jueves, 1 de octubre de 2026

Por qué los mercados no se dejan seducir por Milei


 

 OPINIóN 


Por qué los mercados no se dejan seducir por Milei


A las turbulencias mundiales se suman las dudas sobre si el libertario puede liderar un proyecto a largo plazo. El regreso del peronismo y los errores propios


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)



Javier Milei por Pablo Temes


Si nos guiamos por algunas estadísticas publicadas recientemente, los optimistas que creen que, siempre y cuando la Argentina siga respetando unas normas fiscales básicas, logrará superar sus dificultades actuales y prosperar lo suficiente como para convertirse en un tigre latinoamericano, están perdiendo la batalla que libran en los mercados financieros internacionales contra los numerosos pesimistas que siguen convencidos de que ya es demasiado tarde para que el país experimente una auténtica revolución cultural.



Hasta ahora, han fracasado los esfuerzos de Javier Milei por persuadir a los inversionistas de que, por fin, gracias a su liderazgo Argentina logrará desmantelar los numerosos obstáculos que le impusieron gobiernos anteriores y que, por lo tanto, les convendría respaldarlo. Según los informes, quienes están en condición de determinar el destino de miles de millones de dólares encuentran las perspectivas que les ofrecen Perú, Chile y Brasil mucho más atractivas que las de esta parte del mundo.


El motivo de la imprevista pérdida de confianza en el futuro de la Argentina es tema de debate. Algunos creen que el repentino e inesperado desplome de la calificación crediticia del país se debe principalmente a la situación mundial, que claramente ha entrado en una fase turbulenta donde los países débiles se verán sacudidos por los mercados. Otros lo atribuyen a las dudas sobre las posibilidades de Milei de ganar las elecciones presidenciales del próximo año y al riesgo de que sea reemplazado por alguien como Axel Kiciloff. En Nueva York, el aspirante a liderar el peronismo se esforzó por asustar a los inversores en potencia; parecería que, al convencerlos de su propia incapacidad para entender la gravedad de la situación en que se halla el país, logró hacerlo.


Nos guste o no, la "amenaza kuka" de la que habla Luis Caputo dista de haber desaparecido por completo. Es que los kirchneristas cuentan con un aliado valioso; el presidente Milei, cuya habilidad para convertir en enemigos acérrimos a quienes de otro modo lo apoyarían está haciendo aún más difícil que convenza a los mercados de que Argentina realmente está dejando atrás un pasado terriblemente decepcionante. Sus ideas pueden ser radicalmente diferentes a las de muchos miembros de la clase política establecida que siguen aferrándose a versiones del corporativismo, pero su comportamiento personal es, si cabe, aún peor. No inspira confianza. Tampoco ha ayudado la decisión de reanudar la guerra de palabras con el Reino Unido acerca de Malvinas: puede que sólo haya sido una coincidencia que, a partir de su transformación en un militante furibundo de la causa irredentista, el índice riesgo país se desplomó, pero no cabe duda de que contribuyó a difundir la impresión de que la Argentina no ha cambiado tanto como el gobierno quisiera hacer pensar.


De todos modos, una consecuencia del desprecio de Milei, al estilo de su aliado Trump, hacia la prensa tradicional ha sido una marcada tendencia de ésta a llamar la atención a los efectos negativos de sus políticas. Subrayarlos es totalmente legítimo, pero fomenta el pesimismo sobre las perspectivas del proyecto de reconversión que está impulsando el libertario, el cual, para funcionar, dependerá de la voluntad popular de aceptar que, de no tener éxito, el futuro no sólo del país en su conjunto sino también aquel de cada uno será extremadamente sombrío.


Durante mucho tiempo, parecía que por lo menos la mitad del electorado estaba convencida de que, en vista del fracaso de todas las alternativas y los desastres protagonizados por tantos gobiernos anteriores en nombre de “la justicia social”, no quedaba más opción que la planteada por el capitalismo liberal, pero sucede que algunos, desanimados por la conducta errática de Milei, ahora tienen dudas. Si muchos llegan a compartirlas, será un presidente de un solo mandato.


