viernes, 13 de marzo de 2026

¿Puede Milei decidir las alianzas estratégicas del país en solitario?











¿Puede Milei decidir las alianzas estratégicas del país en solitario? 


¿Es institucionalmente correcto que un presidente tome decisiones fundamentales de política exterior sin consultar al Congreso ni promover un debate genuino con expertos y actores claves de la sociedad civil?


La Nacion


13 marzo 2026


Sergio Berensztein



Javier Milei por Alfredo Sabat


¿Es institucionalmente correcto que un presidente t o me decisiones fundamentales de política exterior sin consultar al Congreso ni promover un debate genuino con expertos y actores claves de la sociedad civil? No se trata de evaluar la calidad ni la pertinencia de esas decisiones, sino de indagar si existen los frenos y contrapesos para evitar que decida alianzas, alineamientos o hasta la participación en conflictos bélicos, con consecuencias de enorme importancia y de largo plazo, en función de sus valores, intereses y visión del mundo, comprometiendo así la reputación y el destino del país. La presidencia es la institución fundamental de nuestro sistema político (de hecho… ¡el Poder Ejecutivo es unipersonal!), pero cada presidente como individuo está de paso y solo tiene una influencia temporal. Sin embargo, como acumulan tanto poder, algunos se confunden y creen que pueden “eternizarse”. Más temprano que tarde, descubren la profundidad del enigma planteado por Vox Dei: “¿De qué vale ganar, si después perderé?”.


La cuestión central reside en los precedentes que se generan como consecuencia de este hiperpresidencialismo: el día de mañana alguno de sus sucesores podría aprovechar para tomar una decisión igualmente discrecional aunque con un contenido ideológico o con un argumento diferente, siempre aludiendo a entelequias ambiguas como el “interés nacional”. De acuerdo con la Constitución, las facultades del primer mandatario en política exterior incluyen la firma de tratados y la declaración de guerra –en ambos casos con aprobación del Congreso–, la representación del país en organismos internacionales y reuniones diplomáticas y el nombramiento de embajadores, esto último con aprobación del Senado. En caso de recibir un ataque, puede repelerlo sin consultar al Parlamento, pero debe informar de inmediato sobre sus acciones.


El fin de semana pasado, antes de ser el protagonista excluyente de la Argentina Week en Nueva York, Milei participó del lanzamiento de una novedosa iniciativa de seguridad hemisférica liderada por Estados Unidos: Escudo de las Américas. Un acuerdo multinacional de cooperación militar anunciado por Donald Trump durante una cumbre con líderes de Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago, además de la Argentina. Brasil, México y Colombia, los tres países de mayor población del continente luego del anfitrión, no fueron convocados. Tampoco Canadá, el de mayor extensión. El programa, elaborado hace tiempo por iniciativa del Pentágono en colaboración con gobiernos afines, incluido el nuestro, busca coordinar esfuerzos militares y de seguridad entre las naciones participantes para combatir organizaciones criminales transnacionales, en particular los carteles de la droga que operan en el continente. Según Trump, la iniciativa, también conocida como “Coalición Anticarteles de las Américas”, implicaría compartir inteligencia militar y coordinar operaciones para localizar y desmantelar las redes de estas organizaciones criminales: los Estados miembros pueden solicitar asistencia a sus socios para combatir la infraestructura y las rutas de tráfico. Para algunos observadores, es una manera de legitimar y sumar aliados al inédito patrullaje y eventual hundimiento de embarcaciones presuntamente ligadas a los carteles de la droga, en aguas internacionales tanto del Pacífico como del Caribe. A propósito, Trump designó representante ante esta iniciativa nada menos que a Kristi Noem, la más que polémica extitular de la cartera de Seguridad Interior (Homeland Security), de la que depende la policía migratoria (ICE), involucrada en escandalosos hechos de violencia contra ciudadanos norteamericanos y en excesos y aberraciones sin precedentes contra indocumentados e inmigrantes legales. Trump acaba de despedirla de su gabinete ante el riesgo de juicios políticos debido a una rebelión de legisladores, incluidos los de su partido, que se agravó ante revelaciones de gastos multimillonarios en campañas publicitarias que la tenían como protagonista. Observadores independientes interpretaron que esa designación implica cierto desdén por este acuerdo cooperativo, que de todas formas será coordinado por el propio Pentágono.


