martes, 30 de junio de 2026

El orden mundial está cambiando


 

 OPINIóN 


El orden mundial está cambiando


La ofensiva de Vladimir Putin en Ucrania lo metió en un callejón sin salida. El rol de Donald Trump.


James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)


Revista Noticias



Vladimir Putin por Pablo Temes


Cuando Vladimir Putin puso en marcha lo que llamó una “operación militar especial” para derrocar al “neo-nazi” Volodimir Zelensky que, según él, había usurpado el poder en Kiev, virtualmente todos los expertos occidentales creían que el conflicto duraría a lo sumo diez días, después de los cuales Ucrania quedaría reincorporada de manera definitiva a la Madre Rusia. Sin embargo, lo que, en febrero de 2022, Putin suponía sería una lucha brevísima y apenas simbólica de la que saldría triunfante, ya se ha prolongado más que la Primera Guerra Mundial que terminó luego de 1568 días de combates encarnizados.



Con todo, hasta hace muy poco, aún se daba por descontado que, tarde o temprano, Rusia sí lograría imponerse por ser cuestión de una potencia llamativamente mayor que Ucrania, con una población tres veces más numerosa. Conforme a los centros de estudios militares más prestigiosos del planeta, Rusia tenía el segundo ejército más poderoso del mundo, sólo por detrás del norteamericano.



Se trataba de una ilusión. Para desconcierto de los presuntos expertos en asuntos militares, los ucranianos no sólo lograron frenar la maquinaria bélica rusa sino que también comenzarían a expulsarla de los lugares que había ocupado en la primera fase de la guerra y, como si esto fuera poco, han estado atacando con éxito blancos en lugares tan alejados de su propio país como Moscú y San Petersburgo.


Para colmo, los ucranianos están haciendo retroceder a los rusos a pesar de la hostilidad indisimulada del presidente norteamericano Donald Trump que, a diferencia de Joe Biden, se ha negado a prestarles ayuda material y financiera. Con el pretexto de que sería peor que inútil apoyar a un país que no podría ganar, Trump ha procurado presionar a Zelensky para que sacrifique territorio a cambio de un acuerdo, algo que en su opinión le permitiría figurar como un gran pacificador y, con suerte, merecer el premio Nobel de la Paz, un galardón que claramente lo obsesiona.


Con astucia, el mandatario ucraniano se ha afirmado dispuesto a hacer concesiones con tal que Estados Unidos se comprometiera a asegurar que Putin respetara un pacto que lo dejaría sin el triunfo aplastante que se ha propuesto. Para el dictador que sueña con recrear el imperio de los zares, cualquier arreglo que sería visto como un convenio entre iguales sería una humillación insoportable, razón por la que ha dejado pasar una oportunidad tras otra para poner fin a una guerra que amenaza con provocar la desintegración de la Federación Rusa.


Dirigentes europeos como el francés Emmanuel Macron y el británico Keir Starmer aún dicen creer que, si Putin sale con la suya en Ucrania, se sentirá tan fortalecido que no tardará en atacar a los países bálticos en que viven minorías étnicamente rusas.  Dadas las circunstancias imperantes, tanto alarmismo es anacrónico; a esta altura parece evidente que Rusia no es una gran potencia militar y que no sería capaz de derrotar a los países de la OTAN.    


¿Lo entiende Putin? Los hay que sospechan que, como tantos autócratas, el ruso no está en condiciones de enfrentar la dura verdad ya que vive rodeado de adulones que sólo le suministran buenas noticias. Puede que exageren quienes piensan así y que Putin sabe muy bien que su “operación militar especial” ha sido un fracaso catastrófico, pero por estar en juego su propia vida, tiene que actuar y hablar como si los reveses en el campo de batalla carecieran de importancia.


Para Putin, confesarse derrotado por Zelensky no es una opción. Sabe que sería literalmente suicida de su parte porque sus compatriotas no le perdonarán por haber sacrificado a casi medio millón de hombres jóvenes a cambio de nada. Así las cosas, es más que probable que Rusia esté en vísperas de un período convulsivo que tenga repercusiones peligrosas en el tablero mundial.


