viernes, 8 de mayo de 2026

¿Es posible el mileísmo sin Milei?


 

 OPINIóN


¿Es posible el mileísmo sin Milei?


El proyecto libertario busca extenderse en el tiempo pero no tiene sucesores de peso. Las limitaciones de un presidente sin equipo.


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


Revista Noticias



Javier Milei por Pablo Temes


Si hubiera una competencia internacional para ver qué país tiene el mandatario más insólito, la Argentina ganaría por goleada. Sus grandes rivales en esta categoría, Estados Unidos y Corea del Norte, tienen presidentes cuya conducta suele ser desconcertante, pero en comparación con Javier Milei, Donald Trump y Kim Jong Un son dechados de normalidad.




Por un rato largo, la voluntad de Milei de pisotear todas las reglas y hacer gala de sus muchas excentricidades lo ayudó a afianzarse en el poder mientras llevaba a cabo un ajuste despiadado, pero parecería que aquellos días felices están acercándose a su fin. Si bien no cabe duda de que las penurias económicas que sufren tantos están privándolo de apoyo, inciden menos en su rating que su forma asombrosamente feroz de reaccionar frente a cualquier crítica y, claro está, que los rumores de corrupción en el seno del gobierno que siguen proliferando. Tampoco lo ayuda la interna entre la facción encabezada por Karina y el estratega oficialista Santiago Caputo.




A Milei ya no le sirve como antes figurar como el loco de la motosierra que estaba resuelto a desmembrar una “casta” política parasitaria cuya voracidad había depauperado a millones de familias. Luego de usar su herramienta favorita para podarla de algunas excresencias notorias y adelgazar el obeso sector público, la está empleando para atacar a quienes no han tenido nada que ver con la decadencia casi centenaria del país. En vez de tratar a los “republicanos ñoños” y liberales clásicos de la diezmada clase media como aliados en la lucha que ha emprendido contra un orden socioeconómico y político programado para fracasar, insiste en ubicarlos en el campo enemigo. No debería sorprenderle, pues, que muchos estén asumiendo posturas netamente opositoras a su gestión.


Con todo, hay indicios de que, gracias en buena medida a la prédica vehemente de Milei, pero también a los perjuicios enormes que provocaron sus antecesores inmediatos en el poder, se ha modificado radicalmente “el sentido común de los argentinos” al llegar el grueso de la ciudadanía a la conclusión de que sería calamitoso apoyar nuevamente a políticos comprometidos con variantes del voluntarismo inflacionario que durante décadas lograron congraciarse con el electorado hablándole de su amor por los humildes y su propia generosidad. Será por tal motivo, y por entender que el espectro del regreso del kirchnerismo asustaba a inversores internacionales interesados en probar suerte en la Argentina, que el ministro de Economía Luis Caputo optó por asegurarnos que “el riesgo kuka es cero”.


Sin embargo, aun cuando haya señales de que una proporción sustancial de la población del país está dispuesta a hacer suya la parte macroeconómica del paquete de Milei, sólo a una minoría cada vez más pequeña le resulta atractivo el resto del contenido. Soportar con estoicismo un ajuste por suponerlo inevitable y necesario es una cosa, resignarse a que el presidente de la Nación hable como un rufián barriobajero que insulta groseramente a todos aquellos que, por las razones que fueran, se ven incorporados a su lista ya larguísima de enemigos mortales, es otra muy distinta.


Como no pudo ser de otra manera, la irascibilidad extrema de Milei, que casi todos los días brinda la impresión de estar a punto de estallar, motiva dudas en cuanto a su equilibrio mental. ¿Sería capaz de abandonar un día la presidencia so pretexto de que el país lo había decepcionado? También preocupa su dependencia emocional de su hermana Karina que ha sabido aprovecharla arreglándoselas para disfrutar del apoyo ferviente de un pequeño grupo de políticos, funcionarios y otros a pesar de tener una imagen pública que es sumamente negativa. Si bien el nepotismo es tradicional tanto aquí como en muchos otros países y es rutinario que un presidente justifique el reparto de cargos importantes entre miembros de su propia familia y amigos de toda la vida, aseverando que precisa rodearse de personas en que puede confiar, muchos lo condenan por entender que facilita la corrupción.


