miércoles, 18 de febrero de 2026

Trabajadores que apoyan la reforma
















Opinión


Trabajadores que apoyan la reforma


Rodrigo Lloret


Diario Perfil





El voto Rappi y el apoyo de trabajadores a la reforma laboral por Pablo Temes


La reforma laboral, que obtuvo media sanción esta semana en el Senado, se propone transformar drásticamente el escenario de las relaciones laborales que se mantienen inalterables desde hace varias décadas en la Argentina. Haber avanzado en este proyecto de ley representa una contundente victoria para el Gobierno. Porque aunque gran parte del arco político coincidía en la necesidad de introducir algunas modificaciones, cualquier intento de avanzar, siquiera en el debate sobre un posible cambio, generaba estupor entre los representantes del peronismo, del progresismo y de la izquierda. Javier Milei se benefició de esa inacción.


El oficialismo aprovechó el status quo, en parte, porque asume que incluso entre un importante sector de los trabajadores se observa un consenso en favor de un nuevo escenario para las relaciones laborales. Aquel voto Rappi que acompañó a Milei en las elecciones presidenciales, es ahora el que parece apoyar la ley que deberá tratarse en Diputados. Son los trabajadores informales o directamente los que están desempleados los que interpretan que las reformas permitirán mejorar su condición, con la promesa de acelerar futuras cotrataciones.



La consultora Casa Tres, de la socióloga Mora Jozami, graficó esta semana la sorpresiva tendencia en cifras que así lo demuestran. Los trabajadores son quienes más respaldan la reforma laboral, con un 46% de imagen positiva del proyecto de ley. Es curioso: en medio de una fuerte reducción del empleo —según el propio Ministerio de Capital Humano se perdieron 300 mil puestos desde que asumió Milei—, y a pesar de la pérdida de derechos que asumirán los trabajadores con la sanción de la nueva legislación, el oficialismo logró hilvanar el relato de un futuro mejor.


¿Por qué sectores de la clase trabajadora argentina apoyan la reforma laboral de Milei? Para explicar este paradójico fenómeno, que ha sorprendido a gran parte de la dirigencia política, pero también a un importante sector de las organizaciones  gremiales y de las cámaras empresariales, es interesante reparar en una triada de nuevos paradigmas teóricos elaborados por intelectuales que vienen analizando la siempre compleja relación que se establece entre los sectores populares y las reformas del orden liberal. Nos referimos a Guy Standing y el “precariado”, a Thomas Frank y el “resentimiento” y a Albert Hirschman y la “salida”.


El oficialismo logró hilvanar un relato que promete un futuro mejor.


El británico Standing describe la fragmentación del trabajo que se vienen evidenciando en los últimos años y el consecuente surgimiento de una nueva clase social emergente: el precariado. Miembro de la Academia de Ciencias Sociales del Reino Unido, fundador de la Red Global de Renta Básica y docente de la Universidad de Londres, este economista especializado en mercado del trabajo sostiene que las nuevas condiciones que impone el ecosistema de la industria digital construye relaciones laborales diferentes a las conocidas, por lo que que se ha conformado un distinto tipo de trabajador a partir del surgimiento de empleos inestables, fragmentados y sin protección social. 


Por otra parte, el estadounidense Frank ha mostrado que las decisiones colectivas de los trabajadores no siempre responden a intereses económicos concretos, sino a narrativas imaginarias arraigadas en la cultura popular. Por ejemplo, el resentimiento hacia las elites políticas que son percibidas como “castas privilegiadas” que se retroalimentan de un proceso corrupto en connivencia con instituciones sindicales que no defienden a la “gente común”. Doctorado en Historia, en sus ensayos Frank explora el devenir de las “guerras culturales” en la vida política y el impacto que genera el cada vez más creciente rechazo que se manifiesta, sobre todo entre los trabajadores jóvenes, frente las asociaciones gremiales tradicionales. 


