sábado, 7 de noviembre de 2026

La senectud de Occidente


 

 OPINIóN 


La senectud de Occidente


Las revueltas de estudiantes en Europa y el avance de movimientos fascistas pone en riego el statu quo. La crisis del Estado de bienestar y el rol de Trump


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


Revista Noticias



Donald Trump por Pablo Temes


En toda Europa, millones de jóvenes -una categoría que hoy en día parece incluir a personas que hace no mucho se habrían considerado de mediana edad- están protagonizando disturbios en las calles y atacando a la policía. Exigen más fondos para la educación y mejores condiciones de vivienda. Los gobiernos aseguran que les gustaría acceder a sus demandas, pero se están quedando sin recursos. Advierten que si intentan aumentar el gasto público los costos de endeudamiento se dispararán y los mercados de bonos provocarán una crisis financiera como las que depauperaron a la Argentina.




El choque entre expectativas a primera vista razonables y la realidad que está convulsionando a Europa tiene sus raíces en la demografía. Debido al desplome de la tasa de natalidad y al notable aumento de la esperanza de vida, los sistemas previsionales que se crearon hace décadas han dejado de ser viables. Con todo, para fortuna de quienes dependen de ellos, los jóvenes manifestantes no suelen percibir la situación como un conflicto generacional. Antes bien, se oponen a cualquier intento de reformar el sistema; temen acabar encontrándose entre los grandes perjudicados. Es por tal razón que muchos jóvenes españoles convirtieron a Maricarmen Abascal, una anciana desalojada, en emblema de la rebelión contra el déficit habitacional.



Para algunos, estamos asistiendo a la muerte del Estado de bienestar europeo; otros, en cambio, consideran que el colapso de lo que en su día fue un modelo sociopolítico sumamente exitoso no es más que un síntoma de un malestar que es mucho más profundo. Temen que la propia civilización occidental se encuentre en su fase terminal: La pérdida de fe en sus virtudes la estaría socavando desde dentro, mientras que, desde fuera, se enfrenta con China, Rusia y enjambres de islamistas. Por tal motivo, los gobiernos de países como Alemania, Francia y el Reino Unido coinciden en que deberán destinar muchos más recursos a la preparación militar, aun siendo conscientes de que, dadas las circunstancias actuales, tal objetivo no será del todo sencillo de alcanzar.


Entonces, ¿qué es lo que ha fallado? Hasta la fecha, los intentos por explicar el declive de la civilización occidental no han sido convincentes. ¿Será culpable la izquierda por haber llevado la autocrítica a tal extremo que, en ocasiones, parece preferir cualquier alternativa, por horrorosa que sea? Después de todo, al sacralizar el “multiculturalismo” según el cual incluso las variantes más primitivas se consideran tan valiosas como las desarrolladas por las naciones occidentales, y donde cuestionar esto se tilda de “racista”, los teóricos progresistas han contribuido a un clima de derrotismo en la opinión pública. Otros sostienen que la democracia misma contiene el germen de su propia autodestrucción, al tender, con el paso del tiempo, a privilegiar los intereses de quienes en última instancia dependen de la caridad ajena por encima de los de aquellos que son verdaderamente productivos. Por otro lado, hay quienes creen que, al reducir el respeto por las virtudes masculinas tradicionales, la feminización ha vuelto a las sociedades más pasivas y reacias al riesgo.


Este fue, en líneas generales, el tema central de un notable discurso pronunciado en Atenas, con el Partenón como telón de fondo, por Marco Rubio, a quien muchos consideran el miembro más lúcido de la administración de Donald Trump y, muy posiblemente, un futuro presidente de los Estados Unidos. En su intervención, el secretario de Estado ensalzó no solo la extraordinaria contribución de los pensadores de la antigua Grecia a la cultura occidental, sino también lo que podría definirse como el “espíritu griego”.