¿Está Argentina a punto de experimentar una recesión en toda regla? Los indicios son ominosos. Por mucho que Milei trate de minimizar dicha posibilidad, los números disponibles hacen pensar que es más que probable que la economía se achique en los meses próximos. Por supuesto, se puede señalar que era prácticamente inevitable que la actividad económica se ralentizara por un rato hasta que el antiguo “modelo” que el gobierno pretende demoler resultara ser debidamente reemplazado por el esquema nuevo y muy diferente que tiene en mente, pero entender que algo así tuvo que ocurrir no sirve de consuelo para los muchos que de repente se han encontrado en un entorno que les resulta desconocido y temen acabar entre los muchos perdedores de la lucha darwiniana que ya ha comenzado. Por desgracia, todos los sistemas que se han ensayado a través de los siglos benefician a algunos y perjudican a otros, razón por la cual hasta los cambios más positivos suelen ser traumáticos para quienes tardan en adaptarse.  


Durante muchas décadas, Argentina se ha visto dominada por los convencidos de que la gente común merece ser protegida de la crueldad que, según ellos, caracteriza al capitalismo y que, al institucionalizar la competitividad, el libre mercado es intrínsecamente perverso. Estas actitudes son reivindicadas no sólo por quienes se ubican en la franja izquierdista del abanico ideológico. Las comparten muchos conservadores. Para frustración de personas como Milei, aunque los políticos que se presentan como tribunos del pueblo y afirman estar decididos a proteger a los vulnerables de los que buscan explotarlos solo han conseguido empobrecer a amplios sectores de la población, su forma de pensar no ha perdido su atractivo.


La alientan los voceros de Iglesia Católica Romana que, hacia finales del siglo XIX, ideó su propia versión de la socialdemocracia en la encíclica Rerum novarum (Sobre las cosas nuevas) del Papa León XIII.  Dado que el pontífice actual, León XIV, comparte las opiniones sociales y, por lo tanto, políticas del hombre cuyo nombre papal adoptó, Milei espera su próxima visita con inquietud; es consciente de que los líderes de la oposición harán lo posible por aprovechar el fervor religioso que generará para atacarlo por su compromiso con lo que la Iglesia Católica suele llamar “el capitalismo salvaje”. Para complicar aún más las cosas, Milei toma sus creencias religiosas que, por decirlo de algún modo, son llamativamente heterodoxas a ojos de los católicos, mucho más en serio que la mayoría de los demás políticos; al igual que al vicepresidente estadounidense J. D. Vance, le resultará difícil resistir la tentación de entablar un debate teológico con el obispo de Roma.


Asimismo, como un firme partidario de Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, Milei no puede sino discrepar con la postura frente al conflicto en el Oriente Medio de León XIV, quien, lo mismo que su antecesor Francisco, a menudo parece estar mucho más preocupado por los sentimientos de los islamistas que por la trágica situación de los cada vez menos cristianos que aún permanecen en los países mayoritariamente musulmanes que, por cierto, no se destacan por su tolerancia hacia los “infieles”; pocos días transcurren sin que nos recuerden que el multiculturalismo es un fenómeno exclusivamente occidental.


Milei se considera un hiperrealista que desprecia las ilusiones sensibleras que, en su opinión, arruinaron a la Argentina y han perjudicado gravemente a muchos otros países. Su famoso eslogan, “no hay dinero”, reflejaba dicha actitud y, durante varios meses, contribuyó en gran medida a convencer a la gente de que, por fin, Argentina tenía un presidente dispuesto a afrontar la cruda realidad.


