domingo, 14 de junio de 2026

Un legado eterno


 

Un legado eterno


Hoy se cumplen 40 años de su muerte; su obra es patrimonio cultural de la humanidad


La Nacion


14 jun. 2026


Fernando Flores Maio



Jorge Luis Borges por Alfredo Sabat


Hace poco l e preguntaron en Madrid: ¿ A qué le tiene miedo Borges? “Solo tengo miedo a la inmortalidad del alma. Sé que debo morir y quisiera morir entero. Ese es mi único miedo”, contestó. La respuesta sorprendió a los numerosos periodistas y a los admiradores que lo rodeaban en el aeropuerto español. Ya en Buenos Aires, el anciano escritor explicó sus temores y sus dudas.


“Le tengo miedo a la inmortalidad del alma porque estoy cansado de ser Borges, porque estoy cansado de ‘ ser’. Ahora, desde luego, si yo después de la muerte corporal me encontrara en otro estado, en una vida totalmente distinta, no me importaría. Pero como la identidad consiste en la memoria siquiera parcial del pasado, no sé si sería yo o sería otro”.


– No, todo lo contrario. Como yo no creo en la inmortalidad, creo que – al revés del verso de Horacio– moriré entero. Espero morir corporal y mentalmente. En momentos de depresión y de desdicha, que todos tienen, ya que no creo que sea un privilegio mío, me consuelo pensando que lo que me pasa es lo que le pasa a un ser transitivo, perecedero, como yo. Y entonces, ¿ qué pueden importarme las cosas si tengo la seguridad, en mi caso, de dejar de ser del todo?


– Bueno, vamos a aceptar esa generosa hipótesis. Espero que la humanidad progrese y quede – si es que queda– como una mera curiosidad. Esa inverosímil perduración de mi obra no me molestaría, porque yo no estaría para percibirla.


– No creo en un dios personal, no creo que haya un señor al que le preocupe mi conducta y como dije en un soneto me siento indigno tanto del infierno como del cielo. No creo merecer recompensas ni castigos. Desde luego, creo en la ética. Cuando yo obro sé si he obrado bien o mal. Pero para repetir una hermosa sentencia de un personaje de Shaw, he dejado atrás el soborno del cielo.


– Uno puede ser místico creyendo en un universo de carácter mágico, onírico; este universo es una especie de alucinación compartida, o quizá yo sea el único soñador. Es muy posible aceptar esas hipótesis; el budismo, la filosofía idealista de Berkeley, de Schopenhauer, de Hume... es posible creer en todo eso y no creer en un dios personal.


– Bueno, en verdad soy tan escéptico que ni siquiera estoy seguro de que no haya Dios. Este universo es tan extraño, ayer lo dije en un soneto que se publicó en un diario, es tan extraño el hecho de habitar el cuerpo humano, de ver por los ojos, de oír por los oídos, de haber nacido de la conjunción de dos seres, de respirar, de caminar, de velar, de dormir. Todo es tan raro que quizá no sea mucho más raro el hecho de que exista un dios personal. Chesterton decía, aunque no estoy de acuerdo con él, que si el cristianismo es raro, rara es la idea de un dios que se hace hombre, redime los pecados de la humanidad y luego nos va a recompensar con cielos o castigar con infiernos; que esa forma rara correspondía a la forma rara del universo. Él decía que basaba su convicción en el catolicismo, o en el cristianismo en general, en el hecho de que él sentía que el cristianismo era la llave que tiene una forma rara que calzaba exactamente en esa otra forma extraña que es el universo.


– Sí, pero la presiento con esperanza, no con temor. La mayoría de la gente, la tradición clásica, piensa en la muerte con melancolía. Yo pienso en ella con alegría, como una suerte de solución de tantas perplejidades.


– Bueno, la esperanza que siento todas las noches cuando me acuesto y pienso que voy a dormirme. Cuando uno duerme se libera de todo, de alguno, por lo menos mientras dure el sueño


– La gente suele estar muy apegada a sus hábitos, a su persona. La gente cree en el fracaso o en el éxito. Yo descreo de los dos. Yo pienso como Kipling que el fracaso o el éxito son dos impostores. O sea, que nadie fracasa tanto como cree ni nadie tiene tanto éxito como imagina. Yo prefiero ser feliz a ser desdichado, pero me doy cuenta de que eso no es importante. Nunca me preocupó el éxito o el fracaso de mi obra. Cuando yo publiqué mi primer libro, Fervor de Buenos Aires ( 1923), mi padre me pagó la impresión de trescientos ejemplares y no lo mandé a ningún diario ni lo llevé a ninguna librería porque decía: ¿ a quién puede interesarle lo que yo escriba? En aquel tiempo la gente pensaba menos en el éxito y en el fracaso.