Según Rubio, la Grecia de Pericles, Tucídides, Platón, Aristóteles y tantos otros resultó fundamental para las generaciones posteriores porque encarnaba “los rasgos esenciales que acabarían definiendo a Occidente: una individualidad feroz y una ambición implacable; la audacia en la exploración y la invención; un anhelo de descubrimiento, de aventura, de riesgo y de gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y por los principios que lo rigen; un hambre por desentrañar los misterios de la naturaleza y comprender los secretos del cosmos; una impaciencia ante la idea de lo imposible, una resistencia a aceptar fronteras o límites, y un esfuerzo constante por asomarse a las profundidades de lo desconocido”.


Hace cincuenta años, tales palabras no habrían parecido polémicas, ya que los líderes políticos daban por sentado que, en cierto modo, eran los herederos espirituales de aquellos atenienses que, en palabras de Rubio, convirtieron la búsqueda de la excelencia en el principio mismo de la existencia humana, pero sus sucesores se han acostumbrado a adoptar mucho una postura más humilde. Pocos se atreverían a afirmar en público que a su juicio la civilización occidental es muy superior a cualquier otra y que a la humanidad le beneficiaría enormemente que esto fuera reconocido universalmente. Por el contrario, sugieren que las civilizaciones china, rusa o islámica tienen muchísimo que enseñarnos, por lo que haríamos bien en tratar a sus representantes con el debido respeto.


Mientras tanto, a ambos lados del Atlántico, las escuelas y universidades se esfuerzan al máximo por inculcar a las nuevas generaciones la idea de que, desde sus inicios, Occidente no fue más que un vergonzoso negocio imperialista, cuyos herederos deberían hacer penitencia postrándose ante los descendientes de sus innumerables víctimas.


Rubio dista mucho de ser el único líder político que teme que, a menos que las naciones occidentales recuperen su autoconfianza muy pronto, el futuro será sombrío. Muchos europeos coinciden en que ha llegado el momento de reaccionar con firmeza frente a las fuerzas que buscan desmoralizarlas. En la mayoría de los países, el conflicto entre quienes se autodenominan “progresistas” que están empeñados en deconstruir la cultura dominante y los defensores de esta última, ha sustituido a la vieja división entre izquierda y derecha que se basaba principalmente en cuestiones económicas.


Por un lado, se encuentran los atraídos por la “interseccionalidad”, en la que militantes feministas, personas de color resentidas, musulmanes y miembros de un número creciente de identidades sexuales se consideran aliados naturales; por el otro, están quienes defienden la familia tradicional, abogan por una visión que no distingue entre las personas por motivos étnicos y son plenamente conscientes de que los pueblos incapaces o reacios a defenderse militarmente corren el riesgo de ser aplastados por otros que no comparten sus inhibiciones.


Aunque hay indicios de que los autodenominados progresistas están a la defensiva, puede que ya sea demasiado tarde para que sus adversarios logren imponerse. Una vez que comienza el declive de una civilización, revertirlo resulta extraordinariamente difícil. A su modo, el Occidente actual guarda un notable parecido con el mundo grecorromano de lo que los historiadores denominan la “Antigüedad tardía”: una época en la que los valores y principios, en especialmente los reivindicados por Rubio, que siglos antes habían servido para fortalecer la cohesión social perdieron su capacidad para influir en el comportamiento; proliferaron cultos rarísimos y multitudes de “bárbaros” fueron en efecto colonizando el imperio. El desastre subsiguiente fue de tal magnitud que tuvieron que transcurrir mil años antes de que el Occidente, tras reconectarse intelectualmente con el mundo antiguo, comenzará a mostrar signos de una recuperación que, andando el tiempo, lo llevaría al lugar que todavía ocupa hoy.


Lamentablemente, las perspectivas seguirán siendo sombrías a menos que la tasa de natalidad aumente drásticamente pero, como señalan los demógrafos, no suelen tener éxito los intentos oficiales por alentar a la población a tener hijos. La mayoría de las medidas que se están adoptando actualmente en países como Hungría ya fueron ensayadas por el emperador romano Augusto; tuvieron escaso efecto.


