martes, 9 de junio de 2026

Trump entre los votantes y los ayatolas


 

 OPINIóN 


Trump entre los votantes y los ayatolas


El laberinto sin salida en el que se metió el presidente de Estados Unidos. En qué puede terminar el conflicto de Medio Oriente.


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


Revista Noticias




Donald Trump por Pablo Temes


Puede que Donald Trump sea el hombre más poderoso del universo conocido, pero así y todo sabe muy bien que su propio destino dependerá de la evolución del precio de la nafta en las estaciones de servicio norteamericanas. Mal que le pese, al acercarse las elecciones de medio término, se siente constreñido a subordinar sus ambiciosos proyectos geopolíticos al estado de ánimo de sus compatriotas. En Estados Unidos, el consumidor es rey y no vacila en castigar electoralmente a quienes lo olvidan. Si están en lo cierto los que dan por descontado que en noviembre los republicanos perderán algunas bancas en el Senado y la Cámara de Representantes, a partir de aquel momento los demócratas se dedicarán a hacerle la vida imposible.




Puede entenderse, pues, la frustración que siente el hombre que se ha propuesto reconstruir el orden mundial frente a regímenes, como el cubano y el iraní, que no tienen que preocuparse por lo meramente material. Si bien es posible que, por fin, esté a punto de caer la inepta tiranía castrista por, entre otras cosas, haber reducido a la indigencia a casi todos los habitantes de la isla en nombre de la justicia social, podría sobrevivir lo que aún queda de la dictadura teocrática iraní a pesar del colapso económico que precedió a la devastadora ofensiva militar de Estados Unidos e Israel.



Trump quisiera que el pueblo iraní se alzara en rebelión contra los responsables de sus muchas desgracias, pero sin armas los hartos de la dictadura "de Dios" no están en condiciones de hacer mucho más que protestar clandestinamente. Se estima que por lo menos el ochenta por ciento de la población quisiera vivir en un país más libre, pero el año pasado el régimen islamista masacró a decenas de miles de manifestantes y, según se informa, todos los días mueren ahorcados docenas de presos políticos.


En ambos casos, tanto el cubano como el iraní, se trata de regímenes conformados por personajes que están tan enamorados de una abstracción, sea "la revolución cubana" o el sueño de un mundo subordinado a una versión despiadada del islamismo chiita, que no les importa un bledo el sufrimiento de la gente común. A diferencia de los norteamericanos que, por una cuestión de centavos, suelen perder fe en sus gobernantes para entonces defenestrarlos, los cubanos e iraníes entienden que su bienestar no figura entre las prioridades de quienes monopolizan el poder. Es por tal razón que la maligna tiranía iraní sigue en pie después de ver destruida buena parte de su capacidad militar y económica. Según el modo de pensar de los estrategas occidentales, Estados Unidos e Israel ya derrotaron al Irán ultra-islamista, pero sucede que rige otra lógica en el país de los ayatolas furibundos.


Por ser Trump un personaje tan polémico, y tan antipático, y por haberse puesto de moda entre los supuestos progresistas del mundo democrático el odio hacia el único Estado judío, muchos están celebrando la negativa a darse por vencidos de los ayatolas y los jefes de la sanguinaria Guardia Revolucionaria Islámica. Asimismo, está difundiéndose en los círculos de élite occidentales la opinión de que el presidente estadounidense cometió un error estratégico sumamente grave cuando decidió acompañar a Israel en un esfuerzo por aniquilar a un régimen que, además de exportar el terrorismo al resto del mundo, incluyendo a la Argentina, a juicio del director general del organismo atómico de la ONU, Rafael Grossi, ya ha enriquecido bastante uranio para diez bombas nucleares.


Por fortuna, parecería que, gracias al bombardeo de las instalaciones que lo producían, el uranio está sepultado bajo tierra, pero aún así las aspiraciones iraníes en tal ámbito siguen siendo muy peligrosas. Como muchos han señalado, serían plenamente capaces de aprovechar una eventual "solución diplomática" al problema que se ha planteado para reanudar su programa nuclear.


