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COLUMNISTAS
Hubris y gobernabilidad
Las señales de alarma en la antesala del 26-O
El acto del Presidente expuso su desconexión con la realidad social y encendió alertas en su entorno
Nelson Castro
Diario Perfil
Se hizo esperar, pero el hubris llegó. Javier Milei por Pablo Temes
Es inevitable comenzar esta columna con una referencia a lo sucedido el lunes pasado en el Movistar Arena durante el acto de presentación de “La construcción del milagro”, el último libro de Javier Milei. El azoro producido por lo que se vio y se escuchó todavía repercute aquí y en muchas partes del mundo en las que el Presidente sigue siendo centro de atención.
Ese azoro incluye a muchos funcionarios del oficialismo que no han dejado de señalar desde esa noche del lunes su creciente preocupación por el presente y el futuro del gobierno. El tan vapuleado síndrome de Hubris tiene efectos demoledores sobre los hombres y las mujeres del poder y de poder. Milei lo padece y sus consecuencias las sufre su mismo gobierno y, por ende, la sociedad. Recordemos: las principales manifestaciones del Hubris son el enaltecimiento del propio ego, una elevadísima autoestima, la imprudencia, la falta de consideración por las ideas de los otros, la obsesión por la autoimagen y la impulsividad de las acciones. Aplíquense estos ítems a las conductas de Milei y se verá sin ninguna dificultad cómo le calzan a la perfección. Una de las consecuencias más evidentes de este cuadro es que lleva a la persona a tomar decisiones equivocadas y desconectadas del contexto. La dura situación socioeconómica por la que están atravesando millones de ciudadanos y ciudadanas debería haberlo hecho reflexionar al jefe de Estado de cuán lejos de ellos se mostró durante su extravagante show. En el largo transcurrir de esa patética exhibición —abundante en movimientos espasmódicos, gritos, y desafinaciones— lo único que le interesó al Presidente fue divertirse. Lo acompañaron —además de sus funcionarios— miles de personas enfervorizadas que llenaron el estadio, parte de las cuales fueron traídas en micros al mejor estilo de lo que sucede cuando se pone en marcha el aparato del peronismo. Fue imposible no recordar lo sucedido el 10 de diciembre de 2013, cuando Cristina Fernández de Kirchner bailó y tocó el bombo en la celebración por los 30 años de retorno de la democracia mientras había protestas policiales a lo largo y a lo ancho del país y la policía de Tucumán reprimía violentamente a manifestantes que reclamaban frente a la Casa de Gobierno de la provincia porque sus viviendas habían sido saqueadas. Ajena a todo eso, la entonces presidenta comenzó a bailar con la Banda de Granaderos junto al conjunto Choque Urbano que habían cantado el Himno Nacional Argentino. Aquello fue patético. Esto de Milei, también.
El Hubris le ha impedido al presidente darse cuenta de sus errores. Diego Spagnuolo, el empoderamiento de Karina Milei, el triángulo de hierro, su desprecio a Mauricio Macri, su apoyo a José Luis Espert, el maltrato a los gobernadores aliados, etc, etc, etc…
La elección del próximo 26 de octubre, que en agosto parecía ganada con comodidad, hoy se ve muy complicada. Para decirlo sin eufemismos: el gobierno cuenta con encuestas que lo muestran perdiendo. Esa información está en el despacho de Scott Bessent, el instrumentador del dramático salvataje que ordenó Donald Trump. Sin ese salvataje, el dólar no tenía techo. Y, como bien dijo el economista Ricardo Arriazu —profesional respetado— el gobierno necesita llegar a las elecciones con el dólar bajo control. Claro que con el salvataje no alcanza. Eso también lo sabe Bessent. Por eso es que hay exigencias que Milei y el equipo de Luis Caputo deberán comenzar a poner en práctica el día después de los comicios. Para eso está trabajando también en forma silenciosa Barry Bennett, un contacto clave de Santiago Caputo con acceso a la Casa Blanca, que desembarcó brevemente en el país a mediados de la semana. Su objetivo fue hablar con algunos gobernadores para pedirles garantizar la gobernabilidad a partir del 27. A cambio les aseguró la llegada a esas provincias de algunas de las inversiones prometidas a Milei.
