lunes, 20 de abril de 2026

El Presidente que ama odiar


 

 OPINION 


El Presidente que ama odiar


Acorralado por los escándalos de corrupción de Adorni y $Libra, Javier Milei se dedica a pegarle al periodismo.


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


REVISTA NOTICIAS



Javier Milei Motosierra por Pablo Temes


Además de hablar como si se creyera el dueño exclusivo de una piedra filosofal económica que le permite solucionar de golpe problemas que mantienen ocupados durante décadas a estatistas menos privilegiados, Javier Milei se enorgullece enormemente de su propia superioridad moral. Para él, quienes se niegan a tratarlo con la reverencia debida no solo son idiotas ignorantes simiescos sino también sujetos perversos, cuando no satánicos.




Entre los peores ejemplares de la especie maldita cuya mera existencia lo hace estallar de ira están los periodistas, estas “basuras inmundas”, “imbéciles” y “mediocres plumas” que, dice, hay que “odiar” cada vez más. Desde su punto vista, los grupos mediáticos más malignos son Perfil, La Nación y Clarín. A su juicio, son integrantes de una auténtica “asociación ilícita” que está resuelto a desenmascarar para que reciba el castigo, sea divino o, lo que sería mejor, jurídico y financiero, que tanto merece.



¿A qué se debe esta obsesión malsana con el periodismo tradicional que comparte con Donald Trump que, por motivos que en su caso son comprensibles, no quiere para nada a quienes siempre lo han tratado con desdén como un ricachón de grotescos gustos plebeyos? A diferencia de su amigo norteamericano, Milei no tiene por qué creerse víctima de la hostilidad de los medios. Aunque sus excentricidades les han brindado mucho material, hasta hace poco los más influyentes propendían a minimizar su importancia por entender que incidían muy poco en su gestión. En comparación con otros mandatarios que todos los días tienen que enfrentar los ataques virulentos de periodistas resueltos a desprestigiarlos porque confían en que un cambio de gobierno no tendría consecuencias negativas para ellos mismos, Milei ha sido protegido por la conciencia generalizada de que el país no está en condiciones de soportar otra convulsión política.


Pues bien: luego de tolerar estoicamente por mucho tiempo los esfuerzos burdos de Milei por denigrarlos y limitarse a tratarlo como un excéntrico impulsivo pero así y todo simpático cuyas palabras carecen de importancia, los blancos de sus misiles verbales se han puesto a devolver el fuego. No se puede atribuir el cambio de actitud a la influencia, que ha sido virtualmente nula, de mercenarios rusos financiados por Vladimir Putin; el gobierno mismo se encargó de suministrarles municiones para que se concentraran primero en el asunto un tanto recóndito de las criptomonedas, que pocos entienden muy bien, y entonces en las vicisitudes de Manuel Adorni y su esposa.


Puede que los pecados presuntamente cometidos por el jefe de Gabinete fueran a lo sumo veniales, sobre todos si uno compara los montos en juego con los robados por Cristina y sus cómplices cuando se las arreglaban para extraer miles de millones de dólares del erario público para gastar en estancias, viviendas lujosas en Estados Unidos, cuentas bancarias en islas caribeñas y así por el estilo, pero por ser cuestión de un personaje que, como Milei, se había destacado por su soberbia moralizadora, pocos han estado dispuestos a darle el beneficio de cualquier duda.  A Adorni le ha tocado desempeñar el rol del símbolo máximo de la corrupción libertaria que, hasta entonces, había correspondido a Karina por lo de $Libra.


Huelga decir que Milei y los demás no tienen derecho alguno a sentirse sorprendidos por lo ocurrido. Deben el poder que tienen en buena medida a la convicción, que ellos mismos dicen compartir, de que hay un vínculo directo entre el estado lamentable del país y la voluntad de demasiados políticos y funcionarios a subordinar absolutamente todo a su propio bienestar material. Por un rato, muchos creyeron que Milei estaba decidido a emprender la tarea hercúlea de limpiar los establos de Augías de la mugre dejada por “la casta” pero, para su decepción, no ha manifestado demasiado interés en hacerlo. Antes bien, al darse cuenta de que le sería políticamente costoso intentar ponerse a la altura de sus elevadas pretensiones morales, optó por criticar con su vehemencia habitual a los responsables de señalar sus deficiencias en tal ámbito, de ahí la decisión de hacer del periodismo un chivo expiatorio con la esperanza de que la gente dejara de pedirle luchar contra la corrupción endémica que tanta indignación está provocando.   


