miércoles, 21 de octubre de 2026

Trump está haciéndose cada vez más caprichoso


 

 OPINIóN 


Trump está haciéndose cada vez más caprichoso


El Presidente estadounidense trata a Putin mejor que a Zelensky, amenaza el apoyo a Ucrania. Puede abandonar a Milei si no le conviene, dejando a Argentina expuesta.


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


Revista Noticias



Donald Trump por Pablo Temes


Los miembros del círculo rojo empresarial, los liberales clásicos y otros que dan por sentado que Argentina no tendrá futuro a menos que se reconcilie con la economía de libre mercado, distan mucho de ser los únicos que sienten que, dadas las alternativas, no tienen más remedio que apoyar a un hombre al que atribuyen un sinfín de características repudiables. Algo muy similar puede decirse de los republicanos de la vieja guardia en Estados Unidos y de sus aliados ideológicos en el resto del mundo.


Como el reciente comportamiento de Donald Trump ha dejado dolorosamente claro, el presidente norteamericano carece por completo de las cualidades necesarias para desempeñar el papel del "líder del mundo libre" en la batalla que está librando contra fuerzas decididas a derribarlo, ya sean fanáticos religiosos como los iraníes, guerreros económicos como los chinos o imperialistas proclives a invadir vecinos vulnerables, como es el caso del ruso Vladimir Putin.  


¿Tiene Trump más en común con Putin, Xi Jinping y el norcoreano Kim Jong-un que con los líderes electos de los países democráticos? Ciertamente, así lo parece. Mientras que trata a aquellos con respeto, a menudo llamándolos "amigos", a los líderes occidentales los increpa habitualmente por la debilidad derrotista que a su juicio comparten.


El último en ser objeto de un ataque malicioso ha sido el ucraniano Volodymyr Zelensky, a quien, para variar, Trump califica de belicista y pide que sea reemplazado lo antes posible por alguien más dispuesto a pactar la paz con Putin, es decir, a entregar su país al dictador ruso. Parecería que a juicio de Trump, que tiene motivos de sobra para temer verse transformado a comienzos de noviembre en un “pato rengo”, Zelensky es el gran responsable del aumento de los precios del petróleo en Estados Unidos por permitir el bombardeo de  las instalaciones rusas. En un intento desesperado por complacer a votantes molestos por tener que pagar más por la nafta que consumen, llegó a decirle a Putin que Estados Unidos estaría dispuesto a importar millones de barriles de diesel procedentes de Rusia, de tal modo haciendo trizas del régimen de sanciones económicas que hace poco fortaleció el Congreso norteamericano. Y como si eso fuera poco, Trump sorprendió a todos al afirmar que, gracias a sus esfuerzos, Rusia y Ucrania dejarían de atacar recíprocamente sus sistemas energéticos; aunque Zelensky se afirmó dispuesto a respetar la hipotética tregua imaginada por Trump, los rusos pronto mostraron que no tenían el más mínimo interés en hacerlo. Según el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, “Ucrania no merece un respiro”.  


Como fue de prever, los ucranianos reaccionaron con consternación frente a lo que muchos tomaron por un ataque alevoso por parte de un supuesto aliado. La ofensiva contra la infraestructura energética de Rusia que están llevando a cabo ya ha privado a Putin de una parte significante de los fondos que necesita para mantener adecuadamente abastecidas a sus fuerzas militares y ha permitido a los ucranianos frenar sus intentos de apoderarse de más territorio.  Sin embargo, el deseo de Trump de congraciarse con los agricultores del Medio Oeste que están atribulados por el aumento del costo del combustible que necesitan pesa mucho más que el destino de Ucrania y sus habitantes.