Sin embargo, últimamente Milei ha mostrado indicios de estar tan dispuesto como aquellos a quienes desprecia a subordinar la verdad a sus propias ideas preconcebidas. Como muchos presidentes anteriores, le gustaría que la gente pensara que, gracias a su gestión, la economía ya ha comenzado a crecer a un ritmo vertiginoso. Puesto que no es así, fingir lo contrario resulta contraproducente para un político cuyo ascenso al poder se debió en gran medida a su disposición a arriesgarse a perder popularidad al decir la verdad sobre la situación económica del país y, al hacerlo, advertir a la población que debía prepararse para un largo período de austeridad.


Durante un tiempo, esto funcionó, pero después de tres años la gente empieza a impacientarse. Esto se debe en parte a que, como se señala con frecuencia, el rápido crecimiento registrado por sectores del campo y las industrias extractivas de las provincias andinas aún no ha beneficiado a los habitantes del conurbano bonaerense y otras zonas deprimidas que dependen más del capital humano que de la comercialización de recursos naturales. Que éste sea el caso ha de ser motivo de preocupación. En la utopía libertaria de los sueños de Milei, el motor principal de la prosperidad que promete no será producto de la suerte geológica sino de la inteligencia y, para citar a John Maynard Keynes, los “espíritus animales” de los argentinos.  Si no logra estimularlos, el nuevo “modelo” que está procurando construir se asemejará mucho al peronista en que el campo suministraba los fondos que otros sectores, como el industrial, necesitaban para sobrevivir ya que no estaban en condiciones de competir con sus equivalentes del mundo desarrollado.


 

HUMOR DIARIO


 


 

Una elección de dimensión global


 

 LA NACION > Política 


Una elección de dimensión global


Las urnas de Brasil son el campo de batalla del conflicto universal entre los Estados Unidos y China; el odio como motor de la vida pública llegó también a un país cuya sociabilidad siempre fue fóbica al conflicto


LA NACION


Carlos Pagni



Lula da Silva, Javier Milei y Flávio Bolsonaro por Alfredo Sábat


Una de las grandes mutaciones de la política internacional bajo el impulso de Donald Trump es el intento de reordenar el mundo a partir de zonas de influencia. De nuevo América sería para los americanos. O para los norteamericanos. El sueño del presidente James Monroe. La recreación de esta hegemonía es conocida ahora como “Doctrina Donroe”. En esta nueva guerra fría, el continente debe ser reconocido como un dominio de Washington. O como un área de exclusión para China. La propuesta tiene un defecto. Sin un alineamiento de Canadá, México y Brasil con los Estados Unidos, el experimento es una mueca de lo que pretende ser. Esta es la razón por la cual las elecciones a las que concurrirán el próximo domingo los brasileños para elegir a su presidente tienen una dimensión global.


Javier Milei intervino en esa campaña a favor del opositor Flávio Bolsonaro. Insultó a Lula da Silva y al juez Alexandre de Moraes, que tiene preso al expresidente y padre del candidato, Jair Bolsonaro. Lo hizo levantando mucho la voz, para que se escuche en la Casa Blanca. Trump fue muy elocuente en su apoyo a Bolsonaro. Tuvo una intervención explícita en el proselitismo, que se lanzó de manera extraoficial el último 26 de mayo, con una foto de él con los hermanos Flávio y Eduardo Bolsonaro en el Salón Oval. Después de la incursión de Milei habló alguien que suele estar callado. Xi Jinping reclamó que en las elecciones brasileñas no haya interferencias externas. Xi, que no se pronuncia ni por lo que sucede en Medio Oriente, salió en defensa de su amigo Lula. De nuevo: las urnas de Brasil son el campo de batalla del conflicto universal.



La oposición busca forzar una sesión especial en contra del DNU de Milei que habilita la venta de tierras a extranjeros

Todas las encuestas vaticinan dos escenarios. Que la competencia está empatada. Y que no se resolverá en la primera vuelta. Para que se despeje la incógnita habrá que esperar al 25 de octubre, fecha para la que está previsto el balotaje.