– Yo creo que lo más importante, fuera de las amistades y del amor, vendría a ser el placer que me da el escribir. No solo el acto de escribir, sino el hecho de concebir, imaginar, urdir frases, pulirlas, tratar de que no sean demasiado consonantes. Ahora la palabra es muy sencilla, porque yo empecé siendo un escritor muy barroco. Trato de escribir ahora de un modo que haga innecesaria la consulta al diccionario.


– Porque – como le dije– estoy cansado de ser Borges y pienso que la muerte será una purificación total, la purificación del olvido. Esta actitud puede parecer rara en un país que se llame cristiano. Pero entre los budistas es lo común. Es más, los budistas van más lejos que yo. Porque ellos temen reencarnarse después en otros cuerpos. El nirvana consiste en llegar a un estado en el cual sean cortados los apetitos de tal modo que la muerte es total y no se cae en esa rueda de morir y renacer indefinidamente.


– Sí, pero yo no necesito el nirvana porque no creo en esto. Hay un argumento de un psicólogo inglés, de principios de siglo, que decía que si un hombre recibe un golpe en la cabeza o en el cuerpo no se siente mejor por ello, sino lo contrario. ¿ Por qué suponer que un golpe total, como la muerte, pueda mejorarlo a uno, pueda darle otra vida, otro mundo, acompañado de ángeles o de demonios?


– Le contestaría con las palabras del Anónimo Sevillano: “Oh muerte, ven callada como sueles venir en la saeta”. Yo quisiera que la muerte llegara sin agonía. En griego “agonía” quiere decir lucha. Me gustaría que llegara mientras estoy conversando agradablemente con un amigo, así como lo estoy haciendo en este momento con usted, sin que siquiera fuera sorprendido sino anulado o borrado por la muerte.


– Le voy a contestar, fiel a mi hábito de plagio, con unas palabras de Sócrates. Cuando ya había bebido la cicuta y la muerte iba subiéndole, sus amigos le preguntaron si quería ser enterrado o quemado. Entonces él les contestó con una broma, que fue una de las últimas cosas que dijo: “Bueno, si no me les escapo, hagan conmigo lo que quieran”. Yo contestaré igual: “Si no me les escapo, hagan conmigo lo que quieran”. Pero preveo un entierro en el panteón de la Recoleta, donde están mi padre, mi abuelo, el coronel Borges, mi bisabuelo, el coronel Suárez, mis otros abuelos... Pero todo eso me tiene sin cuidado, porque como yo no estaré presente...


– Sí, ese es uno de los peligros de la muerte... las elegías... no son muy hermosas...


– No. Salvo que deseo a mis lectores una muerte como esa que yo he dicho. Una muerte súbita. Esto es horrible para el que queda, pero no para el que muere. Mi amigo Pedro Henríquez Ureña murió así. Tomó el tren de La Plata, se acomodó, se sentó y mientras estaba hablando con él el profesor Cortina se dio cuenta de que estaba hablando con un muerto. Ureña había corrido para tomar el tren y tenía el corazón débil. Pero yo tengo el corazón fuerte y no puedo esperar eso.


– Así es. Ya en el primer libro mío, Fervor de Buenos Aires, se produce una muerte. Siempre se trata de un aniquilamiento...


– La palabra nirvana, en sánscrito, quiere decir extinción, apagamiento. Pero se suponía que el fuego al apagarse perdura en otra forma. Yo espero no perdurar en ninguna forma. Sobre todo no me gustaría molestar a la gente cuando esté muerto figurando en la historia de la literatura y dando trabajo a los muchachos para estudiarme.


– Yo solo he tenido dos veces en mi vida experiencias que quizá sean místicas. Están registradas en un cuento que se llama “Sentirse en muerte” y en un poema en el que tuve una experiencia como si estuviera fuera del tiempo, “Mateo XXV 30”, como el versículo bíblico, que tuve en uno de los puentes de Constitución, que está en las Obras Completas. fl


El autor, periodista, sociólogo y escritor, es vicepresidente de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Panorama


 

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