En el mundo de Trump, la libertad de decenas de millones de personas en Europa del Este es mucho menos importante que las intenciones de voto de los estadounidenses en las semanas previas a las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre. Parecería que mucho ha cambiado en Estados Unidos desde 1961, cuando el entonces presidente J.  F. Kennedy pudo decir: “Que todas las naciones sepan, ya sea que nos deseen el bien o el mal, que pagaremos cualquier precio, soportaremos cualquier carga, afrontaremos cualquier adversidad, apoyaremos a cualquier amigo y nos opondremos a cualquier enemigo para asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad".


Para Trump, todo es personal. Como sabe muy bien María Corina Machado - ganadora del Premio Nobel de la Paz el año pasado -, nada le irrita más que verse eclipsado en el escenario internacional. Los intentos de la política más popular de Venezuela por apaciguarlo entregándole el premio noruego que él tanto codicia  - en gran medida porque lo recibió Barack Obama a inicios de su gestión -, fracasaron por completo. Es tan intenso el rencor que siente Trump que sigue prefiriendo a la chavista Delcy Rodríguez por encima de Machado. También detesta al primer ministro canadiense, Mark Carney, por atreverse a plantarle cara.


Zelensky es la víctima más destacada de la vanidad desmedida del “hombre más poderoso de la Tierra”. Sucede que a Trump le encantaría ser visto como el Winston Churchill de su generación, como el hombre que ha movilizado al mundo democrático para luchar contra los enemigos de la civilización occidental pero, para su disgusto, muchos ven al ucraniano en ese papel tan prestigioso. Para empeorar aún más la situación de Zelensky, durante un par de años contó con el pleno apoyo del entonces presidente estadounidense Joe Biden, lo que a ojos de Trump fue un pecado imperdonable. Por todo eso, Trump se esfuerza no solo por insultarlo, sino que también ha llegado al extremo de apuñalarlo por la espalda.


Como era de prever, el presunto acuerdo de Trump con Putin - uno que, huelga decirlo, le ha brindado al ruso más motivos para prolongar una guerra que amenaza con tener consecuencias catastróficas para su propio país -, alarmó profundamente a los líderes europeos. Casi todos se apresuraron a asegurarle a Zelensky que seguiría contando con su apoyo incondicional. Aunque no lo dicen abiertamente, salvo contadas excepciones coinciden con el ex primer ministro británico Boris Johnson que calificó la maniobra de Trump de “repugnante”.


De todo modos, nadie ignora que el aumento de los precios del petróleo se ha debido principalmente al conflicto entre Estados Unidos e Irán, que el propio Putin había prohibido las exportaciones de diesel por falta de suministros suficientes para satisfacer la demanda interna y, en cualquier caso, incluso si llegaran las cantidades aparentemente enormes mencionadas por Trump en sus diatribas, serían demasiado pequeñas para marcar una diferencia significante,.



Para más señas, los europeos están convencidos de que, si Putin lograra sus objetivos en Ucrania, no tardaría mucho en amenazar a otros países vecinos que en su día formaron parte del imperio soviético, empezando por los Estados bálticos, donde residen importantes minorías de habla rusa.  Si bien son miembros de la OTAN, ello no garantiza que reciban automáticamente asistencia estadounidense mientras Trump ocupe el cargo. Como se acaba de enterarse los sauditas, hoy en día ser un aliado estrecho de la superpotencia no garantiza nada; cuando manifestaron que les vendría bien algo de ayuda militar frente a los hutíes en Yemen, la respuesta inicial de Trump fue decirles que no la necesitarían porque son “buenos combatientes”. Quizás cambie de opinión tras las elecciones legislativas, pero sus vacilaciones ya han mermado la influencia de su país en el Oriente Medio que, privado de la pax norteamericana que durante varias décadas había posibilitado un simulacro de estabilidad, corre el riesgo de sumirse en el caos más absoluto.


Javier Milei debería estar muy preocupado por la disposición de su benefactor norteamericano a subordinar absolutamente todo a sus propios intereses inmediatos y a montar en cólera si alguien parece desobedecer sus órdenes. En cualquier momento, Milei podría irritarlo al hacer o decir algo que, pocos días antes, habría merecido sus aplausos. Existe también la clara posibilidad de que, si Flávio Bolsonaro derrota a Lula el 25 de octubre - tal como prevé la mayoría de los expertos en política brasileña -, él deje de ser el hombre clave de Trump en América Latina y por lo tanto podría ser descartado sin más miramientos.


