ANÁLISIS
La furia arrasa con los matices
Una perspectiva histórica sobre actitudes y opiniones que contaminaron el debate público
3 de agosto de 2026
José Claudio Escribano
LA NACION
Reflexiones sobre el Mundial y la Argentina por Alfredo Sábat
En palabras de Lionel Scaloni, hombre ejemplar de 48 años, nacido en Pujato, Santa Fe, en el Campeonato Mundial de Fútbol no había estado en ningún momento en juego más que el resultado de la serie de partidos que debíamos afrontar. No todos lo entendieron de igual manera. Tampoco los tres o cuatro jugadores que alzaron en gozoso desafío, violatorio de normas expresas del organismo rector de estas competencias, el trapo con la leyenda de que “Las Malvinas son argentinas”. Un trapo que había “caído” desde las tribunas.
Importa relativamente lo que hayan opinado sobre ese vano desafío quienes en 1833 usurparon las islas que la Argentina heredó, por aplicación de la regla con validez internacional del uti possidetis iuris, como parte de los títulos de dominio de la Corona española tras la revolución y consiguiente independencia nacional de 1816.
Tiene más significación saber qué ha inferido de aquel gesto de osadía, hecho en el escenario e instante inapropiados en que se realizaba en el estadio de New Jersey la ceremonia de las premiaciones, la población abrumadoramente anglosajona de kelpers. Tres mil personas se aferran desde el Archipiélago, con el padrinazgo de Londres, a uno de los principios en debate, el de “la libre determinación de los pueblos”, por oposición a la histórica tesis argentina de respeto por “la integridad territorial”, violentada en 1833.
La escena, ahora bajo juzgamiento de la FIFA, habrá hecho cavilar por enésima vez a los kelpers. Volverán a detenerse en los albures que habrían corrido, junto con el resto de los argentinos, de haber sido otra su suerte. De haber sido súbditos de un Estado con persistentes actos de indisciplina: sujeto jurídico de incumplimiento serial de las deudas que contrae (nueve veces desde Rivadavia) y desquicio en sus instituciones durante larguísimas décadas.
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¿Cómo hemos vivido, entretanto, según otras perspectivas el desarrollo del deporte que más nos apasiona desde los albores de su práctica en el país, hace unos ciento cincuenta años?
Veamos qué decía Enrique Loncán, quien había entrado en la Redacción de LA NACION en 1909 y en seguida se distinguiría como uno de los grandes cronistas de este diario en el siglo veinte. Era específicamente fuerte por la vena humorística.
En 1922, el alter ego imaginario de Loncán, “Americus”, resolvió asistir a un partido. Se jugaba en lo que calificó, en la introducción a su nota, de “estadio monumental de River Plate”, entonces en Tagle y Figueroa Alcorta.
En una parte de la narración, “Americus” observa lo siguiente: “¿Por qué esos clamores de la multitud? ¿A quiénes aplaudían y ovacionaban esas cincuenta o cien mil personas frenéticas, desaforadas, inquietantes? Qué espectáculo. Eran veintidós personas que no se ponían de acuerdo sobre el destino de una pelota; mientras la mitad pujaba con los pies que fuese hacia Oriente, la otra mitad quería con denuedo que fuese para Occidente. Oriente contra Occidente, la eterna lucha de las civilizaciones”.
La prosa de Loncán conserva la frescura y verosimilitud hasta el final del relato, con el énfasis de haber sido escrita ayer. “El entusiasmo colectivo -anota- alcanzó su mayor ardimiento cuando un ciudadano que actuaba de juez, agredido por los contendientes, salía del campo con la cabeza rota, en una litera horizontal, colmado de injurias y protegido por centuriones”. Días atrás, un consagrado jugador profesional fue echado del campo de juego por su inconducta con los árbitros, como si el tiempo no hubiera volado ni enseñado nada.
