jueves, 18 de diciembre de 2025

"ALIEN VS CAPITÁN AMÉRICA #01"

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Esto es exactamente lo que se votó





















Derivas autoritarias


Esto es exactamente lo que se votó


El auge global de las derechas radicales coloca a la Argentina en un clima político más inquietante


Pablo Helman


Diario Perfil


Javier Milei por Pablo Temes




1.Es cierto, no hay un Auschwitz en el panorama político mundial. El gran filósofo Theodor Adorno dejó una afirmación que marcó la historia del pensamiento del siglo XX: “no se puede escribir poemas después de Auschwitz”. El horror, la irracionalidad, el delirio colectivo se produjo en una de las naciones más ricas y evolucionadas de Europa, Alemania. La pregunta del cómo pudo suceder, el “¿qué les pasó?” que derivó en una alerta: la generación de consensos en la sociedad en el siglo pasado. En la actualidad, mientras van muriendo los últimos testigos directos de la Segunda Guerra, la memoria es una cuestión más lábil. Y el totalitarismo para muchos –afortunadamente no para todos– vuelve a ser una dimensión de lo posible. De lo aceptable.


2. ¿Corresponde hablar de autoritarismo, de neofascismo en la Argentina de hoy, en el mundo en el que la Argentina se inserta? La respuesta a esa pregunta se torna indispensable en la semana en que Estados Unidos reformula la doctrina Monroe y Argentina compra los F-16 dinamarqueses, que se desfinancia por completo la ciencia desde el Estado, en que gran parte del Parlamento se muestra pasivo ante la irrupción de leyes cuando menos discutibles. Esto sucede mientras el gobierno de Milei se empodera de múltiples maneras: el alineamiento geopolítico, el empobrecimiento de la discusión pública nacional, la parálisis y el estado de shock de la oposición –de toda oposición– que apenas atina a formular algunos disensos.



3. No vivimos los tiempos Auschwitz. Ni a nivel local ni a nivel global. Pero sí parece haber una pregunta global sobre la ineficacia de la democracia y el decisionismo y existe la ICE, la policía antiinmigratoria en los Estados Unidos.


4. Mientras en diversos ámbitos se discute sobre la pertinencia del término para describir la situación actual, el historiador y filósofo Enzo Traverso prefiere hablar de posfascismo. En un reportaje reciente dijo que “se trata de una constelación muy heterogénea que está buscando formas de convergencia. Y aunque hoy esa nueva alianza entre el posfascismo y las élites globales es innegable, sigue estando marcada por tensiones y contradicciones. No se puede hablar todavía de un nuevo bloque histórico, en el sentido gramsciano del término. Es más una convergencia basada en intereses comunes que la constitución de un bloque”.


5. También académicamente se discute sobre la pertinencia o no del término. Mariano Schuster plantea un buen marco teórico: “Los especialistas en fascismo han sido particularmente cautelosos a la hora de extender la categoría más allá de su contexto original. De hecho, el debate sobre qué regímenes pueden ser propiamente llamados “fascistas” sigue abierto, a punto tal que incluso los regímenes de Franco en España o de Salazar en Portugal han sido objeto de controversia. Historiadores y sociólogos como Stanley Payne, Juan José Linz y Robert Paxton han subrayado el carácter conservador, clerical y contrarrevolucionario de estas experiencias, más próximo al autoritarismo conservador que al fascismo revolucionario de masas”.


6. No es el caso de Schuster –quien acepta el uso instrumental del concepto de “antifascismo”, pero existe entre muchos de los que se niegan a caracterizar como fascismo a la situación actual la tendencia a decir que la Argentina de hoy vive un proceso “igual al de Martínez de Hoz, Cavallo y Macri”. La caracterización de “neoliberal” sería la opción conceptual a quienes alertamos contra el avance autoritario.


7. Es indiscutible que existen recetas iguales y otras muy parecidas entre aquellos momentos históricos y el actual. Pero también resultados muy diferentes: Cavallo, por caso, eliminó la inflación y produjo crecimiento económico a los pocos meses del lanzamiento de su plan de estabilización mientras que esta semana nos encontramos con el sintomático 2,5% que habla de una inflación aún altísima. Tanto Menem como Macri tuvieron una relación muy distinta a la actual con la institucionalidad y estaban a años luz de la batalla cultural, aunque el apellido Menem sea parte del andamiaje del gobierno de Milei y haya muchos exmacristas entre las elites que parecen brindar (y también blindar) al experimento social al que asistimos.