Para Milei, cuyo ego es tan desmesurado como el de Trump, eso sería difícil de digerir. Y para la Argentina - que aún necesita el apoyo de Estados Unidos para protegerse de los vientos huracanados que han empezado a azotar los mercados financieros y que con toda probabilidad arreciarán en los próximos meses -, ello haría mucho más difícil la espectacular recuperación económica con la que sigue soñando. 


 Lo mismo que Milei, Trump alcanzó el poder que ejerce con tanta fruición merced a las deficiencias patentes de sus rivales, personajes como Biden y Kamala Harris, y por el hartazgo que sentía buena parte de sus compatriotas por un orden socioeconómico que los decepcionaba. Por desgracia, parecería  que los demócratas no han aprendido nada de las derrotas que  sufrieron.  En vez de procurar entender los motivos por los cuales tantos votaron por un personaje de características tan repudiables como las de Trump, los más locuaces se concentraron en denunciarlo. Así pues, los “progresistas” norteamericanos cayeron en la tentación de pasar por alto el hecho de que haya sido gracias en buena medida a sus propios esfuerzos que, en 2016 y, después de la gestión accidentada de Biden, en 2024, las circunstancias serían propicias para la elección de un demagogo vengativo como Trump.


 

Milei versus el Estado de Bienestar


 

 LA NACION > Política 


Milei versus el Estado de Bienestar


La Europa en llamas es la versión global de la caída del “Anticristo” en el sentido de Luis Caputo cuando comparó al kirchnerismo con “el infierno”


LA NACION


Luciana Vázquez



Axel Kicillof y Javier Milei por Alfredo Sábat


La oposición sueña con una ciudadanía en estado de desesperanza que vote contra Milei el año que viene. A los ojos de la oposición pero-kirchnerista y la izquierda más dura, el caos que se desató en la Marcha Federal Universitaria conectó esa calle movilizada local con las movilizaciones en Europa de este fin de semana como síntoma de un cambio inminente que está por venir. El fin de la era de la “crueldad” del ajuste, según su mirada.


Del otro lado, el Gobierno pelea con el cuchillo entre los dientes por sostener un relato de logros, aunque por ahora sean módicos, sobre todo, en cuanto a impacto en la actividad, el consumo y el salario. Las movilizaciones que se viven en las calles de Europa también alientan las certezas oficialistas, pero en sentido contrario: la crisis palpable en las principales capitales europeas como prueba del fracaso del Estado de Bienestar ya no solo kirchnerista, sino europeo y global. La Europa en llamas es la versión global de la caída del “anticristo” en el sentido de Luis Caputo cuando dijo: “El kirchnerismo es el infierno y Kicillof es el Anticristo”.


Un Estado de Bienestar deficitario e hiperregulador con efectos colaterales insostenibles, que en Europa, ahora, viviría su final, según la narrativa libertaria, y en la Argentina, ya lo vivió: Milei lo hizo.


Desde el domingo que viene, desde la elección en Brasil, se sucederá una seguidilla de elecciones claves: la de Estados Unidos el 3 de noviembre, la de España el 29 del mismo mes, la de Francia entre abril y mayo de 2027 y luego, la de Argentina, en octubre de 2027. En todos los casos, se está reescribiendo otra polarización cada vez más clara a la que apela la política de todos los colores para ordenar el sentido de la elección: Estado de Bienestar versus anti Estado de Bienestar.


