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Milei y un “fin” que tarda en llegar
El lema adornista se convirtió en una marca de la superioridad moral con la que el mileísmo se autopercibe; el Gobierno se topa con los primeros efectos colaterales de su legado económico e institucional
17 de marzo de 2026
LA NACION
Luciana Vázquez
Manuel Adorni, Javier Milei y Hayden Davis por Alfredo Sábat
Ni el fin de la inflación. Ni el fin del affair Adorni. Ni el fin del caso $Libra. Para un Gobierno que prometió el fin contundente de la inflación y del patrimonialismo de Estado la última semana presenta un frente delicado. En ninguno de sus horizontes estratégicos, el ordenamiento de la macro y la lucha anti casta, la gestión mileísta lograr encontrar el “fin” contundente que acuñó el jefe de Gabinete Manuel Adorni, ahora en el foco de la tormenta.
El “fin” adornista se convirtió en una marca de la superioridad moral con la que el mileísmo autopercibe su gestión y su visión de la Argentina: el Gobierno libertario como el dueño de la palabra final y definitiva en cuestiones centrales.
Entre ayer y el viernes pasado, hubo indicios de una toma de conciencia de ese cambio de escenario: el Gobierno se quedó sin la última palabra, y ahora debe reconstruir su autoridad para recrear certidumbre sobre su política económica, o para minimizar los tiros en los pies de algunos de sus principales dirigentes. Se dio en el discurso de Javier Milei ayer, en la Bolsa de Comercio de Córdoba, dio indicios del acuse de recibo.
Milei fue directo al grano: reconoció abiertamente la caída de la actividad y el regreso de la inflación al alza. Hubo dos menciones puntuales. Primero: “No sólo cayó la actividad sino que además saltó la tasa de inflación”, concedió. Y más adelante: “Alguien podría decir: ‘No, pero la inflación venía cayendo y empezó a rebotar’. Eso también tiene una explicación”. Milei le quitó presión a la fecha fijada para el cumplimiento de la inflación cero en los próximos meses. Por un lado, el objetivo de inflación arrancando con cero para agosto se convirtió en un “podría empezar con cero” y apareció un plazo tentativo, más indefinido: “Yo voy a seguir haciendo las cosas bien y -tarde o temprano - vamos a derrotar a la inflación”.
Para el Gobierno, inflación, Adorni y $Libra, con las nuevas revelaciones que traen otra vez los nombres de Hayden Davis y Mauricio Novelli y sus vínculos con los Milei al primer plano, se están convirtiendo en crisis de sombra larga o combustión lenta. Son las crisis que no logran resolverse rápidamente y no dejan de sumar capítulos tan imprevistos como desgastantes. En un año central para consolidar el modelo Milei, la gestión mileísta se topa con los primeros efectos colaterales de su propio legado económico e institucional. Ya no es un Gobierno en etapa de estreno e inauguración: al contrario, empieza a acumular facturas impagas surgidas de sus propias decisiones. La luna de miel se terminó.
El affair Adorni resulta una buena síntesis de todos los riesgos que se ocultan en el funcionamiento interno del mileísmo. Una especie de Aleph de los problemas futuros que podrían condicionar la efectividad del modelo Milei en varios frentes, también en lo económico y en lo institucional. Primero, una lógica de decisión afectada por un personalismo carismático que nadie desafía. Segundo, la discrecionalidad de ese presidencialismo de dos, integrado por Milei y su hermana Karina: la explicación pública de Adorni de que su esposa fue “invitada por presidencia” y que por eso accedió deja ver la confusión entre lo público y lo privado del Presidente y la secretaria general.
En ese punto, queda trazado un puente que alcanza al caso $LIBRA, que vuelve a arrinconar al Gobierno en los últimos días. La investigación judicial está en marcha pero se suman indicios sobre, por lo menos, un uso indebido de la posición pública en el entorno presidencial, si es que no termina comprobándose como un hecho de corrupción.
Tercero, se ve también un disciplinamiento acrítico que no genera voces aplomadas que aporten matices a las voces más extremas, que impregnan la gestión: pasó una semana hasta que Adorní reconoció públicamente, en entrevista con Luis Majul, los alcances críticos de llevar a su esposa en el avión presidencial. En el medio, contó con el apoyo incondicional de una Karina Milei que no suele expresarse públicamente. A ese posteo en X, le siguieron los apoyos de casi todo el gabinete nacional en fila disciplinada. La falta de registro de las distintas caras del problema fue llamativa y generalizada.