Desgraciadamente para el jefe de Gabinete, Miguel Adorni, le ha tocado ser el símbolo máximo de la corrupción en el mundillo libertario. Lo acusan de vivir como un millonario en base a ingresos llamativamente superiores a los declarados, lo que, como es natural, ha dado lugar a sospechas de todo tipo. Desde hace semanas, periodistas especializados están revisando con lupa los gastos de Adorni y su esposa, los préstamos que han recibido de presuntos amigos y un sinnúmero de otros detalles que hubieran preferido mantener ocultos. Puede que los montos en juego sean irrisorios en comparación con los sustraídos del erario público por integrantes del cartel kirchnerista, pero a juzgar por la atención que los medios están prestando al tren de vida de Adorni, muchos se han convencido de que figura entre los personajes más venales de la historia nacional.


Así y todo, Milei se niega a abandonarlo a los lobos que lo están cazando, y Adorni mismo se resiste a entender que, por injusta que cree ser la situación en que se encuentra, sería mejor para todos que pusiera fin a su carrera política. A esta altura, cualquier desenlace del drama que está protagonizando sería malo para el gobierno. Si por alguna razón la Justicia opta por absolverlo, casi todos lo atribuirían a presiones políticas. Y si dictamina que en efecto violó la ley y por lo tanto merece pagar una multa abultada o ir a la cárcel, un presidente que se afirma comprometido con la ética quedaría gravemente dañado por no haberlo echado antes de que el caso adquiriera sus dimensiones actuales.


De más está decir que el que la reducción notable del nivel de apoyo del gobierno libertario que se ha registrado en las semanas últimas se haya debido no sólo a los problemas económicos que casi todos enfrentan sino también al comportamiento del presidente, preocupa sobremanera a los convencidos de que no hay ninguna alternativa viable al “rumbo” que ha trazado. Lo que quieren es salvar al mileísmo de Milei que, a su juicio, se ha convertido en el peor enemigo del credo que fraguó. Sueñan con un gobierno que esté tan resuelto como el actual a llevar a cabo las reformas estructurales que, en opinión de virtualmente todos los economistas respetados, serán imprescindibles para que la Argentina pueda prosperar en el mundo hípercompetitivo y muy tumultuoso de los próximos años, pero que se haya liberado de la lastre que le supone un líder irracionalmente iracundo acompañado por un conjunto de sujetos estrafalarios.


No es que todos los funcionarios del gobierno libertario compartan las características menos recomendables de su jefe, ya que hay algunos, como el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger y la de Capital Humano, Sandra Pettovello, que de acuerdo común estarían en condiciones de desempeñarse muy bien en un equipo encabezado por un político menos censurable que Milei, pero por ser La Libertad Avanza una agrupación que se formó de la noche a la mañana para aprovechar la popularidad imprevista de un outsider, no extraña en absoluto que la tropa mileísta incluya a muchos personajes muy raros.



Para algunos, lo que sucedió hace poco en Hungría, donde el primer ministro “ultraderechista” Víctor Orbán perdió por nocaut una elección luego de 16 años en el poder, podría verse repetido aquí, ya que el triunfador, Peter Magyar, no es un izquierdista o centrista sino un conservador que, a pesar de tener un perfil que en términos tradicionales es tan “derechista” como aquel del hombre al que derrotó, es mucho más respetuoso de las normas imperantes en Europa. Dicho de otro modo, la eventual caída electoral de Milei no tendría que significar el regreso del populismo kirchnerista ya que podría suponer su reemplazo por alguien que sea menos urticante pero que así y todo comparta el mismo ideario económico.   


¿De dónde saldría está hipotético mileísta más civilizado que el fundador del movimiento que aspira a hacer de la Argentina una potencia económica? Mucho dependerá de la evolución del pensamiento de las distintas agrupaciones políticas. Si el grueso de los peronistas se convence de que los partidarios de la rectitud fiscal y una apertura comercial ya han ganado “la batalla cultural” y que sería inútil negarse a reconocerlo, no sería inconcebible que surgiera de sus filas; después de todo, la mayoría respaldó a Carlos Menem en su electoralmente provechosa fase “neoliberal”.