Los bolsonaristas se ilusionan con que esa paridad es engañosa. Alegan que los números no tienen en cuenta los volúmenes de abstención que se pueden registrar en el nordeste del país, territorio tradicional del PT. Admiten también que a muchos ciudadanos que detestan a Lula les da vergüenza confesar ante los encuestadores que votarán por Bolsonaro. Un gesto autocrítico que hay que agradecer. Expertos ligados al oficialismo reconocen que en esos argumentos puede haber algo de cierto.


Los mismos analistas cercanos al PT exponen las razones por las cuales Lula puede tener un domingo más feliz que el que se prevé. La principal: hay tres candidatos ajenos a la polarización principal que restan votos a Bolsonaro. Son Augusto Curi, Ronaldo Caiado y Renan Santos. Todos son de derecha. Curi registra una intención de voto superior al 5%. Caiado y Santos, 4% cada uno. ¿Existe alguna posibilidad de que esas propuestas mejoren su performance? Si, además, los que detestan al PT pero se avergüenzan de Bolsonaro, no van a votar, ¿Lula podría ganar en primera vuelta? La respuesta de un integrante del gabinete de Lula: “Es dificilísimo, pero la probabilidad no es cero”.



¿Qué acciones de campaña pueden alterar el paisaje dominante? Lula tomó una medida sorprendente destinada, sobre todo, al electorado femenino. Prohibió, de un plumazo, las apuestas on line ligadas a competencia deportivas. En Brasil, como en los Estados Unidos, está demostrada la perversa relación entre esas prácticas y la expansión del endeudamiento familiar. Los entendidos en marketing aseguran que las que más sufren el drama son las esposas, o las madres.


El proselitismo brasileño se ha vuelto muy sucio. Como nunca antes. Un rasgo que hace juego con una política híper polarizada. Es el signo de los tiempos. El odio como motor de la vida pública llegó también a un país cuya sociabilidad siempre fue fóbica al conflicto. En las últimas semanas quedaron enchastrados el hijo mayor del presidente, Fábio Luis Lula da Silva, Lulinha. Se lo acusa de utilizar sus contactos dentro del gobierno para favorecer a empresas privadas, entre otras, una proveedora de productos elaborados con cannabis para el Ministerio de Salud.


Fávio Bolsonaro también tiene el sueño alterado. Anteayer apareció un exsocio suyo que está tan despechado como para publicar intimidades de la vida sexual del candidato, sobre todo en relación con redes de prostitución. Para el representante de una corriente que hace de la moral individual el eje mayor de su discurso, puede significar una erosión.


Al mismo tiempo que se filtraban pormenores del sótano del candidato de la derecha, las redes viralizaron una información falsa: que, si ganaba Bolsonaro, Nuestra Señora de la Concepción Aparecida dejaría de ser la patrona de los brasileños. El dato es apócrifo. Pero hay razones que le dan verosimilitud. Bolsonaro dijo, en agosto pasado, que “si yo llego a ser presidente, uno de mis primeros actos de gobierno será disponer que Brasil es de Nuestro Señor Jesucristo”.


Una peculiaridad principal de la política brasileña de los últimos 20 años ha sido el avance de los evangélicos en el juego del poder. Se trata de una corriente religiosa que condena como idolatría a cualquier devoción que no sea la de Jesucristo. Muchos memoriosos exhumaron en estos días las imágenes televisivas del pastor Sérgio Von Helder, que en 1995 pateaba e insultaba ante las cámaras una imagen de la Aparecida. Nossa Senhora da Conceição Aparecida es el equivalente brasileño de Nuestra Señora de Luján. Quiere decir que, cuando Bolsonaro afirmó que con él Brasil sería sólo de Jesucristo, tocaba un nervio subliminal que el PT aprovechó para dañarlo.


