martes, 26 de mayo de 2026

La irrefrenable crisis de la hermandad libertaria


 

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La irrefrenable crisis de la hermandad libertaria


LA NACION


Sergio Suppo



Javier Milei por Alfredo Sabat


Javier Milei tiene una obligación impostergable: poner un límite preciso a las internas que devoran a su gobierno antes de que esas peleas destruyan el poder que tiene y perjudiquen su mandato presidencial.



El Presidente simula hasta donde puede, pero la acumulación de acontecimientos producidos por los bandos enfrentados desborda todo


Desde que empezó el año ya no es una opción dejar de ser un espectador de las peleas entre su hermana Karina y su “hermano” Santiago Caputo, tal como lo llamó esta semana en un vano intento de ocultar lo evidente. La historia y la literatura enseñan que los hermanos no solo han sido ejemplo de amor fraternal sino también de los enfrentamientos más viscerales.


El Presidente simula hasta donde puede, pero la acumulación de acontecimientos producidos por los bandos enfrentados desborda todo.


Un grave error no forzado de cualquier gobierno es admitir que sus internas son más importantes que la gestión. Milei todavía está a tiempo de evitarlo.



Si se mira el origen de cada uno de los escándalos que ha sacudido al oficialismo es bastante sencillo advertir la dimensión del problema de la guerra libertaria. En forma invariable y recíproca, con razón o sin ella, la filtración de cada caso escabroso es atribuido al bando adversario. La posibilidad de que el primer enemigo duerme en casa es una convicción alimentada por la desconfianza.


El supuesto esquema original de un triángulo de decisiones cuyo vértice es, naturalmente, Milei hace tiempo desapareció por la preeminencia de Karina y su equipo, en el que sobresalen los primos “Lule” y Martín Menem. Santiago Caputo, sin embargo, mantiene cuotas de poder notables, como la comunicación digital, el contenido de los mensajes del Presidente, el manejo de los espías del Estado y la injerencia en licitaciones de importancia geopolítica y económica.



En ese ajedrez salvaje de insultos cruzados, chicanas y maldades, Caputo perdió el control del Ministerio de Justicia a manos de Karina y quedó marginado de la conversación con amigos y potenciales aliados del Gobierno.


A pesar de eso, interviene en asuntos a los que ningún otro asesor presidencial había accedido en décadas. Desde negociaciones diplomáticas, hasta vínculos paraoficiales con empresas de otros países interesadas en hacer negocios en la Argentina.


No hay en la guerra libertaria una discusión ideológica, sino la ambición de destruir al otro para acumular más poder y usarlo con fines no necesariamente patrióticos.


Karina hizo algo parecido cuando eligió no apartar de las cercanías de su hermano a los promotores de la pseudomoneda $Libra, uno de los primeros escándalos que salpicaron el corazón mismo del poder.



En ese caso, como en el de los sobreprecios en el área de discapacidad, la violencia de las peleas internas hizo un trabajo de amplificación entre las tinieblas y los fogonazos públicos.


Un cierto regodeo habita en esas disputas que hace tiempo cruzó el límite de la pura pelea política. No hay en la guerra libertaria una discusión ideológica, sino la ambición de destruir al otro para acumular más poder y usarlo con fines no necesariamente patrióticos.



Lejos de una dinámica de fuerzas cruzadas que se limitan por oposición y todavía más distante de un juego maquiavélico de hacer competir fracciones propias como en los días de Carlos Menem, Milei dejó crecer el conflicto sin atinar a sofocarlo.


Por si fuera poco, el momento no puede ser más inadecuado. Empezaron los días en los que se juega su continuidad en el poder. Octubre de 2027 parece lejano, pero las decisiones empezaron a tomarse en todo el sistema político al mismo tiempo de la formación de un criterio que determinará la decisión de cada votante.



Milei ya tiene demasiados problemas, como cumplir las promesas que hizo. Necesita darle un corte a un asunto que podría haberse evitado con una iniciativa que todavía está en condiciones de tomar.


Por ahora eligió la negación como en otros momentos mostró un nivel inusitado de intolerancia hacia funcionarios que cesanteó sin miramientos por meros detalles de gestión. Con sus “hermanos”, el Presidente elige mirar para otro lado.



Un ajuste de los números fiscales sigue a otro para garantizar el superávit fiscal y multiplica las quejas de provincias y municipios a los que el torniquete nacional les traslada en mayores costos la atención de los caídos del sistema


Apenas si ante la presión externa por las concluyentes denuncias que pusieron a Manuel Adorni en el papel de miembro más incómodo del Gobierno, el Presidente atina al viejo recurso de resistir la presión para evitar que le digan que es un hombre débil y entrega fácilmente la cabeza a pedido de la oposición.