En cinco años más se cumplirá un siglo desde que el fútbol amateur se convirtió en deporte profesional en la Argentina. Recuerdo una conversación de familia con José Vanzini, zaguero derecho, como se decía entonces, de San Lorenzo de Almagro en el equipo fenomenal que conquistó el campeonato de primera división de 1946, con un terceto delantero de maravillas: Farro, Pontoni y Martino. Vanzini comentaba que se adiestraban dos veces por semana. Un par de horas por día.
Hoy, los jugadores son atletas. Están sometidos al rigor de entrenamientos severos a lo largo de la semana y de partidos que se dirimen con harta frecuencia. Contexturas fortalecidas con dietas y ejercicios estrictos, establecidos por profesionales, y tácticas por emplear frente a los sucesivos rivales, cuyos trucos se analizan sin perder detalle, y videos en que se repasan, una y otra vez, jugadas de partidos anteriores. Con directores técnicos asistidos por otros expertos más, y tecnologías en las que la rigurosidad de las precauciones es compatible con la idea de que todos se preparan, más que para una confrontación deportiva, para una alucinante maniobra de alunizaje.
Y, oh, sí, el dinero. El dinero a raudales, en millones y millones de dólares, que subyace en las grandes competencias hasta determinar que frases hechas como “Se mataron en la cancha”, “Dieron hasta el último suspiro” y la más modesta de “Al menos pusieron garra” terminen resonando, cuando se han apagado las luces de los estadios, agradecidas inocentadas de los hinchas o picardías de barras bravas asociadas a mafias que regentean el fútbol asociado desde antes de “Chiqui” Tapia.
Reflexionemos aún más. ¿Qué podría esperarse en las canchas, si no, de los jugadores involucrados en partidos en los que suelen encarnar el papel que no figura en las crónicas: el de once millonarios contra once millonarios?
Veintidós jugadores, que por encima o por debajo de las delicias y entusiasmos del juego que es su vida, procuran acrecentar, como resultaría irrazonable que así no fuera, un patrimonio que muchos de ellos han consolidado desde hace tiempo. En un campeonato mundial, que se realiza literalmente a ojos de medio mundo, ¿qué jugador desperdiciaría, en su sano juicio, la oportunidad de afirmar la fama adquirida o de proyectar la novedad de una personalidad de piernas diestras, con todas las gratificaciones en términos más o menos inmediatos que esto habrá de acarrear?
Sin contar los derechos que corresponden a organizaciones de fútbol por transmisiones, merchandising, publicidad que proyecta a los jugadores como influencers de gravitación que excede las fronteras de los propios países, y demás, la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA) distribuirá de manera oficial 747 millones de dólares en premios entre las 48 selecciones nacionales que participaron de la última copa.
España, campeona, se llevará 50 millones de dólares de ese importe total; la Argentina, subcampeona, 33 millones: Inglaterra, tercera, 29 millones.
Por el torneo de Qatar, de 2022, en que levantamos por tercera vez la copa de los ganadores, la AFA se alzó con 42 millones de dólares y, según versiones no confirmadas, en el reparto esta adjudicó a los jugadores del plantel nacional el 40% de ese monto. Se tiene entendido que en 2022 la AFA cobró, además, 10 millones de dólares de un bono especial otorgado por la Conmebol.
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No sé si los argentinos hemos actuado con toda la eficacia que era factible para responder al fenómeno mundial que nos ha tenido por protagonistas. Para afinar la puntería en esa dirección era necesario un esfuerzo destinado a entender los orígenes inmediatos, y también lejanos, de las turbulencias prejuiciosas en que nos han envuelto.
No hablemos de la hipótesis de haber respondido con la mayor lucidez posible cuando lo que se ha dicho y escrito ha provenido a menudo, más del corazón y las vísceras, que de cabezas orientadas a la observación sagaz y el debate sereno e inteligente en encrucijadas como esta.