8. Sin embargo, existe una diferencia aún mayor, que se contesta al responder a la pregunta por el autoritarismo. La diferencia es que asistimos a un movimiento global del que LLA es parte activa. Ni la dictadura, ni Menem (que sí correspondió al momento neoliberal de fines de los ochenta y los noventa, el de la sensación del “fin de la historia”, por llamarlo según su propio paradigma), ni Macri tuvieron un contexto internacional como el de ahora.


9. El hecho de que Martínez de Hoz y Videla tuvieran que convivir con Jimmy Carter y que el gobierno actual tenga a Donald Trump como principal aliado establece una diferencia que puede ser abismal. Varió la geopolítica, la geopolítica actual, y podemos estar frente a una nueva larga duración, con otros paradigmas: la revolución cultural, la desregulación del mundo tecnológico, el empoderamiento de las elites. Por dar solo un ejemplo: las ideas que defendió durante mucho tiempo Marcos Galperin durante el gobierno de Mauricio Macri, no son las mismas de ahora. Por entonces, sus argumentos estaban mucho más cerca de Barack Obama que del libertarianismo. Si se mira la trayectoria del propio Trump (más opaca, sin dudas) o de Scott Be-ssent nos encontraríamos ante formas similares de tornarse extremos.


10. De alguna manera, el poder internacional que apoya a Milei, el anarcocapitalista extremo, es incluso más fuerte que el que acompañó a Jorge Rafael Videla. Hoy, las ultraderechas, los posfascistas que desean ser fascistas, son un poder en el mundo.


11. Es cierto, no hay un Auschwitz en el mundo actual. No aún.

HUMOR DIARIO

Ante el espejo chileno: Milei, entre el partido del ajuste y el de la inflación





















LA NACION > Política


Ante el espejo chileno: Milei, entre el partido del ajuste y el de la inflación


Chile sigue siendo un modo de la normalidad que la Argentina todavía no alcanzó, donde prima la continuidad, sorprendente para nuestra mirada, de la racionalidad macroeconómica


LA NACION


Luciana Vázquez


Javier Milei por Alfredo Sábat


Ya no es el oasis macroeconómico latinoamericano de crecimiento imparable, pero, para la política argentina, Chile sigue siendo un modo de la normalidad que la Argentina todavía no alcanzó. Las elecciones presidenciales del domingo ofrecieron dos postales. Primero, la escena que generó admiración más obvia: el llamado telefónico del presidente saliente al presidente electo. Un diálogo fundado en la lógica de la convivencia política aun cuando se da la alternancia de ideologías en el poder. En el caso chileno, esta vez, una alternancia entre la izquierda más acentuada, la de Gabriel Boric en alianza con el Partido Comunista, y la derecha más definida de José Antonio Kast. Pero esa escena no se produce en un vacío: exige la preexistencia de consensos previos, muy difíciles de conquistar por parte de una sociedad y la política. Y ahí entra la otra foto que ofreció la elección chilena, la menos comentada, una postal clave de los treinta y cinco años de democracia chilena: la continuidad, sorprendente para la mirada argentina, de la racionalidad macroeconómica.


Para el liderazgo político argentino, Chile representa una utopía regional posible que, sin embargo, todavía queda lejísimo de este lado de los Andes: consenso democrático indiscutido cruzado con consenso macroeconómico sostenido, no importa el signo político que ocupe la presidencia. En la Argentina, lo primero es un hecho. Lo segundo, la gran deuda pendiente.



Reservas, flotación y racionalidad macro

El caso chileno toma más cuerpo todavía dada la coyuntura argentina. Hay que prestarle atención a dos noticias de los últimos días: tienen que ver con dos esfuerzos para delinear los cimientos de una arquitectura macroeconómica resistente a la corrosión de la alternancia política. Una noticia es de este lunes: el inicio de “una nueva fase” en el programa monetario, según el anuncio del Banco Central. La gestión de Milei inicia la segunda mitad de su mandato con foco en dos de los grandes temas críticos pendientes de la macro mileísta: el nivel de reservas y el tipo de cambio. Según el Banco Central, 2026 se convertirá en sinónimo del año de gestión en que Milei y su equipo económico entran en la fase de acumulación de reservas y una flotación del tipo de cambio entre bandas, pero cada vez más realista, ahora mejor adecuada a la inflación.