Cuarto, un desapego por la transparencia y los mecanismos de gestión para asegurarla: la falta de publicidad sobre la comitiva oficial subida al avión presidencial, de todo el staff de Nueva York y del detalle de la agenda presidencial y un resumen puntilloso de cada encuentro tiene efectos colaterales. Cuando desaparecen los mecanismos de rendición de cuentas ante los ojos de la opinión pública, nadie parece detenerse a analizar lo perjudicial de subir a una esposa al avión. La obligación de transparencia, en cambio, da mayor garantía de autocontrol y autolimitación.
Quinto, un estado de negación del problema y en consecuencia, una estrategia negadora de la realidad: la construcción de cámara de eco que aísla al Gobierno en una serie de certezas alejadas del sentido común de la opinión pública. El “deslomarse” de Adorni va en ese sentido. También, la insistencia casi festiva en el argumento del “costo marginal” como respuesta a todas las caras de una decisión que mostró desconexión y ensimismamiento por todos los costados.
Una visión economicista del funcionamiento social en la que caen Milei, su ministro de Economía Luis Caputo y Federico Sturzenegger, entre tantos otros dirigentes clave del mileísmo. Una suerte de arrogancia economicista que reduce los problemas a categorías de ese universo. A Milei y sus libertarios se les escapó totalmente el costo reputacional del affair Adorni. Quedó pulverizado el intangible anti casta, el eje de la promesa mileísta tanto en lo institucional como en lo económico.
Inclusive Adorni, que venía teniendo un rol central en la comunicación de la visión anti casta libertaria, perdió de vista esa lógica. Curiosa esa desorientación política en una de las espadas narrativas de Milei que basó su crecimiento político en esa cualidad: usar la lengua como el látigo anti casta.
En esos tres focos de tormenta, Adorni, $Libra y la inflación, al Gobierno le cuesta registrar con claridad el impacto en la opinión pública, sobre todo, en sus votos prestados. Por eso, en relación al tema inflación, la presentación de Milei en Córdoba es relevante. Ayer, habló durante casi una hora y media. En la primera parte, insistió con sus argumentaciones más teóricas y el marco conceptual de su gestión. Retomó los argumentos del discurso de Davos. Pero en una segunda parte, se metió de lleno con la actualidad económica. Ahí llegó el reconocimiento de la subida de la inflación como problema.
Para Milei, el legado kirchnerista y sobre todo, la estrategia electoral de la oposición en 2025 están detrás del fogonazo inflacionario de los últimos nueve meses. “La economía había arrancado el año creciendo al 6 por ciento y estaba acelerando al 8 por ciento. Evidentemente el kirchnerismo sabía que si no hacía algo iban a perder las elecciones y entonces, tenían que salir a romper todo. Con lo cual salieron y el Congreso nos votó cuarenta leyes en contra del programa económico”. En su argumentación, el jaqueo al equilibrio macroeconómico produjo caída de la demanda de activos argentinos en el exterior y de activos domésticos, es decir, de pesos. Lo primero generó aumento del riesgo país; lo segundo, inflación.
En la mirada mileísta, el “rezago” de veintiséis meses del trabajo macroeconómico hecho en 2024 da esperanza para una inflación que “podría empezar con cero” para agosto. Pero Milei también reconoce que “en el medio, pasaron cosas”, de ahí la extensión más indefinida de ese plazo: “más tarde o más temprano”. Además del kirchnerismo, Milei enumeró otras causas: “los rezagos”, “el problema del sobrante monetario”, “perturbaciones de corto que pueden generar alteraciones en la dinámica de los precios (...) y que se manifiesten como inflación”.
También dio señales sobre lo que no está dispuesto a hacer: “Ahora me encuentro con esta situación. ¿Voy a modificar la forma de hacer política económica porque nos saltó – transitoriamente - la tasa de inflación? ¿Vamos a aplicar controles de precios? Es decir, ¿vamos a violentar el derecho de propiedad, vamos a violentar la libertad? No, no cuenten conmigo con eso. Yo voy a seguir haciendo las cosas bien y -tarde o temprano - la vamos a derrotar a la inflación”.
El viernes, fue Luis Caputo el que reconoció preocupación en torno a la inflación. Ahora, el discurso parece seguir más decididamente la línea de la narrativa modelo José Luis Daza, el viceministro de Economía. Desde su ingreso a la gestión en 2024, Daza fue quien más decididamente evitó ponerle fecha a la baja de la inflación a un dígito anual y a un inicio con cero.
El efecto mangrullo que afectó al kirchnerismo le tocó ahora al mileísmo: mirar la realidad desde arriba, con una superioridad moral aislada en su autopercepción, que impide ver los problemas a tiempo para intentar encontrar soluciones estructurales. La gran pregunta es si el mileísmo puede gobernar con otros reflejos y otra caja de herramientas para atravesar las tormentas.