¿Es esto congruente con la normativa vigente en materia de seguridad interior y de defensa? Según Miguel A. Toma, experto en la materia con larga trayectoria pública, “las FF.AA. solo están autorizadas a realizar tareas de apoyo logístico y de colaboración muy parcial con las fuerzas de seguridad”, con lo cual habría que modificar varios artículos del actual acer vo institucional. Otros analistas consideran que puede tratarse de una excelente oportunidad para actualizar esas leyes en función de la compleja problemática actual, donde la amenaza de las redes de crimen organizado representa un desafío de primer orden a la seguridad nacional y regional. Por su parte, Juan Battaleme, exsecretario de Defensa durante la gestión de Luis Petri, considera que este acuerdo no requeriría en principio de cambios institucionales, pues se trata de una cooperación técnica “similar a la que realizan los cascos blancos”. Pero coincide en que sería positivo aggiornar las leyes en función de las nuevas amenazas, aprovechando la correlación de fuerzas surgida de los últimos comicios.


Al igual que en otras áreas de política pública, en política exterior la Argentina tuvo, en las últimas décadas, un recorrido errático. Las relaciones carnales con EE.UU. en la época menemista viraron a vínculos no menos íntimos con Cuba y Venezuela durante el kirchnerismo, que derivaron en el memorando de entendimiento con Irán, el mismo país que hoy Milei califica de “enemigo” por su involucramiento en los atentados a la AMIA y a la embajada de Israel, nada menos que en el contexto de la operación militar Furia …pica, cuyo desarrollo entró en una meseta de incertidumbre que obsesiona a la comunidad internacional. Vale recordar el extraordinario esfuerzo y la expectativa generada en torno a la Cumbre del G-20 realizada en Buenos Aires en noviembre de 2018, una organización ya por entonces poco relevante que quedó diluida a partir de la invasión de Rusia a Ucrania. La reedición actualizada de la Historia de las zonceras argentinas, genial obra de Jauretche, tendrá en su cuadro de honor la insólita propuesta de Alberto Fernández a Vladimir Putin para que nuestro país sirva como entrada para Rusia en Latinoamérica… ¡a seis décadas de la crisis de los misiles! Esta dinámica pendular profundiza la ausencia de reglas claras y estables, fruto de desacuerdos permanentes sobre las formas y los contenidos de la política: la Argentina carece de una estrategia de desarrollo. Esto, siempre costoso para el país, empeora en un entorno como el actual.


El Gobierno se empeña en repetir, como ocurrió en Nueva York, que “esta vez será diferente”, por el hecho de haber logrado un tenue equilibrio fiscal y de estar en vísperas de un boom exportador. Sin embargo, sigue incrementando nuestro peor déficit, el político, e ignora lo importante: lograr acuerdos amplios y sustentables para definir un entorno de reglas del juego avaladas y respetadas a lo largo del tiempo, mientras se evitan el internismo, las peleas absurdas y los inexplicables ataques a empresarios.


Finalmente, y al margen de preferencias y valores de este analista… ¿Se siente un ciudadano argentino promedio identificado hoy cuando Milei dice “vamos a ganar esta guerra”? ¿Avala nuestra sociedad la decisión del Presidente de involucrarse en este conflicto? ¿Está de acuerdo con este vínculo estratégico con EE.UU. e Israel? Y, fundamentalmente… ¿está dispuesto a pagar los eventuales costos que esto puede llegar a producir?

"Novaro: Batman 16"

jueves, 12 de marzo de 2026

Promesas sobre el bidet: el plan del Gobierno es inconsistente en lo cambiario, monetario y fiscal





















COLUMNISTAS 


Opinión


Promesas sobre el bidet: el plan del Gobierno es inconsistente en lo cambiario, monetario y fiscal


Diego Giacomini *


Diario Perfil



Javier Milei por Pablo Temes


Un plan económico se considera dinámicamente inconsistente cuando los beneficios inicialmente previstos no se materializan y, al mismo tiempo, los costos asociados persisten para la población. En este contexto, las políticas económicas suelen fracasar, lo que puede derivar en dos situaciones: en primer lugar, la realidad obliga al Gobierno a modificar el plan; en segundo lugar, ante el fracaso y por interés propio, el Gobierno decide unilateralmente cambiar su política económica.



