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OPINIóN
Milei y la tentación del poder unipersonal
El peligro de que el Presidente haya leído el triunfo electoral como un cheque en blanco. Y la preocupante deserción de los opositores.
James Neilson
Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)
Revista Noticias
Javier Milei por Pablo Temes
Los políticos no suelen destacarse por su humildad. Por el contrario, propenden a ser personajes sumamente vanidosos. Es lógico; tienen que convencer a los demás, y convencerse a sí mismos, de que son superiores a todos sus rivales y, lo que a menudo es aún más importante, a quienes dicen apoyarlos. Saben que correrán riesgo de caer si por algún motivo tanto los votantes de a pie como los habitantes del mundillo político en que viven dejan de considerarlos dignos del papel que desempeñan. Es por lo tanto natural que, una vez en el poder, muchos se preocupen más por su propia imagen que por el eventual éxito del proyecto socioeconómico que representan.
A juzgar por cómo ha reaccionado ante el triunfo módico -el 41 por ciento de los votos, un monto similar al conseguido por Mauricio Macri en las elecciones presidenciales de 2019- que obtuvo La Libertad Avanza en las legislativas del mes pasado, Javier Milei ha optado por privilegiar su propio culto a la personalidad por encima de la causa ideológica que encabeza. Para él y para Karina, los votos son exclusivamente suyos. Asimismo, alentado por los elogios hiperbólicos de sus admiradores, entre ellos el subsecretario de Estado norteamericano Christopher Landan que lo llamó un “rockstar hemisférico” que a su juicio está reafirmando el liderazgo regional de la Argentina, Milei parece sentirse el salvador en potencia no sólo de la Patria sino también del mundo occidental.
Antes de conocer los resultados de aquellas elecciones, Milei brindaba la impresión de querer ampliar su base de sustentación y compartir cuotas de poder con otros por entender que su autoridad personal no sería suficiente como para permitirle seguir por mucho tiempo en el lugar que ocupaba, pero no bien se dio cuenta de que su partido había superado por mucho al peronismo en el país y que, en la provincia de Buenos Aires, había logrado ganar por un margen sin duda exiguo pero así y todo espectacular por ser cuestión de un distrito en que hacía poco había sufrido una derrota muy dolorosa, se le ocurrió que podría ser nuevamente el líder avasallador de sus primeros meses como presidente.
Entusiasmado por lo que acababa de suceder, Milei dio aún más poder a su hermana y menos a los que preferirían una actitud más amable hacia aquellos que comparten sus ideas pro-mercado sin por eso estar dispuestos a subordinarse por completo a su conducción. A partir de entonces, la pareja presidencial está fagocitando el Pro macrista con entusiasmo renovado; el nombramiento de Diego Santilli como ministro del Interior les sirvió no sólo para asegurarse la colaboración de un baquiano todoterreno que conoce muy bien al mundo político nacional sino también para desairar una vez más al “presi” Mauricio Macri.
Si Milei privilegiara su programa por encima de su propia gloria, aprovecharía el buen resultado electoral y la confusión que impera en las filas de los comprometidos con el viejo orden corporativista para formar una gran coalición que a buen seguro sería capaz de impulsar las muchas reformas necesarias para que la Argentina sea un país realmente competitivo. Como ha señalado repetidamente el respetado expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, a los gobernantes les conviene explicar las medidas que van tomando para cautivar así a la gente.
Es lo que quieren de Milei sus patronos norteamericanos Donald Trump y Scott Bessent: familiarizados como están con las dificultades que enfrentan presidentes que, mal que les pese, se ven obligados a convivir con parlamentarios y gobernadores resueltos a defender sus propios intereses y aquellos de sus electorados, esperaban que Milei, aleccionado por los muchos reveses que habían experimentado en las semanas que precedieron a los comicios legislativos, asumiera una postura más generosa hacia los demás políticos. Si bien no hay señales de que Trump y Bessent estén por manifestar su desaprobación de la estrategia que ha adoptado su aliado, extrañaría que la consideraran apropiada para el país que ven como su socio latinoamericano más importante. Para ellos, el eventual fracaso del proyecto mileísta sería un revés muy hiriente.
En sociedades democráticas, los liderazgos personales -o bipersonales en el caso de los Milei- son intrínsecamente precarios. Demasiado depende del vínculo emotivo del mandatario con distintos sectores de la ciudadanía. Aunque Milei ha conservado la gratitud de muchos por haber reducido sustancialmente la tasa de inflación, otros lo culpan por no haber logrado mejorar su propia situación económica. No le será dado hacerlo; aun cuando dentro de poco el país entre en una fase de crecimiento acelerado, tendrían que transcurrir varios años antes de que el grueso de la población se viera directamente beneficiado. Por lo demás, programas meritocráticos como el puesto en marcha por Milei distan de ser igualitarios; a menos que la mayor parte de la clase política se sienta firmemente comprometida con las reformas que está impulsando, abundarán los tentados a sacar provecho de los problemas que surjan.