Si bien el problema es aún más grave en China, Rusia y partes del mundo islámico que en algunas regiones de Occidente, esto implica que los próximos años serán sumamente peligrosos: los líderes de tales sociedades saben que el tiempo no juega a su favor y por lo tanto se verán fuertemente tentados a aprovechar lo que verán como una ventana de oportunidad que está por cerrarse.


Hace mucho tiempo que dejó de estar de moda considerar a las civilizaciones como organismos vivos que tras disfrutar de una etapa de juventud, alcanzan la madurez y, finalmente, envejecen. Con todo, si bien las teorías de pensadores como Oswald Spengler, expuestas en “La decadencia de Occidente”, pueden parecer hoy obsoletas, la trayectoria evolutiva que trazaron para las sociedades que analizaron sigue siendo convincente. Por cierto, no cabe duda de que, a menos que Occidente, al cual pertenece la Argentina, recupere ese espíritu juvenil aventurero que, según Rubio, constituía el rasgo más distintivo de la Atenas de hace dos mil quinientos años, correrá la misma suerte aciaga que tantas otras civilizaciones que dieron sentido a la vida de quienes tuvieron la fortuna de aprovechar lo que tenían para ofrecer. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas cuando había pueblos rivales que aguardaban su momento para beneficiarse de los logros ajenos, hoy en día todos corren el riesgo de ser arrollados por la gran depresión demográfica que amenaza al mundo.


 

"Novaro: Batman #492"


 


 

viernes, 6 de noviembre de 2026

Nuevos traspiés externos, viejos problemas locales


 

 Nuevos traspiés externos, viejos problemas locales 


Las derrotas electorales de Bolsonaro y Trump le suman dificultades a Milei


La Nacion


06 Noviembre 2026


Por Sergio Suppo



Javier Milei por Alfredo Sabat


Javier Milei sufrió en menos de dos semanas el efecto de dos derrotas electorales externas que repercuten en dos viejos problemas argentinos: la prolongada debacle económica y la desconfianza que inspiran las medidas para solucionarla.


El Presidente está entrando a la larga campaña electoral con la economía en recesión y sin perspectivas de ninguna recuperación antes de las elecciones de agosto, octubre y noviembre. Siempre será la economía la principal motivación del voto y es, con claridad, la razón que lo llevó al poder.


Milei no encuentra otras respuestas que negarse a cambiar y reafirmar su pertenencia al club de los recientes derrotados. Como su mal citado Odiseo, elige atarse al palo mayor de su barco para desconocer el canto de las sirenas, míticas figuras populistas de los mares griegos.


Como aspirante a otro mandato, Milei tiene como principal argumento electoral su capacidad de convencer de que lo que hizo entregará sus mejores frutos recién después de ganar las elecciones. Precisa un país de votantes con la paciencia de Penélope.


No es imposible. Milei convocó a votar para hacer un gran esfuerzo de transformación; logró ganar llegando desde la nada política y luego obtuvo una extensión de su crédito cuando la mayoría le presagiaba el año pasado que sería vencido por el kirchnerismo.


Milei tendrá su reelección si una parte mayoritaria de la Argentina confirma una poco frecuente resistencia a regresar al populismo. Por ahora, el Presidente se resiste a quienes, desde convicciones ideológicas parecidas a las suyas, le están pidiendo que afloje un poco el rigor del ajuste para captar los votos que pueden faltarle en el mano a mano que se propone tener contra el peronismo.


Después de que sus amigos Flavio Bolsonaro y Donald Trump perdieran sus respectivas elecciones, Milei esta semana regresó a España, donde apoya a Vox, la extrema derecha que aparece como el complemento que el Partido Popular necesita como para formar gobierno y derrotar al oficialismo socialista. Espera dejar de salir en la foto de los perdedores y recibir el consuelo de apoyar al partido que puede salir tercero.