Con independencia de esta polémica, el alineamiento religioso se ha convertido en una gran línea de clasificación de la política brasileña. Un 35% de la población de Rio de Janeiro hoy se identifica como evangélico, contra un 30% de católicos. Los evangélicos son la base más sólida de los Bolsonaro. Y están caracterizados por una condición particular: los pastores son decisivos para el voto de sus feligreses. Hace pocas semanas, de visita en Buenos Aires, una de las funcionarias encargadas de monitorear en el interior de Brasil el correcto funcionamiento del programa Bolsa Familia, equivalente a la AUH argentina, relataba: “En muchas localidades se repite que hay gente que agradece al gobierno y a Lula la ayuda que les llega, pero aclaran: ‘Igual voy a votar por Bolsonaro porque me lo indica mi pastor’”. Este testimonio indicaría que hay un “voto evangélico”, así como no hay un “voto católico”. Es una ventaja invalorable para el candidato de la derecha, ya que la religión le permite llegar a regiones y a clases sociales a las que tal vez no llegaría con su prédica profana.


Sobre el comando de campaña del PT aletea un fantasma muy de época: el temor a que la elección del domingo sea cruzada por intervenciones externas a través del sistema digital. El pasado reciente garantiza que esos vicios existen, en especial en la ultraderecha brasileña. Las fechorías electrónicas de Fernando Cerimedo a favor de Bolsonaro padre fueron investigadas por la Justicia. Cerimedo, quien admitió comandar un ejército de trols, fue después un tentáculo de Santiago Caputo, el “Mago del Kremlin”. En los últimos meses saltó a la fama por la sospecha de que podría haber mandado a asesinar, en Bolivia, a su exnovia embarazada. Su prontuario llegó la semana pasada a The Washington Post, donde se lo retrató como un impulsor del movimiento MAGA en América Latina. Minucias. El ejército de Cerimedo hoy es una patrulla de boy scouts frente a los servicios que puede prestar un gigante de la manipulación como Peter Thiel y su imperio, Palantir. Prestar atención a Elisa Carrió.


Cuando alertó sobre injerencias foráneas, ¿Xi hablaba de la retórica de Milei o de ese aparato tecnológico al servicio de Trump? ¿Los chinos no teclean también sobre su propia consola? ¿O eso es sólo cosa de rusos? Los sentimientos persecutorios de los colaboradores de Lula se alimentan con un antecedente, que es éste: el presidente de los Estados Unidos afirmó que “todos los candidatos que he apoyado en América Latina han ganado”. ¿Está decidido a hacer cualquier cosa para que esta ley se siga cumpliendo? Tal vez no. En las últimas semanas Trump ya no se ha refierido al torneo brasileño. Y al hablar con un banquero amigo que opera en Brasil le reconoció: “Yo respeto mucho a Lula”. Ante el mismo banquero, que comentó su charla en una reunión informal en San Pablo, Trump confesó su curiosidad por saber si Milei va a reelegir.


El silencio de Trump frente a la confrontación entre Lula y Bolsonaro quizá esté alimentado por su propia peripecia. Con los números muy pero muy justos para las elecciones legislativas del 3 de noviembre, al líder republicano tal vez no le convenga para nada inocularse el resultado de una competencia ajena.


Esto no significa, ni mucho menos, que un cambio de gobierno en Brasil no modificará la política exterior de ese país. Más todavía si se confirman las versiones que anticipan que el canciller de Fávio Bolsonaro sería su hermano Eduardo, el más próximo a Mar-a-Lago de toda la familia.