Es lo que hacían muchos políticos en los meses antes de las elecciones cuando libraron una especie de guerra de guerrillas contra el sacrosanto equilibrio fiscal. Felizmente para Milei, el daño que infligieron a su proyecto fue limitado, pero la rebelión debería haberle enseñado que sería riesgoso de su parte insistir en dar a quienes no lo quieren demasiados pretextos para torcerle el brazo.
Milei se cree un líder carismático, una convicción que se ve fortalecida cada vez que viaja a Estados Unidos o Europa para darse el gusto de arengar a miles de aficionados fervorosos que lo tratan como si fuera un cantante popular o una estrella deportiva, pero parecería que su reciente éxito electoral tuvo menos que ver con la imagen rutilante que fascina a los disconformes con el statu quo internacional que con el desprestigio de todas las alternativas a su gestión, en especial de la aún encabezada por Cristina.
Milei tiene suerte; si bien el poder de atracción de la expresidenta ha disminuido tanto que ya virtualmente nadie festeja sus bailecitos cuando sale al balcón del departamento en que está recluida, aun retiene su capacidad para frustrar los esfuerzos de la grey peronista para reagruparse. Si bien sería prematuro suponer que el movimiento que hizo tanto para formar la Argentina actual está en vías de extinción -se puede llenar bibliotecas enteras con los obituarios que comenzaron a aparecer en los años cincuenta del siglo pasado-, no cabe duda de que se ha debilitado tanto que hoy sirve más como un cuco que como una alternativa política válida.
Es por tal motivo que no sólo fronteras adentro sino también en el exterior está consolidándose la esperanza de que esta vez la Argentina, que durante tanto tiempo ha figurado como el símbolo más llamativo y. para algunos, más misterioso, del fracaso colectivo en una época en que docenas de países pudieron enriqucerse, esté por romper con el pasado. En parte, el optimismo se debe a la existencia de una plétora de recursos naturales no explotados, como los de Vaca Muerta, que podrían activarse con rapidez, y en parte al respaldo de Estados Unidos que, a pesar de sus muchos problemas internos y la posibilidad de que en un par de años el gobierno republicano se vea remplazado por otro de actitudes muy distintas, continuará buscando amigos confiables en su “patio trasero”.
En cuanto a los persuadidos de que sería mejor que Milei apostara a una relación más amistosa con China, les convendría reconocer que las perspectivas a mediano plazo, y ni hablar del largo, frente a la gran potencia comercial y tecnológica asiática distan de ser tan buenas como los hartos del predominio norteamericano quisieran imaginar. Según el Banco Mundial, la tasa de natalidad actual en China es de 1,0 por mujer: a menos que sus habitantes se pongan a reproducirse tan vigorosamente como hacían sus antepasados, en adelante cada joven tendrá que encargarse económicamente del equivalente de dos progenitores, cuatro abuelos y ocho bisabuelos. Huelga decir que el desastroso modelo demográfico así supuesto está destinado a colapsar. Se trata de un detalle que suelen pasar por alto los convencidos de que es inevitable que China sustituya a Estados Unidos para ser la superpotencia hegemónica de mañana.
Si sólo fuera cuestión de recuperar el terreno que se ha perdido a partir de la Segunda Guerra Mundial o, en opinión de Milei, desde comienzos de siglo pasado, la tarea frente a la clase política nacional sería relativamente sencilla; bastaría con aprovechar la experiencia de los países calificados de desarrollados. Sin embargo, tanto ha cambiado en las décadas últimas que esquemas que hasta hace poco funcionaban muy bien han dejado de ser viables. Todos los países supuestamente “normales” que a juicio de muchos deberían servir de ejemplos a seguir, están en crisis, lo que significa que, además de procurar solucionar o, por lo menos, atenuar problemas que son atribuibles a la prolongada decadencia nacional que tantas jeremiadas ha motivado, el gobierno actual y sus sucesores enfrentarán a muchos que son nuevos y que, en el resto del mundo, están planteando dilemas que ninguna fuerza política o grupo intelectual parece estar en condiciones de resolver.
