su destino la Corte Suprema, si se produjera una vacante por la eventual renuncia de Clarence Thomas?).
Dicho esto, cualquier situación conflictiva o corrosiva en el universo del GOP resulta marginal cuando se advierten el desconcierto, las divisiones internas y la ausencia de una estrategia coherente que sufren los demócratas. Las recientes elecciones conforman una perfecta síntesis del estado de situación. Por un lado, en la ciudad de Nueva York se impuso Zohran Mamdani, un joven autodenominado socialista con propuestas exóticas para bajar el costo de vida que fracasaron cada vez que fueron implementadas, como tiendas de alimentos estatales (para competir con las privadas) o controles en los precios de los alquileres (que reducen la oferta y precarizan las viviendas populares, como demuestra el desastre que en esa materia tenemos en nuestro país). Por otra parte, en Seattle (estado de Washington, en el noroeste) ganó Katie Wilson, otra figura con credenciales de izquierda que le frustró la reelección en una muy reñida contienda al también demócrata Bruce Harrell. En contraste, en Virginia y Nueva Jersey fueron consagradas gobernadoras mujeres con propuestas muy moderadas: Abigail Spanberger y Mikie Sherril, respectivamente. Dos caras frescas que sorprenden por su sensatez y sentido común y que se conocen muy bien: compartieron vivienda cuando daban sus primeros pasos en el fascinante y complejo entorno de Washington, DC. La primera, exagente de la CIA, logró un triunfo resonante en un estado antes gobernado por un republicano, mientras que Sherril, una exmilitar, se impuso luego de una campaña plagada de escándalos.
Las divisiones ideológicas dentro del Partido Demócrata son profundas y difíciles de conciliar: quedó de manifiesto en las negociaciones para solucionar la pelea que derivó en el cierre del gobierno federal por un lapso récord de seis semanas (un grupo de legisladores demócratas de centro rompieron con sus pares y negociaron un acuerdo). Y quedarán más expuestas en la próxima carrera presidencial, para la que se perfila una miríada de candidatos. Entre ellos, gobernadores considerados exitosos, como Grethen Whitmer (Michigan), Gavin Newsom (California), J. B. Pritzker (Illinois), Josh Shapiro (Pensilvania), Wes Moore (Maryland), Josh Stein (Carolina del Norte) y Andy Beshear (Kentucky). También, legisladores como Cory Booker (senador por Nueva Jersey), Chris Murphy (por Connecticut, autodefinido como “populista de izquierda”), Mark E. Kelly (exastronauta con similar cargo por Arizona, moderado) y Alexandria Ocasio-Cortez, representante por Nueva York, exponente del ala radicalizada del partido.
Siguen en carrera algunos veteranos de la administración Biden, como Pete Buttigieg (exsecretario de Transporte) y hasta Kamala Harris podría buscar la revancha. Y por si esta fragmentada oferta no fuera suficiente, exploran posibilidades de sumarse a la primaria Rahm Emanuel, exalcalde de Chicago y jefe de Gabinete de Barack Obama, y el millonario empresario Mark Cuban, accionista minoritario de los Dallas Mavericks.
Por Sergio Berensztein