Antes de la "guerra de los doce días" del año pasado en que participó brevemente la aviación norteamericana, una banda de fanáticos religiosos estaba a punto de adquirir armas de destrucción masiva que le hubieran permitido barrer de la faz de la Tierra al odiado "ente sionista", Israel y, de paso, a millones de palestinos que viven en el mismo vecindario, además de chantajear a los países árabes cercanos. Es factible que Trump y Benjamín Netanyahu exageren cuando dicen que los iraníes estaban a semanas de alcanzar su objetivo, pero ello no quiere decir que fuera irracional de su parte intentar eliminar el peligro atacando preventivamente a Irán. Tampoco es irracional que el israelí esté mucho más interesado en el futuro de su propio país, cuya existencia está en juego, que en el panorama electoral norteamericano que tanto obsesiona al magnate.


Sea como fuere, parece evidente que Trump sí cometió un error muy grave al procurar poner fin a la amenaza iraní sin poner "botas sobre el terreno". Es que, como Trump sabe muy bien, en el Occidente actual la muerte de un solo efectivo militar podría motivar una reacción mediática explosiva. Mientras que Vladimir Putin puede encogerse de hombros al enterarse de que medio millón de soldados rusos han perecido en Ucrania a cambio de nada, Trump, que según parece lo envidia, teme que la pérdida de tantos como suelen morir en un accidente aéreo desataría una crisis inmanejable que le costaría un sinnúmero de votos.


He aquí la razón por la que la guerra contra Irán ha resultado ser tan asimétrica. No se equivocan los ayatolas y sus simpatizantes cuando calculan que su poder de resistencia es llamativamente superior a aquel de la administración norteamericana. Quienes reemplazaron a los líderes que murieron en la primera fase de la guerra ya han comenzado a cantar victoria por haber sobrevivido a los ataques de sus enemigos; creen que el tiempo corre a su favor y que Trump termine aceptando virtualmente cualquier acuerdo que le permitiría zafarse de la situación incómoda en que se encuentra con la dignidad intacta.


De más está decir que los clérigos iraníes y los jefes de la Guardia Revolucionaria Islámica cuentan con una ventaja que podría ser clave: la ubicación geográfica del país que dominan. Para desconcierto de Trump, al que parecería no se le ocurrió que serían capaces de cerrar el Estrecho de Ormuz por el que en tiempos de paz transita aproximadamente el veinte por ciento del petróleo y gas que necesita la economía mundial, se las han arreglado para provocar una crisis energética y por lo tanto económica global que perjudica a docenas de países. De haberse dado cuenta a tiempo de lo que harían los iraníes, el mandatario norteamericano pudiera haber ordenado la ocupación inmediata de la zona circundante pero, claro está, no quería correr los riesgos que le supondrían enfrentamientos armados con yihadistas bien pertrechados que se mofan de la muerte. Trump sabe que el electorado norteamericano podrá tolerar una guerra relámpago con tal que sus propias fuerzas no sufran muchas bajas, pero antes de regresar a la Casa Blanca juró una y otra vez que nunca dejaría que Estados Unidos quedara atrapado en una nueva guerra interminable como las de Afganistán e Irak.



En vista de los sentimientos pacifistas, auténticos o simulados, de tantos norteamericanos y otros occidentales, tal actitud puede entenderse, pero a Trump no le será dado encontrar una salida fácil del berenjenal en que se ha metido al improvisar una operación sin duda necesaria, pero así y todo nada sencilla que, fiel al inmediatismo que lo caracteriza, esperaba llevar a cabo en un par de días. Tal y como están las cosas, podría caer en la tentación de resignarse a sufrir lo que, en retrospectiva, sería visto como una derrota estratégica catastrófica. De ser así, tendría un lugar en los libros de historia equiparable al ocupado por el primer ministro británico Neville Chamberlain que, por un par de semanas, pudo enorgullecerse del tratado de paz que firmó con Hitler en Múnich.