De acuerdo con E2 (Economía & Ética), la política económica de Javier Milei muestra inconsistencias en lo cambiario, monetario y fiscal. Las áreas cambiaria y monetaria están conectadas y sus problemas surgen rápido, mientras que lo fiscal tarda más en manifestarse. Las inconsistencias cambiaria y monetaria ya han surgido varias veces, pero la inconsistencia fiscal permanece oculta y aparecerá más adelante.


La inconsistencia dinámica de la política cambiaria se refleja en sus múltiples modificaciones recientes: pasó de un crawling peg del 2% a uno del 1%, luego a bandas Milei/FMI y finalmente a un ajuste por inflación. Esta inestabilidad también se observa en la necesidad recurrente de intervenciones temporales para sostener el dólar, como liquidaciones privadas, blanqueos, carry trade, asistencia del FMI, baja transitoria de retenciones, intervención externa y swaps de divisas. Además, el carry trade es inherentemente inconsistente, ya que implica una futura caída en la demanda de dinero y un aumento en la demanda de dólares, lo que a largo plazo genera presión sobre el tipo de cambio y acelera la inflación.


La política monetaria experimentó cuatro cambios en dos años: pasó de ser altamente contractiva (de diciembre de 2023 a junio de 2024) a extremadamente expansiva (de julio de 2024 a julio de 2025), y luego implementó un fuerte ajuste monetario (de agosto a diciembre de 2025), con aumentos en los encajes, suba de tasas de interés y caída de los agregados monetarios en términos reales. A partir del primer día de este año, la política cambió nuevamente; el Banco Central dejó de no comprar dólares (2025) para enfocar su objetivo principal en acumular reservas durante 2026. Cuando el Banco Central adquiere divisas, inyecta base monetaria, que luego es absorbida por el Gobierno mediante la emisión de títulos públicos. Este mecanismo en esencia no es muy distinto a los Pases, Leliq y Lebac que Javier Milei criticó y eliminó en el pasado. Otra inconsistencia más. Al 12 de febrero, el BCRA inyectó $ 2.940.202 millones comprando reservas y esterilizó $ 3.435.578 millones con títulos, lo que llevó a una reducción de la base monetaria de $ 495.366 millones nominales con respecto al cierre de 2025.


Las inconsistencias cambiaria y monetaria del Gobierno ya han surgido varias veces, pero la inconsistencia fiscal permanece oculta y aparecerá más adelante.


Si la inflación es un fenómeno estrictamente monetario y la política monetaria es la única herramienta idónea para bajarla (Economía & Ética adhiere a esta visión), la inconsistencia dinámica de la política del BCRA de Javier Milei se aprecia en que después de 26 meses la inflación no sólo ha bajado poco y lento, sino que en los últimos nueve meses ha vuelto a subir sostenidamente casi duplicándose entre mayo 25 (+1,5%) y enero 26 (+2,9%) trepando hasta 41% anual. Sin lugar a duda, esta inconsistencia dinámica es resultado de que Milei no solo quiere tener el BCRA más políticamente dependiente de la historia, sino que pretende ejecutar la política monetaria más discrecional que se tenga memoria. Cambiar de reglas cada seis meses, es no tener reglas. En este sentido, el Leoncito Miope dejó chiquito a Marcos PIÑA cuando brindó una conferencia de política monetaria en el Salón Blanco con los dos títeres del M y BCRA a cada lado.


Hoy por hoy, la tasa de crecimiento del PBI potencial de Argentina rondaría aproximadamente el 1% anual.


La política fiscal de Javier Milei también es dinámicamente inconsistente. La capitalización de intereses es déficit fiscal presente que se trasladaron anabólicos al futuro. Los intereses de deuda son gasto público, ya que el Estado indefectiblemente deberá pagarlos. Asumir el rollover permanente de los intereses es un error intelectual,porque es suponer que el sector privado regala su dinero al Estado. Puntualmente, en 2025 el resultado fiscal informado por el Gobierno ascendió a un superávit financiero de +0,2% del PBI, pero contabilizando los intereses capitalizados se derrumba a un déficit fiscal financiero de -4,0%. Sin lugar a duda, esto será más gasto público y, en consecuencia; más impuestos y/o más impuesto inflacionario y/o más endeudamiento, que no es otra cosa que mayor costo de capital, más baja rentabilidad y menor nivel de actividad más adelante en el tiempo.


