OPINIóN
Por qué los mercados no se dejan seducir por Milei
A las turbulencias mundiales se suman las dudas sobre si el libertario puede liderar un proyecto a largo plazo. El regreso del peronismo y los errores propios
James Neilson
Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)
Javier Milei por Pablo Temes
Si nos guiamos por algunas estadísticas publicadas recientemente, los optimistas que creen que, siempre y cuando la Argentina siga respetando unas normas fiscales básicas, logrará superar sus dificultades actuales y prosperar lo suficiente como para convertirse en un tigre latinoamericano, están perdiendo la batalla que libran en los mercados financieros internacionales contra los numerosos pesimistas que siguen convencidos de que ya es demasiado tarde para que el país experimente una auténtica revolución cultural.
Hasta ahora, han fracasado los esfuerzos de Javier Milei por persuadir a los inversionistas de que, por fin, gracias a su liderazgo Argentina logrará desmantelar los numerosos obstáculos que le impusieron gobiernos anteriores y que, por lo tanto, les convendría respaldarlo. Según los informes, quienes están en condición de determinar el destino de miles de millones de dólares encuentran las perspectivas que les ofrecen Perú, Chile y Brasil mucho más atractivas que las de esta parte del mundo.
El motivo de la imprevista pérdida de confianza en el futuro de la Argentina es tema de debate. Algunos creen que el repentino e inesperado desplome de la calificación crediticia del país se debe principalmente a la situación mundial, que claramente ha entrado en una fase turbulenta donde los países débiles se verán sacudidos por los mercados. Otros lo atribuyen a las dudas sobre las posibilidades de Milei de ganar las elecciones presidenciales del próximo año y al riesgo de que sea reemplazado por alguien como Axel Kiciloff. En Nueva York, el aspirante a liderar el peronismo se esforzó por asustar a los inversores en potencia; parecería que, al convencerlos de su propia incapacidad para entender la gravedad de la situación en que se halla el país, logró hacerlo.
Nos guste o no, la "amenaza kuka" de la que habla Luis Caputo dista de haber desaparecido por completo. Es que los kirchneristas cuentan con un aliado valioso; el presidente Milei, cuya habilidad para convertir en enemigos acérrimos a quienes de otro modo lo apoyarían está haciendo aún más difícil que convenza a los mercados de que Argentina realmente está dejando atrás un pasado terriblemente decepcionante. Sus ideas pueden ser radicalmente diferentes a las de muchos miembros de la clase política establecida que siguen aferrándose a versiones del corporativismo, pero su comportamiento personal es, si cabe, aún peor. No inspira confianza. Tampoco ha ayudado la decisión de reanudar la guerra de palabras con el Reino Unido acerca de Malvinas: puede que sólo haya sido una coincidencia que, a partir de su transformación en un militante furibundo de la causa irredentista, el índice riesgo país se desplomó, pero no cabe duda de que contribuyó a difundir la impresión de que la Argentina no ha cambiado tanto como el gobierno quisiera hacer pensar.
De todos modos, una consecuencia del desprecio de Milei, al estilo de su aliado Trump, hacia la prensa tradicional ha sido una marcada tendencia de ésta a llamar la atención a los efectos negativos de sus políticas. Subrayarlos es totalmente legítimo, pero fomenta el pesimismo sobre las perspectivas del proyecto de reconversión que está impulsando el libertario, el cual, para funcionar, dependerá de la voluntad popular de aceptar que, de no tener éxito, el futuro no sólo del país en su conjunto sino también aquel de cada uno será extremadamente sombrío.
Durante mucho tiempo, parecía que por lo menos la mitad del electorado estaba convencida de que, en vista del fracaso de todas las alternativas y los desastres protagonizados por tantos gobiernos anteriores en nombre de “la justicia social”, no quedaba más opción que la planteada por el capitalismo liberal, pero sucede que algunos, desanimados por la conducta errática de Milei, ahora tienen dudas. Si muchos llegan a compartirlas, será un presidente de un solo mandato.
¿Está Argentina a punto de experimentar una recesión en toda regla? Los indicios son ominosos. Por mucho que Milei trate de minimizar dicha posibilidad, los números disponibles hacen pensar que es más que probable que la economía se achique en los meses próximos. Por supuesto, se puede señalar que era prácticamente inevitable que la actividad económica se ralentizara por un rato hasta que el antiguo “modelo” que el gobierno pretende demoler resultara ser debidamente reemplazado por el esquema nuevo y muy diferente que tiene en mente, pero entender que algo así tuvo que ocurrir no sirve de consuelo para los muchos que de repente se han encontrado en un entorno que les resulta desconocido y temen acabar entre los muchos perdedores de la lucha darwiniana que ya ha comenzado. Por desgracia, todos los sistemas que se han ensayado a través de los siglos benefician a algunos y perjudican a otros, razón por la cual hasta los cambios más positivos suelen ser traumáticos para quienes tardan en adaptarse.