Ha sido tentador en más de uno de los escenarios de furia incendiaria de unos y otros saber si los autores de algunas opiniones han sido sometidos ya a suficientes colonoscopias. Sería un método práctico a fin de verificar el estado de las neuronas de quienes han tomado partido en términos en que el dicterio brutal ha arrasado con cuantos matices podían haber balanceado las posiciones enfrentadas
Atrapados por la influencia del panóptico digital de las redes todos hemos reaccionado, aquí y el exterior, con olvido imperdonable de que la tecnología ha cambiado nuestro imaginario cultural. Haremos, por lo tanto, lo elemental: prescindir, por principio, de las teorías conspirativas donde esta índole de interpretaciones es menos admisible, que es en el ámbito de acción de los gobiernos, las instituciones y sus voceros.
Aparentan ignorar, a pesar de usar el vertedero de las redes con notoria frecuencia, que estas han introducido una revolución planetaria de la que no se volverá atrás. El último testimonio que han dejado estas es del aprovechamiento del Mundial por millones de usuarios que dispersaron hasta el último confín de la tierra juicios advenedizos o tirrias de vieja data en actos que solo por necedad o mala fe pueden calificarse de conspiraciones organizadas por poderes ocultos.
La tarea de higienización mental impone dejar de lado opiniones como las de la conducción de la Fundación Faro, think-tank del oficialismo, a las que el presidente Milei, cuando no, adhirió con un rotundo “Absolutamente cierto”. Faro adjudicó al kirchnerismo -Dios nos resguarde de cualquier conjetura de concupiscencia con los mentores de un movimiento infausto- de haber sido una pieza fundamental de la campaña anti argentina. “Validaron -dijo- el wokismo que hoy nos acusa de racistas; promovieron la idea de que nuestros jugadores eran desclasados, fomentaron el odio contra Messi”.
Leo con regularidad las cartas de lectores al director de LA NACION que llegan con la debida identificación de los remitentes. Un viejo secretario de Redacción predicaba que a veces son más ilustrativas e interesantes que nuestros propios textos. No leo, en cambio, las opiniones anónimas que se emiten al día por millones a través de los más diversos instrumentos digitales.
Que esa elusión constituye un acto metódico de salud mental lo actualicé a raíz de una excepción que introduje: privilegié, por una vez, la curiosidad de saber qué se decía, bajo el amparo de las sombras, de una de las opiniones que más negativamente había repercutido en nuestro país, la del escritor español, miembro de la Real Academia de la lengua y amigo de la Argentina, Arturo Pérez-Reverte. Anteayer, este ha hecho su defensa en las páginas de LA NACION.
“Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder -había escrito don Arturo-, la selección que jugó contra España no representó a la Argentina, que es mejor que eso”. Fue lo central que dijo, pero suficiente para que el comentario produjera un vendaval de reacciones exasperadas en nuestra red, sin computar las que el sistema automático veta por obscenidad.
Un forista apostilló a Pérez-Reverte con la pregunta de si se había olvidado del trigo que la Argentina hizo llegar a España, por determinación de Perón, en sus años de penurias, en los cuarenta. Otro, con igual espíritu historicista, dedujo que en la opinión de Pérez-Reverte subyacía “la mentalidad colonial”. Otro más estimó, con carácter genérico e inapelable, que “los gallegos se van de boca” y hubo uno que lo instó a que “no nos visite más”.
No debería extrañarnos si este último fuera invitado a incorporarse sin más trámite a la Dirección General de Ceremonial de Estado, habida cuenta de la forma en que el Presidente se ha despachado contra Lula, autor por años, es cierto, de indebidas intervenciones en la política interna argentina. Nada digamos del ministro de Relaciones Exteriores, Pablo Quirno, que por razones de responsabilidad, y de tacto diplomático tradicional de la Cancillería a su cargo, debió haberse privado de aplaudir las barbaridades que escuchaba.
