OPINIóN
Milei se enfrenta a sí mismo
Pese al bajón del Presidente en la gestión y en las encuestas, no aparece nadie en la oposición que hoy pueda capitalizar su mal momento. La mira en la reelección.
James Neilson
Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)
Revista Noticias
Javier Milei por Pablo Temes
Hay dos Javier Milei. Uno es el realista conservador que, basándose en un ideario resueltamente racional, está esforzándose por reconstruir una economía nacional que, antes de su llegada, parecía destinada a compartir los destinos de la cubana y la venezolana. El otro Milei es un punk rabioso, supuestamente “contenido” por su hermana Karina, que se divierte colmando de insultos escatológicos a todos aquellos, y son muchos, cuya mera existencia le molesta. Entre los blancos de sus diatribas están casi todos los periodistas que a su entender son basura apenas humana, los zurdos, los woke, los kirchneristas y mandatarios extranjeros como el “presidiario” brasileño Lula da Silva. No son los únicos; la lista es muy larga.
Por un par de años, ganaba el primer Milei, el de la guerra sin cuartel contra la maquinita inflacionaria, la elefantiasis estatal y los curros de una casta política parasitaria. A pesar de las grandes dificultades ocasionadas por la transición desde un modelo facilista e intrínsecamente corrupto hacia otro mucho más exigente, hasta hace algunos meses parecía más que probable que triunfara en las elecciones presidenciales del año que viene, pero entonces irrumpió el segundo Milei, el personaje híperagresivo que se comporta como un matón barriobajero. Es un sujeto tan antipático que podría perder frente a virtualmente cualquier candidato más o menos presentable.
Huelga decir que los kukas -cucarachas- lo creen vulnerable y lo están hostigando con manifestaciones callejeras. También están jaqueándolo en el Congreso, donde el oficialismo acaba de sufrir algunas derrotas no imprevistas. Puede que en última instancia tales reveses carezcan de importancia y que los libertarios y sus aliados logren mejorar su desempeño parlamentario, pero así y todo sirvieron para advertirles que los defensores del viejo orden no están tan desmoralizados como parecían estar en las semanas que siguieron a las elecciones legislativas del año pasado. Antes bien, brindan la impresión de sentir que la marea ha vuelto en su favor.
El cambio de clima que algunos perciben preocupa a quienes aprueban “el rumbo” que el gobierno se ha fijado y temen que los decididos a restaurar el orden corporativista logren recuperar el poder merced no sólo a lo difícil que es para muchas familias llegar al fin de mes con sus finanzas personales intactas sino también al espectáculo nada edificante brindado por un presidente que parece incapaz de disciplinarse. Los freudianos dirían que es víctima de su propio id, la parte más primitiva de su mente.
A su modo, Milei se asemeja al célebre Dr Merengue de la tira cómica de Guillermo Divito en la revista Rico Tipo de mediados del siglo pasado; es un economista respetado por sus pares, un estudioso de pensadores austríacos prestigiosos, que convive con un personaje puerilmente escandaloso cuyos exabruptos constantes le causan un sinfín de problemas. Si bien hasta hace poco casi la mitad del electorado pareció dispuesto a tolerar sus extravagancias por entender que sólo un loco sería capaz de reparar la desquiciada economía argentina, esta difundiéndose en distintas zonas del mundillo político la sensación de que el cambio que Milei hizo posible ya no lo necesita.
Puede que aún sea prematuro confiar en que el grueso de la clase política, sin excluir a los populistas más racionales, haya aprendido que es peor que inútil permitir que el gasto público exceda los ingresos auténticos y que el proteccionismo excesivo siempre empobrece al conjunto, pero a Milei no le convendría ganar por completo “la batalla cultural” que está librando en el terreno económico porque lo privaría de su ventaja principal.
Además de seguir actuando como el polemista televisivo desbocado que, debido a su desfachatez, alcanzó primero la fama y poco después la presidencia de la Nación, Milei se destaca por su negativa a simpatizar con los perjudicados por sus medidas. Aunque es fácil tomar por hipócritas a aquellos políticos que se afirman conmovidos por el dolor ajeno y derraman lágrimas de cocodrilo, es evidente que Milei se ha visto perjudicado por su frialdad aparente. Le sería fácil solucionar el problema así supuesto, ya que no le costaría nada mostrarse más “empático con los más necesitados”, como pidió el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva en la homilía que pronunció en el día de San Cayetano. También podría declararse solidario con la gente y elogiar a quienes a su juicio están participando de una gesta heroica que, andando el tiempo, permitirá que el país deje atrás las consecuencias nefastas de vaya a saber cuántas décadas de voluntarismo demagógico. Asimismo, podría esforzarse más por convencer a los dispuestos a escuchar que los graves problemas personales que tantos están enfrentando no se deben a la crueldad libertaria sino a los pecados de omisión y comisión de una larga serie de gobiernos anteriores.