La otra noticia, de la semana pasada, el envío del proyecto de ley al Congreso, por parte del Poder Ejecutivo, para impulsar un régimen penal más duro con las reglas fiscales, la prohibición de presupuestos deficitarios y la imposición de penas de diez años de prisión para los funcionarios que autoricen emisión o aumento de gastos sin respaldo.


En ambos casos, el Gobierno busca consolidar el ordenamiento macroeconómico y su continuidad en el corto plazo pero también a mediano plazo: de aprobarse esa ley −y si superara el control judicial−, la alternancia política no generaría los riesgos de impacto macroeconómico que genera actualmente. Por ejemplo, la compra récord de dólares que hicieron los argentinos en octubre ante el riesgo de derrota oficialista en la elección de medio término: 4699 millones de dólares en un solo mes. Si a la cultura de la macro racional le toma tiempo hacerse carne en la política y en el votante, Milei opta por intentar imponerla por ley. El objetivo es que la macroeconomía racional dure más allá de sí mismo: ese sería su mayor legado.



Macro, ojos chilenos v argentinos

Es cierto que la economía chilena se encuentra bajo presión: el diagnóstico es “crecimiento estancado”. El “milagro” de la Concertación chilena, de la década del ’90, con un crecimiento promedio anual en torno al 6,2%, con picos de 11,5 en 1992, al estancamiento en torno al 1,8% en los últimos años, llegó a su fin. “Esta tendencia de crecimiento vigoroso fue perdiendo fuerza y, para la década de 2020, el crecimiento apenas superaba el 2%”, según un informe del FMI de junio de 2025. Sin embargo, a diferencia de la Argentina, ese desafío se da en un horizonte cultural donde la inflación es inconcebible. En 1990, Chile volvió a la democracia con un 26% de inflación, pero a los diez años, en 2000, después de una década de baja empinada y sostenida, ya la había llevado a 3,8%. En los últimos años, gira en torno al 3% y 4%, excepto en 2020 y 2021, por la pandemia.


El gasto público también viene aumentando. Su suba más crítica se dio entre 2014 y 2018, en la segunda presidencia de Michelle Bachelet, cuando se instaló en torno al 20%, otra vez, lejos de las escalas argentinas. Aún con el estallido de 2019, ya en la segunda presidencia de Sebastián Piñera, los indicadores macro que tanto preocupan a la Argentina estaban lejos de las distorsiones patrias: ese año, la inflación chilena fue tan sólo del 2,25%.


Con ojo chileno, esa macro tiene problemas. “Masivo rechazo a las ideas que trajeron estancamiento y decadencia. Gran triunfo para la libertad y democracia. La libertad y el sentido común avanzan en todo el continente. VLLC!!!”. Así se expresó en X el viceministro de Economía argentino, José Luis Daza, que celebró el triunfo de José Antonio Kast. Como chileno, Daza conoce como nadie el panorama económico trasandino: vista desde el regreso de la democracia a Chile, la macro chilena empieza a agrietarse. Vista desde la Argentina, la voluntad de continuidad de la racionalidad macroeconómica por parte de una experiencia de izquierda como la de Boric, más allá de decisiones criticables, resulta envidiable.


Milei y su legado macro

Esa postal macroeconómica a la chilena es la que resuena en la Argentina. Y lleva a dos preguntas. Primero, ¿cuál es el rol de la presidencia de Milei en el contexto de la gran imposibilidad argentina? Es decir, ¿qué papel histórico le toca a su mandato ante la ausencia de continuidad macroeconómica entre las experiencias liberales y las perokirchneristas? Y más todavía: ¿qué rol le cabe luego de las promesas incumplidas de las dos experiencias liberales de los cuarenta años de democracia argentina?


Después del menemismo, llegó su caída y una experiencia político-económica de sentido opuesto: el kirchnerismo, primero el de Néstor Kirchner y luego, el de Cristina Fernández. Después de la racionalidad macroeconómica de Macri y Cambiemos, volvió la cuarta versión del kirchnerismo, con políticas también opuestas. Para Milei, el problema es que las dos experiencias con voluntad de reordenamiento macroeconómico ortodoxo y racional, cada una con sus matices, terminaron en fracasos. Milei tiene la doble responsabilidad histórica de hacer un liberalismo económico con éxito económico y social. Y que además logre continuidad, más allá de quién esté en el poder.