Con todo, por ahora cuando menos, los más atraídos por la idea de que lo que el país necesita es el mileísmo sin Milei son los macristas; si bien su líder, el ex presidente Mauricio Macri vacila en declararse dispuesto a candidatearse, acaso por entender que de cierto modo pertenece a un pasado que la mayoría quiere dejar atrás, en el Pro residual hay algunos que podrían sentirse tentados. En tal caso, el elegido contaría con el respaldo de su sector importante del empresariado nacional que, a pesar de las dificultades actuales que enfrenta, cree que, si bien sería un error histórico desperdiciar lo hecho por el gobierno de Milei a partir del 10 de diciembre de 2023, han llegado a la conclusión de que sería mejor que, en el mismo mes de 2027, se viera reemplazado por alguien menos propenso a pelear con todo el mundo.


 

El peor enemigo del oficialismo: la mala praxis política


 

 El peor enemigo del oficialismo: la mala praxis política 


El Gobierno se empecina en hacer todo lo posible para que las cuestiones que prevalecen en la conversación ciudadana sean negativas y debiliten hasta el paroxismo la credibilidad y la reputación de sus principales figuras, comenzando por el Presidente 


La Nacion


Sergio Berenstein


08 mayo 2026 



Manuel Adorni y Javier Milei por Alfredo Sabat


Si no fuera por sus inconcebibles horrores no forzados en materia política y comunicacional, que generan un desgaste profundo e innecesario y catalizan el malhumor predominante en la sociedad, las importantes buenas noticias económicas generarían un impacto mucho más significativo y duradero en la opinión pública. Sin embargo, el Gobierno se empecina en hacer todo lo posible para que las cuestiones que prevalecen en la conversación ciudadana sean negativas y debiliten hasta el paroxismo la credibilidad y la reputación de sus principales figuras, comenzando por el Presidente. Es más que una versión corregida y aumentada del conocido “empecinamiento terapéutico” (persistir en un diagnóstico y su consiguiente terapia, a pesar de que los síntomas del paciente apuntan a que es equivocado), un error bastante repetido por otras experiencias políticas tanto en el pasado reciente como en el remoto. Además, en esta oportunidad, los hermanos Milei ignoraron las impredecibles sinrazones que produce el “efecto cascada” (un término que puede definir una época, hablando de la “sociedad líquida”): los costos aumentan de forma exponencial, con escenarios contingentes que hasta hace poco parecían impensables. La política argentina se encuentra una vez más en una encrucijada binaria: del hiperpresidencialismo extremo y asfixiante pasamos, en apenas semanas, a un liderazgo disociado de (y enojado con) una dura realidad de la que es exclusivo responsable y que obstaculiza el desarrollo de la agenda de gobierno.


Dos meses sosteniendo lo insostenible, aferrados a un activo tóxico como Manuel Adorni, que para todo el mundo político, incluidos prominentes integrantes de esta administración, hace rato se convirtió en un “cadáver” político, derivó en una virtual parálisis de la gestión y en la pérdida de oportunidades para influir en las expectativas de los agentes económicos. En este sentido, fue trascendental la mejora en la calificación de la deuda argentina dispuesta por la agencia Fitch, que habilita a un gran número de fondos globales a invertir en activos de nuestro país. La demanda por (y los precios de) bonos, acciones y otros instrumentos financieros aumentará en la medida en que se sostenga el equilibrio fiscal y continúe el esfuerzo por incrementar las reservas netas del BCRA, bajar la inflación y avanzar en la agenda de reformas estructurales (de la que nada se discute en el actual contexto). Esto implica un paso más hacia el retorno a los mercados voluntarios de crédito para el país, las provincias y las empresas. Sobre todo, contribuye a reducir el costo de financiamiento para los individuos, en un momento en que se registra un pico en la mora en préstamos personales y deudas acumuladas en tarjetas de crédito, más allá de cheques rechazados y dificultades en los mecanismos de financiamiento informal a los que recurren pymes y personas que tienen vedado el acceso a los circuitos formales, sea por su mala historia crediticia o por su inserción en el amplio y creciente terreno de la economía no registrada.