El desembarco de Milei en el escenario global, luego de llegar al poder en la Argentina, va por ese lado, y en dos sentidos. Por un lado, Milei como el arquetipo de las consecuencias de todos los fracasos del Estado de Bienestar: solo la percepción de semejante fracaso por parte del votante puede haber dado piedra libre y sentido a una motosierra tan brutal como la mileísta. Por el otro, Milei como el arquetipo del giro anti déficit y anti desregulación que una parte de la dirigencia política y tecno-empresarial global ve como necesaria. Milei les ofrece el caso testigo en el laboratorio por antonomasia: una Argentina sometida por décadas a la economía estatizada e hipercerrada del “anticristo kirchnerista”.



El “yo se los dije” mileísta

¿Cómo digiere la ciudadanía los cambios estructurales que atraviesa la economía argentina? Esa incertidumbre recorre la Argentina y todavía no encuentra respuesta firme: El jueves de protestas de la semana pasada intensifica el interrogante: ¿esa calle agitada es un síntoma de un sentimiento de insatisfacción más general que circula subterráneo, o apenas una radicalización oportunista de la política más sobregirada? La duda martillea todo el tiempo. La oposición dura sigue construyendo su versión: crisis total. La oposición sueña con una ciudadanía en estado de desesperanza que vote contra Milei el año que viene.


“Nosotros miramos a la juventud en Francia, miramos a la juventud en España, que está tomando en sus manos una lucha muy importante contra el congelamiento salarial, por el derecho a la vivienda”, dijo en televisión la militante del Partido Obrero y secretaria del centro de estudiantes de Filosofía y Letras en la UBA. Una síntesis de la expectativa que la oposición radicalizada pone en un presente que muestra puntos desafiantes para el Gobierno. Pero en la Argentina, la agitación callejera por esas causas es esporádica y efímera. La insatisfacción existe, pero hoy está lejos de seguir la coreografía de las crisis económicas argentinas archiconocidas.


El oficialismo huele otros aires. Las revueltas parisinas como un espejo internacional donde el mileísmo ve la prueba contundente de la caída de una falacia, la viabilidad de la expansión infinita de derechos en base al déficit fiscal y el endeudamiento récord. Es el mundo desarrollado el que le da la razón a Milei.


“¿Reconocerán que otra vez acerté y que ellos erraron fuerte?”, tuiteó Milei el domingo, mientras París ardía. Milei retuiteó un posteo de la cuenta Escuela Austríaca de Economía que sintetizaba su posición: “Cuánta razón tenía Milei”. Incluyó un corte del discurso de Milei en Davos 2024. “Hoy estoy acá para decirles que Occidente está en peligro. Está en peligro porque aquellos que supuestamente deben defender los valores de Occidente se encuentran cooptados por una visión del mundo que inexorablemente conduce al socialismo, en consecuencia a la pobreza. (...) Nosotros estamos acá para decirles que los experimentos colectivistas nunca son la solución a los problemas que aquejan a los ciudadanos del mundo, sino que, por el contrario, son su causa”: un “yo se los dije” mileísta que le da letra al Gobierno para hacer nuevas canciones en el año electoral que ya empezó.


El Anticristo argentino

En realidad, “El kirchnerismo es el infierno y Kicillof es el Anticristo” no fue simplemente una nueva formulación del ya clásico “riesgo kuka”. Tampoco fue un concepto que conecta la visión de Milei-Caputo con una cosmovisión cristiana tradicional. El Anticristo libertario tiene otra raigambre: es la huella más clara que dejó el paso por la Argentina del tecno-magnate Peter Thiel. De Milei y Santiago Caputo a Luis Caputo y Sturzenegger, Thiel dejó marcas conceptuales en su visión del mundo.


La concepción de Thiel le deja dos temas servidos al Gobierno. Por un lado, el Anticristo como un sistema de gobernanza global que disfraza el hiper control de un Estado cada vez más poderoso y regulador con causas políticamente correctas, aprovechándose en realidad de miedos globales como la pandemia, la invasión inmigratoria, el desastre medioambiental y ahora también, el miedo a la IA.