Debería ser innecesario decir que Estados Unidos e Israel no serían los únicos países que se verían beneficiados por el eventual reemplazo del delirante gobierno iraní por un régimen menos fanatizado, sea cuestión de una democracia republicana, una monarquía constitucional o incluso una dictadura "normal" sin pretensiones apocalípticas. En vista del peligro existencial planteado por la secta chiita que durante casi medio siglo ha gobernado Irán, todos los países europeos, China, India, Japón, los estados árabes y hasta Rusia tendrían buenos motivos para celebrar su destrucción.


Puede entenderse, pues, el rencor que siente Trump hacia sus tradicionales aliados europeos que, a comienzos de la guerra contra Irán, se negaron a ayudarlo porque no los había consultado antes del inicio de las hostilidades, si bien, andando el tiempo, algunos comenzaron a modificar su actitud. En cuanto a Xi Jinping, el mandamás chino antepone la rivalidad de su país con Estados Unidos a cualquier proyecto de largo alcance que podría tener y en el que difícilmente se encontraría un Irán hegemónico en el Oriente Medio. Si bien a veces parecería que a Trump le gusta la idea de que Estados Unidos comparta con China los deberes correspondientes al "gendarme internacional" de turno, desde el punto de vista de la elite gobernante de la dictadura comunista, aún es prematuro pensar en tales términos.



 

HUMOR DIARIO


 


 

El Indio Solari y la pregunta política que queda abierta


 

 LA NACION > Política


El Indio Solari y la pregunta política que queda abierta


La movilización “ricotera” acorrala sobre todo al kirchnerismo, pero también al mileísmo: ¿Quién tiene hoy el poder de representar?


9 de junio de 2026


LA NACION


Luciana Vázquez



Indio Solari por Alfredo Sábat


¿Qué está pasando en la Argentina? ¿Cuántas Argentinas se mueven en paralelo? ¿Cuál es la Argentina que define la elección de 2027? La semana que concluyó con la muerte y despedida final del Indio Solari contiene episodios clave que sintetizan esas tres preguntas en una: ¿quién tiene hoy el poder de representar? Es decir, de captar la sensibilidad de una sociedad fragmentada y escurridiza, subterránea pero quizás mayoritaria, ruidosa digitalmente pero tal vez menos voluminosa, y dividida en dos, o más, por los efectos colaterales de la corrección macroeconómica, con unas partes castigadas y otras, más o menos beneficiadas.



Esa movilización “solarista” acorrala contra las cuerdas sobre todo al kirchnerismo, y al peronismo en general, pero también al mileísmo.


Además de la “misa ricotera”, hay otros tres hechos clave de la última semana que disparan la cuestión central de si hay alguien capaz de representar. En ese caso, interpelan a Patricia Bullrich y Mauricio Macri y a Juan Grabois y el conglomerado progresista extremo.


¿Milei ya no la ve?

La pregunta sobre la representación es una pregunta política central que deja en el aire la “misa ricotera” en homenaje a Solari. Para el proyecto de Javier Milei, es un interrogante clave. La continuidad de la reorientación de la Argentina hacia una matriz económico-productiva y social sostenible tiene como requisito el apoyo de buena parte de la sociedad. ¿La pervivencia de sectores populares abigarrados y con una experiencia común de marginalidad, como la que se vio el fin de semana, representan un riesgo para esa sostenibilidad?



Sin apoyo popular, el reformismo mileísta enfrenta peligros parecidos al del reformismo menemista: una oleada transformadora que no alcanza la popularidad de sus resultados y se revierte ante la primera alternancia política. Tuvieron que pasar casi veinticinco años para que el balance histórico echara luz sobre la potencia constructiva del reformismo menemista.


Una modernización de la Argentina sin precedentes, en parte, con efectos colaterales negativos. El paso siguiente no era volver atrás, sino una elevación más virtuosa que corrigiera los déficits de ese proceso. El kirchnerismo inaugural de Néstor Kirchner optó por la reversión casi completa del mejor legado de esos años.