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Dejamos para el epílogo de este fresco sobre los trajines de la nacionalidad el sentimiento coincidente con el balance que, desde Mitre a Oscar Terán, Juan Carlos Torre, Fernando Devoto, y otros, hombres y mujeres de la intelectualidad argentina han pensado el país desde una perspectiva superadora de los infortunios históricos de que se ha dado cuenta
Ha habido otra manera de ver la Argentina, sin falsear verdades. Torre rescata unas páginas en que Edmundo de Amicis, al recorrer como corresponsal de prensa las colonias italianas de Santa Fe, en 1885, se sorprende por lo que ve. Los campesinos piamonteses de la pampa gringa no parecían tener ninguna clase social encima. “En cambio, en Italia -escribe de Amicis- sentían sobre sus espaldas todo el peso jerárquico de la antigua sociedad”.
Ya en 1908, en Apuntes y críticas sociales -obra inhallable, salvo, acaso, en la Biblioteca Nacional-, Martha Bonheur aseguraba que los franceses inventaron una palabra para referirse a quienes imitaban sus modas y costumbres, exagerándolas o interpretándolas de una manera impropia: rastaqouaire. Rastacueros por conducta, y vaya a saber si por arrastre memorioso de las exportaciones de cueros de saladeros por las que fuimos conocidos en Europa, antes que por las ventas de nuestras apreciadas carnes.
No sé de nadie -ni siquiera Fernando Rocchi, historiador de la Universidad Di Tella, que todo lo sabe- que haya identificado a la mujer de aproximadamente 24 años, perteneciente a la sociedad argentina mejor establecida de principios del siglo veinte, que apeló al seudónimo de Martha Bonheur para hacer en aquel libro una crítica feroz de los argentinos que solo viajaban a París por el afán de mostrarse.
“Martha Bonheur” era una máscara que muestra la hilacha de su estirpe en un tiempo en que “viajar a Europa resulta de una gran economía”: la élite social, dice, no acepta al parvenú, al recién llegado a los placeres y oropeles jactanciosos de la nueva riqueza.
En esa misma línea Roberto Gache publicaba en 1928 Glosario Argentino. El libro censura, “con serenidad. y sin maldad”, el griterío de nuestras compatriotas en París. Registra sus movimientos sobre todo en las tiendas a las que iban en el doble turno cotidiano de mañana y tarde cuando con diez centavos de peso argentino era posible comprar bienes por valor de un franco francés. “Pasan las argentinas -observa Gache- por gritar mucho, hablar poco y decir menos”. Mientras tanto, los parisinos tomaban nota.
Años más tarde, en Radiografía de La Pampa, Ezequiel Martínez Estrada denunciaría la viveza criolla, el individualismo exagerado, la desconexión en el argentino de la imagen de sí mismo con la realidad y Eduardo Mallea, en Historia de una Pasión Argentina, ahondaría en los vicios que percibía de superficialidad, conformismo, ausencia de un proyecto nacional compartido, y el contraste entre la Argentina visible y la Argentina invisible.
Esperemos retomar alguna vez el hilo conductor de las reflexiones que ha inspirado el sentencioso “Pancho” Ibañez: “Todo tiene que ver con todo”.
De lo contrario, sería un enigma sin esperanzas de resolver que un país con el inmenso potencial de recursos humanos, científicos y humanistas; con tierras, cursos de agua, minerales, fuentes de energías y riqueza marítima que movilizan el interés extranjero, y con la base de primer orden de una tradición cultural antiquísima que está de pie, y sobre la que se expresa una pujante sociedad del conocimiento, solo haya participado la Argentina, digo, en 2025 del 0,37% del comercio mundial de bienes y servicios.
¿Qué significa la Argentina en el mundo -aparte del fenómeno que ha desencadenado el Mundial-, como tanto nos gusta preguntar? Busquen una de las respuestas en ese 0,37% paupérrimo, aunque haya estado en 2025 en leve crecimiento respecto de años anteriores.
Por José Claudio Escribano

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