Mientras que el alemán Albert Hirschman propuso una nueva forma de repensar la trayectoria de los sectores trabajadores. Frente al deterioro de condiciones o vías conocidas de participación (voice), los individuos pueden optar por mantenerse en la lealtad (loyalty) o cambiar la estrategia o el liderazgo a través de una elección de salida (exit). Docente de Harvard, Yale y Columbia, Hirschman sostuvo que tras años de crisis económicas recurrentes, inflación crónica y frustración reiterada con políticas erróneas del pasado, parte de la clase trabajadora actual puede haber agotado la confianza en las formas habituales de hacer política laboral, optando por una “salida” hacia propuestas rupturistas.


El precariado, de menor vínculo con empleos formales y sindicatos tradicionales, encuentra en la reforma laboral una potencial apertura frente a mercados laborales rígidos e ineficientes. A eso se suma el surgimiento de narrativas de resentimiento cultural y rechazo a elites y corporativismos, que permiten la irrupción de discursos antisistema que conectan con expectativas de cambio. Y, por último, el agotamiento de canales tradicionales de participación, que lleva a muchos trabajadores a optar por una salida disruptiva.


Se trata de un peligroso caldo de cultivo que, otra vez, se constituye en aliciente político para el outsider que rechaza a la política. Incluso si propone una reforma laboral que poco tiene para ofrecer a la clase trabajadora, la clase trabajadora brinda su apoyo porque las respuestas que ha recibido hasta el momento han fracasado. Y, en ese contexto, Milei profundiza su camino hacia lo desconocido.

HUMOR DIARIO

Milei y la maratón de “la Piba”, que no termina
















LA NACION > Política


Milei y la maratón de “la Piba”, que no termina


Para el Gobierno, hoy el problema es la gobernabilidad interna, es decir: el gobierno de la interna en el seno del poder libertario


LA NACION


Luciana Vázquez



Patricia Bullrich por Alfredo Sábat


La victoria cristalina y pura que creyó alcanzar Patricia Bullrich en el Senado corre el riesgo de escurrirse entre sus dedos. En la madrugada del jueves pasado, la media sanción a la reforma laboral fue una victoria política incuestionable para el Gobierno: un triunfo histórico en una de las reformas más necesarias y más resistidas de las últimas décadas en la Argentina. Con eso, Bullrich sumó una muesca valiosísima en su revólver político. Pero la maratón de “la Piba” contra la casta sindical que le puso aquel apodo a principios de los 2000 todavía no termina: después de casi treinta años del capítulo “la Piba versus los Gordos de la CGT”, la llegada a la meta sigue pendiente, y acaba de complicarse.



Los éxitos políticos se miden en el puro presente. Los triunfos reales y estructurales, en el mediano y largo plazo, cuando las leyes y las decisiones de Gobierno se concretan en resultados palpables. El problema para el Gobierno es que el futuro queda lejos, y en el presente, la taba del triunfo en el Senado se dio vuelta demasiado rápido. La munición gruesa que puede usar la oposición dura para complicar el tratamiento de la “modernización laboral” en la Cámara de Diputados salió del mismo Gobierno. Apenas horas después de terminada la votación por la reforma laboral, cayó el precio del triunfo en el Senado: la polémica por las licencias médicas y la cobertura salarial en caso de enfermedad coparon el centro de la escena.


El mejor socio de Milei es la oposición: un vacío político y una falta de alternativa potable en la otra orilla del escenario político, tanto en la oposición dura como en la más dialoguista


Una gran pregunta atraviesa la discusión sobre la reforma laboral en su marcha hacia Diputados: ¿quién es el padre de la criatura, es decir, del artículo 44 del Título VII que recortó el salario en caso de enfermedad o accidente? En el Gobierno, arreció una disputa por la paternidad, pero inversa: nadie venía peleando por atribuírsela sino por atribuírsela a los otros. La interna libertaria en las más altas esferas está al tope. Y ahora, los Gordos de hoy y de siempre encuentran argumentos para llamar a la huelga general: plantarse en contra de una ley “anti derechos del trabajador”.