Gracias a las medidas tomadas por Milei, algunos sectores están experimentando un boom notable que tarde o temprano beneficiarán al resto de la sociedad. El sector energético ya genera más divisas que el campo y no sorprendería que, dentro de poco, la minería aportara todavía más. Sin embargo, como es notorio, tales éxitos aún no han repercutido en la llamada microeconomía de que la mayoría depende, de ahí el malestar que tantos sienten que, como es natural, están aprovechando los convencidos, por motivos ideológicos o personales, que está en marcha un experimento perverso que a buen seguro culminará de manera catastrófica.
Aunque tales sentimientos siguen siendo minoritarios, podrían atraer a los hartos de la conducta belicosa de un presidente que es un experto consumado cuando de fabricarse enemigos innecesarios de trata. También podría serle peligroso el derrotismo, la convicción de que, por razones misteriosas, esquemas que funcionan muy bien en otras partes del mundo no pueden sino fracasar en la Argentina, que sigue incidiendo en la mentalidad de muchos pobres estructurales que se resisten al cambio y apoyan a políticos que quieren regresar al pasado.
De todas maneras, parecería que Milei, custodiado por Karina, no tiene interés en figurar como el jefe de una gran coalición conformada por los que quieren que la Argentina ponga fin a su larga y autodestructiva rebelión contra la dura realidad económica para ponerse en condiciones de sacar más provecho de sus muchas ventajas naturales y geopolíticas. En vista de lo que está sucediendo en otras partes del planeta, el país está bien ubicado para cumplir un papel internacional importante en las décadas venideras.
Como exportadora de petróleo, gas, granos y algunas “tierras raras”, la Argentina debería verse beneficiada por el caos imperante en el Medio Oriente, por la guerra entre Rusia y Ucrania y también por la importancia creciente de la alta tecnología, ya que las gigantescas empresas que están invirtiendo billones de dólares en el desarrollo de la inteligencia artificial necesitan contar con socios confiables.
El que, siempre y cuando no se le ocurra dar marcha atrás, las perspectivas ante el país sean promisorias, está incidiendo en las actitudes no sólo de los macristas y radicales sino también en las de algunos peronistas, de suerte que, de quererlo, a Milei no le sería del todo difícil hacerse titular de un movimiento muy amplio, pero sucede que, por mezquindad, quienes lo rodean se oponen a dicha posibilidad, ya que preferirían que fracasara el proyecto que puso en marcha a permitir que otros que no le rindan la pleitesía que cree merecer desempeñaran papeles prominentes en el.
Como no pudo ser de otra manera, los más indignados por la postura de los hermanos Milei y sus dependientes son los macristas que, al fin y al cabo, en el poder querían hacer algo similar en circunstancias políticas que eran mucho más difíciles que las encontradas por el libertario luego del desastre protagonizado por Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa. Aunque Mauricio Macri, que mide relativamente bien en algunas encuestas, es reacio a anotarse formalmente para el torneo electoral que ya ha comenzado, uno de sus colaboradores principales, el ex ministro de Economía Hernán Lacunza, dice que el expresidente aprueba su propia intención de probar suerte. Lo mismo que su jefe, Lacunza creerá que, para concretar los cambios que está impulsando Milei, sería mejor que la obra quedara en manos de alguien mucho menos excéntrico y decididamente más amable que el presidente actual.
La democracia es de naturaleza cortoplacista, sobre todo en sociedades en que pocos meses transcurren sin que haya elecciones importantes en el horizonte y los gobiernos se sienten obligados a privilegiar los reclamos inmediatos de los votantes. Aunque Milei se resiste a desviar su atención de los objetivos a largo plazo que se ha propuesto, su indiferencia aparente a los “costos humanos” para el grueso de la población de lo que está haciendo entraña el riesgo de que su proyecto se hunda antes de acercarse a la meta. Lo entienda o no, tienen razón los despreciados “moderados” que señalan que sólo un movimiento muy amplio y por lo tanto representativo sería capaz de llevar a cabo un programa de reformas estructurales profundas que, de realizarse, cambiaría drásticamente la sociedad argentina.


























