Si bien es comprensible que el presidente y quienes lo rodean, comenzando con la hermana Karina que se desempeña como la lideresa espiritual del mileísmo, hayan llegado a la conclusión de que, por ser la Argentina una democracia, no les convendría librar una guerra sin cuartel contra buena parte de la clase política cuyos miembros estarían en condiciones de bloquear todas sus iniciativas en el Congreso, fue un error estratégico reemplazar “la casta” por el periodismo en su conjunto como el enemigo principal.


Por “odiosos” que sean aquellos que se dedican a investigar las actividades de los políticos y opinar en torno a lo que están haciendo, cumplen una función clave, una que, de un modo u otro, se remonta a la antigüedad. Sirven como un espejo y, andando el tiempo, como depositario de la memoria colectiva. Si bien las imágenes que refleja el espejo pueden ser distorsionadas por los prejuicios y preferencias personales de quienes las forman, suelen persistir por mucho más tiempo que las labradas por los protagonistas mismos, motivo por el cual éstos deberían intentar asegurar que su propia imagen se aproxime a la realidad verificable.


A menos que tenga mucho cuidado, Milei será recordado más por sus extravagancias teatrales y por su incapacidad, propia de un fanático, de tolerar cualquier manifestación de disenso que por la construcción de un movimiento  poderoso basado no sólo en el carisma que sus admiradores le atribuyen sino también en su voluntad de concretar reformas estructurales dolorosas pero así y todo necesarias.


Tal y como están las cosas, el cambio de imagen que está en marcha podría culminar bien antes de las elecciones presidenciales del año que viene. En las semanas últimas, la de Milei y por lo tanto del gobierno nacional, se ha deteriorado mucho en parte por las razones económicas consabidas y en parte de resultas del comportamiento nada presidencial de Milei mismo. Por difícil que le sea entenderlo, no puede darse el lujo de perder el apoyo de los “ñoños republicanos” que toman en serio todo lo relacionado con el decoro. Mal que le pese, para mejorar la relación con esta franja importante del electorado, le sería forzoso abstenerse de cubrir de insultos groseros no sólo a sus adversarios ideológicos de la izquierda “progresista” y el populismo kirchnerista sino también a muchos que valoran el proyecto que ha puesto en marcha sin por eso sentir respeto alguno por su manera atrabiliaria de defenderlo.



Cuando los simpatizantes de Milei hablan de “la batalla cultural”, los más entusiastas estarán pensando en el extrañísimo revoltijo de creencias bíblicas y therianas que, para la perplejidad ajena, el caudillo libertario ha confeccionado, pero para otros se trata principalmente del conflicto entre el modelo económico corporativista que se instaló en el país hace casi un siglo y el netamente capitalista que, con variantes locales, es típico de los países más desarrollados y que, hasta cierto punto, ha sido adoptado por China.


Mientras que es virtualmente nula la posibilidad de que triunfe el mileísmo esotérico del círculo íntimo presidencial, en la otra batalla que está librándose, los partidarios del “proyecto” socioeconómico llevan las de ganar aunque sólo fuera porque las hipotéticas alternativas ya han fracasado de manera catastrófica. Es por lo tanto lógico que los preocupados por el futuro del país crean que hay que separar un programa económico que, en términos generales, merece su aprobación, de las excentricidades irracionales y para muchos antipáticas del fundamentalismo mileísta que, lejos de hacer más dinámico al movimiento el movimiento que Milei encabeza, sirve para que los comprometidos con el viejo orden cuenten con más pretextos convincentes para oponérsele. En política, el personalismo excesivo suele ser una espada de doble filo.


Entre los dispuestos a aprovechar la brecha que está separando al mileísmo cultural, por calificarlo así, del económico está Mauricio Macri. Si bien parecería que el expresidente no tiene en mente intentar regresar a la Casa Rosada, claramente entiende que, por su conducta personal, Milei está poniendo en peligro el esfuerzo por dejar atrás un orden socioeconómico disfuncional. Parecería que, a juicio de Macri, una agrupación política como el PRO tendrá que prepararse para tomar el relevo por si Milei pierde el apoyo de los muchos que temen que, por su capacidad para fabricarse enemigos, termine abriendo la puerta para que regresen aquellos sujetos que tanto contribuyeron a la depauperación de un país que, adecuadamente gobernado, podría estar entre los más prósperos del mundo.   