Asegurar la gobernabilidad significa, además, evitar cualquier posibilidad de juicio político a Milei. Para eso necesita contar con, al menos, un tercio del total de legisladores que le respondan en alguna de las dos Cámaras, cosa que hoy no tiene, como se ha visto en las catastróficas derrotas que viene teniendo semana a semana en el Congreso. Es en este punto en donde la figura de Mauricio Macri cobra relieve. Milei, que se cansó de maltratarlo, lo necesita —sí o sí— a su lado. En la segunda reunión que hubo entre ellos, el expresidente pisó aún más fuertemente con sus críticas hacia los errores y la falta de gestión del gobierno y se explayó acerca de sus recomendaciones de cambios a partir del lunes 27.
Ante este panorama, el tren fantasma —es decir, el kirchnerismo— se envalentona. Es notable observar cómo el peronismo empeora día a día. Para advertirlo basta como botón de muestra las declaraciones de Jorge Taiana, el primer candidato a diputado nacional del kirchnerismo por la provincia de Buenos Aires. Dijo, al referirse a Venezuela, que hay ahí una “democracia con fallas” (sic). Es infamante escuchar a quien fue canciller expresarse con tanta ignorancia y desprecio por las penurias que viven allí los opositores perseguidos y obligados a exiliarse o a vivir en la clandestinidad, como es el caso de la flamante ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. Y es degradante no escucharlo decir ni una palabra sobre la situación de Nahuel Gallo, el gendarme argentino que está detenido ilegalmente en alguna de las terribles cárceles del régimen chavista. Es el doble discurso permanente del peronismo, cuyo único objetivo es acceder al poder para adueñarse del Estado y asegurar el modus vivendi de sus dirigentes.
LA NACION > Política
Un presidente como nunca se vio
El republicano se metió sin pedir permiso en la política interna argentina; también salvó tres veces al gobierno de Milei, desde abril a esta parte, de amenazadoras crisis financieras
15 de octubre de 2025
LA NACION
Joaquín Morales Solá
Javier Milei y Donald Trump por Alfredo Sábat
Trump es Trump. Así como logró terminar con el inhumano tormento de los últimos 20 rehenes israelíes en manos del terrorismo de Hamas, se metió sin pedir permiso en la más íntima política interna argentina y, encima, lo conminó a Javier Milei a ganar las próximas elecciones legislativas de dentro de diez días si quiere tener los dólares en la mano. El presidente norteamericano se refirió claramente a esas elecciones inminentes, no a las de 2027, como intentó hacer trascender el mileísmo. “Si no gana, no seré generoso”, le advirtió Trump a Milei con una forma más parecida a la amenaza que a la exhortación. La ventaja del presidente norteamericano consiste en que es como parece que es. En efecto, sin el manifiesto protagonismo de él y de su influyente secretario del Tesoro, Scott Bessent, nadie sabe en qué mar de crisis nadaría ahora el presidente argentino.
Desde abril pasado, el gobierno de Milei debió ser rescatado tres veces, por la acción directa o indirecta de los Estados Unidos, de amenazadoras crisis financieras y cambiarias. En abril, el Fondo Monetario Internacional, donde el gobierno norteamericano tiene una decisiva influencia y el derecho de veto, firmó un nuevo acuerdo con el gobierno argentino por un crédito de 20.000 millones de dólares, que fue, hasta ahora, el acuerdo número 28 desde 1956, cuando el país ingresó al organismo multilateral. La mayor parte de ese dinero servirá para pagarle deudas al propio Fondo. Pero el gesto fue lo que importó.
Los 55 minutos imprevistos de Trump, la afirmación que encendió todas las alertas y el operativo “control de daños”
A fines de septiembre, el secretario Bessent anunció que la administración de Trump le prestaría a Milei otros 20.000 millones de dólares, mediante un swap, para frenar una crisis cambiaria que se tornaba incontrolable. La crisis se frenó, entonces, pero quince días después, la semana pasada, el Tesoro norteamericano debió correr nuevamente en auxilio de Milei e intervino directamente en el mercado cambiario comprando pesos con dólares.
No puede −ni debe− borrarse del paisaje la parte del severo ajuste que el mandatario argentino les hizo a las cuentas públicas para empezar a ponerle fin al eterno despilfarro político de los recursos del Estado. Eso fue la motosierra de la primera hora; falta el bisturí. Y falta, sobre todo, la eficacia en la gestión de la administración pública y en la gestión política. Es casi cruel hacer descansar en las espaldas de un solo hombre, el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, el único servicio político del gobierno, mientras el resto de los funcionarios se dan todos los gustos en vida y rompen puentes y destruyen relaciones. Debe hacerse otra excepción: la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, que trabaja con eficiencia y en silencio. En esos pocos trazos puede encontrarse la explicación a que Milei haya estado tres veces en seis meses en las puertas de una monumental crisis. Y que Trump lo haya tenido que rescatar antes del naufragio.