Otra excelente novedad proviene de la minería, uno de los nuevos motores del desarrollo gracias a la demanda global y a la normalización económica del país (es irracional tener de forma persistente y creciente altos índices de inflación, déficits fiscales pantagruélicos financiados con emisión monetaria, un proteccionismo extremo y generalizado o una presión tributaria que abruma al consumidor). Este año, las exportaciones del sector correspondientes a proyectos maduros o en producción crecerán en torno al 50% respecto de 2025, tanto por un salto en el volumen como en los precios. En simultáneo, se acumulan iniciativas nuevas en el contexto del RIGI por más de US$40.000 millones que sugieren un horizonte extraordinario en el mediano y el largo plazo. Es cierto que se trata, al igual que la energía, de sectores de capital intensivo, que generan menos puestos de trabajo que otras cadenas de valor. Pero el salario promedio es dos veces y media más alto que el del resto de la economía. Son inversiones de escalas enormes, que representan puntos de inflexión para la vida y el paisaje de las comunidades locales. Todo cambio genera reacciones y es natural que algunos segmentos muestren desconfianza y opiniones críticas, en especial con la cuestión ambiental. Bienvenido ese debate: las propias empresas, que suelen cotizar en bolsas internacionales y se autoimponen criterios muy rigurosos en la materia, son las principales interesadas en transparentar sus procesos y evacuar dudas. Así, la discusión aún no zanjada sobre la nueva ley de glaciares puede constituir un obstáculo si los cambios que ya tuvieron media sanción en el Senado terminan postergados por una eventual medida cautelar.


En conjunto con la industria energética (en el futuro podría sumarse el turismo si se concretan imprescindibles inversiones en infraestructura física), la minería convierte a la “Argentina árida” en zonas de inédito dinamismo. Con el tiempo, impactará en la economía política del país: provincias que eran erróneamente consideradas “inviables” son hoy áreas pujantes y atractivas donde se relocalizan muchas familias (veinte por día migran solo a Vaca Muerta) para reinventar sus proyectos de vida. Incipientemente, este “nuevo interior”, más joven, pujante y con mejor ingreso per cápita generará más oportunidades, en particular cuando la obra pública recupere el terreno que nunca debió haber perdido. Esto implica el comienzo de la reversión de las corrientes migratorias durante la era de oro de la sustitución de importaciones, cuando se vaciaba el interior profundo para superpoblar grandes metrópolis como Buenos Aires, Córdoba y Rosario.


Semejante transformación implica costos no menores para muchos sectores que salen perjudicados: una economía más abierta y competitiva hace crujir a muchas industrias que no estaban preparadas. Asimismo, buena parte del comercio sufre por la caída del salario real, al margen de los cambios de hábito en el consumo consecuencia de las nuevas tecnologías. Pero el Gobierno podría hacer mucho para aliviar esa situación y contribuir a que las transiciones y reinvenciones de muchos sectores sean menos traumáticas, evitando así la discontinuidad de enormes esfuerzos personales y familiares. El Banco Mundial acaba de publicar un importante documento en el que evalúa la “nueva política industrial”, que desde hace más de una década y media implementan prácticamente todos los países. La competitividad debe analizarse desde una perspectiva sistémica, pero es innegable que, aunque al Gobierno esto lo irrite, el tipo de cambio se encuentra muy atrasado, volviendo a la Argentina un país muy caro en dólares. Si además se avanzara con las reformas estructurales, sobre todo con una baja en la carga fiscal y en el costo de financiamiento, numerosas empresas podrían reconvertirse con muchísimas menos dificultades de las que encuentran hoy.


En vez de invertir tiempo y energía en estos aspectos medulares, el Presidente se embarca en disquisiciones académicas sin sentido, como su absurda prédica contra el keynesianismo, la escuela económica que más influyó en el éxito del capitalismo a nivel global desde la década de 1930. O en viajes privados con el objetivo de abonar en una supuesta batalla cultural a la que, en todo caso, podría sumarse una vez que concluya su mandato. Fue elegido para resolver los principales problemas del país, incluida la inflación, y está muy lejos de haberlo logrado. Según un sondeo muy reciente de D’Alessio-IROL/Berensztein, solo al 31% de los votantes les gustaría que Milei fuera candidato a presidente el próximo año. Casi el mismo porcentaje que lo votó en primera vuelta en 2023.


 

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