Las internas son un problema a resolver y un obstáculo para enfocar la gestión en lo principal. Nada será valorado antes que los resultados económicos de la gestión del Presidente. En los meses en los que transcurre un esfuerzo social y productivo enormes, los conflictos innecesarios le están quitando apoyo a Milei.



La economía sigue entregando resultados contrapuestos. El cierre de miles de empresas, en especial pequeñas y medianas contrasta con los anuncios de inversiones extraordinarias en gas, petróleo y minería. La inflación baja un mes y al mes siguiente muestra los dientes. El impacto de la crisis global por la guerra en Irán hace temer un nuevo rebote.


Un ajuste de los números fiscales sigue a otro para garantizar el superávit fiscal y multiplica las quejas de provincias y municipios a los que el torniquete nacional les traslada en mayores costos la atención de los caídos del sistema. Varias provincias están a punto de perder su propio superávit, si es que no lo perdieron.


El Gobierno no deja de apelar a los viejos trucos de la casta que dice combatir. Esta semana logró aprobar la derogación de parte de la ley que subsidiaba la tarifa del gas natural domiciliario a las llamadas “zonas frías”. Aquel proyecto que hizo prosperar Máximo Kirchner terminó siendo defendido por peronistas que hicieron del antikirchnerismo una bandera; los peronistas cordobeses de Martín Llaryora o Juan Schiaretti, por ejemplo.


Para garantizar los votos para derogar esos subsidios a la tarifa de gas, los libertarios crearon nuevos subsidios a las tarifas eléctricas para el verano en lo que ahora se llaman “zonas cálidas”. Al premio se lo llevaron los compañeros de ruta de los libertarios y el castigo cayó sobre los que rezongaron porque dejaron de ser fríos y no serán cálidos.


Remiendos políticos muy al estilo de los augurios que hizo esta semana el ministro Luis Caputo, cuando vaticinó que el año que viene la economía tendrá un “crecimiento feroz” que supondrá un “triunfo por paliza” de Milei.


Las hipérboles libertarias son una enfermedad contagiosa.


Por Sergio Suppo 


 

"Alien – Mata Reyes 01/05" (2026)


 


 

lunes, 25 de mayo de 2026

China ante Trump: la escenificación de un cambio de era


 

 OPINIÓN 


China ante Trump: la escenificación de un cambio de era


La reciente visita del presidente de EE.UU. a Pekín marca el fin de una ambigüedad: el gigante asiático deja de ser un socio incómodo para convertirse en un rival estructural


25 de mayo de 2026


Por Martín Rafael López


LA NACION



Donald Trump y Xi Jinping por Alfredo Sábat


Como enseña el historiador británico David Reynolds, los encuentros de alto nivel entre líderes mundiales no inventan la historia, sino que la escenifican. Siguiendo esta premisa, más allá de los posibles acuerdos o consensos a los que lleguen Donald Trump y Xi Jinping, resulta clave preguntarse qué realidad estructural están obligados a reconocer. En este contexto, cada líder representa su propia narrativa nacional frente a audiencias internas y externas.


La reciente visita de Trump a China debe leerse no tanto como un hecho aislado, sino más bien como la expresión visible de transformaciones más profundas ya en marcha.


La historia ofrece antecedentes elocuentes. La cumbre de Yalta, en 1945, no creó la Guerra Fría, sino que formalizó una correlación de fuerzas emergente. Del mismo modo, el encuentro entre Nixon y Mao en 1972 no constituyó el origen de la apertura chino-estadounidense, sino que tras conversaciones y acercamientos secretos previos coronó un giro estratégico en el que Estados Unidos buscaba incorporar a China al equilibrio global para contener a la Unión Soviética.


Si Nixon viajó a Pekín para integrar a China en el orden internacional, Trump parece haber viajado para reconocer que ese orden ya ha cambiado. La visita señala, por lo tanto, el fin de una ambigüedad: China deja de ser un socio incómodo para convertirse en un rival estructural.


Sin embargo, este reconocimiento no implica necesariamente el retorno a una lógica de confrontación clásica. Como sugiere el especialista Fareed Zakaria en The Post-American World, el rasgo distintivo de nuestro tiempo no es tanto el declive absoluto de Estados Unidos como el “ascenso de los otros”: una redistribución del poder en la que nuevas potencias adquieren mayor protagonismo dentro de un orden que, en lo esencial, continúa vigente. Desde esta perspectiva, China no aparece como una fuerza externa que busca destruir el sistema internacional, sino como un actor parcialmente revisionista que aspira a redefinirlo desde adentro.


En este mismo marco, la relación entre Washington y Pekín adquiere un carácter paradójico, al combinar una competencia estratégica en el plano político con una fuerte interdependencia en los ámbitos económico y financiero.