Ayer por la noche, en TN, Bullrich apuntó a ordenar la narrativa del oficialismo. Atribuyó el artículo cuestionado al bloque de La Libertad Avanza en general. También reconoció que el artículo fue un error: “Nos hacemos cargo de lo que introdujimos en el debate. Cometimos un error y lo vamos a arreglar”, aseguró. Y adelantó el sentido del cambio que podrían llevar a Diputados: “Tuvimos un error porque la ley original no distingue entre enfermedades”.


El jueves pasado por la mañana, cuando todavía no se había disparado la polémica, Bullrich había asegurado que no aceptarían cambios en Diputados: “No vamos a cambiar la ley. La ley ya está, es ésta”. Sin embargo, ya mencionó en aquel momento una excepción a esa decisión: “A menos que haya algo que nosotros no nos hayamos dado cuenta”. Las declaraciones de Federico Sturzenegger ese mismo día, que pusieron foco en ese artículo y agitaron el debate en la opinión pública, obligaron a Bullrich a tomar ese camino excepcional. Llegado ese punto, se le suman obstáculos no previstos a la marcha de la reforma hacia la meta de la aprobación.



El desgobierno de la interna

El desafío de la gestión de Javier Milei en este momento pasa por la gobernabilidad, pero no la gobernabilidad externa: ése fue el signo dominante de 2025, un Congreso indomable por fallas en la gestión del vínculo oficialismo y oposición. Para el Gobierno, hoy el problema es la gobernabilidad interna, es decir: el gobierno de la interna en el seno del poder libertario. Ese es el rasgo más persistente del modus operandi político de la gestión mileísta: se puede rastrear en 2024 y en 2025, con derivaciones en causas judiciales que investigan corrupción en el Gobierno, y empieza a notarse también este año, aún en días de éxito legislativo como los de la semana pasada. Un pasito pa’ adelante, dos pasitos pa’ atrás: esa parece ser la coreografía a la que se autocondena el mileísmo.


Capacidad cada vez mayor para ordenar la vida política y social detrás de un modelo de reformas estructurales, históricamente impopulares en la Argentina. Del otro lado, incapacidad para ordenar el tironeo por el control de los cotos de poder dentro del Gobierno. El gran problema: esa incapacidad interna termina repercutiendo en la efectividad de la gobernabilidad externa, en este caso, la construcción de obstáculos por parte del oficialismo para confirmar la reforma en Diputados. Por ahí pasa la síntesis.


Es cierto que el mejor socio de Milei es la oposición: un vacío político y una falta de alternativa potable en la otra orilla del escenario político, tanto en la oposición dura como en la más dialoguista. No hay una oposición política organizada y con capacidad de disputar el poder que ordene al Gobierno: Milei no tiene miedo a perder una elección. El monopolio del mercado político y electoral complica la calidad de la gobernabilidad mileísta. Siempre se necesita un enemigo externo y con chances de triunfo para domar las internas oficialistas, y gobernar mejor. La libertad de mercado electoral y la disponibilidad del triunfo electoral mejora la competitividad de oficialismo y oposición. Cualquier hegemonía, aunque sea la nueva hegemonía de tercio, empeora la política.


También es cierto que la oposición dura, el kirchnerismo residual y el peronismo clásico anquilosado, tiene en el Gobierno al mejor socio: los daños políticos que se autoinfligen mantienen viva, al menos, la llamita del calefón kirchnerista y sindical cuando parece que está a punto de quedarse sin gas.


La interna indomable viene cobrándose nombres destacables del oficialismo. En relación al artículo 44, el foco cae sobre Federico Sturzenegger. Su explicación pública sobre ese punto fue el tipping point que encendió la mecha de las críticas: el momento en que la discusión saltó de escala y empezó a viralizarse el cuestionamiento. Su estilo de comunicación, una especie de hiperabstracción y fría racionalidad desenganchada de la vida cotidiana, volvió a ponerlo contra la pared de la opinión pública. En el debate en el Senado, la senadora kirchnerista Anabel Fernández Sagasti ya había encontrado argumentos atendibles en ese artículo: “Si una persona tiene cáncer de mama, le van a pagar el 75 por ciento del básico”.