Por el otro, el Anticristo local argentino, el Estado presente del kirchnerismo y las diversas cepas de populismo. Un Estado de Bienestar deficitario e hiper regulador con efectos colaterales insostenibles, que en ahora, en Europa, vive su final. En la Argentina, con Milei, ese final habría comenzado mucho antes: la Argentina kirchnerista, según los ojos mileístas, como el hecho cumplido del fracaso de la promesa populista que ahora también se vuelve más claro en Europa.


El director de comunicación digital en Casa Rosada, Juan Pablo Carreira, usó su cuenta de X, donde aparece como Juan Doe, para poner blanco sobre negro los males del Anticristo europeo: “Francia tiene salud pública gratuita, educación pública gratuita, semana laboral reducida de 35 horas, aborto, planes sociales para desempleo, ley de alquileres, preescolar gratuito y licencia maternal extendida, ley de paridad de género y ley de cupo trans, subsidios a la industria, al transporte, empresas de energía estatizadas, regulaciones e impuestos al carbón y las leyes ecologistas más duras del mundo. Tienen fronteras completamente abiertas, pagan reparaciones por haber colonizado otros países, y hasta viviendas gratuitas para inmigrantes. Tienen todo lo que quiere la izquierda, y aún así los zurdos salen a las calles y prenden fuego TODO. Los socialistas son insaciables. NO HAY QUE DARLES NUNCA NI UN CENTÍMETRO”.


El dueño de Mercado Libre, Marcos Galperín, alineado al máximo con el mileísmo, se hizo eco de la síntesis y retuiteó el posteo. El mundo libertario acelera la lectura del modelo Milei como en combate contra el Estado de Bienestar.


En su reciente presentación en la ONU, Milei retomó el tema del Anticristo en formato de Estado presente global, pero prefirió usar otra terminología. La mano de Santiago Caputo estuvo presente en ese discurso. No habló de “Anticristo” sino de “Leviatán burocrático”. Dijo Milei: “La ONU ha montado un Leviatán burocrático abocado a decidir cómo deben vivir los pueblos y sus ciudadanos. Esto constituye una mezcla curiosa de anarquía y tiranía, impotencia entre quienes rompen las reglas más básicas como dictaduras sangrientas y organizaciones terroristas, y un control e imposición orwellianas ante las democracias liberales que sí cumplen las normas. Lo vimos con la agenda del Nuevo Milenio. Lo vimos con la Agenda 2030, con la regulación económica, las agendas de género, el extremismo y ambiental, y la inmigración descontrolada”.


Milei fue a la tradición del filósofo inglés Thomas Hobbes, autor de Leviatán, una definición del Estado y su rol de mantener el orden y la seguridad, pero para usarlo como hace Thiel con el Anticristo: un sinónimo de Estado global que se extralimita en sus atribuciones.


El tiempo, ¿para quién juega?

Pasado vs. futuro: la percepción del tiempo político es otro factor que tiñe el diagnóstico del presente y de las chances futuras de la oposición y del Gobierno. Se deriva de esa supuesta batalla contra el Anticristo colectivista que busca marcar el final de los tiempos políticos “colectivistas” conocidos.


Es clave para la oposición dura y su mirada electoral: el pero-kirchnerismo se esfuerza en creer y hacer creer que el mileísmo ya es pasado. Que el Estado de Bienestar vuelve a estar de moda, resurge detrás del humo de las revueltas y el mileísmo es un interregno que ya fracasó, cuando todavía le falta un año. Sólo el sueño de la caída de Milei le puede dar algo de nafta a un frente político huérfano de conducción y de proyecto viable, al menos por el momento.


En cambio, el Gobierno busca oxígeno y desplaza hacia un futuro más indefinido el cumplimiento de su visión, los frutos de otra Argentina potencia, la libertaria. La nueva estrategia es invocar a un votante, el de 2027, que vote con ojos de viajero del tiempo instalado en un futuro prometedor, treinta años adelante, 2057, por ejemplo, cuando al fin se noten todos los efectos de los cambios estructurales de la experiencia mileísta en el poder que hoy, todavía, pueden pasar inadvertidos.