Esta dinámica competitiva se extiende, además, al terreno tecnológico, donde ambas potencias compiten por el control de infraestructuras críticas, estándares digitales y capacidades de innovación; y se proyecta, de manera más sutil, en el plano cultural y simbólico, donde disputan legitimidad, influencia y capacidad de atracción. El resultado no es una confrontación homogénea, sino una relación multidimensional en la que competencia e interdependencia coexisten y se superponen en distintos niveles.


La fortaleza global no reside únicamente en la capacidad de imponer costos, sino también en la habilidad para sostener alianzas y ofrecer un marco de estabilidad


Es precisamente en este punto donde resulta clave la mirada del académico chino Yan Xuetong. En la introducción de su último libro, Inflection of History, sostiene que el sistema internacional contemporáneo se organiza en torno a una estructura singular: solo Estados Unidos y China poseen un poder nacional integral con alcance verdaderamente global, mientras que el resto de las potencias se mueve en escalas predominantemente regionales. El mundo actual, en esta lectura, no es plenamente multipolar, sino globalmente dual, con dos centros de poder que concentran la capacidad de estructurar el sistema.


No obstante, la relación entre ambos no es de igualdad plena, sino de convergencia en curso. Según Yan, China es el único actor que comienza a acercarse al umbral necesario para competir en múltiples dimensiones (económica, tecnológica, política e incluso militar), aunque sin haber alcanzado aún una paridad completa.


En el plano comercial, ambas potencias operan en una escala comparable; en el tecnológico, la rivalidad se intensifica en áreas críticas como la inteligencia artificial o las infraestructuras digitales; en el militar, Estados Unidos mantiene una ventaja significativa, pero no necesariamente creciente. El resultado es una competencia fragmentada, donde la distancia se reduce en algunos campos mientras persiste en otros.


Lo más relevante de este enfoque es que dicha convergencia no se explica únicamente por el ascenso de China, sino también por transformaciones internas en Estados Unidos. La capacidad de una potencia para sostener su liderazgo depende no solo de sus recursos, sino también de la “calidad” de su gobernanza. En este sentido, la tendencia a concebir al Estado como una empresa (priorizando resultados inmediatos y criterios de eficiencia económica) puede entrar en tensión con las exigencias del poder global, que requieren estabilidad, coordinación institucional y una visión estratégica de largo plazo.


Bajo esta lógica, ciertos rasgos del liderazgo de Trump pueden leerse no solo como una respuesta al cambio del sistema, sino también como un factor que incide en su evolución. Esta dimensión interna se proyecta directamente sobre la política exterior: el poder internacional depende, en gran medida, de la capacidad de generar confianza y previsibilidad. Una política exterior errática o excesivamente transaccional puede erosionar la credibilidad de una potencia, debilitando su influencia incluso sin una pérdida inmediata de poder material.


La fortaleza global no reside únicamente en la capacidad de imponer costos, sino también en la habilidad para sostener alianzas y ofrecer un marco de estabilidad. En este sentido, el poder no solo se acumula, sino que también puede erosionarse. En paralelo, las diferencias en las políticas de apertura económica refuerzan esta tendencia. Mientras que una orientación más proteccionista tiende a limitar el dinamismo y la integración global, una apertura selectiva puede fortalecer la posición internacional de un país. Desde esta perspectiva, el crecimiento más rápido de China no implica un reemplazo automático o inmediato de Estados Unidos, pero sí una convergencia progresiva en términos de escala económica y centralidad en el sistema. Algo similar ocurre en el ámbito financiero y tecnológico si se considera que el predominio estadounidense persiste, pero comienza a volverse más relativo.


Vista en conjunto, esta perspectiva permite entender que el mundo actual no se dirige hacia una simple sucesión hegemónica, sino hacia una transición más ambigua. No hay todavía una nueva bipolaridad consolidada, pero tampoco un orden claramente multipolar. Lo que emerge es una competencia estructural entre las únicas dos potencias con alcance verdaderamente global, en la que el poder se redistribuye de manera gradual y desigual.


En este contexto, la visita de Trump a China adquiere un significado más profundo. No se trata solamente de una reunión bilateral ni de una negociación puntual, sino de la escenificación de esta transición. Para Estados Unidos, implica el reconocimiento de un rival estructural; para China, la confirmación de que el sistema internacional ha ingresado en una fase de convergencia en la que su ascenso definitivamente ya no puede ser ignorado. Más que redefinir el orden global, la cumbre revela que ese orden ya está siendo redefinido.


Por Martín Rafael López


Profesor de Relaciones Internacionales (UCALP). Especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP). Asuntos Transnacionales (FPHV).




 

"HUMAN TARGET 1"