Bullrich había asegurado que no aceptarían cambios en Diputados: “No vamos a cambiar la ley. La ley ya está, es ésta”. Sin embargo, ya mencionó en aquel momento una excepción a esa decisión: “A menos que haya algo que nosotros no nos hayamos dado cuenta”


“Federico no tiene base política”, decía tres días antes de la votación en el Senado una figura clave de un ministerio mileísta, también clave. Los cuestionamientos sobre su rol en la reforma, con eje en el artículo 44 alimentan esa versión. El ímpetu desregulador de Sturzenegger, su sociedad autoral con Milei para dar la batalla de las ideas liberales en economía y el privilegio de esa cercanía con el Presidente le crean críticos en el Gobierno.



¿Cuándo se hizo la inclusión del artículo de la discordia? Las fuentes son divergentes: la versión que más circula habla de seis minutos antes de la votación, cuando se repartió el proyecto a votar, que sufrió modificaciones hasta último momento. Otros señalan que en realidad el artículo ya estaba incluido en la versión del martes 10. Lo que está claro es que el Gobierno no se esforzó por poner el foco en el consenso en torno a ese artículo y se resistió a abrazarlo decididamente. ¿Si pasaba, pasaba? Ayer Bullrich también buscó cambiar esa percepción: “Que no lo hayan leído y se hayan enterado tarde no quiere decir que no se sabía”, dijo. Desde hace días, Bullrich intenta controlar la interpretación de esa polémica y ahora ofrece una corrección al artículo 44 para evitar una contramarcha en Diputados.


La gobernabilidad del tablero

En esa interna, Bullrich salió ganadora. Primero, encontró el tono político necesario para una negociación complejísima con sus aliados dialoguistas, con las provincias y con el sindicalismo más duro. En público, la libertaria Bullrich celebró “el consenso” y el espíritu “reformista”. “Salen veintiocho cambios, es el consenso. Es la idea de llegar a un consenso entre los que somos reformistas”, dijo hace una semana. A años luz de la crítica a los tibios y el tono de orden y mano dura. Así, con estrategia casi moncloísta, llegó una victoria clara de la gobernabilidad externa.


Segundo, fue pragmática con la “casta sindical”, y así bajó la intensidad de su resistencia. En la negociación, los benefició con la caja sindical pero los limitó en los acuerdos sectoriales. Tercero, alineó a las distintas terminales de la interna libertaria en función del objetivo común de obtener la media sanción en diputados.



En su relación con la oposición, el Gobierno se anotó triunfos parlamentarios tanto en la media sanción de la reforma laboral como en el caso de la media sanción de la baja de la imputabilidad. Dos proyectos caros a Bullrich.


Bullrich se quedó con el apelativo de “la Piba” cuando fue ministra de Trabajo en el gobierno de De la Rúa. “Los Gordos” de la CGT la definieron así, despectivamente, en esa batalla político sindical. Todo un capítulo de la historia del trabajo en la Argentina. De esa época, 2001, es el encontronazo televisivo entre Bullrich y Hugo Moyano, donde los planteos del debate muestran el estancamiento argentino en un problema endémico: la resistencia del sindicalismo a cualquier reforma y las acusaciones de corrupción y prebendas que pesan sobre esa corporación. La llegada de Milei al poder se explica, en parte, por la persistencia de esa élite sindical, refractaria a cualquier modernización. Falta saber si esta reforma laboral alcanzará su objetivo. Primero, que sea sancionada. Segundo, que cree empleo.


Por Luciana Vázquez

"Batman - Hush (Batman Vol.1 #608 a #619)[Edición Deluxe 15 Aniversario]" (¡¡¡352 PAGINAS!!!)