No obstante, la política fiscal implementada por Milei presenta otras dos inconsistencias dinámicas adicionales. Primero,la disminución de la recaudación en términos reales debido al deterioro de la actividad económica resultante de la inconsistencia dinámica de su política cambiaria y monetaria. El nuevo sistema cambiario sobrevivirá lo que dure la apreciación artificial del tipo de cambio que conlleva al aumento de los costos de producción y a la reducción de los márgenes en dólares, afectando negativamente al nivel de actividad tanto por el lado de la oferta como de la demanda de la economía. Adicionalmente, la política monetaria de reducir el dinero real y mantener altos tipos de interés bancarios también afecta negativamente la actividad impidiendo que el sector privado pueda exportar y competir internamente con las importaciones al actual tipo de cambio sobrevaluado.


Segundo, el propio diseño del actual ajuste fiscal es inconsistente en términos dinámicos. El superávit fiscal de Milei está construido pisando, por un lado, recursos tributarios que legalmente son de las provincias y, por el otro, que tienen asignación específica. En el futuro, Nación probablemente deberá devolver con intereses estos recursos, lo cual implicará más gasto, impuestos y/o más impuesto inflacionario. Además, el superávit se construye no pagando bienes públicos que tarde o temprano deberán ser abonados en algún momento futuro, asegurando también más gasto, impuestos y/o impuestos futuros. Para peor, la postergación de estos gastos no son una función lineal, sino exponencial. Cuanto menos se mantenga una ruta, un colegio, hospital y/o una comisaría y/o patrullero, mayores serán los gastos de reparación y mantenimiento a futuro. Para peor, la mayoría de estos bienes y servicios públicos son responsabilidad de los gobernadores y/o intendentes, que están mucho más cerca de los consumidores y; por ende; necesitan los recursos sí o sí para ganar elecciones. No afrontar estos servicios son una derrota electoral asegura ¿Qué quiere decir? Que la lucha por los recursos tributarios y el aumento del gasto público y del déficit fiscal terminará llegando. No se sabe cuándo, pero arribará en el futuro.


Adicionalmente, el mal diseño del ajuste fiscal también afecta negativamente al nivel de actividad, porque ha conducido a un aumento de la presión fiscal efectiva total cuando se suma los tres niveles de gobierno, ahogando la oferta (producción) y comprimiendo la demanda. El mal diseño de la motosierra ha conducido a revalúos fiscales y ampliaciones de base imponible, subas de ingresos brutos, tasas y aumentos de multas. Como si todo esto fuera poco, el aumento de tarifas también ha conducido a un impuestazo encubierto. Esto eleva los costos empresariales, reduce sus márgenes y disminuye el ingreso de los consumidores, lo que afecta negativamente tanto la oferta como la demanda.


Hoy por hoy, la tasa de crecimiento del PBI potencial de Argentina rondaría aproximadamente el 1% anual. Es decir, con el stock de capital disponible, la productividad total de los factores existentes y los niveles de inversión del presente, bajando la inflación hacia los estándares internacionales, la economía argentina solo podría crecer en forma sostenida a un ritmo de alrededor de 1% promedio anual en la película de mediano plazo. En este sentido, hay que mencionar que en la segunda mitad de la presidencia de Mauricio Macri, el Ministerio de Economía había estimado la tasa de crecimiento del PBI que para fines de 2017 ascendía al 1,7% anual, mucho más baja que la que había 20 y 30 años antes cuando ascendía a 2,6% (1999/2011) y 3,8% (1993/1998). No sorprende esta disminución, porque la tasa de crecimiento del PBI potencial depende positivamente de la productividad total de los factores que viene en picada hace lustros y décadas. A menor productividad del trabajo, menor tasa de crecimiento del PBI potencial. A menor inversión, menor acumulación y más baja productividad del capital, también más baja tasa de crecimiento potencial. Y el problema es que la productividad del trabajo en Argentina cae de la mano de la destrucción de capital humano y de la inversión neta negativa. Argentina es el único país de América Latina en el cual la productividad del trabajo se reduce. Paralelamente, hace 35 años que Argentina es uno de los países que menos invierte de Latam, que a su vez es la región que menos invierte del mundo. Y como si todo esto fuera poco, el gran problema es que la inversión con Milei no sólo es la más baja de los últimos siete presidentes, sino que disminuye a lo largo de su gobierno, porque en 2025 es más baja que en 2024. En síntesis, no vamos bien. Vamos mal. Seguimos hipotecando el futuro. Los gobernantes siguen haciendo promesas sobre el bidet.


* Titular de E2 (Economía & Ética) y profesor de la FCE de la UBA.

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