LA NACION > Política
El mayor peligro para el plan de Milei y su aceleración
La alternancia y sus riesgos para un proyecto de país es “el” problema político del Presidente; detrás está la preocupación por un lugar común de la Argentina: el movimiento pendular de sus políticas de Estado
LA NACION
Luciana Vázquez
Javier Milei por Alfredo Sábat
El gobierno de Javier Milei disfruta hoy, y en marcha decidida hacia su tercer año en el poder, un cambio de clima que ya encontró un concepto importado que lo describe. Domina la conversación política desde hace por lo menos dos semanas, después del triunfo rotundo de octubre y el relanzamiento de la gestión, con los primeros cambios de gabinete: “aceleración” es la palabra que escucha a la hora de plantear lo que se espera del Gobierno en los próximos meses. Suena en el análisis político profesional y llega hasta la reflexión chispeante de cóctel de fin de año anticipado. El mismo Milei define así la nueva etapa poselectoral de su gestión, según anunció la semana pasada: “No voy a levantar el pie del acelerador. Es el momento para acelerar más fuerte”.
Del debate entre los tecnomultimillonarios globales, entre quienes el aceleracionismo es la última fase del capitalismo, con sus fuerzas liberadas que lo llevan al límite hasta producir los cambios más absolutos y radicales de la sociedad, al debate de la Argentina libertaria, un aceleracionismo made in Argentina, de alcance módico en comparación, pero enorme e histórico para el país: volverse capitalista y liberal, y sostenerlo en el tiempo. Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad argentina.
El problema de la aceleración de una voluntad política es que siempre hay algo que puede frenarla. Por ejemplo, la alternancia política o la falta de acuerdos estructurales. Sin el aceleracionismo mileísta no se puede; con el aceleracionismo mileísta no alcanza. Por eso el caso de Chile, en pleno proceso electoral, es un espejo atendible para Milei. No basta con acelerar la visión de país; también tiene que durar.
En el corto plazo, 2026, el objetivo mileísta es acelerar la utopía del crecimiento. En el mediano plazo, 2027 y más allá, sigue vigente la utopía mileísta total: el “aceleracionismo” político, económico e institucional que garantice el ingreso irreversible de la Argentina al mundo de la economía racional, competitiva, abierta, en crecimiento. Los desafíos y obstáculos son grandes. Por supuesto, los coyunturales: política cambiaria, capacidad de endeudamiento, reservas, el bolsillo de la gente, votos en el Congreso.
Pero también están los problemas de mediano plazo. Son los obstáculos que empiezan a tallar desde ahora, con la incertidumbre de los últimos meses más despejada, y que, con el correr de los meses, van a condicionar esta segunda mitad de mandato cada vez más: el gran desafío argentino de la alternancia política. Lo que el Gobierno bautizó este año como “riesgo kuka”. ¿Quedó atrás o nuevos errores del Gobierno o dificultades externas pueden generar crisis de gestión que revitalicen las opciones opositoras más duras?
Si Milei quiere dejar un legado histórico, la alternancia en el poder con otro partido y, sobre todo, de un signo ideológico distinto representa su mayor desafío. Es un problema de mediano plazo, que en la Argentina es de dos años, el tiempo hasta una nueva elección y sobre todo si es presidencial. Pero su solución, o su agravamiento, se cocina desde este presente.
Por eso la importancia del trabajo político que Milei delegó en Diego Santilli, también en el nuevo tridente de Karina Milei, que suma a los vértices de Martín Menem y Patricia Bullrich en el Congreso. El vínculo transversal con la política que encara el mileísmo no debería quedar restringido a un asunto meramente táctico, una movida de ajedrez para conseguir apoyo para reformas claves. La fórmula del éxito legislativo hecha de una dosis de caja para los gobernadores por votos para Milei es pan para hoy, pero puede ser cortoplacismo para mañana si el objetivo del Plan Milei es una transformación permanente y de raíz de la matriz cultural económica argentina. Esa tarea es compleja y escurridiza: cuando parece haberse alcanzado, todo cambia.
Revoluciones que no fueron
Hay que volver a 2014, cuando ya habían transcurrido casi tres mandatos y once años de kirchnerismo: una década supuestamente ganada. Generaciones enteras cocidas en ese caldo cultural hegemónico: el kirchnerismo se creía eterno; todavía se cree acreedor de una eternidad que últimamente las urnas no le confirman. “¿Qué quedará del kirchnerismo cuando el kirchnerismo deje el poder?”, se preguntaba el politólogo José Natanson en un artículo de Le Monde Diplomatique en ese 2014 donde presentaba el resultado de una encuesta de Flacso-Ibarómetro: el 61,8% de los argentinos estaba “a favor de una intervención activa del Estado en la economía”; el 50,5%, contra el 32,8%, consideraba que “el principal objetivo de un gobierno democrático” debía ser “la búsqueda de la igualdad antes que de la libertad”, y el 53,6% prefería “alianzas con la región antes que con las potencias del primer mundo”.