Sucede que aquí, como en tantas otras democracias, el gobierno actual no alcanzó el poder que ejerce gracias a los presuntos méritos de sus dirigentes sino a causa de las deficiencias patentes de quienes los precedieron. Demás está decir que el ciclo deprimente así supuesto podría repetirse en los años próximos, lo que, por ser tan alarmantes las alternativas más probables al mileísmo, podría tener consecuencias fatídicas para el país y casi todos sus habitantes.   


 

Los empresarios se entretienen especulando con 2027


 

 Los empresarios se entretienen especulando con 2027


Florencia Donovan 


LA NACION



Javier Milei por Alfredo Sabat


En los círculos empresarios no se habla de otra cosa. Las elecciones 2027 ya coparon la agenda. No importa que falte más de un año y medio. Todo se lee en clave electoral. Y los interesados en probar suerte ya comenzaron su proceso de seducción. A fin de cuentas, es difícil pensar en tener chances en política si no hay detrás quien las financie.


Así, mientras el expresidente de la Cámara de Diputados durante la gestión de Pro Emilio Monzó busca convencer al banquero Jorge Brito de jugar dentro del peronismo, previa interna para medir fuerzas contra Axel Kicillof, el exgobernador sanjuanino Sergio Uñac, que tendría un primer aval del kirchnerismo, aprovechó unos días en Buenos Aires para empezar a tejer redes con jugadores pesados del sector privado. Son todos globos de ensayo en un momento en el que el Gobierno da pelea por recuperar la agenda con buenas nuevas, aunque Javier Milei sigue siendo un candidato firme para ser reelegido en 2027.


“Hay reuniones de industriales, con gente insultada, con gente que se está fundiendo, donde se habla incluso de recuperar la figura de Sergio Massa”, reconoció otro empresario industrial. “Si bien fue un desastre, algunos lo ven como un tipo viable, con buena relación con Estados Unidos… un profesional de la política. Está claro que no hay margen para locuras”, siguió.


Son todas conversaciones que probablemente no sobrevivan en los próximos meses. Pero que reflejan también el momento por el que está transitando la economía, con claros ganadores y perdedores. Es entre estos últimos que ganan espacio muchas de estas conversaciones. Pero La Libertad Avanza (LLA) lejos está de perder atractivo. En algún punto, es la Argentina de la grieta eterna. La que explica en gran medida por qué el riesgo país sigue en niveles de 500 puntos cuando los números de la macro están mucho más ordenados que los de otros países de la región, o que todavía no termina de atraer a los inversores extranjeros de forma masiva, más allá de lo que sucede en sectores puntuales como el de la minería. Hay algo del relato oficialista que también tiene parte de verdad.


Entre quienes tienen la responsabilidad de gestionar territorio, sin embargo, prima el pragmatismo. La mayoría de los caudillos provinciales están preocupados hoy por conservar su influencia territorial. Es en el interior donde el oficialismo está más fuerte. Según el Indicador de Consumo Familiar de Poliarquía Consultores, en el primer trimestre del año, el consumo en el interior creció un 6%, mientras el Gran Buenos Aires se desplomó un 17%. La brecha entre ambas zonas alcanzó su máximo desde que Milei asumió.


Es en este escenario que varios gobernadores empiezan a acercarse en son de colaboración con LLA. Los números de Hacienda muestran la respuesta oficial. Desde que se firmó el decreto 219 que habilitó a la Nación a adelantarles a las provincias fondos de la coparticipación por hasta $400.000 millones en cada caso para poder hacer frente a necesidades urgentes, tres recibieron ya los fondos: Tucumán, Chaco y Catamarca. Mientras que Salta, Mendoza, Corrientes, Chubut y Santa Cruz están en trámite.


Las provincias con acceso al mercado de capitales, en tanto, están aprovechando estos días para volver a probar suerte entre inversores internacionales. La primera de esta nueva ronda sería Chubut, pero hay varias más con emisiones en gateras. Hay un gran esfuerzo por recuperar en el interior el impulso de la obra pública. Cemento y elecciones van siempre de la mano.


El Gobierno, por su parte, ya consiguió en Washington, en la Asamblea del Fondo Monetario Internacional (FMI), avanzar con dos cuestiones claves: por un lado, la aprobación por parte del equipo técnico del Fondo de la revisión del programa vigente con la Argentina, y por el otro, avanzar con el Banco Mundial en las conversaciones para conseguir financiamiento más barato (que el del mercado de capitales) para cubrir los vencimientos de deuda de julio. El Banco Mundial ya dijo que daría garantías por US$ 2000 millones para que la Argentina pueda financiarse con bancos y entidades privadas a un costo menor. También hay conversaciones con la Corporación Andina de Fomento (CAF) y con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), pero todavía no están cerradas.