Por Luciana Vázquez
OPINIóN
¿Las campanas están doblando por los ayatolas?
Las claves de la avanzada de Donald Trump y Benjamin Netanyahu sobre Irán. ¿La inestabilidad de Medio Oriente puede contagiar al mundo?
James Neilson
Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)
Revista Noticias
Benjamin Netanyahu y Donald Trump por Pablo Temes
Por ser Donald Trump un personaje tan polémico, fue de prever que muchos comentaristas, sobre todo los vinculados con el progresismo norteamericano, atribuirían la guerra que está librando contra el régimen islamista iraní a la estupidez caprichosa que a su juicio es su característica principal. A veces, quienes lo desprecian brindan la impresión de preferir que el Irán de los ayatolas sobreviva a la embestida aérea que lo está demoliendo a que el hombre al que odian tenga un pretexto para ufanarse de haber eliminado la posibilidad de que se dotara de un arsenal nuclear para borrar del mapa al “ente sionista” judío y una multitud de árabes musulmanes que viven en el mismo vecindario. Es que hoy en día todo ha de subordinarse a las vicisitudes de la política local.
Sea como fuere, aunque nadie cree que Trump sea un pensador estratégico lúcido, es evidente que, para él y Benjamín Netanyahu, la prioridad inmediata es impedir que el régimen teocrático de Irán consiga armas nucleares y, si pueden, poner fin a una dictadura atroz con la esperanza de que la reemplace un gobierno con el cual podrían convivir. Tales objetivos son legítimos. No exagera el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio cuando dice que Irán está gobernado por “fanáticos religiosos y lunáticos” que, para más señas, juran tomar al pie de la letra doctrinas escatológicos chiítas conforme a las cuales les ha tocado ser protagonistas en un conflicto cósmico entre el bien y el mal.
Sin embargo, aun cuando Trump y Netanyahu alcancen sus objetivos, no habrán eliminado el peligro planteado por el islamismo radical cuyos adeptos suelen ser muy inteligentes y claramente no temen morir. Puede que el lema predilecto de Sarmiento según el cual “las ideas no se matan” sólo sea una verdad a medias, ya que a través de los siglos muchas que consideramos aberrantes que en el pasado motivaban la adhesión apasionada de millones de personas, han sido consignadas al olvido, pero sucede que el ideario de los ayatolás chiítas y sus equivalentes igualmente fanatizados del mundo sunnita dista de haber perdido su poder de atracción.
Los mandatarios de Estados Unidos e Israel confían en que su aplastante superioridad militar, más el apoyo creciente que les están brindando aliados árabes atacados por Irán, les permitan destruir al régimen islamista aunque, huelga decirlo, no parecen tener en claro lo que podría suceder en los meses próximos. Esperan que el pueblo iraní logre liberarse de la tiranía clerical pero sabrán que podría haber una guerra civil prolongada en que el país se vería despedazado.
Si bien muchos dicen temer que Trump y Netanyahu se las hayan arreglado para desatar una convulsión regional que podría ser mucho más destructiva que las provocadas por las caídas del tirano iraquí Saddam Hussein y el libio Muammar Gaddafi, la irrupción del Estado Islámico y la invasión del sur de Israel por Hamas en octubre 2024, también tendrán que preocuparse por lo que podría suceder en Europa, América del Norte y Latinoamérica, donde hay miles de células islamistas y “lobos solitarios” interconectados por el Internet. En opinión de algunos especialistas, el centro de gravedad del islamismo militante está alejándose del Oriente Medio, donde los gobiernos están resueltos a reprimirlo, para asentarse en Europa donde pocos lo toman realmente en serio.
En el mundo occidental, la mayoría de los políticos y quienes los asesoran propenden a dar por descontado que todos los credos religiosos son benignos y que, por ser cuestión de un asunto privado, no les corresponde discriminar entre los distintos cultos. Asimismo, muchos gobiernos han llegado a la conclusión de que, por ser el islamismo integrista un fenómeno minoritario en el mundo musulmán, hay que minimizar su importancia porque sería sumamente injusto tomar medidas en su contra que podrían molestar a los autoproclamados líderes de las nutridas comunidades que se establecieron en países como Francia, el Reino Unido, Alemania, Suecia, España y Estados Unidos en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.
Al obrar así, brindan a musulmanes que de otro modo estarían dispuestos a integrarse a las sociedades en que viven motivos para anteponer su lealtad hacia el mundo islámico a todo lo demás, ya que quieren ahorrarse problemas con correligionarios de actitudes más agresivas y saben que no les ocasionaría prejuicios negarse a colaborar con las autoridades de los países en que se han afincado. También ha sido contraproducente la propensión de los políticos occidentales a reaccionar frente a sanguinarios atentados yihadistas hablando de la necesidad de distinguir entre el islam “auténtico”, por tratarse, dicen, de “la religión de la paz”, y la versión supuestamente espuria de las bandas terroristas que toman al pie de la letra lo escrito en los textos sagrados de su fe.