La frustración inesperada en Brasil con un indecoroso desenlace de fuga y una derrota republicana mucho más amplia de lo previsto en Estados Unidos son para el gobierno argentino apenas circunstancias menores, comparadas con la desconfianza hacia el programa financiero y económico.


El saldo más inquietante para Milei es que la abrumadora derrota de Trump abrió un interrogante sobre si se mantendrá como reaseguro una nueva intervención de los Estados Unidos ante una eventual corrida cambiaria como la que estaba sacudiendo el país el año pasado, hasta la llegada de los dólares salvadores de Scott Bessent.


Por ahora, son los mercados los que están tomando las decisiones más ásperas antes que los votantes. Aparece con estremecedora claridad algo de lo que se habla poco y se oculta bastante en el país: cambios como el que intentó Mauricio Macri o el que ejecuta Milei siempre estarán bajo escrutinio por la simple razón que la Argentina es un incumplidor serial de sus compromisos desde hace muchas décadas, demasiadas.


Borrar la imagen de que es un país que no paga lo que debe y que hace de la picardía una política de Estado llevará todavía mucho tiempo. Es un asunto que empieza en los gobiernos y termina en la conducta de los votantes que erigen a esos gobiernos.


El aumento del riesgo país es un síntoma doloroso que creció mucho más para la Argentina que para el resto de los países emergentes. No es una casualidad. Es la dolorosa comprobación de que quienes manejan los grandes capitales no confían en que esta vez el gobierno de Milei pueda quebrar una secuencia de muchos años.


No es solo el indicador de riesgo país que encarece el costo del financiamiento argentino a fuerza de desconfianza. Hasta Milei legitimó con su comprensión que las inversiones posibles en la Argentina se hayan paralizado hasta después de las elecciones, dentro de remotos 12 meses. Un país detenido esperando qué votará es en sí mismo un enorme problema.


La crisis abierta por la perpetuación de la guerra de Irán (el error que agrandó la derrota de Trump) es una más entre otras crisis de confianza internacionales que impactan mucho más fuerte entre nosotros. Es un problema viejo de la Argentina y es un mensaje nuevo para Milei y para su ministro Luis Caputo que pone en duda la solidez de su programa de ajuste.


Tiene razón Caputo cuando asegura que todo sería peor si no hubiese llegado Milei con su motosierra y ejecutara una dura dieta fiscal hasta poner en azul números que estaban en rojo.


Hay una situación nueva entre tantos problemas repetidos. Financistas e inversores corren por izquierda al gobierno de Milei y le advierten que hacer un ajuste tan estricto y en tan poco tiempo es ofrecerle una nueva oportunidad al populismo.


El ajuste era necesario, pero no es suficiente. El enfoque estrictamente monetario para quebrar la inflación y la demora en lograrlo tienen consecuencias: profundizan la retracción de la economía. Esto afecta especialmente a los sectores que demandan más mano de obra.


Tiende a volverse imprecisa la distancia entre un presente complejo para muchos y un futuro esperanzador para todos. De un lado, Milei está obligado a revender las expectativas que sembró y explicar el motivo de su postergación. Del otro, el peronismo se asoma para ofrecer lo que ya hizo. No tiene nuevos argumentos; solo se dedica a decir que volverá a reparar los daños que le imputa a Milei.


El Presidente tiene la ventaja de un país que expresa que no quiere ir hacia atrás, pero al mismo tiempo no puede ocultar el problema de una insatisfacción creciente, tan amplia como la convicción anterior. ¿Es contradictorio? No tanto. Es el dilema íntimo que muchos tienen entre lo que se pretende y lo que se padece.


En algún momento del año próximo esa discusión entregará una decisión y la transformará en un voto. Los ejemplos de Trump y Bolsonaro están demasiado cercanos. Milei necesita no correr la misma suerte que sus aliados en desgracia.



 

"The Walking Dead Deluxe #13"