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Una excursión a Neuquén, el país ideal de Milei
24 de octubre de 2026
LA NACION
Sergio Suppo
Javier Milei por Alfredo Sabat
El riesgo país hizo otro pico de fiebre cuando Javier Milei aterrizó, el lunes pasado, en el Aeropuerto Perón de Neuquén.
El Presidente no alcanza a ver la geografía que imagina como el futuro de toda la Argentina; el atril que lo espera está a menos de 500 metros del avión que lo trajo a la inauguración de la Argentina Oil & Gas, una exposición que funciona como el aviso definitivo de que el fenómeno de Vaca Muerta es real.
El discurso de Neuquén es una buena síntesis de las ilusiones y los temores de Milei. También es una muestra razonada de los cambios que produce su gestión y una negación de sus efectos adversos.
El Presidente mezcla factores para explicar el freno a la actividad económica. Reconoce que el calentamiento global de los precios por el aumento de la energía impacta en la actividad económica en la Argentina y a la vez posterga el objetivo de eliminar la inflación.
Milei enfrenta la realidad adversa que le devuelve la economía como un comentarista selectivo que toma lo que le conviene y se burla de lo que le molesta
Porque no puede y porque no le conviene, cuando pone al kirchnerismo como un condimento de la desconfianza que genera el país en los mercados y en los inversores no cuantifica la verdadera influencia que tiene el riesgo del regreso del populismo al poder.
Por el desmadre mundial no puede culpar a su amigo Donald Trump. Y porque lo necesita como el rival más cómodo, nunca dejará de poner en primer plano el pasado que prometen repetir los kirchneristas que se pelean por sucederlo.
Milei enfrenta la realidad adversa que le devuelve la economía como un comentarista selectivo que toma lo que le conviene y se burla de lo que le molesta. Se enoja con las encuestas que dicen que muchos argentinos afirman no llegar a fin de mes. Y como un chiste presentado como argumento dice que si eso fuese verdad muchos argentinos dejarían de comer el día 20 de cada mes.
Es una dolorosa ofensa hacia aquellos que han debido limitar sus consumos por los cambios de la composición de sus gastos, alcanzados por la quita de subsidios a los servicios básicos como electricidad, gas, transporte etc.
Es la misma intolerancia que usa para dar por terminado el ciclo de determinadas industrias que sienten el rigor de la competencia, el impulso comercial chino y las cargas impositivas simultáneas de tres Estados distintos.
Entre la descripción de ese futuro posible que promete ingresos masivos de dólares y este presente que deja ver un derrumbe industrial y comercial hay algo llamado tiempo
Para Milei el futuro solo será de los sectores en condiciones de competir en el mundo: el agro, la megaminería, la economía del conocimiento y ese volcán que comienza a hacer erupción que es la explotación de Vaca Muerta.
Entre la descripción de ese futuro posible que promete ingresos masivos de dólares y este presente que deja ver un derrumbe industrial y comercial hay algo que se llama tiempo. El reemplazo de un modelo económico por otro no es automático y sus opositores esperan que los traumas que provoca esa mutación les entreguen la posibilidad de enfrentarlo el año que viene.
A pesar de su personalidad alérgica a la paciencia, Milei tiene que pedírsela a sus potenciales votantes. La mágica velocidad que prometió se diluyó y ya no tiene mucho sentido negar que al final de su mandato encontrará a la Argentina todavía enredada en la desconfianza externa y en la peligrosa quietud de sectores económicos en los que trabaja la enorme mayoría de los argentinos.
Entre los neuquinos está el futuro que Milei imagina para el resto de la Argentina, aunque ninguna otra provincia tenga la enorme riqueza a punto de extraerse
En la última semana, en Neuquén pudo verse el despegue del sector energético. Es un mérito del gobierno libertario que generó las condiciones necesarias para que Vaca Muerta deje de ser un deseo. Su gobierno garantizó el mismo precio que determinan los mercados del petróleo y el gas, habilitó la exención de impuestos para los grandes inversores (RIGI) y generó la confianza necesaria para entren grandes jugadores del sector.
El impacto en Neuquén se traduce en un colapso de necesidades que esa provincia administra en la medida de sus posibilidades. El crecimiento vertiginoso tiene consecuencias y es un mejor problema a resolver que administrar la decadencia.
Entre los neuquinos está el futuro que Milei imagina para el resto de la Argentina, aunque ninguna otra provincia tenga tanta riqueza a punto de extraerse.
Horacio Marín, presidente de YPF, estimó en 58 mil millones de dólares lo que podría llegar a generar la extracción intensiva de petróleo y gas dentro de cuatro años. En términos de un país acostumbrado a esperar la salvación desde el campo, una cosecha y media anual extra.
La minería podría hacer un aporte de por lo menos la mitad dentro de unos cinco años hasta componer un cuadro de la por ahora imposible de cuantificar evolución de la economía del conocimiento.
Neuquén representa el ideal para Milei en tanto empiezan a hacerse obras de infraestructura sin que la Nación aporte fondos. Todo el esfuerzo, o casi todo, corre por cuenta del gobierno neuquino y, especialmente, de las empresas petroleras. Estas necesitan con urgencia más rutas y que las que existen se puedan transitar, además de trenes que crucen la Patagonia, entre otras muchas cosas.
Es un modelo que prescinde de la extendida creencia de que el Estado primero tiene que hacer las obras para que el desarrollo se produzca a partir de ellas.
Las teorías son posibles siempre y cuando haya fondos. Hasta donde se recuerda, obras a gran escala como los gasoductos y oleoductos solo son posibles por gestión privada si tienen el extraordinario impulso de la mayor riqueza extractiva de la historia del país a punto de ser explotada.
Milei presenta un país que todavía no es, pero que puede ser. Pero su falta de empatía y reconocimiento al esfuerzo de los ciudadanos puede enojar a millones de votantes que no quieran o no sepan ver la transformación que promete.
Por ahora apuesta a que al final de la infinita campaña electoral que ya comenzó una mayoría de argentinos se integre con el tercio que lo apoyó desde el principio y un ejército de votantes que, frente al miedo del regreso del kirchnerismo, terminarán por acompañarlo.
Forma parte de su oferta no hacer ofertas, no aliviar a las víctimas ni reparar en ellas; en todo caso usarlas para ejercitar el desprecio. En el juego a todo o nada, el Presidente no quiere que lo confundan con quienes ejercitaron la demagogia con fondos públicos.
Cuenta con la ventaja de la incapacidad del peronismo para reinventar algo distinto al fracaso que ya ofreció y con la ausencia de alternativas que sigan el sentido esencial de su rumbo, pero con otro estilo.
Los nuevos dirigentes no aparecen y los que ya están prefieren negociar para mantener lo que tienen. Tal vez alguna sorpresa pueda ocurrir si algún gobernador que gane su reelección se anima a salir de su potrero. Puras especulaciones.
Todavía no puede decirse si el Presidente elige ser el constructor que inaugura lo que promete o el profeta que anuncia lo que otros no ven o no quieren ver.
Por Sergio Suppo






















































































