Además de financiar, armar y entrenar a los combatientes del “eje de la resistencia” del Oriente Medio, como los de Hamas, Hetzbolláh y los Hutíes del Yemen, el régimen iraní y organizaciones sunnitas de mentalidad parecida han invertido muchísimo dinero y esfuerzo en la creación de agrupaciones islamistas en el resto del mundo. Lejos de disimular su voluntad de someter por los medios que fueran al resto del planeta a un “califato” regido por la “ley sharia”, raramente dejan pasar una oportunidad para hacer declaraciones rimbombantes en tal sentido.
En esta empresa, los ha ayudado mucho la hostilidad hacia todo lo vinculado con la civilización occidental de una franja de la izquierda, que es muy fuerte y activa en las universidades más prestigiosas del mundo. Hace poco, el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos anunció que dejaría de dar becas a jóvenes que querían estudiar en Inglaterra por temor a que regresaran convertidos en yihadistas.
No bien se inició el blitzkrieg contra Irán, elementos de la alianza “roja verde” de ultraizquierdistas e islamistas, acompañados por contingentes de feministas y transexuales, celebraron manifestaciones de protesta en Londres y otras ciudades en que exaltaron la figura del recién fallecido Líder Supremo de la Revolución Islámica Ali Jamenei que, semanas antes, había ordenado la matanza de las decenas de miles de iranís que murieron en protestas callejeras. La brutalidad del régimen incidió mucho en la actitud asumida por Trump que, alarmado por lo que ocurría, se comprometió a ayudar a los manifestantes..
Con todo, incluso los convencidos de que el régimen islamista iraní plantea una amenaza tan grave al resto del género humano que hay que eliminarlo, cueste lo que costara, entienden que el precio de hacerlo podría ser decididamente mayor que el previsto por los responsables de la ofensiva estadounidense-israelí. Los muchos islamistas fanáticos que desde su niñez sueñan con una “batalla final” apocalíptica contra los infieles están claramente resueltos a luchar hasta la muerte por todos los medios a su disposición. Creen que si consiguen provocar caos no sólo en la región sino también en la economía internacional al cerrar el Estrecho de Ormuz por el que habitualmente pasa el 20 por ciento del petróleo mundial, Trump, preocupado como está por los sondeos de opinión y, más aún, por las elecciones legislativas en que el oficialismo de turno suele perder algunos escaños, que tendrán lugar en noviembre, optará por cantar victoria prematuramente, dejándolos en el poder.
Los especialistas en geopolítica ya están elaborando listas, que propenden a reflejar sus propios prejuicios, de presuntos ganadores y perdedores del conflicto que está en marcha. ¿Saldrá fortalecido Estados Unidos? Si dentro de un par de meses Trump pueda jactarse de haber resuelto los problemas planteados por Venezuela e Irán, además de Cuba que por razones internas está a punto de colapsar, tendría buenos motivos para sentirse exitoso. En cuanto al gran rival de Estados Unidos, China, el “gigante asiático” depende tanto del petróleo y gas de Irán y sus vecinos que su economía no puede sino verse perjudicada. Asimismo, aunque Rusia verá aumentar el valor comercial de los hidrocarburos que exporta, el que se haya mostrado incapaz de ayudar militarmente a otro aliado clave reduce aún más su influencia en el escenario internacional. Mal que le pese a Vladimir Putin, Rusia se parece cada vez menos a la gran potencia eurásica de sus sueños y cada vez más a un estado vasallo de China.
Para Argentina, que bajo Javier Milei -que dice ser “el presidente más sionista del mundo- es un aliado incondicional de Estados Unidos e Israel, las perspectivas abiertas por esta guerra son promisorias. Si bien el aumento abrupto del precio del petróleo en los mercados internacionales está provocando algunos problemas locales, a la larga debería resultarle beneficioso. Después de todo, las empresas de países europeos que necesitan alternativas confiables a proveedores tradicionales como Rusia y las monarquías del Oriente Medio ya están invirtiendo mucho dinero en Vaca Muerta. Asimismo, aunque existe el riesgo de que la Argentina sufra más ataques islamistas, también corren peligro todos los demás países latinoamericanos que, como los europeos, son blancos naturales de terroristas que creen que Alá les ha ordenado someter al mundo entero a una versión totalitaria de la fe musulmana.