Según Putin, el colapso de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX.” Pues bien, todo hace pensar que se las ha arreglado para provocar la peor de lo que va del siglo XXI. Acaso su único rival en este terreno sea su homólogo norteamericano que, luego de haberse comprometido a eliminar el peligro planteado por el régimen yihadista iraní, optó por dejarlo intacto, de tal modo sembrando alarma en el Oriente Medio y otras partes del mundo.


Por motivos comprensibles, se ha puesto de moda comparar la situación en que se encuentra Putin en Ucrania con la de Trump frente a Irán, ya que los dos subestimaron groseramente la capacidad de resistencia de un enemigo que a primera vista era demasiado débil como para ocasionarles dificultades significantes. Sin embargo, mientras que las fuerzas armadas ucranianas sí están sacando provecho de su propia superioridad tecnológica para hacer replegarse a las de Rusia, la posibilidad de que las iraníes hagan lo mismo para expulsar a las estadounidenses es nula.


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La única carta de triunfo que tiene la Guardia Revolucionaria Islámica que sigue en el poder en Irán consiste en la psicología particular de Trump que, según parece, ya ha perdido interés en el desafío planteado por el régimen teocrático; quiere cantar victoria ya para concentrarse en las elecciones de medio término que se celebrarán en noviembre. 


Hace aproximadamente una semana, por motivos que a su entender eran plenamente legítimos, Trump se manifestó dispuesto a firmar un acuerdo con Irán sin preocuparse en absoluto por los detalles; quería que el fin formal del conflicto que había iniciado coincidiera con su cumpleaños número ochenta. Como no pudo ser de otro modo, la voluntad de Trump de subordinar absolutamente todo a un capricho personal ha desconcertado a quienes quisieran ver eliminado de cuajo al régimen apocalíptico iraní.


Según el mandamás norteamericano, merced a sus esfuerzos, al Oriente Medio le aguarda un futuro de paz, armonía y prosperidad. Parece haberse persuadido de que pronto encontrará un equivalente iraní de Delcy Rodríguez que pueda servirle de virrey para que en adelante Irán sea una suerte de protectorado.  Pocos comparten su optimismo desbordante. A menos que el acuerdo que se anunció el domingo pasado contenga algunas clausulas draconianas que aun no han sido reveladas, tarde o temprano los vengativos clérigos iraníes reanudarán su programa nuclear y de tal manera plantearán nuevamente una amenaza mortal a Israel y a los Estados árabes de la región.


También podrán continuar masacrando a aquellos iraníes que se animen a protestar contra la cruel tiranía religiosa que tanto sufrimiento les ha causado, Dicho de otro modo, parecería que, con la impaciencia que lo caracteriza, Trump se las ha ingeniado para hacer del Oriente Medio una región aún más explosiva de lo que ya era aunque, claro está, podría cambiar de idea en las semanas próximas al darse cuenta de la magnitud del error que ha perpetrado.  Después de todo, lo último que quiere el magnate pendenciero es figurar como un perdedor.


Trump siempre se ha llevado muy bien con Putin. Se comportan como aliados naturales. Aunque algunos atribuyen la relación a la capacidad del ex agente de la KGB para manipular a occidentales candorosos, parecería que el norteamericano lo admira por sus presuntas dotes de liderazgo. También comparte el desdén que el ruso siente por Zelensky. A pesar de todo lo sucedido en los años últimos, los dos siguen tratándolo como un peso liviano. Así las cosas, no puede sino molestarle muchísimo el que, de todos los dirigentes mundiales de los años últimos, el más impresionante haya resultado ser el ucraniano. 