Once años después, en pleno triunfo de un presidente como Milei, que gana contra el discurso pro-Estado y contra la narrativa de la igualdad, una encuesta del Pew Research Center de hace cuatro meses mostró que para el 43% de los argentinos, Estados Unidos es el principal aliado de la Argentina, muy lejos de Brasil y China, que solo un 11% reconoce como tal. Solo un 24% de los argentinos considera a Estados Unidos la mayor amenaza, una caída de 16 puntos respecto de 2019, tan solo seis años atrás, cuando esa percepción negativa alcanzaba el 40%.
Por eso está claro que la revolución cultural es un sueño complejísimo. El aceleracionismo mileísta puede producir las mismas percepciones embriagantes que experimentó el kirchnerismo: creer que se está ante un proceso de cambio cultural profundo, concluido, dueño de una legitimidad superior del que solo queda esperar continuidad y éxitos. El kirchnerismo es uno de los espejos en que debe mirarse el mileísmo.
Aun en el caso de que el Gobierno consiga los votos de la oposición blanda e inclusive de diputados y senadores del peronismo-kirchnerismo y logre pasar todas las reformas, el aceleracionismo reformista del mileísmo puede conducir al regreso de lo mismo. ¿Cómo asegurar la transmisión intergeneracional de la racionalidad macroeconómica?
Lecciones chilenas para Milei
Hay lecciones que llegan desde países vecinos, que dejaron la inflación de dos dígitos anuales en el pasado y lograron transversalidad de políticas de Estado claves en lo económico y en lo social. Las elecciones del domingo vuelven a poner el caso chileno sobre la mesa. Chile es un ejemplo clarísimo del factor clave de la continuidad de la visión cultural económica con alternancia política. La continuidad chilena desafía la corrección política: la racionalidad macroeconómica no solo se sostiene desde el regreso de la democracia, en 1990, entre los cuatro presidentes de la Concertación chilena de centro y centroizquierda –Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet–, la centroderecha de Piñera y la izquierda de Boric, que llegó en una alianza propia con el Partido Comunista. También hay continuidad fundamental entre la macro chilena de la dictadura de Pinochet a la democracia chilena, que continúa con una matriz económica en parte fundada en esos años. Lo explica con precisión el economista chileno Sebastián Edwards en su libro El proyecto Chile. La historia de los Chicago Boys y el futuro del neoliberalismo. Fue la segunda generación de los Chicago Boys a mediados de los 80, todavía con Pinochet en el poder, la que puso los pilares para la racionalidad macroeconómica y la flotación entre bandas que llevó a la baja de la inflación a dos dígitos anuales en diez años y en otros diez, a un dígito por año. Sobre esa primera normalización, Chile produjo una reducción de la pobreza del 40% en 1990 al 6,5% en 2022-2023.
La llegada al poder de Boric no implicó una ruptura de esa matriz, al menos conceptualmente: “Desde la izquierda tenemos que dejar de pensar que la responsabilidad fiscal es una cuestión de derechas. Debe ser una política de Estado porque además es lo que garantiza que uno pueda llevar adelante procesos de reforma”, dijo Boric en abril de 2022, a poco de asumir. Ahora cierra su gobierno con un legado fiscal cuestionado, que en 2024 dio como resultado un déficit fiscal del 2,7%. De ahí los cuestionamientos que reciben su gobierno y también la candidata presidencial Jeannette Jara, la ministra de trabajo de Boric hasta mediados de este año.
Más allá de las críticas chilenas a las gestiones de gobierno, desde la mirada argentina es un proceso virtuoso de alternancia sin riesgo en la institucionalidad macroeconómica. La crisis de 2019, que generó un intento de reforma constitucional, primero con giro extremo a la izquierda, fue finalmente rechazada por la sociedad. En ese punto, el voto chileno se volvió garante de una continuidad de la matriz macroeconómica. En el balotaje del 14 de diciembre entre Jara, del Partido Comunista, y Kast, representante de la derecha chilena, el votante enfrentará esa disyuntiva nuevamente. Aun desde la izquierda más dura y como exfuncionaria de una gestión con déficit fiscal, el compromiso electoral de Jara apunta en su enunciación de la “responsabilidad fiscal”.
La alternancia y sus riesgos para un proyecto de país es “el” problema político para Milei. Detrás está la preocupación por un lugar común de la Argentina: el movimiento pendular de sus políticas de Estado. Cuando asume un signo ideológico distinto, no se producen cambios necesarios o correcciones marginales de rumbo, sino volantazos estructurales que alejan a la Argentina del camino racional. El menemismo es un ejemplo: su costado reformista, el más revalorizado en los últimos años, quedó fuera de combate con el desembarco kirchnerista. Otro espejo donde el mileísmo podría encontrar signos de alerta.
Por Luciana Vázquez