El domingo, en una columna en LA NACION, Federico Sturzenegger se esforzó por tejer esa trama narrativa y corrigió el pronóstico de la bonanza mileísta: 2035, cuando el boom exportador de energía de la Argentina alcance picos históricos o todavía más allá, en treinta años, cuando el espejo retrovisor pueda apreciar mejor los efectos del reformismo del laboratorio Milei: “La presidencia de Javier Milei será recordada, no tanto por cómo transformó su presente, sino por cómo le dio al país la oportunidad de un futuro”, augura Sturzenegger.


Al Gobierno ya no le alcanza con vender un futuro próximo de plenitud, los mejores dieciocho meses que prometió Luis Caputo en abril, y que por ahora no asoman. En Washington, Milei también extendió el cheque del tiempo necesario: primero, puso como condición ratificar el rumbo el año que viene, ganando las elecciones; recién después: “la Argentina volverá a transitar el camino de la grandeza”.


Informales, ¿a favor o en contra?

Bajo el paraguas de la polarización Estado de Bienestar - anti Estado de Bienestar, se da la batalla de interpretaciones en torno a otro tema central que define cada vez más el modelo Milei: el crecimiento de la informalidad en la Argentina. Para la oposición, es la señal de un futuro oscuro de pérdida de derechos laborales, precariedad en el planeamiento de la vida e inmovilidad social. Un Estado regulador que se ausenta, con los peores efectos.


Para el oficialismo, es un síntoma de los caminos de la libertad. En esa ecuación, la nueva mentalidad laboral dejaría afuera al Estado como el salvador y abrazaría una liberación de la manipulación de la política: según el Gobierno, el trabajador informal implicaría la aceptación racional de una escala de vida acorde con los ingresos, sin esperar la licuación inflacionaria y planes platita que empujen un consumo ficticio. El ingreso de la conciencia del trabajador a la mieles de una libertad humilde, pero libertad al fin frente al clientelismo político-electoral.


El secretario de trabajo Julio Cordero lo resumió en el Congreso con otras palabras: “Hay personas que no quieren trabajar en relación de dependencia y prefieren ser monotributistas y tener la libertad de trabajar por cuenta propia”.


Hay mucho riesgo en esa interpretación oficialista. Es cierto que el Gobierno de Milei cuenta con una ventaja estructural: una organización económica, global, que le dio a la economía de las aplicaciones un protagonismo desconocido por la política de las últimas décadas.


El Estado anti Bienestar de Milei cuenta con el amortiguador protector ante el desempleo: la pérdida de empleo formal que haría crecer el desempleo se deriva hacia el autoempleo de las aplicaciones. Con eso, la política opositora se queda sin nafta para agitar la calle, y la calle permanece tranquila aún en los diciembres que traen memorias de crisis argentina.


Pero no está claro cómo se experimenta realmente esa informalidad de nuevo cuño. Y esa percepción de los nuevos informales, exformales, es determinante de las expectativas futuras: influirá en el voto 2027. Si el votante informalizado a la fuerza percibe la informalidad como una oportunidad para el cuentapropismo autogestivo, como sueña el mileísmo, o si se lo vive como una jaula sin esperanzas que se liberará de esos barrotes votando contra el Gobierno en 2027.


Esas opciones quedan ocultas bajo el dato del crecimiento de informalidad que cada uno, oficialismo y oposición, leen en su favor. ¿Una cámara de eco propia que nadie sabe cómo va a quedar desmentida por la realidad?


El jueves de la protesta universitaria, cuando se esperaba el debate en el Congreso por el DNU 70/2023, que no llegó, Juan Grabois planteó abiertamente: “Si el Parlamento está en silencio, que grite la calle”. La calle o las urnas: ¿dónde se ordenan las preferencias de la sociedad?


Por Luciana Vázquez


 

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