Mientras que Putin está protagonizando una debacle geopolítica de dimensiones históricas y, a juzgar por su conducta reciente, Trump, que se cree un negociador genial, está resuelto a destacarse por su torpeza estratégica, Zelensky ha encabezado una revolución militar que ha hecho de Ucrania el país más poderoso del continente europeo. Para sobrevivir, ya no depende de la ayuda proporcionada por Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia y otros integrantes de la OTAN. Por sus fuerzas propias, se ha convertido en el líder mundial de la guerra electrónica. Las plantas industriales de Ucrania están fabricando cantidades inmensas de drones militares que usa para pulverizar a las fuerzas armadas rusas. En el Oriente Medio, los Estados árabes ya entienden que, para defenderse contra los iraníes, los drones ucranianos, que son relativamente baratos, pueden ser tan eficaces como los muy costosos misiles norteamericanos.


El poder militar de los distintos países ya depende menos de la cantidad de soldados, tanques, piezas de artillería y así por el estilo que de la inteligencia en el sentido tradicional de la palabra. En Europa, los ucranianos han sabido movilizarla mejor que sus enemigos rusos, mientras que en el Oriente Medio los israelíes han hecho lo mismo para erigirse en una gran potencia regional. Así pues, dos países de recursos materiales y demográficos limitados han conseguido sobrevivir en vecindarios que les son sumamente hostiles, de tal manera confirmando que, en última instancia, cuando del destino de los distintos pueblos se trata, la moral suele importar mucho más que las presuntas ventajas materiales.


 

Milei, “nueva etapa” y el gol en contra del principio de revelación


 

 LA NACION > Política 


Milei, “nueva etapa” y el gol en contra del principio de revelación


El conflicto universitario, con menos resonancia que el caso Adorni, promete consecuencias más duraderas y golpea al Gobierno en el corazón de su otra bandera: la política macroeconómica


30 de junio de 2026


LA NACION


Luciana Vázquez



Javier Milei por Alfredo Sábat


Los idus de junio que arrinconaron al Gobierno llegan al final después de una semana contra las cuerdas: el caso Adorni, por un lado y por el otro, una movida definitoria de la Corte Suprema en el conflicto universitario llevaron al Gobierno a días críticos. El desembarco de Diego Santilli en su nuevo rol de jefe de Gabinete le permite a Milei empezar a dejar atrás al huracán Adorni. Fueron ciento doce días que se llevaron puesto una parte central del capital identitario del mileísmo: la cruzada anti casta y la pureza ética del político libertario.



El flamante vocero Adrián Ravier lo dejó claro ayer: en X, anunció el comienzo de “una nueva etapa”. Pero el tema universitario, con menos resonancia que el caso Adorni, no encuentra su final. Al contrario, escala, promete consecuencias más duraderas y golpea al Gobierno directamente en el corazón de su otra bandera política clave: la política macroeconómica.


Desde el jueves, cuando movió la Corte, Luis Caputo tiene sobre su escritorio la obligación de cumplir con el 52 por ciento de aumento, o actualización, en realidad, de los salarios docentes universitarios para compensar la caída por inflación desde noviembre de 2023. El acuerdo que el Gobierno firmó con los gremios paritarios nacionales el 11 de junio había logrado reducirlo a un 24,33 por ciento. Ahora, con la decisión de la Corte, queda obligado a completar la corrección, y sumar el 28 por ciento restante.


Tanto en el escándalo Adorni como en la disputa legal en torno a la Ley de Financiamiento Universitario, en los dos casos al Gobierno le cayó el peso del principio de revelación, pero al revés. Hay goles en contra del principio de revelación: no quedaron expuestos los enemigos del Gobierno sino debilidades estructurales del oficialismo.



El Gobierno pudo evitarlas, pero se empecina en sostenerlas. Un funcionamiento problemático que implica: acelerar a ciegas, hasta chocar con la realidad; el empecinamiento como psicología política; el encierro consecuente en la cámara de eco y la desconexión con la emoción de la gente y las movidas posibles de sus adversarios; y el ”sí Milei” como política de Estado y sus consecuencias.