Ahora bien, ¿por qué Trump irrumpió como lo hizo en la campaña electoral argentina y, también, por qué lo intimó a Milei a ganar las elecciones del próximo domingo 26? Si hay algo de lo que el gobierno norteamericano nunca careció es de información. Sabe, por ejemplo, que después de que Bessent se abocara a salvar al presidente argentino y decidiera comprar pesos argentinos con dólares (al revés de lo que hacen los argentinos), Milei protagonizó un espectáculo extravagante, que tuvo una enorme y mala repercusión internacional, para presentar un libro con el nombre de La construcción del milagro.
En ese show estrafalario, el presidente argentino fue un teórico de la economía, un político en campaña y un cantante desafinado. Demasiada alegría en un momento triste. Nunca se vio a un presidente haciendo esas cosas en público; ninguno, aun los más irreverentes, se animaron a tanto. A veces, Milei parece no percibir la realidad que lo rodea. ¿Milagro argentino? Las encuestas de opinión pública le son cada vez más adversas al Presidente; vastos sectores sociales se quejan de que no pueden llegar a fin de mes, y el gobierno norteamericano tuvo que hacerse virtualmente cargo del Banco Central argentino para evitar un colapso.
Sobre este último asunto, la novedad más importante no es la decisión de Trump de ayudar a Milei porque se sabe que el mandatario argentino es el único líder latinoamericano, de un país con un porte significativo, afín ideológicamente al jefe de la Casa Blanca. Trump lo dijo diáfanamente en su conferencia de prensa; valora esas cercanías, porque no le sobran. La novedad más sobresaliente fue, sin embargo, la suerte de Milei: le tocó hacer un acuerdo entrañable con Trump en el mejor momento internacional de Trump. Nadie creyó en su promesa de liberar los rehenes israelíes en poder de Hamas hasta que vieron a las víctimas inocentes recuperar la libertad; de paso, el presidente norteamericano promovió que se acallara la crítica injusta contra un país, Israel, que muchos formulaban en lugar de criticar las decisiones de su primer ministro, Benjamin Netanyahu. Es lo que ocurre en el resto del mundo: se critica a un gobernante, no a un país. Un antisemitismo larvado, escondido, pareció encontrar la razón para exponerse ante la luz pública en numerosas capitales del mundo.
¿Por qué Trump condicionó la ayuda a que Milei gane las próximas elecciones? La respuesta puede ser muy sencilla: el presidente norteamericano no tolera a los perdedores desde sus tiempos de conductor de programas de televisión. Pero hay una respuesta más profunda. La cifra de 20.000 millones de dólares es importante para la relación del Poder Ejecutivo con el Congreso en los Estados Unidos, y el monto de esa deuda podría ser desconocido por la principal oposición al gobierno de Milei, que es el peronismo presidido por Cristina Kirchner.
Otra información que el gobierno norteamericano no debe ignorar es que las encuestadoras más importantes del país están registrando desde hace tres meses una peligrosa tendencia a la baja del Gobierno en materia de resultados electorales. Hace 90 días, todas las mediciones coincidían en un importante triunfo del Gobierno en las elecciones nacionales del domingo 26 de octubre; la única mala noticia podía venir de la provincia de Buenos Aires, pero no se ponía en duda una victoria oficialista a nivel nacional. Ahora, la mayoría de las encuestas advierten que podría haber un empate en los resultados nacionales o directamente una derrota del Gobierno. Hasta los funcionarios más prominentes de la administración advierten que los resultados de dentro de una decena de días vacilan. ¿Lo peor? Consiste en que el único partido nacional que podría batir al mileísmo es el peronismo conducido por Cristina Kirchner. ¿Cómo Trump no va a advertir que si Milei perdiera las elecciones inminentes no habrá ayuda de los norteamericanos?