El visto bueno del FMI no viene sin condicionamientos. Todavía falta conocer la letra chica. Hay quienes adjudican a la acción del organismo el relanzamiento del corredor de tasas que hizo ayer el Banco Central. La Argentina es para el organismo de crédito todavía un alumno a quien hay que terminar de reencauzar. En el directorio del organismo, conformado por los representantes de los países miembros del Fondo, la Argentina tiene un problema de reputación. El acuerdo que se selló esta semana con la línea técnica del FMI será sometido a votación en la segunda semana de mayo. Según confiaron fuentes al tanto de las conversaciones –el viernes pasado hubo, de hecho, un encuentro informal del board del FMI para tratar el caso argentino– fue una vez más la ayuda de Estados Unidos la que habría terminado de destrabar las negociaciones. Otra vela más que habrá que encenderle al amigo Trump.


“El mayor tema vino por la nueva meta de reservas internacionales –confió una fuente del mundo diplomático–. Había muchos países decepcionados de ver que la Argentina continuaba tan lejos de la meta establecida el año pasado. Pero Estados Unidos dijo que iba a apoyar un waiver [perdón]”, admitió. Los Estados Unidos tienen 16% de los votos del FMI y además son el único con poder de veto. Está claro en este frente que Trump es quien define cuándo empieza y cuándo termina un diferendo.


Ya con el FMI solucionado, el Gobierno podrá concentrarse en las próximas semanas en avanzar con medidas que permitan darle aire a la economía. Ayer el Banco Central (BCRA) siguió modificando su política de encajes, en un intento de mejorar las condiciones de liquidez de los bancos y así fomentar más el crédito. No son medidas de alto impacto, pero marcan un sendero. El financiero es el canal más claro que tiene el oficialismo para inyectarle oxígeno a la economía.


En el terreno fiscal sigue sin tener grandes márgenes de acción. El indicador que más inquieta sigue siendo el del empleo. En este caso, como en el fiscal, los deberes no son solo nacionales. Las provincias también tienen mucho por hacer para contribuir a bajar el “costo argentino”. No solo desde el punto de vista de la carga tributaria, sino específicamente en lo que hace a la litigiosidad laboral, que a fin de cuentas es un costo clave para el empleador.


El mapa de la litigiosidad laboral en la Argentina es un escándalo que se paga en dólares. Según el informe de abril de 2026 de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, al que accedió LA NACION, los juicios laborales le cuestan al país US$2140 millones al año, el equivalente a 2 millones de salarios mensuales. Pero la foto no es pareja: mientras Salta tiene un índice de judicialidad de apenas 6 puntos y un sobrecosto estimado de US$10 por trabajador, San Luis llega a 337 de judicialidad y US$837 por trabajador, Chubut a 371 y US$328, y Jujuy a 238 y US$461. Tal vez con algunos de estos números en mente, las empresas empiecen a definir radicarse en una provincia y pagar el traslado de sus empleados a otra. Tener un empleado minero radicado en Salta implicaría, de acuerdo con el informe, asumir un sobrecosto de US$10,1, muy por debajo de lo que sale un empleado en Jujuy. Tampoco las provincias están acostumbradas a competir, no solo el empresariado.


Lo más llamativo, según el informe, no es solo la cantidad de juicios, sino su calidad: en Mendoza, el 92,9% de los expedientes corresponden a casos rechazados, con 0% de incapacidad o no denunciados previamente, lo que en la jerga del sector se llama, sin eufemismos, juicios especulativos. La Corte argentina, recordó el juez Horacio Rosatti ante empresarios en el AmCham Summit, resuelve 15.000 causas por año, mientras la de Estados Unidos resuelve apenas un centenar.


El problema, entonces, no es solo de costos para las empresas: es de un sistema judicial desbordado, donde la falta de uniformidad en la aplicación de los fallos puede poner en riesgo proyectos económicos enteros. La solución, dice el propio informe de la SRT, no requiere nueva legislación: alcanza con cumplir la que ya existe. Rosatti dijo casi lo mismo. Pero en la Argentina estamos acostumbrados a buscar soluciones mágicas, extremas, cuando algo se pone difícil, ya sea en la política o en los negocios.


 

"Ediciones Record: Revista TIT-BITS 018 - Noviembre 1976" (¡¡¡100 PAGINAS!!!)