Empecinamiento anti universitario

En el tema universitario, el Gobierno jugó con esas mismas fichas. La resistencia cueste lo que cueste a una negociación con la comunidad universitaria que hacía un planteo razonable ante la caída salarial del 40 por ciento y un empecinamiento extremo. Esa lógica política terminó con la Corte ratificando la medida cautelar que determina el inmediato y urgente cumplimiento de los dos artículos de la Ley de Financiamiento Universitario que más pesan en las arcas del Estado: la actualización salarial y el aumento de las becas universitarias, ambas fijadas en la ley aprobada en 2025, y resistida por el Gobierno por decreto.



El Gobierno se empecinó en aceptar su resultado: al veto y al decreto, se le sumó la apelación ante la Corte con una medida de excepción, que la Corte rechazó el jueves.


La decisión de la Corte de dejar firme la cautelar interpuesta por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) tiene efectos más profundos y con consecuencias más imparables hacia el futuro que el mismísimo caso Adorni: complican el modelo de equilibrio fiscal o superávit del Gobierno basado hoy, sobre todo, en gastos postergados. El equipo económico tendrá que hacer malabares creativos para poder sostener los objetivos anti inflación en medio de un proceso que empieza a adquirir, gradualmente, velocidad electoral.


El viernes pasado por la tarde, hubo reunión virtual estratégica con la presencia de la secretaria jurídica y técnica de la Presidencia, María Ibarzábal; su número dos, la subsecretaría de Planeamiento Normativo, Paula Taddei y el subsecretario de Política Universitarias, Alejandro Álvarez, entre otros funcionarios. Hay nueva narrativa, hecha de cinco piezas, para afrontar la noticia de la cautelar firme.



Primero, el Gobierno sostiene que cumplirá con la cautelar. Segundo, afirma que ya lo está haciendo con el pago del 24,33 por ciento para salarios y con lo acordado para la actualización de las becas: “estamos a derecho”, dicen desde el ministerio de Capital Humano. Tercero, considera que para cumplir con la actualización del restante 28 por ciento tiene todo el año fiscal, que termina en diciembre. Cuarto, sostiene que la cautelar es una medida transitoria que depende del amparo sobre la cuestión de fondo, la legalidad o no del decreto que suspendió la aplicación de la ley, que debe definirse en la primera instancia. Quinto, ahora las esperanzas del Gobierno están puestas en que el juez de primera instancia, Martín Cormick, falle en contra del amparo presentado por el CIN. “Si actualizamos todo de golpe, puede pasar que el juez falle contra el amparo y cómo recuperamos los fondos”, dicen desde el Gobierno.


Si el fallo fuera en contra del Gobierno, estarían dispuestos a llegar a apelar en la segunda instancia.



La decisión de la Corte la semana pasada tomó por sorpresa al Gobierno. ¿Qué pasó? Según fuentes cercanas a la dinámica de la Corte, entre el miércoles y el jueves, la cautelar cayó en la interna de la Corte donde suelen quedar enfrentados el presidente de la Corte Horacio Rosatti con los otros dos miembros del Tribunal, Carlos Ronsekrantz y Guillermo Lorenzetti.


El otro también juega

La Corte movió sus propias fichas, con lógica ajena a las necesidades del Gobierno. El miércoles, Lorenzetti hizo declaraciones en TN para responder sobre la imparcialidad de la Corte y los sesgos que producen la demora de sus fallos, por ejemplo, en relación a la cautelar sobre la Ley de Financiamiento Universitario. Las declaraciones de Lorenzetti fueron problemáticas para la Corte en dos sentidos. Por un lado, responsabilizó a Rosatti de un diálogo con el Gobierno para quitarle presión a la Corte dado que ya había un acuerdo con los gremios universitarios: en ese punto, el presidente de la Corte quedó expuesto. Por otro lado, quedó expuesta toda la Corte: Lorenzetti le dio un peso a ese acuerdo político como el factor clave de resolución del reclamo y le restó peso institucional al fallo de la Corte en relación a esa cautelar.