También se advierte que el debate político argentino pasó de la economía, como era la discusión de hace tres meses, a las revelaciones sobre supuestos hechos de corrupción. Dicen que en la justicia norteamericana miran con especial obsesión a Karina Milei en el caso $LIBRA; por su lado, la justicia argentina avanza en la investigación de los presuntos sobornos en la Agencia Nacional de Discapacidad, denunciados por un funcionario del propio Milei. Esa denuncia sacó de cualquier carrera a quien era un operador importante del mileísmo: Eduardo “Lule” Menem. Ni hablar del papelón que promovió José Luis Espert y sus vinculaciones contractuales con el narcotraficante Federico “Fred” Machado. Más allá de si es simpático o antipático, lo de Espert fue directamente una frustración sin paliativos para la llamada nueva política. Todavía no se sabe si Espert deberá dar explicaciones ante la justicia norteamericana, donde será juzgado Machado. La economía quedó relegada ante esas espectaculares noticias sobre la corrupción supuesta.
La política ya comenzó a cuestionar una incursión tan pública y escandalosa del gobierno norteamericano en elecciones legislativas argentinas. Es cierto que nunca hubo una participación tan decidida, y ante los ojos de todos, en cuestiones tan internas del país. Otra vez: Trump es Trump. Con todo, es igualmente cierto que todos los gobiernos norteamericanos se interesaron en las elecciones de los países latinoamericanos (también de la Argentina), del mismo modo que muchos gobiernos de la región −incluidos los argentinos− manifestaron sus simpatías hasta por los candidatos presidenciales norteamericanos. Con la misma vara se debe medir a todos. ¿O, acaso, Cristina Kirchner, entonces presidenta, no se manifestó simpatizante de Barack Obama en la primera elección que lo llevó a este a la jefatura de la Casa Blanca? Después, Obama se decepcionó de ella y nunca la recibió en visita oficial, pero esa es una página distinta de la historia.
Trump y Bessent, aun con las recientes aclaraciones de este, han sido también más frontales en la imposición de que Milei aleje a China de la Argentina. Tampoco es nuevo. Tanto Obama como Joe Biden y el propio Trump han conservado una política de Estado que consiste en competir duramente con Pekín por el liderazgo comercial y económico del mundo y, sobre todo, en América Latina. Para la Argentina es un trámite difícil: China es el segundo socio comercial del país y un comprador insaciable de productos agropecuarios.
Tampoco el gobierno de Washington debe desconocer lo que se comenta con demasiada frivolidad en Wall Street y en los propios corrillos políticos argentinos. Dicen que el gobierno de Milei pasó de una expectativa de victoria electoral de entre el 40 y el 42 por ciento de los votos para el próximo domingo 26 a lograr, con aliados, amigos y vecinos, apenas el tercio necesario de votos en el Congreso como para evitar un posterior juicio político al Presidente. Muchos brokers de Nueva York y políticos argentinos hablan de esa gravísima cuestión como si se tratara de la aprobación de un proyecto sobre la construcción de una autopista. Nunca hubo un presidente argentino destituido por juicio político. Desde Juárez Celman hasta Fernando de la Rúa, muchos presidentes renunciaron, fueron derrocados por los militares o anticiparon la entrega del poder. El Congreso no destituyó a ninguno. Los parlanchines confunden los dos tercios conseguidos por la oposición para ampliar la ayuda a los discapacitados con un número igual de votos necesario para hacerle un juicio político al Presidente y destituirlo. Son dos cosas distintas.
A todo esto, ¿qué razones objetivas habría para hacerle un juicio político a Milei? No se juzga a un showman, si es eso lo que razonablemente molesta. Sin embargo, Milei deberá tener en cuenta que Trump llegó como outsider, tan outsider como el mandatario argentino, pero que el norteamericano no le teme a la negociación y al acuerdo, como lo acaba de demostrar en Medio Oriente. Voces coincidentes del gobierno norteamericano están promoviendo un mayor acercamiento de Milei con los opositores amigables, y la lista incluye desde Mauricio Macri hasta gobernadores peronistas y radicales que no son enemigos acérrimos del mileísmo. “Le están pidiendo, en definitiva, que se acerque un poco a ‘mandrilandia’”, dice, burlón, un ejecutivo de Wall Street que conoce a muchos políticos norteamericanos. Le piden, al fin y al cabo, que sea un presidente más normal. Solo las anomalías de Milei explican que el riesgo país haya bajado el martes solo hasta los 932 puntos básicos, luego de que sucedieron Trump, Bessent, el Tesoro norteamericano y los dólares prometidos. La política es a veces anormal; la economía, no.
Por Joaquín Morales Solá