Durante muchas décadas, Argentina se ha visto dominada por los convencidos de que la gente común merece ser protegida de la crueldad que, según ellos, caracteriza al capitalismo y que, al institucionalizar la competitividad, el libre mercado es intrínsecamente perverso. Estas actitudes son reivindicadas no sólo por quienes se ubican en la franja izquierdista del abanico ideológico. Las comparten muchos conservadores. Para frustración de personas como Milei, aunque los políticos que se presentan como tribunos del pueblo y afirman estar decididos a proteger a los vulnerables de los que buscan explotarlos solo han conseguido empobrecer a amplios sectores de la población, su forma de pensar no ha perdido su atractivo.
La alientan los voceros de Iglesia Católica Romana que, hacia finales del siglo XIX, ideó su propia versión de la socialdemocracia en la encíclica Rerum novarum (Sobre las cosas nuevas) del Papa León XIII. Dado que el pontífice actual, León XIV, comparte las opiniones sociales y, por lo tanto, políticas del hombre cuyo nombre papal adoptó, Milei espera su próxima visita con inquietud; es consciente de que los líderes de la oposición harán lo posible por aprovechar el fervor religioso que generará para atacarlo por su compromiso con lo que la Iglesia Católica suele llamar “el capitalismo salvaje”. Para complicar aún más las cosas, Milei toma sus creencias religiosas que, por decirlo de algún modo, son llamativamente heterodoxas a ojos de los católicos, mucho más en serio que la mayoría de los demás políticos; al igual que al vicepresidente estadounidense J. D. Vance, le resultará difícil resistir la tentación de entablar un debate teológico con el obispo de Roma.
Asimismo, como un firme partidario de Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, Milei no puede sino discrepar con la postura frente al conflicto en el Oriente Medio de León XIV, quien, lo mismo que su antecesor Francisco, a menudo parece estar mucho más preocupado por los sentimientos de los islamistas que por la trágica situación de los cada vez menos cristianos que aún permanecen en los países mayoritariamente musulmanes que, por cierto, no se destacan por su tolerancia hacia los “infieles”; pocos días transcurren sin que nos recuerden que el multiculturalismo es un fenómeno exclusivamente occidental.
Milei se considera un hiperrealista que desprecia las ilusiones sensibleras que, en su opinión, arruinaron a la Argentina y han perjudicado gravemente a muchos otros países. Su famoso eslogan, “no hay dinero”, reflejaba dicha actitud y, durante varios meses, contribuyó en gran medida a convencer a la gente de que, por fin, Argentina tenía un presidente dispuesto a afrontar la cruda realidad.
Sin embargo, últimamente Milei ha mostrado indicios de estar tan dispuesto como aquellos a quienes desprecia a subordinar la verdad a sus propias ideas preconcebidas. Como muchos presidentes anteriores, le gustaría que la gente pensara que, gracias a su gestión, la economía ya ha comenzado a crecer a un ritmo vertiginoso. Puesto que no es así, fingir lo contrario resulta contraproducente para un político cuyo ascenso al poder se debió en gran medida a su disposición a arriesgarse a perder popularidad al decir la verdad sobre la situación económica del país y, al hacerlo, advertir a la población que debía prepararse para un largo período de austeridad.
Durante un tiempo, esto funcionó, pero después de tres años la gente empieza a impacientarse. Esto se debe en parte a que, como se señala con frecuencia, el rápido crecimiento registrado por sectores del campo y las industrias extractivas de las provincias andinas aún no ha beneficiado a los habitantes del conurbano bonaerense y otras zonas deprimidas que dependen más del capital humano que de la comercialización de recursos naturales. Que éste sea el caso ha de ser motivo de preocupación. En la utopía libertaria de los sueños de Milei, el motor principal de la prosperidad que promete no será producto de la suerte geológica sino de la inteligencia y, para citar a John Maynard Keynes, los “espíritus animales” de los argentinos. Si no logra estimularlos, el nuevo “modelo” que está procurando construir se asemejará mucho al peronista en que el campo suministraba los fondos que otros sectores, como el industrial, necesitaban para sobrevivir ya que no estaban en condiciones de competir con sus equivalentes del mundo desarrollado.


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