Con perdón de la insistencia: en el tablero brasileño se juega un ajedrez global. Pero esto no quiere decir que un giro pro Trump significará una desconexión de China. Por varios motivos. Uno es que entre los sectores que apoyan a Bolsonaro está el agropecuario, muy entrelazado con la economía asiática. Además, un conflicto con Pekín implicaría una decisión impensable, que ni a Jair Bolsonaro se le ocurrió durante su mandato: retirar a Brasil del grupo Brics. Por otra parte, la economía del país está cada vez más conectada con inversiones chinas. Aquí hay una novedad: la presencia de esos capitales no se reduce a obras de infraestructura ni a proveer importaciones. Dada la dimensión del mercado brasileño, muchas compañías chinas se están radicando allí para producir sus manufacturas y venderlas en todo el Mercosur. Es el caso de la automotriz BYD, que estableció una planta en el estado de Bahía para ofrecer desde allí sus vehículos a los compradores domésticos, a la Argentina y a México. Great Wall Motor compró la fábrica de Mercedes-Benz en Imacerápolis, San Pablo, con una capacidad de producción de 50.000 unidades al año. Midea, dedicada a los electrodomésticos, se estableció en Minas Gerais con la mirada puesta en toda la región.


“No tengo por qué meterme”: incomodidad en el Gobierno por el fallo de la Corte que habilita la venta de tierras a extranjeros

Los comicios del próximo domingo cobijan interrogantes y lecciones para la Argentina. Una incógnita elemental: ¿a Milei quién le conviene que gane? Parece una pregunta desvariada. Es amigo de los Bolsonaro e hizo campaña por Fávio. Sin embargo, un gobierno de ultraderecha en Brasilia puede representar un eclipse para un gobierno de ultraderecha en Buenos Aires. En especial si uno lee el mapa con la mirada ultra pragmática de Trump. El presidente de Brasil tiene una presencia internacional derivada de la dimensión de su país. Cualquiera sea su credo ideológico. Ejemplo: en la última Asamblea General de la ONU, la semana pasada, Lula tuvo 20 encuentros bilaterales de máximo nivel. Milei se vio sólo con Benjamin Netanyahu, quien tampoco está hoy tan socializado.


El juego de deseos también es paradójico si se lo mira desde la izquierda. Es obvio que a Cristina Kirchner la alegrará una victoria del PT. Aun cuando esa afinidad quedó rasguñada por la predilección de Lula por Alberto Fernández. Sin embargo, ella estará muy atenta a un experimento: en qué medida se realizará el prodigio de la transferencia de votos de Bolsonaro, impedido de postularse por una sentencia penal, a su hijo. Hasta ahora ese traspaso parece cumplirse. En cambio Lula no logró en su momento llevar al poder, desde la cárcel, a Fernando Haddad, su actual ministro de Economía. Es una cuestión crucial para La Cautiva, que sigue buscando el poder con la obstinación de siempre, aun desde el encierro. ¿Es también una cuestión crucial para Máximo, su “Flávio”?


El problema de la señora de Kirchner encierra un mensaje más amplio para el desempeño de la democracia en América Latina. La corrupción ha avanzado tanto en la región, que desborda el campo moral y económico hasta introducir una distorsión en el sistema. Es saludable que la Justicia sea capaz de sancionar a figuras poderosas como Lula, Bolsonaro o Cristina Kirchner. Pero la sanción, siendo correcta, introduce un problema delicado: masas enormes de votantes pierden la posibilidad de elegir a su candidato favorito. Quiere decir que la corrupción termina, por imperio del circuito institucional, provocando un agujero negro en la legitimidad del poder. Es un problema no sólo difícil de ser resuelto. Es difícil de ser pensado.


Habría que esperar que la relación bilateral con Brasil se normalice, cualquiera sea el desenlace del proceso electoral. El embajador de Lula en Buenos Aires, el talentoso Julio Bitelli, sigue en su país, con miedo de volver. ¿A qué se debe ese temor? Muy lógico: a que, si una vez que reasume sus funciones, Milei vuelve a insultar a Lula, la reacción ya no será que lo llamen “en consulta” a Itamaraty, la cancillería brasileña. El paso siguiente, en esa instancia, es romper la relación. Si el próximo presidente es Bolsonaro, el vínculo se reconstituirá. Habría que suponer que lo mismo sucederá si hay cuatro años más de Lula. Brasil y la Argentina están condenados a estar unidos por millones de años. Es la determinación inflexible de la geografía.


Por Carlos Pagni


 

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