Por eso la aparición el fin de semana de ese río de gente demandando deudas históricas es una señal de alarma. No están en sintonía con el oficialismo libertario. Surge una pregunta necesaria: ¿Milei y el mileísmo siguen captando y representando como en 2023 algo de la insatisfacción de los sectores que apostaron a un sueño de movilidad social acotado, pero algo más posible, con la libertad módica de las aplicaciones y la bicicleta a cuesta?


La hazaña 2023 de Milei fue su transversalidad social: logró quedarse con parte del voto históricamente peronista del conurbano bonaerense. Macri y Pro no habían logrado conquistar esa cumbre: no pudieron convertirse en una derecha popular. Milei lo hizo. ¿Lo sigue haciendo? Esa es la cuestión.



¿Kirchnerismo ciego y sordo?

Este fin de semana, la “misa ricotera” fue un caudal masivo y de carácter federal de argentinos de varias generaciones, todos con alguna idea común que Solari representó como ninguno, con voluntad de ocupar la calle. Unas patas en la fuente de nuevo cuño que trajeron a la superficie una visión de la Argentina que venía perdiendo lugar en el espacio público: están ahí, pero no se los estaba viendo. Por Solari, volvieron a primer plano. Un millón de personas movilizadas espontáneamente hasta Villa Domínico, Avellaneda, el corazón del conurbano bonaerense: es el sueño del pibe de cualquier político que busca representar.


Contrasta con la impotencia de sindicalistas influyentes, de organizaciones piqueteras adelgazadas por el ozempic Pettovello, del kicillofismo y del kirchnerismo de Cristina y Máximo Kirchner: no hay convocatoria de la institucionalidad peronista en general, por más aparateada que esté, que logre esa escala de movilización. Hay conciencia de eso entre la dirigencia kirchnerista y sindical: tanto que la CGT ni siquiera se atreve a convocar a paros y movilizaciones. Aún con la caída del salario real y con paritarias pisadas para que no superen, la dirigencia pero-kirchnerista no consigue representar esas insatisfacciones. Desde 2021, las urnas nacionales confirman lo que la calle le escatima: al kirchnerismo, la capacidad de representar se les volvió casi un imposible.


Los fans de Solari y la experiencia que transmitían ante los micrófonos en la calle dejaron algo en claro: esa sensibilidad en busca de una esperanza no desapareció transformada y reorientada por el vendaval mileísta. Apenas se llamó a silencio. El fin de semana quedó claro que es un río subterráneo que la política no expresa ni encauza.



Para el kirchnerismo, la pregunta es: ¿cómo es que perdió la capacidad de representación de las demandas y las esperanzas de sectores marginados que están vivitos y coleando? La pregunta se vuelve acuciante por un dato: en cierta parte de la posición vital de los fans de Solari que ocuparon las calles, surge una línea de puntos que conecta esa sensibilidad musical con una memoria y una ilusión peronistas, o kirchneristas. Adolescentes y jóvenes sin pasado peronista, pero con esperanzas futuras de tono peronista, o cristinista o nestorista.


Esa multitud espontánea acorrala implícitamente al kirchnerismo contra el muro de la impotencia. Esos sectores están ahí, en las sombras, y sin embargo, nadie los representa. ¿Cómo es que la dirigencia pero-kirchnerista perdió su capacidad de representación de las demandas y las esperanzas de sectores marginados que están latentes, aunque no se expresen masivamente todos los días?



Bullrich y Macri, la representación de la moral

A la contundencia de la “misa ricotera” como hecho político, se suman dos hechos, más prosaicos, de la política nacional que también alimentan esa cadena de preguntas sin respuestas sobre la política y su poder de representación. Por un lado, los movimientos estratégicos de Patricia Bullrich y de Mauricio Macri. Aunque distanciados políticamente, los dos juegan en la misma cancha para alcanzar el mismo premio: ver quién hegemoniza la representación de un sector de votantes a los que les importa la institucionalidad y la república.