El jueves, el fallo que dejó firme la cautelar recogió esas dos incomodidades. Pero se enmarca en una coreografía más compleja. La Corte tuvo que atender a las exigencias de la opinión pública y del Gobierno al mismo tiempo. Con el tratamiento, Rosatti buscó dejar conforme a los dos. “En la Corte, el que sirve el menú y decide qué casos se tratan es el Presidente”, explica el conocedor de la coreografía de la Corte. A Rosatti se le reconoce diálogo más fluido con el Gobierno. “El hijo del asesor de Rosatti, Silvio Robles, es asesor de Martín Menem. El Gobierno se entera de todas las movidas”, dice el conocedor de la Corte. Con esa movida, Rosatti puede argumentar que Lorenzetti lo expuso, y no tuvo opción: no había chances técnicas de no dejar firme la cautelar y menos en el escenario creado por Lorenzetti. Ante el Gobierno, Rosatti impulsó la decisión inevitable.


Otra interpretación es que Rosatti, una vez que su hijo fue nombrado juez, rompió lanzas con el Gobierno. Desde el palacio de la Corte, esa posibilidad parece menos creíble. Está claro que hay un diálogo entre la cabeza del Poder Judicial y el Poder Ejecutivo, pero hoy, dado la interna, no tiene un solo vocero. “Hoy no hay una cohesión hoy que permita decir que Rosatti habla por la Corte cuando habla con el Gobierno”, explica la fuente.



¿El Gobierno tiene que cumplir la cautelar? “Se tiene que cumplir. No importa el acuerdo que el Gobierno haya hecho con los gremios. Para que se caiga la cautelar, los demandantes tienen que desistir”, aclaran desde la Corte.


Esta semana, el CIN planea avanzar con una medida de ejecución inmediata ante el juez de primera instancia. Y hay versiones que indican que el juez Cormick fallaría positivamente en favor del amparo universitario después de la feria judicial. Un vocero clave del mundo universitario subraya el peso que el cumplimiento de la ley tiene para la política económica del Gobierno: “Lo que más le preocupa al Gobierno es la cláusula de indexación cada tres meses: fija paritarias pero con la obligación de mantener actualizado los salarios al menos con la inflación, nunca por debajo”.



Adorni y el desgobierno

Milei y el oficialismo encararon el caso Adorni y los reclamos universitarios todo el año pasado y hasta ahora con un estado de negación que los llevó hacia un resultado esperable para todos, menos para el Gobierno. Desde que se conoció la foto de la esposa de Adorni en Nueva York, el 8 de marzo, y luego la foto de su viaje en avión privado el 12 de marzo, la suerte política de Adorni estaba echada, y con razón: en cuatro días, el exjefe de Gabinete tejió una trama de mentiras que ya entonces empezaron a dañar la credibilidad del Gobierno. Desde aquella semana, el caso no hizo otra cosa que agravarse. Sólo el Gobierno, y Milei mismo, se negaron a aceptarlo.


Antes del fin de semana, el oficialismo buscó vender éxito donde había obstáculos. En relación a Adorni, fuentes del oficialismo se esforzaron por destacar una recuperación del control de la agenda política cuando, en realidad, el movimiento de pinzas desde el Congreso lo enfrentó al único desenlace posible: el fin político del jefe de Gabinete y vocero estrella.


En el conflicto universitario, el acuerdo con los gremios fue comunicado como un logro, cuando en realidad implicó un reajuste del gasto para poder financiarlo. Ahora, con la decisión de la Corte, ese frente se complica más todavía. El Gobierno sigue intentando encontrarle un agujero al mate de un conflicto donde viene perdiendo.


La “nueva etapa” puede significar algo en ese sentido: el avance en el Gobierno de un macrismo sin Macri, con una Patricia Bullrich y un Santilli con cintura comprobada para la astucia de la negociación y registro de otras dimensiones de la política. Lo nuevo puede ser una corrección en la lógica del empecinamiento mileísta.


Por Luciana Vázquez 


 

"Ediciones Record: Revista TIT-BITS GRAN COLOR Nº 33" (Abril 1978) (¡¡¡116 PAGINAS!!!)