Chile lo hizo. Y de la manera más inconcebible para el ojo argentino: por una continuidad de políticas de la dictadura de Pinochet a la democracia de la Concertación, y más allá, incluso con Bachelet y Boric, aun con sus puntos problemáticos. Alejandro Foxley fue el primer ministro de Hacienda de la Concertación. Ya en democracia, adoptó el modelo de los Chicago boys de Pinochet, que crecía al 7%, con mejoras en aspectos sociales: apertura comercial y económica, equilibrio fiscal, Banco Central independiente.


El proyecto de Javier Milei se juega entre estos dos partidos: entre los efectos colaterales del Partido del Ajuste, en un extremo, y el Partido de la Inflación, en el otro. Es decir, por un lado, la gestión libertaria está obligada a demostrar un punto central: que las experiencias políticas que prometen ordenamiento racional de la macroeconomía, con el ajuste como primer paso, no terminan en crisis y estallido social y una nueva escalada del nivel de pobreza. Por el otro lado, la política económica de Milei está obligada desmantelar el sentido común que sostiene las experiencias perokirchneristas en el poder, el Partido de la Inflación: el impulso del mercado interno y del consumo a expensas de las arcas públicas y la emisión y la inflación imparables.


Por eso, la experiencia chilena es un caso testigo fundamental para Milei: las recetas que las propuestas de centroderecha ofrecen en la Argentina tuvieron éxito en la democracia chilena. La macro ordenada llevó al crecimiento y a la reducción de la pobreza, y también de la desigualdad. La experiencia chilena demuestra históricamente que el ajuste es tan sólo el primer paso hacia una cadena de causas y efectos macroeconómicos que desemboca primero en equilibrio o superávit fiscal e inflación a la baja, y luego conduce al crecimiento, el desarrollo, más clase media y menos desigualdad.


Kirchnerismo, ideología vs. percepción

Hay una segunda pregunta que surge de esa confrontación con una macro tan estable como la chilena y la comparación con la discontinuidad argentina: ¿por qué buena parte de la política argentina sigue leyendo la democracia chilena como un camino de consolidación de desigualdad e injusticia social cuando los indicadores clave desmienten esa versión? La categoría de “neoliberalismo” como etiqueta de todo lo malo.


Los hechos dicen otra cosa. Entre 2000 y 2020, comparado con la Argentina, Chile gastó la mitad en protección social pero sus niveles de pobreza eran apenas de un tercio de los niveles argentinos. El dato surge del “Mapa de las políticas sociales en la Argentina. Aportes para un sistema de protección social más justo y eficiente”, del CIAS. Y según los propios indicadores chilenos, entre 1990 y 2018, la pobreza cayó el 40%. La desigualdad también se redujo. Su sistema educativo, además, es el que presenta mejores resultados en América Latina y sus sectores vulnerables están más incluidos en la universidad que en la Argentina.


La interpretación kirchnerista es un síntoma de una limitación epistemológica del kirchnerismo: una resistencia política-cognitiva que privilegia la creencia y la ideología por sobre la percepción y la realidad. Basado en ese espejo distorsionado, el kirchnerismo, y buena parte del peronismo en general, se consolida como el partido que descree de la macro ordenada.


El analista Esteban Schmidt los llama, con acierto, “la coalición del déficit”. El Partido de la Inflación es otra opción para referirse a esa corporación política renuente, por poder de negación o por interés, a la disciplina fiscal y sus beneficios. Esa denominación, Partido de la Inflación, suma una peculiaridad propia de la historia del kirchnerismo: la versión Néstor Kirchner del kirchnerismo que, en pleno hito de los superávits gemelos y suba del tipo de cambio de apenas 1,5%, sin embargo, reintrodujo la inflación. El año 2005 terminó con 12,5%, después de un 2003 con 3,7% y un 2004 con 6,1%. Desde ese año, el kirchnerismo se instala en el dígito alto o, directamente, empieza decidida la escalera de dos dígitos que culmina en 2015 con 26,9%.


Macri también cerró su presidencia con inflación alta: 53,8%, pero fue por incapacidad de controlar la macro, que quería racional, con déficit cero e inflación bajando, y no por convicción y empecinamiento ideológico.


Sin una percepción política libre de ataduras ideológicas, que se base en un análisis de los hechos, la continuidad de la macro racional se enfrenta a un enorme obstáculo. Cualquier alternancia ideológica la puede alejar de su centro.


Por Luciana Vázquez