Los dos dirigentes captan el mismo vacío de representación: un electorado que alguna vez les perteneció y que el mileísmo deja bastante solo: el votante republicano que se indigna con la corrupción libertaria. Al mileísmo le nació una imposibilidad: la de seguir representando la promesa de cambio y purga de la casta. Adorni, $Libra, Andis, entre otras sospechas de opacidad, y la protección política oficialista le abren una ventana de oportunidad a Bullrich y Macri.


Para Bullrich, las chances de representar son más claras. Desde su derrota en la elección presidencial de 2023, Bullrich no se alejó del poder sino que apostó a la construcción de su propio coto de poder. Primero, como ministra férrea de Seguridad: ahí recuperó la voz política que perdió como presidenta. En eso se parece a Luis “Toto” Caputo: lo que no les dio Macri, un espacio para expandir su personalidad política, se los dio Milei. Bullrich no sólo tiene una visión de país organizada en torno a un mix del mileísmo en lo económico y del republicanismo macrista en lo político. También sigue teniendo vocación de poder, es decir, de contar con votantes propios, cuidarlos y hacerlos crecer. La mayor diferenciación respecto de Milei pasa por apropiarse por “la moral como política de Estado” que Milei está dejando vacante. El caso de la jueza vetada por Milei por su parentesco con el periodista Hugo Alconada Mon es el último episodio de las oportunidades que ve Bullrich y no duda en tomar.


Con la misma cuerda, vibra Macri en su regreso a la política nacional. “La sociedad puede perdonar errores, pero el quiebre moral no lo perdona nunca”: fue el cierre de su discurso en Santa Fe, el viernes. Estuvo ahí como parte de su gira nacional “El próximo paso”. Para Macri, el problema de la representación es mucho mayor que el de Bullrich. Con el desembarco de Milei en el poder, soñó con una suerte de cogobierno donde Pro aportara hombres y mujeres con capacidad de gestión en áreas clave. Esa visión nunca se concretó. Macri eligió despojarse de la ambición de poder político e identificar su proyecto de país con el mapa del proyecto mileísta.


Pro optó por llevar a la política una suerte de desprendimiento cristiano: “es hora de acompañar”, es el lema para explicar su alineamiento acrítico con las leyes oficialistas y sus silencios ante temas críticos del mileísmo. La semana pasada, Guillermo Dietrich, llevó al extremo esa vocación de servicio político”: “Si finalmente para que a la Argentina le vaya bien, el Pro tiene que desaparecer, es preferible a que la Argentina le vaya mal y el Pro exista”. Ahora Macri vuelve a la disputa por el poder, aunque sea para conservar capacidad de obstaculizar, dividir y negociar en 2027. La bandera es moral-republicana: a ese votante intenta representar.


Por otro lado, el último hecho político que despierta preguntas sobre la capacidad de representar surge de una de las fotos de la semana: la de Juan Grabois, sonriente y con mano extendida para el saludo amable, entrando a la casona del techno magnate Peter Thiel en el corazón de Barrio Parque. Fue el miércoles 3 y el encuentro duró más de tres horas.


A menos de quince días de la publicación de la encíclica papal “Magnifica Humanitas”, que alerta sobre la IA y sus consecuencias sobre la sociedad, Grabois, un aliado argentina del Vaticano, se encontró con el tecno bro dueño de Palantir, la empresa de IA dedicada a la defensa y la vigilancia global, nada menos. Ese encuentro conduce la pregunta sobre la representación hacia otro lado: ¿cómo representar en una Argentina que acumula deudas del siglo XX y que se cruza con una guerra de la globalidad del siglo XXI acelerado, y de un futuro impredecible? Grabois lo sintetizó hace algunas semanas: “Para representar correctamente, uno tiene que tener claro el rumbo. Estamos como turco en la neblina”.


Por Luciana Vázquez


 

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